miércoles 13 de enero de 2010

¿Hacia el “post-altermundialismo”?

A los diez años de la creación del Foro Social Mundial de Porto Alegre

Muchos militantes se preguntan sobre los resultados políticos concretos de esos encuentros. Los movimientos sociales y ciudadanos, reunidos por primera vez en Porto Alegre en enero de 2001 para denunciar los estragos del neoliberalismo y exponer proposiciones alternativas, lograron gran repercusión. Pero la fórmula está emitiendo señales de desgaste… De ahí la necesidad de tender puentes con las fuerzas políticas y con los gobiernos progresistas que llevan a la práctica medidas directamente surgidas de los Foros.

En la pequeña oficina de Le Monde diplomatique de París, donde el 16 de febrero de 2000 se establecieron las bases de lo que iba a convertirse en el Foro Social Mundial (FSM), ninguno de los presentes (1) hubiera podido imaginar hasta qué punto el FSM se transformaría en un nuevo actor de la vida política internacional. Y todo fue muy rápido, dado que el primer FSM se celebró menos de un año después en Porto Alegre, capital del estado brasileño de Rio Grande do Sul (2).

Tan rápido paso de la idea a la acción fue una notable hazaña que debe atribuirse al comité brasileño de organización, constituido a ese fin. En un artículo publicado en agosto de 2000 (3), que contribuyó de manera decisiva a dar credibilidad y poner en órbita internacional al futuro Foro, Ignacio Ramonet escribía: “En 2001, Davos tendrá un competidor mucho más representativo del planeta tal cual es: el Foro Social Mundial que se reunirá en la misma fecha (del 25 al 30 de enero) en el Hemisferio Sur, en Porto Alegre (Brasil)”. Añadía, a partir de los elementos de los que disponía en ese momento, que se esperaban “entre 2.000 y 3.000 participantes, portadores de las aspiraciones de sus respectivas sociedades”. No obstante, y para agradable sorpresa de todos, fueron cerca de 20.000 los delegados que seis meses después se reunieron en la capital gaucha.

La reacción anti-Davos tuvo una fuerte influencia en esa movilización. La voluntaria proximidad de los titulados dos Foros –Foro Económico Mundial o World Economic Forum (WEF) en Davos y Foro Social Mundial en Porto Alegre– así como la también deliberada simultaneidad de ambas reuniones, constituyeron ventajas mediáticas mayores. El fundador y presidente del Foro de Davos, Klaus Schwab, lo constató con amargura, quejándose de la “desviación negativa” del renombre del WEF.

Símbolo del poder y de la arrogancia financiera, así como del desprecio por la democracia y la sociedad, Davos constituía un blanco perfecto para los movimientos sociales y ciudadanos. Ya en enero de 1999, en plena sesión del WEF, varias organizaciones, entre las que se encontraba el Foro Mundial de las Alternativas (FMA) y Attac, habían organizado un seminario de dos días en Zurich, seguido de una conferencia de prensa sobre el tema de “El otro Davos” en la estación de esquí suiza. Cualquier otro tipo de manifestación o protesta era prácticamente imposible en esas estrechas callecitas cubiertas de nieve controladas por policías y militares.

Fue, pues, contra todo lo que representaba Davos contra lo que se definieron los primeros FSM, en una postura de denuncia del neoliberalismo y de resistencia a sus perjuicios. Los FSM también se situaban como prolongación de los combates zapatistas (en especial el Reencuentro Intergaláctico de Chiapas de 1996); de la lucha victoriosa contra el Acuerdo Multilateral sobre Inversiones (AMI) de 1998, elaborado en secreto por la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) y cuyo texto había publicado Le Monde diplomatique, y por supuesto de la gran movilización en Seattle contra la Organización Mundial de Comercio (OMC) de diciembre de 1999 (4).

En una segunda etapa, los Foros se tornaron más propositivos, lo que como consigna se tradujo en el abandono del término “antiglobalización” a favor de “altermundialismo”. Es decir, el paso del rechazo a la propuesta, lo que correspondía más a la consigna de los Foros: “Otro mundo es posible”. Esta evolución se realizó sin modificar las reglas de funcionamiento del FSM, codificadas en su Carta de Principios elaborada en junio de 2001. Dicho documento de referencia define al Foro a la vez como un “espacio” y un “proceso”; de ninguna manera como una entidad. Se trata de componer un lugar de intercambios, de diálogo, de elaboración de propuestas, de puesta en práctica de estrategias de acción y de constitución de coaliciones de todos los actores sociales que rechazan la globalización liberal. Pero cada una de esas acciones sólo compromete a las organizaciones que desean implicarse y no al conjunto de las presentes en el Foro.

Por lo tanto, el Foro Social Mundial no toma posiciones como tal y en sus reuniones no hay un “comunicado final”; sólo textos adoptados en el transcurso del Foro Social Mundial, pero no textos “del” Foro Social Mundial ni de sus declinaciones continentales (como los Foros Sociales africanos, europeos, etc.). Esta fórmula abierta permitió la progresiva incorporaciónn a los Foros de nuevas fuerzas –sindicatos “reformistas”; Organizaciones No Gubernamentales (ONG); movimientos indígenas, feministas, ecologistas, confesionales, etc.– que aceptaban caminar un trecho con elementos más radicales, pero que no querían ser desbordados por ellos.

De un FSM a otro se emitieron cientos de propuestas (más de 350 sólo para el Foro de Porto Alegre de 2005), pero sin ninguna jerarquía ni articulación entre ellas. Todo lo que derogaba el principio de “horizontalidad” (las propuestas tienen un estatus equivalente) y todo lo que aparecía como “vertical” (por ejemplo, una plataforma que unificara diferentes propuestas complementarias pero dispersas), fue combatido por una fracción influyente de los organizadores brasileños de los Foros y dirigentes de ONG que veían allí el inicio de un programa político... y hasta el intento de creación de una nueva Internacional!

Así es como el Manifiesto de Porto Alegre, base de las doce propuestas –originadas en debates y que constituyen a la vez un sentido y un proyecto– que el 29 de enero de 2005 presentaron en Porto Alegre 19 intelectuales de cuatro continentes (entre ellos dos premios Nobel) (5), fue criticado en sus propios principios por muchos autoproclamados guardianes de la ortodoxia “Foro”. Idéntica suerte le reservaron posteriormente al Llamamiento de Bamako, documento programático de alcance planetario, redactado al término de un encuentro que organizó el Foro Mundial de las Alternativas, que renunió a 200 intelectuales y representantes de movimientos sociales, la mayoría de África y Asia, en vísperas del Foro Social Mundial descentralizado que tuvo lugar en la capital de Malí en enero de 2006 (6).

Si se aplicara la rigurosa lectura que algunos hacen de la Carta de Principios de 2001, los Foros Sociales estarían condenados a presentar en orden disperso una multitud de propuestas de muy desigual importancia acerca de las estructuras del orden dominante que, de los gobiernos a las instituciones multilaterales (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, Organización Mundial del Comerico, Organización de Cooperación y Desarrollo Económico), sin hablar de la Comisión Europea, dan prueba de una cohesión absoluta en la imposición de los dogmas liberales.

Ese rechazo voluntario a influir colectivamente sobre los actores de la esfera política a partir de una plataforma internacional común, y al mismo tiempo quedarse afuera de la esfera electoral, explica el desgaste de la fórmula de los FSM. Y eso aunque continúen reuniendo a decenas de miles de participantes locales, que a menudo asisten por curiosidad, como ocurrió en Belem en enero de 2009.

Muchos militantes se preguntan sobre los resultados políticos concretos de esos encuentros y la manera en que pueden contribuir al advenimiento de “otro mundo posible”.

Las cosas se complicaron con la llegada al poder en América Latina (Bolivia, Ecuador, Paraguay y Venezuela) de gobiernos surgidos de movimientos populares, que ponen en práctica, aunque con altibajos, políticas de ruptura con el neoliberalismo –tanto a nivel nacional como internacional– que coinciden con las expresadas en los Foros. ¿Qué actitud debería adoptarse? ¿Ser solidarios con ellos, aunque sea caso por caso? ¿O quedarse de brazos cruzados y mirar para otro lado, so pretexto de que se trata de gobiernos, por lo tanto sospechosos, razón por la cual hay que mantenerlos a distancia?

Ese comportamiento remite a una ideología libertaria difusa pero muy presente en numerosas organizaciones. En especial fue objeto de las teorías de John Holloway en su obra titulada explícitamente Cambiar el mundo sin tomar el poder (7). Por otra parte, la palabra “poder” está ausente del vocabulario de muchos de sus actores, salvo para estigmatizarla, muy a menudo como reacción a las derivas totalitarias de Estados-Partidos.

Por el contrario, el contrapoder y la desobediencia civil se consideran las privilegiadas palancas del cambio. Tal postura se hace difícil de sostener cuando en la Cumbre de Copenhague, por ejemplo, la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) que agrupa a nueve Estados latinoamericanos y caribeños, toma posiciones que convergen con las de las coaliciones de ONG que exigen la justicia climática, y cuestiona directamente al capitalismo (8).

El nuevo contexto internacional impondrá, incluso en la concepción de estos Foros, la búsqueda de nuevas formas de articulación entre movimientos sociales, fuerzas políticas y gobiernos progresistas. Para caracterizar esta evolución se ha propuesto una palabra: el post-altermundialismo (9), que sin sustituir al altermundialismo, constituye una continuidad posible.

Con ocasión del FSM de Belem, se pudo ver un primer esbozo de esta actividad postaltermundialista en el diálogo entre cuatro presidentes latinoamericanos –Hugo Chávez (Venezuela), Rafael Correa (Ecuador), Fernando Lugo (Paraguay) y Evo Morales (Bolivia)– y los representantes de movimientos sociales del subcontinente. Un diálogo que va a profundizarse en el Foro Social temático de Salvador de Bahía, previsto en dicha ciudad del 29 al 31 de enero de 2010 (10) con la creciente participación de jefes de Estado (entre ellos del presidente Lula). Participación que debería prolongarse con ocasión del próximo FSM que en 2011 tendrá lugar en Dakar.

Durante una reunión preparatoria organizada en la capital senegalesa el pasado noviembre, movimientos sociales del continente expresaron su voluntad de hacer evolucionar al FSM. Se debatieron formulaciones como la necesidad de crear “un espacio de alianzas creíbles” y no “un mercado de la sociedad civil”; de “definir una relación nueva con los actores políticos” en vista a “construir una alternativa”.

Ciertamente, en África se consolidará el necesario giro “post-altermundialista” de los Foros Sociales.

(1) Además del autor de estas líneas (en aquel momento director general del periódico y presidente de Attac Francia), se trataba de Chico Whitaker y Oded Grajew, respectivamente el secretario de la Comisión Justicia y Paz de la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil, y el dirigente de la Asociación Brasileña de Empresarios por la Ciudadanía (CIVES), así como las señoras Whitaker y Grajew.

(2) Sobre la génesis y organización de este primer Foro y los dos siguientes, véase Bernard Cassen, Tout a commencé à Porto Alegre, Editions des 1001 Nuits, París, 2003. También el texto de Chico Whitaker sobre los orígenes del Foro: www.forumsocialmundial.org.br/dinamic.php?pagina=origem_fsm-por

(3) Ignacio Ramonet, “¿Davos? No, Porto Alegre”, Le Monde diplomatique en español, agosto de 2000. Este artículo fue retomado en las veinte ediciones en distintos idiomas con las que contaba en esa época el periódico. Lo mismo sucedió con el editorial del mismo autor publicado algunas semanas antes del Foro, con el objeto de movilizar a los participantes: “Porto Alegre”, Le Monde diplomatique en español, enero de 2001.

(4) Samir Amin y François Houtart, “El futuro de los Foros Sociales a debate”, Le Monde diplomatique en español, mayo de 2006.

(5) Véase: www.medelu.org/spip.php?article27&var_recherche=manifeste%20de%20porto%20alegre

(6) www.forumdesalternatives.org/FR/readarticle.php?article_id=841

(7) John Holloway, Cambiar el mundo sin tomar el poder, Ediciones Herramienta, Buenos Aires, 2002.

(8) Declaración especial sobre el cambio climático aprobada por la Cumbre del ALBA con ocasión de su Cumbre del 13 y 14 de diciembre de 2009 en La Habana. Versión en español: www.medelu.org/spip.php?article313

(9) El 26 de enero de 2008, la Asociación Mémoire de Luttes y la revista Utopie critiquewww.medelu.org/spip.php?article7&var_recherche=colloque%20post%20altermondialisme organizaron en París un coloquio titulado “Altermundialismo y post-altermundialismo”. Véase su “Llamado Final”,

(10) www.fsmbahia.com.br

Bernard Cassen es presidente honorario de Attac Francia, secretario general de Mémoire des luttes.

jueves 7 de enero de 2010

Las tres crisis

Todos los países situados en la zona de influencia de Wall Street y la City están amenazados. Estados Unidos, endeudado de los pies a la cabeza, desde el Gobierno al particular, se encuentra en una situación que algunos consideran sin salida. La City, que tiene mayor peso en la economía británica que Wall Street en la norteamericana, se ha visto afectada más directamente a causa, en particular, de la importancia de las inversiones internacionales de la antigua potencia imperial.

A su vez, para los países de la zona euro, la voluntad de China y Estados Unidos de mantener sus monedas, el yuan y el dólar, en un nivel bajo, infravalorado, también representa una amenaza directa, pues, inevitablemente, ataca a las exportaciones europeas.

Paralelamente a los problemas de la economía, los de la ecología nos obligan a tomar decisiones muy difíciles. La gran conferencia mundial de Copenhague nos ha dejado una imagen inquietante sobre la dificultad de alcanzar acuerdos. Dado que Estados Unidos se ha mostrado decidido a no hacer sino esfuerzos insuficientes, de nuevo es a Europa a quien se le pide un sacrificio suplementario. Los países pobres, o mucho menos ricos, exigen que los países del Norte paguen su deuda -150.000 millones anuales-, pues, durante años y años, sólo ellos emitieron gases de efecto invernadero. El Norte se ve ahora conminado a cambiar su modo de consumo muy rápidamente. Por otra parte, China le concede poca importancia a los juicios del resto del mundo, pues sigue extrayendo la mayor parte de su energía del carbón. Y el tiempo pasa. De aquí a 2020, habría que reducir las emisiones de CO2, no ya en un 20%, sino en un 30% e incluso un 50%, y Europa tendría que alcanzar el 80% antes de 2050.

Así, en unas pocas líneas, se hace evidente que, en lugar de esperar el final de la crisis financiera y económica, de un mes a otro nos encontramos ante unos problemas económicos y ecológicos fundamentales que exigen de todos un esfuerzo muy difícil de conseguir. Tenemos que reconocer que hemos llegado a los límites de lo posible intentando mantener nuestro modo de vida y nuestros métodos de gestión financiera. La suma de estos dos órdenes de problemas nos sitúa indiscutiblemente ante un peligro de catástrofe mayor.

A esto hay que añadir una tercera crisis, a saber, la de la acción política y, más precisamente, de la expresión política del descontento, las reivindicaciones y las denuncias. ¿Quién es responsable de las crisis? Es seguro que no se trata de una crisis social, es decir, de una crisis que enfrenta a dos categorías o clases sociales, por ejemplo. Unos piden que los países del Norte paguen por el comporta-miento de sus antepasados. Otros quieren defender los intereses y derechos de nuestros sucesores y de aquellos que viven -generalmente muy mal- en regiones del mundo alejadas de la nuestra. Al extenderse a lo largo de un espacio y un tiempo casi ilimitados, los conflictos rebasan el mundo social; sólo pueden comprenderse por su oposición a un sistema financiero y económico que se ha colocado fuera del alcance de todas las intervenciones sociales y políticas.

Una oposición así ya no puede fundamentarse en la defensa de cierta categoría social; debe tener un carácter universalista, ya que se trata de defender al conjunto de la humanidad. Apelamos a los derechos humanos contra la globalización económica. Cada vez hablamos menos de intereses y más de derechos. Tal es la transformación principal de nuestra vida social. Es tan profunda que nos cuesta percibirla y, sobre todo, carecemos de los medios institucionales necesarios para resolver nuestros problemas. ¿Las ONG pueden reemplazar a los partidos y a los sindicatos? Sería paradójico decir que las organizaciones no gubernamentales pueden reemplazar a los Gobiernos. Las ONG desempeñan un papel importante en la concienciación de la población, pero ésta debe dotarse a sí misma de nuevos medios de acción propiamente políticos.

Esta manera de abordar los problemas de nuestro futuro no es la de los economistas; no estoy seguro de que sea la de los políticos, pero debe ser la de los sociólogos, para los cuales una situación es más el resultado de la acción de mujeres y hombres que el efecto de unas fuerzas económicas que le imponen a la sociedad la búsqueda racional del interés como prioridad absoluta. En el presente caso esto es aún más claro que en general. Pues, frente a unas fuerzas económicas no humanas, la resistencia no puede venir de la defensa de intereses específicos; sólo puede venir de la invocación de unos derechos universales que son pisoteados cuando los seres humanos mueren de hambre o se ven privados de trabajo o libertad para que los financieros puedan seguir aumentando sus beneficios.

Ese levantamiento en nombre de la defensa de los derechos más elementales y, por tanto, más universales, es la única manera eficaz de oponerse a los intereses de los financieros puros y duros. Es poco probable que tal levantamiento se produzca, porque la contradicción, en mi opinión real, entre financieros y ciudadanos no parece capaz de proporcionar un objetivo concreto a las protestas populares. Es el pensamiento ecológico el que da a las protestas lo que ellas no consiguen por sí mismas, un objetivo positivo de vital importancia: salvar nuestra atmósfera, impedir o limitar las consecuencias de los cambios climáticos, que pueden ser catastróficas.

Pero todo esto es incierto, en un momento en que acaba de clausurarse lo que ha dado en llamarse la “conferencia de la última oportunidad”. En un futuro próximo, en los diez próximos años, corremos el peligro de ser víctimas de nuevas crisis económicas, de un agravamiento del riesgo ecológico y de una confusión política cada vez mayor.

Si tuviéramos que decir hoy cuál es el futuro más probable, el agravamiento de las crisis o la concepción y la construcción de un tipo nuevo de sociedad basada en el respeto de los derechos humanos de la gran mayoría, tendríamos que responder sinceramente que la hipótesis pesimista tiene más posibilidades de realizarse que la optimista, que deposita su confianza en la capacidad de los seres humanos para salvar su propio porvenir.

¿Hay que deducir una implosión de los centros económicos que dominan la vida económica del mundo desde hace varios siglos? Si los europeos se dejan avasallar por el eje chino-estadounidense, que se opone a la reevaluación del yuan y del dólar, este escenario no es imposible.

Y así llegamos a nuestra hipótesis central: la construcción de un nuevo tipo de sociedad, de actores y Gobiernos, depende antes que nada de nuestra conciencia y de nuestra voluntad, o, más sencillamente aún, de nuestra convicción de que el riesgo de que se produzca una catástrofe es real, cercano a nosotros y de que, por tanto, tenemos que actuar necesariamente. Pero esta convicción no se forma por sí misma en cada ser humano. Nuestros representantes políticos, al más alto nivel, discuten sobre ella e imaginan lo que puede pasar en 2020 o en 2050, en un lenguaje que no da suficiente cuenta de la urgencia de las decisiones a tomar.

Nos encontramos ante tres crisis que se refuerzan mutuamente y nada nos garantiza hoy que vayamos a ser capaces de encontrar una solución para cada una de ellas. En otros términos, en vez de soñar de forma irresponsable con una salida a la crisis que suele definirse, demasiado alegremente, en función de la reanudación de los beneficios de los bancos, debemos tomar conciencia de la necesidad de renovar y transformar la vida política para que ésta sea capaz de movilizar todas las energías posibles contra unas amenazas que son mortales.

Alain Touraine El País

sábado 2 de enero de 2010

Copenhague: el sistema es el problema

“No hay que renunciar a buscar alternativas al capitalismo”. Pascal Lamy, director general de la Organización Mundial del Comercio

Un sistema económico atrapado entre el crecimiento y la crisis ecológica y el decrecimiento y la crisis social. Plantearé sobre el sistema y la cumbre climática de Copenhague las siguientes cuestiones:

¿Qué esperaba la opinión pública mundial de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático celebrada del 7 al 18 de diciembre de 2009 en Copenhague?

Sin duda que ante la gravedad del problema climático que amenaza el presente y el futuro del conjunto de la humanidad , los representantes de los 192 países allí convocados alcanzasen, como mínimo, unos acuerdos capaces de frenar la emisión de gases de efecto invernadero ( GEI ), responsables del calentamiento global y, en consecuencia, del cambio climático.

¿Consiguió la Conferencia alcanzar el objetivo fundamental de la reducción de las emisiones de GEI, sin la que la temperatura media de la Tierra podrá elevarse hasta dos grados y más, con efectos devastadores, durante el presente siglo?

En absoluto. La Conferencia no sólo no ha sido un éxito, como anhelaba la mayoría de la humanidad, sino que ha sido un estrepitoso fracaso. ¿Por qué?

Porque, en realidad, el éxito o el fracaso dependía, básicamente, de la actitud que adoptase Estados Unidos, ya que este país desarrollado emite el 25 % de los GEI y sólo asumiendo compromisos claros de reducción de emisiones, que no asumió, podía forzar la posición de China, la potencia emergente responsable de la emisión de otro 25 % de GEI, que tampoco quiso asumir ningún compromiso. De hacerlo el resto del mundo, responsable del otro 50 % de emisión de GEI, les habría secundado, unos, como la Unión Europea, facilmente, dada su disposición favorable, otros, especialmente algunos países emergentes, con mayores reticencias.

¿Ha quedado establecido, pues, que Estados Unidos ha sido el principal responsable del fracaso de la Conferencia?

Como era de esperar antes que reconocer la responsabilidad de Estados Unidos algunos, como el ministro de Energía y Medio Ambiente del Reino Unido, han preferido culpabilizar a China, o como la ministra de Medio Ambiente de España a Venezuela, Bolivia y otros países contestatarios, más la razón es tozuda y dificilmente se puede ocultar el hecho de que el presidente B. Obama actuó en la Conferencia no como el presidente de los estados unidos del mundo, que no es, aunque algunos casi llegaran a esperarlo, sino como el presidente de los Estados Unidos de América, que realmente es.

Pero si Estados Unidos es el principal responsable del fracaso de la Conferencia cabe también preguntarse, ¿por qué? ¿Cuáles son los motivos, las razones de la negativa de sus representantes a capitanear la lucha contra el calentamiento global y el cambio climático?

La respuesta para mí está clara: el sistema es el problema. En ninguna otra parte del mundo, ni siquiera en el Reino Unido, su cuna, el capitalismo liberal está más firmemente arraigado, así como su distopía cultural el “american way of life” (”el modo de vida americano”).

En Estados Unidos la clase económica y políticamente dirigente no está dispuesta a renunciar al modelo productivista y consumista a ultranza, a dar los primeros pasos, a hacer los primeros sacrificios, a pesar de la advertencia de fenómenos como el Katrina (al fin y al cabo sólo afectó a los pobres de Nueva Orleans) y, por lo tanto, tendrán que ser otros los que den los pasos que consideren oportunos.

Hay en Estados Unidos, en sus élites, una voluntad de rehusar la reforma del sistema, la refundación de la que se ha hablado en Europa o, no digamos, la búsqueda de posibles alternativas. Es ahí donde radica la dificultad.

Sin embargo, ha llegado la hora de producir reduciendo la emisión de GEI ; de producir sin sobreexplotar más los limitados recursos naturales del planeta; de producir sin ahondar más las desigualdades sociales e internacionales, cuestiones que conducen a formularse una última e inquietante pregunta, ¿conociendo la lógica del sistema, su avidez por la ganancia, es razonable esperar que esté dispuesto a afrontar de buena gana la resolución de semejantes retos?

Francisco Morote Costa – ATTAC Canarias

viernes 18 de diciembre de 2009

El conflicto de clases a nivel internacional

La interpretación más generalizada en los forums económicos, financieros y políticos internacionales de lo que ha estado ocurriendo en los últimos treinta años en el mundo ha sido la aparición, a partir de los años ochenta, de la globalización económica, habiéndose establecido un nuevo orden económico internacional en el que se supone que los estados han estado perdiendo poder, siendo substituidos por entidades económicas, llamadas multinacionales, que son las que dominan la actividad económica internacional. Esta supuesta globalización ha sido aplaudida por fórums liberales como el New York Times, el Washington Post, The Economist, The Financial Times, entre otros, que han considerado a la globalización económica como responsable de un gran crecimiento económico, causando un bienestar sin precedentes de las poblaciones, tanto de los países desarrollados como de los subdesarrollados, con una gran reducción de la pobreza mundial. A esta visión celebratoria de la globalización se añade la voz de autores que se autodefinen como marxistas, como Antonio Negri y Michael Hardt, que celebran la desaparición del estado nación, condición –según ellos- de que transcienda el énfasis en el estado, a fin de llegar a una internalización del proyecto de transformación(1).

Frente a esta actitud complaciente y carente de crítica hacia la supuesta globalización, nos encontramos amplios sectores de los mal llamados movimientos antiglobalización, que, a pesar de que lamentan la globalización, coinciden con las voces pro-globalización en su interpretación de lo que ha estado ocurriendo. También creen que los estados han ido desapareciendo, sustituidos por las entidades económicas que llaman multinacionales, que se han convertido en los gestores del sistema capitalista mundial. A diferencia de las voces celebratorias de la globalización, estas voces, concluyen que tal globalización, en lugar de mejorar el bienestar de las poblaciones, lo ha dañando profundamente.

Vemos pues, que ante esta globalización, unos la aplauden, y otros la lamentan. Pero la interpretación de los hechos es semejante, cuando no idéntica. El problema es que ambas voces –las celebratorias y las condenatorias- están equivocadas. Y el colapso del Consenso de Washington y el de Bruselas son prueba de ello. En realidad, los estados no han desparecido. Todo lo contrario, han jugado un papel clave en el desarrollo de las políticas públicas que han determinado la crisis económica y financiera actual. Si miramos los indicadores del tamaño del intervencionismo del estado, vemos que en todos los países de la OCDE, el estado ha crecido tanto en tamaño (el gasto público per cápita ha aumentado en todos ellos desde el año 1980) como en la intensidad de sus intervenciones. El caso más claro de esta situación, ignorada por aquellas voces, fue el de EEUU cuando el Presidente Reagan, supuestamente “el gran liberal”, aumentó sustancialmente durante su mandato el gasto público federal (pasando del 21,6% del PIB al 23%) y los impuestos (fue el Presidente que los aumentó más en tiempos de paz. Disminuyó los impuestos del 20% de la población con renta superior, pero los aumentó para todos los demás) (2).

El estado no disminuyó ni en EEUU ni en los países de la OCDE. Todo lo contrario, aumentó su tamaño y el número de sus intervenciones. Pero más importantes que estos datos son aquellos que muestran que el tipo de gasto y el tipo de intervencionismo del estado cambiaron sustancialmente y ello como consecuencia de aquella categoría olvidada y nunca mencionada (cuando no silenciada) en los medios de información y persuasión dominantes que se llamaba “lucha de clases” y que aparentemente había desaparecido, junto con la supuesta desaparición de las clases sociales. La lucha de clases, sin embargo, continuó con toda intensidad sin que casi apareciera en los medios. En la mayoría de países de la OCDE el estado ha favorecido, a través de sus políticas públicas, a las rentas del capital a costa de las rentas del mundo del trabajo, y ello como consecuencia de una batería de intervenciones públicas que sistemáticamente debilitaron a las clases trabajadoras y a otros sectores de las clases populares de aquellos países. Si analizamos los presupuestos federales de EEUU, podemos ver, por ejemplo, que el gasto dedicado a personas (incluyendo la mayoría de servicios y transferencias públicas del estado del bienestar) pasó de ser el 38% del gasto público total en 1980 al 32% en 2007, mientras que el gasto militar pasó de 41% a un 45% y el gasto de ayuda a las empresas pasó de un 21% a un 23% durante el mismo periodo. Y ello ocurrió en la mayoría de países de la OCDE, como consecuencia de estas y otras políticas públicas. La masa salarial descendió durante el periodo 1980-2006, pasando de representar un 71% de la renta nacional a un 66% en EE.UU., de un 71% a un 64% en la UE-15 y de un 79% a un 64% en Japón. Esta disminución salarial ocurrió a pesar de aumentar el número de trabajadores e independientemente del ciclo económico. Este descenso de las rentas del trabajo determinaron un aumento muy notable del endeudamiento de las familias; la deuda familiar pasó a representar, durante el periodo 1980-2006, del 82% al 135% en EEUU, del 89% al 139% en la UE-15 y del 83% de la renta disponible familiar al 132% en Japón. Este enorme endeudamiento fue posible gracias al gran crecimiento del precio de la vivienda, el aval más importante que tienen las familias para conseguir crédito (sean hipotecas, sean tarjetas de crédito). Cuando tal precio se colapsó, las familias no pudieron conseguir crédito y pagar sus deudas. De ahí el enorme problema de la falta de demanda y falta de la actividad productiva en la economía (3).

Por otra parte, el enorme crecimiento de las rentas del capital y la escasa rentabilidad de las empresas productivas (consecuencia de la baja demanda) hizo que aumentara la inversión en actividades especulativas de las cuales las inmobiliarias eran las más visibles (tal y como ocurrió en EEUU, la Gran Bretaña, Holanda y España) pero no las únicas. Se hizo gran inversión en instrumentos bancarios (altamente especulativos) y en intercambios monetarios (que añadieron gran desestabilización en los mercados financieros), políticas todas ellas no solo permitidas sino promocionadas por los estados. En la mayoría de los estados de la UE, las inversiones productivas como porcentaje de las plusvalías obtenidas en las empresas descendieron, incrementándose en cambio las actividades financieras, la mayoría de carácter especulativo. Fue el triunfo de lo que se ha llamado la financialización de la economía, triunfo que se dio a costa del capital productivo y, sobre todo, a costa de las rentas del trabajo.

La debilidad del mundo del trabajo se acentuó con las políticas monetarias promovidas por la UE a través del Banco Central Europeo que promovió la estabilidad de precios a costa del estímulo económico y de la creación de empleo, causa del crecimiento del desempleo en la UE. El desempleo que había sido menor en EE.UU. que en la mayoría de países de Europa durante el periodo 1950-1980, pasó a ser mayor durante el periodo 1980-2007. Complementando estas políticas monetarias, se estableció el Pacto de Estabilidad que, en la práctica, ha actuado como freno al crecimiento del gasto público y muy en especial del gasto público social, disminuyendo la protección social y la reducción de las desigualdades sociales. A la luz de estos datos, creer que los estados son meros instrumentos de las corporaciones multinacionales –como indican amplios sectores de las izquierdas que abandonaron el análisis de clases en sus planteamientos- es ignorar que el estado sintetiza las relaciones de poder en cada país, dentro de las cuales, la lucha de clases dentro de cada estado continúa siendo de una enorme importancia (4).

Por otra parte, el mayor conflicto hoy en el mundo no es de los países ricos frente a los países pobres. Lo que sí hay son países donde la mayoría de la población es pobre. Pero los países en sí no son pobres. En realidad son ricos de recursos. Países como Bangladesh, que tiene como mayor problema social la malnutrición extendida entre la población, existe suficiente tierra cultivable para alimentar adecuadamente a una población veinte veces superior a la actual. El problema no es carencia de recursos sino la falta de control de aquellos recursos por parte de las clases populares de aquel país. La clase dominante de Bangladesh (centrada en los grandes terratenientes) es la que domina aquellos recursos, junto con las clases dominantes de los países desarrollados que muestran su solidaridad de clase apoyando el mantenimiento de aquel orden. Existe una alianza de las clases dominantes del Norte y las del Sur en contra de los intereses de las clases dominadas de los países del Norte y del Sur.

La articulación de los mal llamados países pobres en este orden internacional, les condena a basar sus economías en las exportaciones (sistema que favorece las clases dominantes del Norte y del Sur) en lugar del consumo doméstico, para lo cual se requerirían unas reformas redistributivas de las rentas en aquellos países opuestas por la alianza de clases dominantes que rigen el mundo. De ahí la urgencia de que se establezcan alianzas de las clases dominantes del Norte y del Sur, el gran reto de las izquierdas hoy en el mundo.

Notas:
(1) Michael Hardt and Antonio Negri. Empire. Ed. Harvard University Press, 2001
(2) Navarro, V. Neoliberalism. Globalization and Inequality. 2007
(3) Navarro, V. “Para entender la crisis. Así empezó todo en Estados Unidos”. Le Monde Diplomatique, 2009
(4) Navarro, V. “ La lucha de clases” . Monthly review, 2008

Artículo publicado en El Viejo Topo.
www.vnavarro.es

lunes 7 de diciembre de 2009

La Cumbre Climática de Copenhague. Ultimátum a la Tierra

Representantes de todos los países del mundo se reúnen en Copenhague (Dinamarca) del 7 al 18 de diciembre en el marco de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, con el objetivo de evitar que, de aquí a 2050, la temperatura media del planeta aumente en más de dos grados. Si la Tierra fuese un balón de fútbol, el espesor de la atmósfera sería de apenas dos milímetros... Nos hemos olvidado de la increíble estrechez de la capa atmosférica y consideramos que ésta puede absorber sin límites cualquier cantidad de gases nocivos. Resultado: se ha creado, en torno al planeta, un sucio envoltorio gaseoso que captura el calor del sol y funciona como un auténtico invernadero.

El calentamiento del sistema climático es una realidad inequívoca. Unos 2.500 científicos internacionales, miembros del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre la Evolución del Clima (GIEEC) (1), lo han confirmado de modo indiscutible. Su causa principal es la actividad humana que produce un aumento descontrolado de emisiones de gases, sobre todo dióxido de carbono, CO2, producto del consumo de combustibles fósiles: carbón, petróleo, gas natural. La deforestación acrecienta el problema (2).

Desde la Convención del Clima y la Cumbre de Río de Janeiro en 1992, y la firma del Protocolo de Kioto en 1997, las emisiones de CO2 han progresado más que durante los decenios precedentes. Si no se toman medidas urgentes, la temperatura media del planeta aumentará por lo menos en cuatro grados. Lo cual transformará la faz de la Tierra. Los polos y los glaciares se derretirán, el nivel de los océanos se elevará, las aguas inundarán los deltas y las ciudades costeras, archipiélagos enteros serán borrados del mapa, las sequías se intensificarán, la desertificación se extenderá, los huracanes y los tifones se multiplicarán, centenares de especies animales desaparecerán...

Las principales víctimas de esa tragedia climática serán las poblaciones ya vulnerables de África subsahariana, de Asia del sur y del sureste, de América Latina y de los países insulares ecuatoriales. En algunas regiones, las cosechas podrían reducirse en más de la mitad y el déficit de agua potable agravarse, lo que empujará a cientos de millones de "refugiados climáticos" a buscar a toda costa asilo en las zonas menos afectadas... Las "guerras climáticas" proliferarán (3).

Para evitar esa nefasta cascada de calamidades, la colectividad científica internacional recomienda una reducción urgente del 50% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Único modo de evitar que la situación se vuelva incontrolable.

En esa perspectiva, tres son los temas centrales que se abordan en Copenhague: 1) determinar la responsabilidad histórica de cada Estado en la actual degradación climática, sabiendo que el 80% de las emisiones de CO2 son producidas por los países más desarrollados (que sólo reúnen el 20% de la población mundial), y que los países pobres, los menos responsables del desastre climático, padecen las consecuencias más graves.

2) fijar, en nombre de la justicia climática, una compensación financiera para que aquellos Estados que más han degradado el clima aporten una ayuda significativa a los países del Sur que permita a éstos luchar contra los efectos de la catástrofe climática. Aquí se sitúa uno de los principales desacuerdos: los Estados ricos proponen una suma insuficiente, cuando los países pobres reclaman una justa compensación más elevada.

3) definir con vistas al futuro un calendario vinculante que obligue política y legalmente a los actores planetarios -tanto a los países desarrollados como a las otras potencias (China, Rusia, la India, Indonesia, México, Brasil)- a reducir progresivamente sus emisiones de gases de efecto invernadero. Ni Estados Unidos ni China (los dos principales contaminadores) aceptan esta perspectiva.

Además de esta agenda, un fantasma recorrerá las mesas de discusión de Copenhague: el del necesario cambio de modelo económico. Existe en efecto una grave contradicción entre la lógica del capitalismo (crecimiento ininterrumpido, avidez de ganancias, explotación sin fronteras) y la nueva austeridad indispensable para evitar el cataclismo climático ( léase, p. 32, el artículo de Riccardo Petrella ).

Si el sistema soviético implosionó fue, entre otras razones, porque descansaba sobre un método de producción que valoraba principalmente el beneficio político de las empresas (creaban obreros) y no su coste económico. De igual modo, el sistema capitalista actual únicamente valora el beneficio económico de la producción, y no su coste ecológico. Con tal de obtener un beneficio, no le importa que un producto tenga que recorrer miles de kilómetros, con la emisión de toneladas de CO2 que eso supone, antes de llegar a las manos del consumidor. Aunque ello ponga en peligro, a fin de cuentas, a toda la humanidad.

Por otra parte, es un sistema despilfarrador que agota los recursos del planeta. Actualmente la Tierra ya es incapaz de regenerar un 30% de lo que cada año consumen sus habitantes. Y demográficamente éstos no cesan de crecer. Somos ya 6.800 millones, y en 2050 seremos 9.150 millones... Lo que complica el problema. Porque no hay recursos para todos. Si cada habitante consumiese como un estadounidense se necesitarían los recursos de tres planetas. Si consumiese como un europeo, los de dos planetas... Cuando no disponemos más que de una Tierra. Una diminuta isla en la inmensidad de las galaxias.

De ahí la urgencia en adoptar medidas que detengan la huida hacia el abismo. De ahí también, ante el cinismo de muchos líderes mundiales, la rabia de los miles de militantes ecologistas que convergen de todo el planeta hacia la capital danesa gritando dos consignas: "¡Cambiad el sistema, no el clima!" y "Si el clima fuese un banco ¡ya lo habrían salvado!".

Se cumplen diez años de las grandes manifestaciones de la "batalla de Seattle" que vieron nacer el movimiento altermundialista. En Copenhague, una nueva generación de contestatarios y activistas, en nombre de la justicia climática, se dispone a abrir un nuevo ciclo de luchas sociales. La movilización es enorme. La pelea va a ser grandiosa. Está en juego la supervivencia de la humanidad.

Notas:
(1) Recompensado colectivamente, en 2007, con el Premio Nobel de la Paz por sus informes sobre los cambios climáticos.
(2) Los árboles, las plantas y las algas de los océanos absorben y neutralizan el CO2, y producen oxígeno; de ese modo ayudan a combatir el efecto invernadero.
(3) Léase Harald Welzer, Les Guerres du climat. Pourquoi on tue au XXIe siècle , traducido del alemán por Bernard Lortholary, Gallimard, París, 2009.

domingo 29 de noviembre de 2009

Alimentación: hacia un nuevo colonialismo

Mientras que amplias franjas de la población mundial continúan padeciendo los estragos de una de las peores crisis alimentarias en la historia reciente, a la cual se sumaron los efectos de la recesión económica internacional, en distintos puntos del planeta, particularmente en los países pobres, se amplían las prácticas de acaparamiento de tierras cultivables por parte de extranjeros, tanto gobiernos como consorcios privados.


En los últimos meses, en Etiopía se ha puesto en marcha una política de arrendamiento de amplias porciones del "sobrante" de sus tierras fértiles a agroindustriales extranjeros, algo que, de acuerdo con el gobierno encabezado por Meles Zenawi, contribuirá a satisfacer la alimentación de sus más de 80 millones de habitantes, pero que, en el sentir de los propios etiopes y de distintos especialistas internacionales, sólo contribuirá a acentuar la de por sí galopante pobreza en esa nación del cuerno de África, sistemáticamente azotada por la hambruna.


Pero no se trata de un hecho aislado. Por citar uno de los ejemplos más recientes y significativos, cabe hacer mención al acuerdo suscrito, en noviembre de 2008, entre el gobierno de Madagascar, entonces encabezado por Marc Ravalomanana, y la empresa surcoreana Daewoo, por medio del cual esta última se beneficiaba con el arrendamiento de la mitad de las tierras cultivables de esa isla del sureste africano por 99 años, para la producción de maíz y aceite de palma. La amplia resistencia generada entre los agricultores locales obligó a la firma surcoreana a suspender el convenio en abril pasado, y terminó por ser un factor determinante en el derrocamiento del entonces gobernante malgache, el mes siguiente.


Por lo que hace a nuestro país, el fenómeno se ha manifestado con las alianzas empresariales establecidas por el grupo chino Suntime International Techno-Economic para operar unas mil hectáreas de terreno para la producción de granos, particularmente de arroz. Historias similares han tenido lugar en países como Camerún, Sudán, Marruecos, Pakistán, Camboya, Laos, Filipinas y Brasil, entre muchos otros.


La extensión de lo que ha sido calificado por el director de la FAO, Jacques Diouf, como un "sistema neocolonial", constituye el avance de un peldaño en la aplicación de la visión global de libre mercado que ha prevalecido en las últimas décadas en la política alimentaria mundial, la cual convierte las necesidades alimentarias de la población en una inmensa oportunidad de negocios privados. A lo que puede verse, para dicha lógica ya no es suficiente con acaparar la producción de alimentos –como ocurrió recientemente–, y se empeña ahora en hacer lo propio con las tierras que los producen, sobre todo en las llamadas economías emergentes.


Los efectos de tales prácticas no sólo resultan devastadores para los agricultores en pequeña escala, los cuales son vistos como un obstáculo por sus respectivos gobiernos, sino que amenazan con ser desastrosos para el conjunto de la población mundial: es claro que, con el desmantelamiento de los sectores agrícolas locales, el empeoramiento de las condiciones de vida de los campesinos y la absorción de los recursos disponibles por parte de los consorcios agroindustriales y de los países desarrollados, se acentuará todavía más el desequilibrio existente en la distribución mundial de los alimentos, se potenciará el desarrollo de escenarios especulativos y de encarecimiento generalizado de la comida, y se acrecentará, en suma, la insatisfacción de las necesidades alimentarias de una población mundial que, se estima, llegará a 9 mil millones para 2050.


Ante los elementos de juicio disponibles, resulta impostergable que se emprenda un viraje en la política alimentaria vigente en el planeta. Es necesario que los gobiernos del mundo orienten sus medidas de apoyo hacia los pequeños productores de alimentos, que son los únicos que, a fin de cuentas, pueden garantizar la existencia de comida, sobre todo en países pobres, y que se frene cuanto antes la onda expansiva de un neocolonialismo alimentario inhumano y con potencial devastador.


Fuente: La Jornada



martes 24 de noviembre de 2009

Es el Estado

Todo el extenso debate político e ideológico de las últimas décadas tiene al Estado como centro. Incluso cuando se intenta excluirlo, él vuelve como convidado de piedra, como sujeto oculto, que buscó tornarse invisible. El período actual fue abierto con el triunfo del diagnóstico neoliberal de que la economía se había estancado por las excesivas regulaciones impuestas por el Estado.

Según este diagnóstico, el Estado, de inductor del crecimiento económico se había tornado en obstáculo; de solución, se había transformado en el centro de la crisis. De ahí la propuesta de cuanto menos Estado, más crecimiento económico; del paso de un Estado regulador a un Estado mínimo, que en la práctica abría el camino para tener más mercado.

De ahí que el Estado haya sido diabolizado, transformado en la víctima privilegiada de los ataques del consenso neoliberal, del que el gobierno de Fernando Henrique Cardoso fue una expresión clara. Ajuste fiscal, privatizaciones, menos recursos para políticas sociales, apriete salarial de los funcionarios, despidos de empleados públicos; todo en la dirección de rebajar fuertemente el peso del Estado en la economía y en las políticas públicas, intensificar las desregulaciones, así como la apertura acelerada de la economía al mercado internacional.

Lo que centralmente fue atacado en el Estado es su poder regulador que, según los neoliberales, ahuyentaría las inversiones privadas. Menos regulaciones, mayor libertad de circulación para el capital y, según ellos, mayor crecimiento económico, con consecuencias positivas para todos, incluso para los trabajadores, con mayor creación de empleos.

Sin embargo ese diagnóstico se reveló equivocado, no fue eso lo que ocurrió en la práctica, las economías no crecieron. Lo que se dio fue una brutal transferencia de recursos de los sectores productivos para el sector especulativo, donde el capital – que no fue hecho para producir, sino para acumular, aunque sea en la especulación financiera – gana más, pagando menos impuestos y con liquidez total. Las tasas de intereses continúan recompensando el capital especulativo con remuneraciones que ninguna otra inversión posibilita. Así, menos Estado y menos regulación significó más especulación y más concentración de la renta.

Asimismo, los sectores neoliberales no repudian todas las actividades estatales. Quieren menos impuestos, menos gastos con políticas sociales y funcionarios públicos, pero siguen demandando créditos, subsidios, exenciones y todo tipo de facilidades al Estado. Esa parte del Estado les interesa. Financierizaron al Estado, que pasó a transferir renta del sector productivo y de la ciudadanía al capital financiero, mediante los llamados superávits fiscales, que reservan lo fundamental de la tributación para pagar las deudas del Estado.

Un gobierno anti-neoliberal – que va en dirección al pos-neoliberalismo – al contrario, retoma las funciones clásicas del Estado, de inductor del crecimiento económico, de financiador de la expansión económica, de agente de las políticas sociales, de regulador de las relaciones económicas, de celador de la soberanía nacional, entre otras funciones. Crea y alimenta mecanismos que inducen a la inversión productiva, controlando que una parte substancial de su producción vaya al mercado interno de consumo popular, con generación obligatoria de empleos.

El tema del Estado había sido suprimido del debate político y de las políticas neoliberales, todas ellas de carácter privatizador. En la hora de la crisis se apeló de forma unánime al Estado. Para la derecha, solamente para recomponer las condiciones de funcionamiento del mercado, apenas como una acción de emergencia.

Para una política anti neoliberal, que defiende el interés público, el Estado tiene un papel central, estratégico, en los planos económico, político, social y cultural. Aunque, para efectivamente desempeñar ese papel, como instrumento de un nuevo bloque social que dirija los destinos del Brasil y no solo reproduzca la predominancia de los intereses dominantes, el Estado tiene que ser radicalmente reformado, refundado en torno de la esfera pública, desmercantilizándose, desfinancierizándose, y tornándose en un Estado para todos los brasileños.

Emir Sader es miembro del Consejo Editorial de SinPermiso.

Traducción para www.sinpermiso.info: Carlos Abel Suárez