domingo, 20 de octubre de 2013

Control corporativo de la agricultura versus soberanía alimentaria

En el actual sistema agroalimentario, la alimentación es vista como un negocio y no como un derecho humano, pues la forma de cómo se organiza dicho sistema no ha sido capaz de satisfacer las necesidades alimentarias de los seres humanos, además, ha sido incompatible con el cuido de la naturaleza. La racionalidad capitalista se ha impuesto en la forma de cómo se producen, distribuyen y consumen los alimentos. 

En el mundo, existen más de 868 millones de personas que pasan hambre (12.5% de la población mundial) 1 , el 26% de los niños y niñas padecen retraso en el crecimiento 2 , y en América Latina existen 66 millones de indigentes 3 . Si bien la producción de alimentos en el mundo es suficiente para alimentar a toda la población, gran parte de la población no tiene acceso físico ni económico a esos alimentos, es decir, debido a los elevados precios de los alimentos, la falta de medios de producción y recursos productivos como el agua, la tierra y las semillas por parte de la pequeña agricultura familiar, la posibilidad de satisfacer el derecho a una alimentación adecuada se ve frenada. Por tanto, se puede decir que el actual sistema agroalimentario, es caracterizado por generar hambre. 

Según estudios, la producción de cereales a nivel mundial se ha triplicado en los últimos 50 años, mientras que la población sólo se ha duplicado 4 . Sin duda el aumento del precio de los alimentos hace imposible el acceso al mismo, por ejemplo, en 2013 el precio de los alimentos aumentó en un 5.8% 5 con respecto a 2008, este último, en que se desató la crisis alimentaria. Es importante señalar que muchos países pobres, destinan hasta el 80% de sus ingresos a la compra de comida 6 . 

Entonces, el argumento de que el acelerado crecimiento de la población hace que los alimentos cada vez sean insuficientes para satisfacer sus necesidades, es fácilmente rebatido. El hambre en el mundo es el resultado de la injusta concentración de la cadena agroalimentaria en pocas manos, como señala Holt-Giménez y Peabody “el hambre es el resultado de la sistemática destrucción de los sistemas alimentarios de los países del sur a través de una serie de proyectos de desarrollo impuestos por los países del norte ” 7 . 

En el actual sistema agroalimentario se favorece la apropiación de las distintas etapas de la cadena alimentaria, las cuales son: semillas, insumos, financiamiento, tecnología, transporte, producción, almacenamiento, publicidad, procesamiento y comercialización en manos de grandes transnacionales; lo que provoca un quiebre y debilitamiento de la pequeña producción campesina. Por esta razón se afirma que el sistema agroalimentario mundial es un sistema inequitativo e injusto. 

Por ejemplo, según un estudio de Silvia Ribeiro 8 , 10 empresas transnacionales controlan el 67% del mercado mundial de semillas. Y únicamente, tres grandes empresas, Monsanto, DuPon, Syngenta, concentran el 47% del mercado mundial de semillas que se encuentra bajo propiedad intelectual. Hay que decir también, que estás mismas empresas que controlan el mercado mundial de semillas, controlan a su vez el mercado de la industria agroquímica, 10 empresas controlan el 89% de dicho mercado. 

Según el mismo estudio señala que Monsanto controla el 23% del mercado de semillas de maíz, soya, caña de azúcar, algodón y muchas hortalizas; asimismo controla el 86% de los cultivos transgénicos sembrados a nivel mundial. En 2008, compró en nuestro país la empresa productora de semillas CristianiBurkard, empresa que se favorecía de las políticas agrícolas alimentarias impulsados por el gobierno en turno, con la entrega de los paquetes agrícolas. 

En cuanto a la industria de procesamiento de alimentos y bebidas, 10 empresas transnacionales controlan el 26% del mercado global de comestibles, entre los primeros lugares se encuentra Nestlé, KraftFoods y PepsiCo. La industria global de distribución de alimentos la encabeza Wal-Mart, concentrado un 10.4% de los ingresos de las empresas en el comercio mundial de alimentos. A esto hay que añadir las exorbitantes ganancias que estas trasnacionales han obtenido en los últimos años (ver tabla 1) 

Tabla 1: Ganancias de las principales transnacionales que controlan la cadena agroalimentaria
Compañía Valor por ventas(2007) (Millones de dólares) Valor por ventas (2009) (Millones de dólares) Tasa
Monsanto
(Mercado de semillas)
$4,476.00 $7,297.00 63%
Syngenta (Mercado Agroquímicos) $7,285.00 $8,491.00 17%
Nestlé (Procesamiento de alimentos) $83,600.00 $91,560.00 10%
Wall- Mart (Comercio de alimentos) $180,621.00 $191,711.00 6%
Fuente: Elaboración propia en base a Ribeiro, Silvia, Soberanía alimentaria y nuevas tecnologías , Grupo de Acción sobre Erosión, Tecnología y Concentración (ETC), 2009 y en base al documento ¿Quién controlará la economía verde?, Grupo ETC, 2012 

Esther Vivas 9 caracteriza el actual sistema agroalimentario por ser un modelo “kilométrico”, es decir, los alimentos recorren grandes distancias entre países para poder llegar hasta la mesa de los hogares, cuando en realidad se podrían producir a nivel nacional, y garantizar así la soberanía alimentaria. Esto provoca la quiebra de la pequeña agricultura familiar, a través del dumping 10 que se practica en el comercio internacional entre países desiguales. 

De igual manera se privilegia los monocultivos en detrimento de la agrodiversidad, es decir, se le da mayor importancia a los requerimientos del mercado capitalista y no así a la nutrición y salud de las personas, y tampoco al cuido del medio ambiente. Además, los agronegocios del monocultivo provocan desplazamientos de los territorios por parte de las y los campesinos, e implica a su vez una sobreexplotación de la fuerza de trabajo, especialmente de las mujeres. Estudios señalan 11 que los desplazamientos de las comunidades campesinas implican no sólo defender el derecho a la tierra, sino que esta defensa también implica defender la propia identidad, el patrimonio natural, las diversas agriculturas, la propia historia, y las formas culturales de vida y de producción. 

En el aspecto cultural, las empresas transnacionales tratan de imponer la comida rápida o comida “chatarra”, la cual ocasiona graves impactos nutricionales en la salud de las personas, además, provoca que las personas dejen de consumir alimentos sanos los cuales forman parte de la cultura de los pueblos y regiones.
En síntesis, el actual sistema agroalimentario es un sistema que genera inseguridad alimentaria, lo cual trae como consecuencias enfermedades y distorsiones nutricionales como lo son la desnutrición, sobrepeso y obesidad. Dicho sistema también provoca enfermedades por el uso de pesticidas y por el uso de transgénicos; tal como señala Esther Vivas “el actual sistema agroalimentario es negativo tanto para la naturaleza, el campesinado, y para las y los consumidores ”. 

Los alimentos deben de dejar de ser vistos como mercancías, para los fines de especular y acumular; deben de considerarse como un derecho humano fundamental que sirva para satisfacer las necesidades humanas y proteger a su vez la naturaleza. La soberanía alimentaria de los países está siendo amenazada por los intereses de las empresas capitalistas que controlan las cadenas alimentarias a nivel mundial. 

Evelyn P. Martínez y Blanca Calixto
(*) Investigadoras en políticas agrícolas, forman parte de la Mesa por la Soberanía Alimentaria de El Salvador 

Notas:
1 FAO (2013), Estado mundial de la alimentación 2013, Sistemas Alimentarios para una mejor nutrición
2 Ibíd.
3 CEPAL (2012) "Panorama social América Latina 2012", en: http://www.cepal.org/publicaciones/xml/5/48455/PanoramaSocial2012DocI.pdf
4 GRAIN (2008), El negocio de matar de hambre en: http://www.grain.org/articles/?id=40
5 Ver: FAO, Índice de los precios de los alimentos, actualizado 08.08.2013, en: http://www.fao.org/worldfoodsituation/wfs-home/foodpricesindex/es/
6 Esther Vivas (2012), Soberanía Alimentaria, una perspectiva feminista, disponible en: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=144380
7 Eric Holt-Giménez y Loren Peabody (2008), “ De las revueltas del hambre a la soberanía alimentaria: Un llamado urgente para reconstruir el sistema alimentario” , en Introducción a la Crisis Alimentaria Global, p.8 disponible en: http://www.noetmengiselmon.org/IMG/pdf/Introduccion_Crisis_Alimentaria_Global.pdf
8 Silvia Ribeiro (2009), Soberanía alimentaria y nuevas tecnologías , Grupo de Acción sobre Erosión, Tecnología y Concentración (ETC)
9 Esther Vivas (2013), “El sistema agroalimentario está enfermo”, disponible en: http://esthervivas.com/2013/04/18/el-sistema-agroalimentario-esta-enfermo/
10 Se conoce como “dumping” a la práctica desleal, del comercio internacional, de subsidiar casi el costo total de los productos agrícolas y luego venderlo a los demás países a precios bajísimos, lo que ocasiona desplazamiento de la pequeña producción campesina.
11 Lidia Senra, Irene León, et. Al. (2009) Las mujeres alimentan al mundo. Soberanía Alimentaria en defensa de la vida y el planeta, Entre Pueblos

Rebelión

martes, 15 de octubre de 2013

La esclavitud no se regula

Que pocas corporaciones globales y fondos capitalistas estén sistemáticamente pertrechando crímenes ecológicos y sociales en todo el mundo –en forma de explotación de minas a cielo abierto, expulsando pueblos de sus moradas, privatizando zonas marítimas o acaparando las semillas– sólo se explica por una perfecta arquitectura de impunidad construida con la complicidad de gobiernos neoliberales, que, como un sastre particular, tallan a su medida legislaciones que les protege y favorece. Por si tales mecanismos no fueran suficientes, las propias empresas se acicalan con maquillajes color verde solidario en tiernos espots publicitarios donde explican su compromiso con el planeta y la humanidad.
 
Bajo esta farsa –insitucionalizada con el apelativo de Responsabilidad Social Corporativa (RSC)– encontramos al BBVA, Unión Fenosa, Repsol o Iberdrola, qué más da, presumiendo de lo que no son: empresas comprometidas con la calidad de vida de las personas, con el cuidado del medio ambiente, o una empresa que escucha a la gente.

El mecanismo siempre es parecido. Primero se comete el delito, explotar mano de obra o expoliar recursos naturales. A continuación, como es lógico, llegan las denuncias, los reclamos, la lucha y se deja en evidencia a tales corporaciones, y entonces, éstas contratacan con directores de marketing en las cocinas que le dan la vuelta a la tortilla. Nuestros negocios –dicen entre fogones– favorecerán el desarrollo de la zona. Y finalmente llegamos a la fase más perversa, cuando instituciones internacionales gubernamentales y no gubernamentales avalan y promocionan el elegante vestido de la prestigiosa marca RSC.

En este punto nos encontramos ahora, cuando el ya bien conocido y denunciado fenómeno de acaparamiento de tierras está encontrando en el Banco Mundial, la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y en algunas ONG una inverosímil legitimidad bajo el eufemismo de inversión agrícola responsable. Fíjense en la trampa semántica, es la clave. Cuando el hacerse con tierras campesinas –se calcula que al menos 80 millones de hectáreas en todo el mundo han pasado al control de grandes corporaciones, fondos de inversión e incluso gobiernos extranjeros, generando enormes desplazamientos de personas que pierden sus raíces y su sustento– cambia de nombre, y ya no es acaparamiento, sino inversión, rápidamente se justifica tremenda injusticia. Eso es lo que hay detrás de nuevos protocolos y regulaciones voluntarias que estas instituciones proponen para descatalogar lo que son injustos e inaceptables acaparamientos y colocarlos en la categoría siempre bien vista de inversiones y sus supuestas bondades.

Los argumentos que defienden este tipo de regulación dicen que permite diferenciar entre negocios hechos con buenas intenciones, que generan empleo y economía, de los claramente acaparamientos y todos sus estigmas, algo muy parecido a quienes justificaban la esclavitud porque había buenos amos que mucho cuidaban del bienestar de sus siervos. Pero, como dice GRAIN: La esclavitud no se regula, se declara ilegal. De la misma manera, cualquier enfoque serio para luchar contra el hambre y la pobreza requiere garantizar a los pueblos el control sobre sus tierras y territorios, no directrices y reglas sobre qué puedan hacer las corporaciones y los inversionistas extranjeros para trabajar para sí mismos. Lo que necesitamos no es inversión responsable en tierras agrícolas, sino restitución. Por esto queremos decir que en vez de tratar de hacer funcionar esta nueva tendencia de financializar la tierra agrícola, se necesita detener estos negocios y revertirlos, restituyendo las tierras a las comunidades que vivían de ellas.

En esta línea también se han pronunciado los movimientos sociales de América Latina y el Caribe (entre ellos CLOC-La Vía Campesina y el MAELA) reunidos el pasado 7 y 8 de agosto en Bogotá, Colombia, en una consulta continental para discutir sobre el concepto de inversión agrícola responsable. Allí afirmaron que se deben rechazar cualquier medida que siga promoviendo o justificando el crecimiento de la agricultura industrial y agroexportadora, como la que se desarrolla en los acaparamientos de tierra. Y que, en cambio, se necesita fortalecer, en todo el mundo, el enfoque de la soberanía alimentaria, basada en una agricultura gestionada por las propias comunidades, de pequeña escala y para los mercados locales.

De acuerdo, los acaparamientos no se regulan se declaran ilegales.

Gustavo Duch Guillot
*Coordinador de la revista Soberanía alimentaria, biodiversidad y culturas
La Jornada

sábado, 12 de octubre de 2013

Estado de la inseguridad alimentaria en el mundo

Existe un lugar en el que se entrecruzan todas las crisis y se llama hambre. En ese espacio se encuentran la crisis económica, la especulación financiera, la crisis energética y el paradigma quebrado del neoliberalismo. Las instituciones del poder buscan siempre esconder las raíces y la magnitud del problema.
 
En Roma se lleva a cabo la reunión plenaria del Comité sobre seguridad alimentaria de la FAO. Está dando a conocer su informe para 2013 sobre inseguridad alimentaria (SOFI, por sus siglas en inglés y disponible en FAO). Para el estándar de los informes de la FAO, el SOFI 2013 no es tan malo, pero cuando llega a los problemas medulares, siempre prefiere endulzar el diagnóstico. Hoy un estudio riguroso e independiente le enmienda la plana.

La principal conclusión del estudio SOFI 2013 es que ha habido un progreso generalizado en la lucha contra el hambre. Señala que entre 1990 y 2007 se puede apreciar una clara tendencia a la reducción del hambre en el mundo y que a partir de la crisis esa tendencia se ha mantenido, aunque a un ritmo más lento. La realidad es que los datos sobre los avances en la lucha contra el hambre están concentrados en dos países, China y Vietnam (el 91 por ciento de la reducción desde 1990 corresponde a estos dos países). El mismo informe revela que entre los segmentos de la población más vulnerable el problema se ha agravado: en los países menos desarrollados, hay un incremento de 59 millones de personas afectadas por la subalimentación en los últimos 20 años.

Las estimaciones de la FAO sobre población afectada por el hambre están basadas en un cálculo del umbral de calorías por debajo del mínimo requerido por una persona durante un año y con un estilo de vida sedentaria. Esta forma de medir el hambre conduce a una subestimación significativa del problema. De esta manera el informe de la FAO puede alegremente indicar que hay progreso en la lucha contra este problema, pero la realidad es diferente. El número de personas con hambre podría aumentar del reportado por la FAO (868 millones) a unos mil 300 millones.

La FAO concluye que las metas mundiales de reducción del hambre están a nuestro alcance si se regresa a la tasa de crecimiento económico que prevalecía antes de la crisis. Pero este mensaje resulta engañoso porque el proceso de crecimiento en los años anteriores a la crisis estuvo marcado por mayor desigualdad y dependencia alimentaria. Además a la FAO parece no preocuparle el efecto del cambio en el uso de tierras cultivadas hacia la producción de biocombustibles en detrimento de la oferta de alimentos. Tampoco le inquieta la falta de regulación en los mercados de futuros y de productos básicos que ha permitido la especulación financiera en estos mercados con efectos nefastos en los precios de los alimentos. Y no le llama la atención la presencia de profundas distorsiones en los mecanismos de fijación de precios en los mercados altamente concentrados de granos e insumos agrícolas. Tal pareciera que la FAO considera que estos problemas son irrelevantes y de ahí su optimista conclusión.

Al igual que casi todos los informes de las agencias especializadas de Naciones Unidas, el informe SOFI 2013 evita discutir los rasgos de la economía mundial que han conducido a la crisis y que tienen serias consecuencias para la inseguridad alimentaria. De hecho, para el informe tal parece que lo único que permite reducir el hambre es el crecimiento económico. Según la FAO esto es lo que hace posible reducir la pobreza, hambre y desnutrición. A pesar de que el vínculo entre crecimiento y reducción de la desnutrición no es muy robusto, el mensaje principal de SOFI 2013 es que el crecimiento es el principal instrumento para reducir hambre y subalimentación. De este modo, la FAO evita mencionar el importante hecho de que las políticas públicas orientadas a fortalecer la equidad han sido clave en la reducción del hambre y la desnutrición. Y es precisamente en los países que acusan mayores adelantos en la lucha contra el hambre en los cuales se han aplicado políticas que fortalecen la equidad, sobre todo en términos de propiedad de activos productivos. En contraste, la FAO en su informe concentra su atención en las políticas asistencialistas de corte neoliberal.

De hecho, el mismo informe SOFI 2013 reconoce que sus datos no cubren los efectos de los aumentos en los precios de los alimentos de los años 2007-08 y que tampoco consideran las consecuencias de la caída en la tasa de crecimiento económico a partir de 2009. Esto es suficiente para invalidar la principal conclusión del estudio porque la crisis global ha sumido al mundo en un proceso de empobrecimiento del que no saldremos fácilmente. La cifra de 868 millones de personas que padecen hambre no es válida.

El informe de la FAO está marcado por un injustificado optimismo que no permite realizar un análisis objetivo sobre el problema del hambre en el mundo. Sin entender las raíces del problema no será posible solucionarlo.

Alejandro Nadal
La Jornada

sábado, 5 de octubre de 2013

Comida industrial: enfermando a la gente y el planeta

Las cinco enfermedades más comunes en México están ligadas a la producción y consumo de alimentos provenientes de la cadena agroalimentaria industrial: diabetes, hipertensión, obesidad, cáncer, enfermedades cardiovasculares. Algunas totalmente, otras parcialmente, ninguna está desligada. Esto se traduce en mala calidad de vida y tragedias personales, pero además en altos gastos de atención médica y del presupuesto de salud pública, un enorme subsidio oculto para las transnacionales que dominan la cadena agroindustrial, desde las semillas al procesado de alimentos y venta en supermercados. Más razones para cuestionar ese modelo de producción y consumo de alimentos.
 
En artículos anteriores referí cómo el sistema alimentario agroindustrial solamente alimenta a 30 por ciento de la población mundial, pero sus graves impactos en salud, cambio climático, uso de energía, combustibles fósiles, agua y contaminación son globales.

En contraste, la diversidad de sistemas alimentarios campesinos y de pequeña escala son los que alimentan a 70 por ciento de la población mundial: 60-70 por ciento de esa cifra lo aportan parcelas agrícolas pequeñas, las huertas urbanas el 15-20 por ciento, la pesca 5-10 por ciento y la caza y recolección silvestre 10-15 por ciento. (Ver ¿Quién nos alimentará? La Jornada, 21/9/13 y www.etcgroup.org). Agrego ahora datos complementarios, de la misma fuente.

En términos de producción por hectárea, un cultivo híbrido produce más que una variedad campesina, pero para ello requiere la siembra en monocultivo, en extensos terrenos planos e irrigados, con gran cantidad de fertilizantes y alto uso de agrotóxicos (plaguicidas, herbicidas, funguicidas). Todo ello disminuye la cantidad de nutrientes que contienen por kilogramo. Los cultivos campesinos, por el desplazamiento histórico que han sufrido, ocurren mayoritariamente en terrenos desiguales, en laderas y tierras pedregosas, sin riego. Si comparamos aisladamente la producción de un cultivo campesino con el mismo híbrido industrial, la producción por hectárea es menor. Sin embargo, los campesinos siembran, por necesidad y conocimiento, una diversidad de cultivos simultáneamente, varios del mismo cultivo con diferentes características, para diferentes usos y para soportar distintas condiciones, además de cultivos diferentes que se apoyan entre sí (se aportan fertilidad, protegen de insectos) y como usan poco o nada de agrotóxicos, crecen a su alrededor una variedad de hierbas comestibles y medicinales. Siempre que pueden, los campesinos combinan también con algún animal doméstico o peces. Todo sumado, el volumen de producción por hectárea de las parcelas campesinas es mayor que el de los monocultivos industriales, además de que resisten mucho mejor los cambios del clima y su calidad y valor nutritivo es mucho mayor.

De lo cosechado en la agricultura industrial, más de la mitad va para forrajes de ganado en cría a gran escala y confinada (cerdos, pollos, vacas). Virtualmente toda la soya y maíz transgénico que se produce en el mundo –y también la que quieren plantar en México– no se destina a alimentación humana sino a forrajes para cría animal industrial, dominada también por trasnacionales y cuyo sobreconsumo es otro factor causante de las enfermedades principales.

De los fertilizantes sintéticos usados en la agricultura industrial, la mayoría es justamente para producir forrajes, y la mitad que se aplica no llega a las plantas por problemas técnicos. A su vez, el escurrimiento de fertilizantes es factor fundamental de contaminación de aguas y de gases de efecto invernadero.

Adicionalmente, en la cadena industrial se desperdicia de 33 a 40 por ciento de los alimentos durante la producción, transporte, procesamiento y en hogares. Otro 25 por ciento se pierde en sobreconsumo, produciendo obesidad, entre otras cosas por la adicción que provoca la cantidad de sal, azúcar y químicos agregados.

En Norteamérica y Europa el desperdicio de alimentos per cápita es de 95 a 115 kilogramos por año, mientras que en África subsahariana y sudeste de Asia (con mayoría de agricultura campesina), es de 6 a 11 kilogramos per cápita, 10 veces menor.

Ante el desperdicio y la gravedad de los problemas de salud y ambientales que provoca la cadena industrial de alimentos, urge replantearse políticas que la desalienten y estimulen en su lugar la producción diversificada, sin químicos, con semillas propias y en pequeña escala, que además es la base de trabajo y sustento de más de 80 por ciento de los agricultores del país. En el extremo opuesto está la producción industrial con transgénicos, que exacerba todos los problemas mencionados, y además, al estar en manos de cinco trasnacionales es una entrega de soberanía nacional. La siembra de soya transgénica ya está amenazando de muerte a los apicultores, tercer rubro de exportación nacional, que provee sustento a más de 40 mil familias campesinas. Las solicitudes de siembra comercial de maíz transgénico en millones de hectáreas, amenazan eliminar otros miles de familias campesinas y contaminar el patrimonio genético más importante del país.

Por si estos datos no fueran suficientes, los eventos climáticos extremos que ha sufrido el país –con daños exacerbados por políticas que aumentan la vulnerabilidad–, están directamente vinculados a ese sistema alimentario agroindustrial, que es una de las causas principales del cambio climático.

Silvia Ribeiro
La Jornada

sábado, 21 de septiembre de 2013

¿Quién nos alimentará?

El tema del hambre y las necesidades alimentarias frente a la creciente población mundial es crucial, pero está atravesado de supuestos equivocados que urge terminar.
 
Casi todos los gobiernos y la comunidad internacional que se ocupa del tema alimentario parten de la premisa que necesitamos la cadena industrial y sus tecnologías para alimentarnos, tanto en el presente como para enfrentar los desafíos futuros. Los campesinos y otros pequeños productores de alimentos son vistos como algo casi folclórico: existen, pero son marginales y no juegan un papel importante en la alimentación. Es también la consigna de transnacionales y científicos que son financiadas por ellas: sin semillas industriales y transgénicas, sin monocultivos industriales, maquinarias y gran cantidad de insumos y agrotóxicos, el mundo pasará aún más hambre ante el aumento de población y el caos climático.

Sin embargo, los datos duros muestran una realidad inversa: es justamente la cadena industrial, las trasnacionales y sus tecnologías, las que exacerban las crisis y producen más hambre, mientras que las redes campesinas y otros pequeños son quienes alimentan a la mayoría.

Frente a las contradicciones entre datos reales y supuestos equivocados que son base de políticas nacionales e internacionales, en el Grupo ETC, que seguimos el tema agrícola y alimentario y sus configuraciones empresariales desde la década de los setenta, decidimos compilar investigaciones de varias décadas y contrastar en un solo documento las realidades de la cadena industrial alimentaria y las redes campesinas. Lo sintetizamos en un poster de 6 láminas, que compara ambas realidades contestando 20 preguntas comenzando por ¿quién nos alimenta hoy? y ¿quién nos alimentará en el 2030?

El mercado mundial de la alimentación, desde las semillas y la agricultura hasta los supermercados, es desde 2009 el mayor mercado mundial, superando a los energéticos. Siendo además un rubro esencial para la supervivencia, no sorprende que las transnacionales se hayan lanzado agresivamente a controlarlo. El proceso no tomó mucho tiempo: en tecnología unos cincuenta años, con la llamada Revolución verde, en nuevas regulaciones para favorecer los oligopolios de mercado, apenas un par de décadas. De Monsanto a Walmart, una veintena de transnacionales controlan ahora la mayor parte de este lucrativo mercado.

Que las transnacionales dominen la cadena industrial de producción de alimentos no significa que alimentan a la mayoría. Aunque controlan cerca del 70 por ciento de los recursos agrícolas globales (tierra, agua, insumos), lo que producen solo llega a un 30 por ciento de la población mundial. La mayor parte de los alimentos sigue viniendo de manos campesinas, indígenas, pescadores artesanales, recolectores, huertas barriales y urbanas y otros/otras pequeños, que con apenas 30 por ciento de los recursos agrícolas, alimentan al 70 por ciento de la humanidad.

La cadena industrial desperdicia dos terceras partes de su producción de alimentos, devasta suelos y ecosistemas, ocasiona enorme daños a la salud y el ambiente, y pro ella 3 mil 400 millones de personas, la mitad de la población mundial, está mal alimentada: hambrienta, desnutrida u obesa. La red campesina y de pequeños proveedores de alimentos tiene un nivel mínimo de desperdicio, usa y cuida una enorme diversidad de alimentos con mucho mayor contenido nutricional, más saludables y con un impacto ambiental bajo o inexistente. Incluso negativo, porque contrarrestan la devastación causada por la cadena, como en el caso del cambio climático. Esto, aún tomando en cuenta que buena parte de los campesinos usan algún agroquímico.

Para proveer ese 30 por ciento de los alimentos, la cadena industrial usa el 70-80 por ciento de la tierra arable, el 80 por ciento de los combustibles fósiles y el 70 por ciento del agua destinados para uso agrícola. Además causa el 44 a 57 por ciento de los gases de efecto invernadero, deforesta 13 millones de hectáreas de bosques y destruye 75 millones de toneladas de cubierta vegetal cada año.

La red campesina cosecha el 60-70 por ciento de cultivos alimentarios con 20-30 por ciento de la tierra arable, utiliza menos del 20 por ciento de los combustibles fósiles y el 30 por ciento del agua destinados al uso agrícola, usa y nutre la biodiversidad y es responsable por la mayor parte del 85 por ciento de los alimentos que se producen dentro de fronteras nacionales. Es el proveedor principal, y muchas veces el único, de los alimentos que llegan a los dos mil millones de personas que sufren hambre y desnutrición.

A estos datos se suman muchos otros sobre volumen de producción por hectárea, puestos de trabajo, tierra, agua, pesca, bosques, diversidad de semillas y microbiana, polinizadores, investigación agrícola, patentes y monopolios, producción animal e impactos derivados, impactos en salud y ambiente, que muestran realidades parecidas y a menudo desconocidas no sólo para los gobiernos, también para muchos de nosotros.

El documento, titulado ¿Quién nos alimentará? La cadena industrial o la red campesina, parte de más de un centenar de fuentes, la mayoría de organismos de Naciones Unidas como FAO, PNUMA, PNUD, UNCTAD. El resto es de instituciones académicas o de investigación de la sociedad civil, citando reportes que a su vez están basados en otros cientos de fuentes, como los producidos por Grain y Oxfam. Se puede descargar en www.etcgroup.org/es/content/quién-nos-alimentará

Silvia Ribeiro. Investigadora del Grupo ETC
La Jornada

domingo, 14 de julio de 2013

¿Qué pasó con los BRICS?

Goldman Sachs, que fue uno de los bancos de inversión y valores más grandes del mundo, argumentó en su momento que el potencial económico de Brasil, Rusia, India y China era tal, que era muy probable que se convirtieran en las cuatro economías dominantes del mundo: fue una tesis propuesta por Jim O’Neill, economista del banco, en un ensayo titulado Building better global economic BRICs (2001). El terminajo fue adoptado por académicos y analistas, pues parecía resumir unos rasgos comunes: es un grupo de países muy poblados con economías ascendentes, clase media en expansión acelerada, crecimiento superior a la media global mundial, y una notable resistencia a la crisis financiera que se había dado inicio a fines de 2007.
 
Lo notorio no es que académicos y analistas hayan adoptado sin más la tesis de O’Neill, sino que los propios países incluidos en el acrónimo de marras, hayan oído esa cuasi solitaria voz proveniente de un banco gringo, para convertirla en un eje de su actuar inmediato, y constituirse en somos el polo dominante del futuro. Hasta ahí puede llegar una voz del país dominante del planeta.

El mundo de la economía global del presente, como estamos viendo, se mueve agitadamente sin cesar, provocando cambios acelerados y continuos, y probablemente la tesis de O’Neill (y de los aludidos) era por lo menos apresurada.

Todavía el informe del PNUD, Índice de Desarrollo Humano 2013, subtituló al documento El ascenso del sur, dando un lugar especial a los BRICS –ya había sido añadida Sudáfrica-, y se había argumentado que podrían haber entrado en los BRICS México y Corea del Sur, pero que no era necesario por cuanto eran parte de la OCDE.

Espero que el gozo no se haya ido al pozo, pero la cumbre que las cinco grandes economías emergentes (o BRICS) acaban de celebrar en Durban (Sudáfrica), comenzó con redoble de grandes tambores, y acabó en susurros. El convenio de canje de divisas suscrito previamente por China y Brasil aparecía como el comienzo de acuerdos de mucho mayor calado, en particular la creación de un banco de desarrollo que sirviera de contrapeso al Banco Mundial y al FMI.

La iniciativa, aprobada por los BRICS desde el año pasado en Nueva Delhi, se había presentado como la base de un nuevo orden financiero mundial: un banco sur-sur que ayudara a los países en desarrollo y desafiara a los organismos dominados por las potencias occidentales. Los BRICS, sin embargo, no pudieron crear en Durban su primer gran organismo financiero. No hubo acuerdo en cómo financiar el banco, ni dónde situar su sede, ni cómo articular la toma de decisiones. Ojalá y esas dificultades puedan ser superadas en el futuro, pero la coyuntura apunta más bien a mayores dificultades.

Ahora, la agencia Standard & Poor’s calificó hace unos dos meses la deuda soberana de India en BBB- (el grado de inversión más bajo posible y la más baja nota entre los BRICS). India enfrenta casi todos los retos que una economía emergente puede afrontar. Su gobierno está liderado por una pequeña élite dividida por disputas que paraliza casi todos los intentos de reforma económica.

Brasil afronta problemas económicos y políticos crecientes, de corto y de mediano plazo, a los que nos hemos referido en este espacio, al mismo tiempo que tomado compromisos internacionales de gran envergadura. En Rusia el propio Putin ha expresado serias dudas sobre el futuro de los BRICS. Este país está entrando gradualmente a una etapa recesiva de la que no le será fácil salir. Una de las patas del tripié ruso son sus elevadas exportaciones de petróleo y gas a la Unión Europea, y la ya larga recesión europea ha asestado sucesivos golpes a la balanza de pagos rusa, que ya no registra los volúmenes de divisas que recibía hasta hace pocos años. También ha hecho esfuerzos importantes, pero no ha podido controlar una burbuja inmobiliaria que crece, no a velocidad gringa, pero no deja crecer.

Sólo China sigue en pie. En una nota reciente Standard and Poor’s se refirió, con esa delicadeza diplomática de tantos funcionarios gringos que operan a nivel internacional, a China y los BRI.

De modo que ver en los BRICS el núcleo dominante del futuro, o en un mejor escenario, la constitución de potencias que efectivamente empiecen a configurar un mundo multipolar más o menos equilibrado, se ve como el vagón de cola de un tren que parte velozmente delante de nosotros: se achica rápidamente ante nuestros ojos.

No por todo ello Estados Unidos está en una vía de recuperación de su hegemonía de la posguerra. Por el contrario, esa hegemonía se vuelve más y más evanescente. El sentimiento antiestadunidense crece –¡aún más!– en el mundo entero. Ahora hasta la alianza atlántica está herida por el espionaje estadunidense y (entre paréntesis, qué irónico resultaría que los drones que se fabrican en México –como El Gavilán–, diseñado expresamente para vigilancia de multitudes, fuera el instrumento para vigilar la frontera norte por nuestros vecinos: este dron se comercializa por Hydra Technologies de México).

Estados Unidos, sí, continuará siendo el país dominante, por su pura fuerza militar y tecnológica; y si el mundo no gringo no logra crear un mundo multipolar equilibrado, nos amenaza una dictadura militar mundial estadunidense, que es el american dream del Partido Republicano.

José Blanco
La Jornada

jueves, 4 de julio de 2013

La globalización contra-hegemónica

Estamos siendo testigos de la irrupción de los ciudadanos de innumerables países, que protestan indignados contra la realidad de un mundo cada vez más injusto, más inseguro y donde la democracia real se ha vuelto una ilusión. Se trata de un fenómeno inédito. Las nuevas tecnologías de la información y la telecomunicación permiten ya no sólo transmitir el malestar, sino organizar expresiones masivas por canales no controlados ni por el poder político (gobiernos y partidos) ni por el poder económico (empresas y corporaciones). Estas rebeliones ciudadanas, ocurridas de manera espontánea en regiones tan diferentes como el mundo árabe (Egipto, Túnez, Argelia, Marruecos), Europa (Islandia, Grecia, Portugal, España) o América Latina (Chile, México, Brasil), han logrado detener o anular medidas coercitivas, cambiar leyes o derrocar regímenes autoritarios. Son reacciones a la crisis de la civilización moderna. Sin embargo, ahí donde parece que todo termina, es donde todo comienza. Si la protesta callejera, por más impactante que sea, no se transforma en organización autónoma de la sociedad civil, su efecto tenderá a desvanecerse o apagarse y a terminar recluida en el baúl de los recuerdos. ¿Cómo convertir la protesta en una fuerza real de transformación social?
 
Debemos al pensador lusitano Boaventura de Sousa Santos la expresión de globalización contra-hegemónica. Bajo este título agrupa los proyectos, iniciativas y procesos de carácter alternativo que, creados y ejecutados por la sociedad civil, representan fisuras en el modelo dominante de la civilización industrial o moderna. Su importancia es nodal, porque muestra que existen ejemplos y casos exitosos de la vida real construidos sobre valores no sólo alternativos, sino opuestos a los que hoy dominan. Se trata de experiencias autónomas e independientes de los poderes políticos y económicos inspirados en el apoyo mutuo y la cooperación y basados en una economía que es moral, ecológica y solidaria. Hagamos un brevísimo recuento.

Es posible que el rasgo clave de estas experiencias sea el espíritu solidario, cooperador o altruista de quienes participan en ellas. Ello las sitúa de raíz como antípodas de la competencia y del individualismo. Sobre ese valor se construyen entonces instituciones verdaderamente democráticas, horizontales e igualitarias que surgen en paralelo a los proyectos. En esta perspectiva el primer baluarte lo conforman las cooperativas y las redes de muy diferente tipo. Las cooperativas, que son modalidades de empresas sin patrones donde los trabajadores son todos socios con derecho a voz y voto, no sólo existen y subsisten sino que se expanden por todo el mundo. Las redes de producción y consumo igualmente crecen, especialmente las de los productos orgánicos.

La cooperativa es y será cada vez más el modelo productivo que habrá de remplazar a las empresas y corporativos privados. La cooperativa surgió en 1844 en Inglaterra cuando 28 trabajadores despedidos decidieron fundar su propia empresa. Si usted, lector, explora por Internet el tema, encontrará más de 3 millones de respuestas y se enterará que existe la Alianza Internacional de Cooperativas, fundada en 1895. El modelo cooperativo está presente en los principales proyectos contra-hegemónicos.

Ya hace más de cuatro décadas que en Japón surgió el Tekei, redes que conectan cooperativas de productores y consumidores de alimentos, en su mayoría orgánicos. Se estima que hacia 2004 participaban unos 22 millones de ciudadanos. El Tekei japonés se considera una experiencia emblemática que ha inspirado muchas otras experiencias similares en numerosos países. En India, el influyente legado filosófico de Mahatma Gandhi, que incluye conceptos de gran importancia como el swaraj (autogobierno) y la swadeshi (control popular de los procesos) y las notables resistencias ecológicas, como el movimiento Chipko (mujeres defendiendo los árboles) o la protesta de Bophal, han inducido unas 30 mil iniciativas sociales emancipadoras conocidas como micromovimientos. También está el caso del estado de Kerala, en el extremo sur, donde gobiernos de izquierda, a contracorriente de lo que habitualmente sucede, han gestado un extenso movimiento de democracia participativa, que ha llegado a sus mil 214 municipios. Kerala mantiene una población, equivalente a la de España, de casi 40 millones. En México existe un registro de un millar de experiencias locales, de inspiración ecológica, realizadas por empresas sociales, casi todas indígenas, distribuidas principalmente por el centro y sur del país. En España el cooperativismo tiene una alta presencia en la economía; su experiencia emblemática es Mondragón, con 100 mil socios, y frente a la crisis se han constituido nuevas cooperativas integrales en Barcelona, Madrid y Andalucía.

La información disponible, por lo común dispersa, revela que en Cuba un movimiento ciudadano de carácter agroecológico logró remontar la crisis alimentaria provocada por la ausencia de petróleo, tras la caída de la Unión Soviética, más allá del aparato político de la isla; que en Brasil, las tres principales confederaciones campesinas se plantean no sólo el reparto agrario, sino el modelo agro-ecológico y la soberanía alimentaria; y que en Europa el movimiento de las Transition Towns, poblaciones que buscan vivir sin petróleo bajo un modelo sustentable rebasan, las 200.

Es posible que toda esta gama de proyectos ciudadanos no alcance aún a conformar un proceso global. Pero todo apunta hacia allá. Mientras que la Alianza Cooperativa Internacional reúne a 800 millones de socios, la Vía Campesina es ya una organización global, con 200 millones de miembros. En escasas dos semanas el movimiento ambientalista logró sacar a la calle a más de 2 millones en 435 ciudades para protestar contra Monsanto y los alimentos transgénicos. El día del orgullo gay igualmente convoca cada año a cientos de miles a manifestaciones callejeras. Quienes se dedican a la teoría de redes, saben que una vez consolidada una red en un nivel, el siguiente paso es su articulación con otras más y así sucesivamente. Conforme se vaya consolidando este proceso trans-escalar se habrá de pasar a la formulación de contenidos teóricos para buscar una civilización diferente, o una modernidad alternativa. La frase del pensador alemán Bertolt Brecht resulta significativa: La crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer.

Victor M Toledo
La Jornada