domingo, 16 de octubre de 2011

16 octubre. Día Mundial de la Alimentación. "Cuanto más ricos, más pobres"

El domingo 16 de octubre se celebra el día internacional de la alimentación, en conmemoración del “cumpleaños” de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), y el siguiente es el día internacional de lucha contra la pobreza, oficializado en 1992 pero celebrado en Francia y otros países desde 1987, cuando miles de personas acudieron al llamado del padre Joseph Wresinski en solidaridad con los desesperadamente pobres, que él llamaba “cuarto mundo”.

En las dos décadas transcurridas desde que la comunidad internacional resolvió dedicar dos días consecutivos a recordar los temas del hambre y la miseria, el mundo conoció una prosperidad sin precedentes. Las exportaciones mundiales se multiplicaron casi cinco veces, de 781.000 millones de dólares en 1990 a 3.700 billones en 2010. El habitante promedio del mundo más que duplicó sus ingresos, de 4.079 dólares en 1990 a 9.116 dólares en 2010.

Y sin embargo el promedio mundial de indicadores sociales básicos que calcula Social Watch apenas aumentó en veinte años de 79,3 a 87,1, en una escala en la que el valor 100 representa el mínimo necesario para una vida digna. El Índice de Capacidades Básicas (ICB) que calcula Social Watch toma en cuenta indicadores sociales básicos de malnutrición infantil, partos atendidos por personal idóneo y educación primaria.

La medición más conocida de extrema pobreza es la línea de un dólar diario establecida por el Banco Mundial, ahora llevada a 1.25 para contemplar la inflación. Según el Banco Mundial, entre 1980 y 2005 el porcentaje de indigentes en el mundo se habría reducido a la mitad. El riesgo de que no se alcance el objetivo internacional de continuar reduciéndola a ese ritmo hasta el 2015 provendría de la crisis alimentaria, con precios agrícolas altos o volátiles, o de las repercusiones de la crisis financiera.

En cambio, al tomar en cuenta datos directos de bienestar y no el ingreso monetario, el ICB, que Social Watch publica hoy en simultáneo en varias partes del mundo, revela que toda la primera década del siglo XXI fue una década perdida en la lucha contra la pobreza, a pesar del excelente desempeño de las economías, en particular las de los países en desarrollo.

El comercio mundial y el ingreso per cápita crecieron más rápidamente en la primera década del siglo XXI que en la década anterior, pero los avances contra la pobreza se enlentecieron. La brecha se amplió por la distribución desigual de los beneficios de la prosperidad.

Ahora que los años de vacas gordas parecen estar cediendo el paso a una recesión mundial, las personas más vulnerables, las que no se beneficiaron con el crecimiento acelerado de la economía, sufrirán más con una nueva contracción.

Para peor, el auge económico de la primera década del siglo no aceleró a los indicadores sociales pero sí agravó el deterioro ambiental. Las emisiones per cápita de dióxido de carbono, conocido como CO2, o sea el carbón que se libera en la atmósfera como resultado de quemar combustibles fósiles, habían bajado entre 1990 y 2000, pero volvieron a subir en los últimos diez años.

El concepto de que la erradicación de la pobreza y el logro de la dignidad básica para todos exigen un modelo de desarrollo que destruya el medio ambiente es erróneo. Con emisiones de dióxido de carbono de tres toneladas per cápita por año, Costa Rica y Uruguay han logrado reducir su mortalidad infantil casi al mismo nivel que un país que emite veinte toneladas al año: Estados Unidos. Al mismo tiempo, y con el mismo nivel de emisiones que Noruega, Sudáfrica tiene indicadores sociales similares a los de Indonesia, que consume cinco veces menos combustibles fósiles.

Entre 1990 y 2000, el índice mundial de capacidades básicas mejoró cinco puntos (de 79 a 84) en tanto las emisiones mundiales per cápita de CO2 en realidad disminuyeron de 4,3 a 4,1 toneladas. En la primera década del siglo XXI, las emisiones mundiales de CO2 aumentaron a 4.6 toneladas per cápita, pero los indicadores sociales sólo subieron tres puntos.

Hace veinte años, los líderes del mundo reunidos en Río de Janeiro en la Cumbre de la Tierra afirmaron que “las causas principales de que continúe el deterioro del medio ambiente mundial son los patrones insostenibles de consumo y producción, particularmente en los países industrializados […] que agravan la pobreza y las disparidades”.

La declaración de Río de 1992 resultó profética. Las disparidades se han agravado desde entonces, a tal punto que el Fondo Monetario Internacional ahora advierte que las desigualdades son un freno al crecimiento económico. Desde el punto de vista social el impacto es aun peor. Richard Jolly, economista del instituto británico de estudios del desarrollo (IDS) y ex director de programas del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), sostiene que “comparados con los niños del veinte por ciento más rico de la población, los nacidos en el veinte por ciento más pobre tienen el doble de posibilidades de morir antes de los cinco años y el triple de ser malnutridos.

Estas situaciones no son nuevas, pero los políticos creyeron durante demasiados años que “con la marea subirán todos los barcos, grandes o pequeños” o que “el pastel tiene que crecer primero para poder repartirlo luego”. Nacido él mismo en una situación de indigencia, el padre Wresinski sabía que “donde hombres y mujeres están condenados a vivir en la pobreza, los derechos humanos están siendo violados”. Los números publicados por Social Watch apuntan, precisamente, a este escándalo y lo cuantifican. El mundo ya no tiene otra década para perder sin estallar antes.

Roberto Bissio

sábado, 15 de octubre de 2011

Se expande la crisis global alimentaria

Una nueva escalada mundial de precios de alimentos y productos agrícolas está generando una predecible y gravísima crisis. El examen de las causas conduce de nuevo a políticas erradas de comercio, medio ambiente, finanzas y agricultura que amenazan con una volatilidad de precios más peligrosa en el futuro inmediato. Según la FAO, durante el último año, el aumento mundial de precios de los alimentos superó la oleada de alzas de 2007-2008 para establecer un nuevo récord, reportó el Proyecto Censurado, al desenterrar el artículo de David Moberg “Se endurece el hambre: Con una venganza” (Diet Hard: With A Vengeance), publicado en la revista progresista In These Times del 24 de marzo de 2011.

En febrero 2010, el índice de precio de alimentos de la ONU para la Agricultura y la Alimentación subió por octavo mes consecutivo, al nivel más alto desde por lo menos 1990. En consecuencia, desde comienzos de 2010, otros 44 millones de personas se sumaron a los 925 millones que ya sufrían falta de comida. Si continúa la escalada, esta crisis alimentaria elevará los hambrientos a 1.000 millones de personas, con otros 2.000 millones padeciendo “desnutrición oculta” por dietas inadecuadas, en países pobres de África, Asia y América Latina, escribió Moberg.

La privación acortará vidas y afectará mentes jóvenes, golpeando a las poblaciones más vulnerables de países importadores de alimentos y pobres urbanos de ciudades como El Cairo, Túnez y Dacca. En los países subdesarrollados, los pobres destinan a alimentación la mayor parte de su presupuesto doméstico, del 50% al 80%, mientras en Estados Unidos y Europa el término medio es del 10% del ingreso. El alza de los alimentos afecta profundamente los gastos de los pobres en otras necesidades y gravita en los presupuestos ya establecidos por los países pobres que intentan proporcionar ayuda alimentaria a sus ciudadanos.

Algunos de esos pobres urbanos no se han quedado quietos desde que los precios comenzaron a subir otra vez. En estos últimos meses agitaron barras de pan mientras se unían a protestas en Túnez, El Cairo y en otras ciudades. Su padecimiento concreto de hambre urgente de resolver atizó más el gran descontento encendido contra regímenes autoritarios, generando síntomas de revoluciones democráticas, más allá del usual “amotinamiento por comida”.
Malos tiempos, políticas peores.

Pero además de esos movimientos por la democracia, el mundo también necesita adoptar un modelo nuevo para que la comida y política agraria prevengan las futuras crisis alimentarias, que parecen altamente probables si continúan las condiciones actuales. La causa básica de la crisis en curso, al igual que hace unos tres años, se debe a políticas equivocadas, no a malas cosechas ni desastres climáticos. (Y es válido observar que gran parte de la intensidad de fenómenos de clima inusuales se explican como resultado del daño ambiental provocado por las políticas energéticas). 

El mal tiempo de pesadilla del año pasado gravita en el alza sufrida por los precio de los granos y de los alimentos, de las inundaciones en Sri Lanka, Paquistán y Australia a las sequías que azotaron desde Rusia y Ucrania a la Argentina, y ahora a China. Incluso, si fenómenos naturales comunes, como La Niña en el Pacífico, protagonizaron un papel relevante en la depresión de las cosechas, ahora el calentamiento del planeta ha intensificado esos extremos de mal tiempo y cambia los patrones regionales del clima. Nadie puede culpar al cambio de clima de los acontecimiento, dijo Raj Patel, profesor de la Universidad de Berkley, California, y autor de “Stuffed and Starved” (Ahítos y Hambrientos), pero “ciertamente podemos decir que el cambio de clima es responsable de exacerbar y causar problemas de mal tiempo más severos”.

En octubre, el Comité de FAO sobre Seguridad Alimentario del Mundo concluyó que el cambio de clima afectará en última instancia “al sustento que da la agricultura, a la seguridad alimentaria y a la manera de vivir de mil millones de personas”. Los “desastres hidrológicos” de las últimas décadas han crecido a la tasa del 7,4 por ciento anual, e incluso más rápidamente durante los años recientes. El estudio FAO proyecta que el número de gente afectada, la pérdida de tierra cultivable, la incidencia de parásitos dañinos y en las décadas próximas crecerá rápidamente el peligro del hambre como resultado del cambio de clima y “sufrirán” las cosechas y la productividad animal.

El comité FAO concluyó que el “cambio de clima multiplica las amenazas existentes y… aumenta la vulnerabilidad… la inseguridad alimentaria”, especialmente entre las mujeres y los niños. Irónicamente, todo contribuye al cambio de clima: las prácticas agrícolas industriales, incluyendo los pesticidas y los fertilizantes, la destinación de nuevas tierras para explotacion agrícola y el comercio agrícola global.

Mientras merman las cosechas, la demanda de granos alimenticios aumentó globalmente sólo en el 1,2% el año pasado, incluso a despecho de una población en crecimiento, rentas más altas y cambios de gustos alimentarios en países como China, según el economista Jayati Ghosh, de la Universidad Jawaharlal Nehru. También pudo haber empujado algo el alza de los precios la distracción anual del 40% del maíz de Estados Unidos como combustible biológico, una estrategia insostenible a largo plazo por una variedad de razones.

Pero el factor más gravitante en la crisis en curso no es el crecimiento de la demanda de alimentos, sino la más baja producción. Al mismo tiempo, actualmente el hambre es un resultado de la pobreza y de la desigualdad, no de la escasez de comida, concluyó David Moberg en In These Times.

Fuentes:
“Diet Hard: With A Vengeance,” David Moberg, In These Times, 3/24/11: http://www.inthesetimes.com/article/7112/diet_hard_with_a_vengeance
http://www.mediafreedominternational.org/2011/04/04/global-food-crisis-expands/

Student Researcher: Aluna Soupholphakdy, Sonoma State University
 Faculty Evaluator: Professor Peter Phillips, Sonoma State University.


Ernesto Carmona, periodista y escritor chileno.
Fuente original: http://www.argenpress.info/2011/10/las-25-noticias-mas-censuradas-20102011_11.html

15-O. Indignación global

Quizá la actualización de la llamada de Karl Marx en su Manifiesto Comunista a los “proletarios de todos los países” fuera hoy una convocatoria a los ciudadanos del mundo que se sienten indignados por el proceso de empobrecimiento que estamos experimentando desde hace ya más tiempo de lo que parece. Aunque este resulte un tanto amorfo, podríamos estar, provisionalmente, ante lo que se denominó en el pasado un “sujeto histórico”.

Lo más relevante es que, desde la Puerta del Sol a Wall Street, teniendo bien en cuenta la plaza griega Syntagma, pero sin olvidar los gritos de las clases medias y populares de las sociedades árabes, se está asistiendo a un proceso de construcción social, colectiva, de quiénes son los principales responsables de la crisis económica y financiera, una Gran Recesión que ya se ha convertido en un estado normal en la vida de los ciudadanos.

Esta nueva atribución de responsabilidades viene por fuerza relacionada con el aumento de lo que podríamos denominar la frontera de posibilidades de información, propiciado por la actual era de las comunicaciones: si la etapa televisivo-cinematográfica, en la que la imposición de la imagen en movimiento dejaba escaso margen para la duda y la imaginación, nos ofreció los peores peligros externos –comunistas, marxistas, islamistas o terroristas de distintos tipos–, la proliferación de innumerables canales y redes para compartir informaciones amenaza a los previsibles discursos dictados desde los aparatos de vigilancia del poder. De esta forma, frente a la proyección pública de un cierto renacimiento de los nacionalismos europeos (los griegos y los españoles son vagos, los alemanes, holandeses y finlandeses, ahorrativos y honrados…), nos encontramos con que la mayoría de los protestatarios considera que el mundo de las finanzas tiene un excesivo poder, que los estados están demasiado sometidos a la banca privada y que, en definitiva, las decisiones que más afectan a pie de calle no tienen precisamente su origen en organismos elegidos por los ciudadanos que tienen que sufrir sus consecuencias.

Esta iniciada fase de transformación de las formas de pensar proviene de un cierto proceso de cualificación obligatoria: el endurecimiento de las condiciones de vida choca con el nivel de formación de muchos de los afectados que, ayudados por las nuevas tecnologías informativas, han conseguido relacionar aquello que veían tan lejano –los mercados de acciones, las instituciones comunitarias, los fondos especulativos– con lo que les afecta en su vida cotidiana –precios, nivel de desempleo, deterioro de las infraestructuras, necesidad de emigrar, etcétera–.

Con este punto de partida, las manifestaciones que este sábado tienen lugar constituyen una oportunidad de globalizar aún más la protesta: la ciudadanía, con la puesta en común global de los culpables y de posibles soluciones a los problemas, aspira a recortar cierto terreno a los flujos financieros, a las multinacionales y a los poderes que llevan extendiendo mundialmente sus tentáculos desde finales de los años setenta e incluso desde antes. El sujeto concienciado y en cierto modo deslocalizado se convierte en un elemento enormemente peligroso para un sistema mundial que requerirá de grandes cambios para adaptarse a estas reacciones.

Huelga decir que queda mucho por hacer, pero que quizá se divisa uno de los mejores caminos a seguir: si ha sido un acto de información, de reflexión sobre las posibles verdaderas causas de nuestros problemas, lo que ha llevado a las plazas y a las acampadas, no es demasiado temerario afirmar que este tipo de ejercicios constituya la mejor senda para el éxito de este proceso que, según el curso que tome, podría ser revolucionario. No es un camino precisamente fácil de recorrer. Queda pendiente, en este sentido, plantearse si la banca y los gobiernos han sido los únicos causantes o, al mismo tiempo, representan también las consecuencias de una dinámica social de la que hemos participado todos: el consumo desaforado proyectado en el crédito barato, la ansiedad por asegurar nuestras propiedades, la competitividad a toda costa, el miedo a lo desconocido, etcétera. A todos estos demonios les ha correspondido un conjunto de entidades de servicios privados que ha hecho de los últimos años una auténtica era dorada de los negocios. Por ello, el cambio global exige una reflexión sobre lo que el individuo ha de cambiar para que el sistema resultante sea bien distinto.

Hoy es un día para continuar con una experiencia que requiere de esfuerzos colectivos, individuales y comunicativos de todo tipo. La ciudadanía aspira a poner la sociedad de la información de su lado y a saber qué está pasando realmente. Profundizar en los problemas que sufrimos trae consigo reconocer la descomunal tarea de solucionarlos. Los estudiosos de la Escuela de Fráncfort, en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, ya consideraron prostituido el proyecto humanista e ilustrado de la modernidad. Hemos perdido 50 años más desde entonces. De la humildad, el trabajo y la acción individual y conjunta depende que se ponga una primera o una segunda piedra en el camino.

Andrés Villena
Economista e investigador en Ciencias Sociales por la Universidad de Málaga
Público
http://blogs.publico.es/dominiopublico/4119/indignacion-global/http://blogs.publico.es/dominiopublico/4119/indignacion-global/

15-O. MANIFIESTO GLOBAL













15-O.
MANIFIESTO GLOBAL

El 15 de octubre, unidos y unidas en nuestra diversidad por un cambio global, exigimos democracia global: un gobierno global del pueblo y para el pueblo. Inspirados en nuestros hermanos y hermanas en Túnez, Egipto, Libia, Siria, Bahrain, Palestina-Israel, España, Chile y Grecia, también exigimos un cambio de régimen: un cambio de régimen global. En las palabras de Vandana Shiva, la activista india, exigimos el remplazo del G8 por la humanidad completa- el G7,000,000,000.

Las instituciones internacionales no democráticas son nuestro Mubarak global, nuestro Assad mundial, nuestro Gaddafi internacional. Estas incluyen: el FMI, OMC, el comercio internacional, los bancos multinacionales, el G8/G20 y el Consejo de Seguridad de la ONU. Como Mubarak y Assad, no permitiremos que dirijan nuestras vidas sin nuestro consentimiento. Todos nacimos iguales, pobre o rico, mujer o hombre. Africanos y Asiáticos son iguales a Europeos y Americanos. Nuestras instituciones deben reflejar esto o ser derrocadas.

Hoy, más que nunca, fuerzas globales determinan nuestras vidas. Nuestros trabajos, nuestra salud, nuestra vivienda, nuestra educación y nuestras pensiones están controladas por los bancos internacionales, el mercado, los paraísos fiscales, las corporaciones y las crisis financieras. Nuestro medio ambiente está siendo destruido por contaminación en otros continentes. Nuestra seguridad la determinan las guerras y el comercio de armas, drogas y recursos naturales que benefician a personas fuera de nuestras fronteras. Estamos perdiendo el control sobre nuestras vidas. Esto debe terminar. Esto va a terminar. Los ciudadanos del mundo debemos recuperar el control sobre las decisiones que nos afectan a todos los niveles – de global a local. Esto es democracia global. Esto es lo que hoy exigimos. [Este párrafo fue agregado siguiendo las sugerencias de las asambleas] 

Como los zapatistas mexicanos, hoy decimos “¡Ya basta! Aquí el pueblo manda y el gobierno obedece” - ¡Ya basta! Aquí el pueblo manda y las instituciones globales obedecen. Como los indignados españoles decimos “¡Democracia real ya!”- Democracia global real ya. 

Hoy hacemos un llamado a los ciudadanos del mundo: ¡Globalicemos la Plaza Tahrir! ¡Globalicemos la Puerta del Sol!
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El manifiesto se ha elaborado después de cuatro meses de trabajo, en los que se han realizado consultas entre los grupos, activistas y asambleas de países como Egipto, Túnez, Reino Unido, Alemania, España, EEUU, Palestina, Israel, Brasil, México, Uruguay, Argentina, India y Australia.

Los intelectuales Naomi Klein, Vandana Shiva y Noam Chomsky y Eduardo Galeano se han sumado a un manifiesto global impulsado por los organizadores de las marchas que mañana saldrán en todo el mundo en el que exigen una "democracia global: un gobierno global del pueblo y para el pueblo".

Inspirados en las revueltas árabes de Túnez, Egipto, Libia, Siria, Bahrain, lo que ocurren entre Palestina e Israel, la ocupación de Wall Street, las protestas en Chile y en los recortes en España y Grecia, en el texto exigen además "un cambio de régimen global". "En las palabras de Vandana Shiva, la activista india, exigimos el remplazo del G8 por la humanidad completa: el G7.000.000.000".




miércoles, 12 de octubre de 2011

Evolución de la crisis

¿Hasta dónde llegará la crisis? A medida que se profundiza y agrava, y frente a un horizonte de estancamiento que se alarga, las perspectivas sobre su naturaleza van evolucionando. La idea misma de recuperación comienza a desdibujarse. La crisis permite ver lo absurdo que era la normalidad.
 
No existe en la actualidad un componente de la economía mundial que pueda funcionar como motor y que sea capaz de llevar a una nueva fase de expansión, con empleo creciente y mejores niveles de vida para el grueso de la población. Estados Unidos se mantiene con graves problemas estructurales. Su economía fue el epicentro de la crisis y no ha podido cristalizarse la recuperación y el desempleo se mantiene alto. El estímulo fiscal concluyó y esa opción de política se cerró. La flexibilización en la política monetaria se ha mantenido, pero los agentes están en un proceso de des-apalancamiento, así que no sorprende que el crédito no fluya. Bancos y centros corporativos están apoltronados en volúmenes de liquidez extraordinarios, pero sin imprimirle dinamismo a la economía. Todo esto se complica por el hecho de que una parte importante del sector manufacturero fue desmantelada en las últimas décadas. Sus bancos esperan el coletazo de la crisis europea.

Europa está en un túnel cada vez más oscuro. La banca europea está amenazada por sus altos grados de exposición en deuda soberana de los países con mayores problemas. Una moratoria en Grecia traerá aparejado un descalabro mayúsculo para bancos franceses (los más expuestos), alemanes, belgas y holandeses. Así que se busca una restructuración con quitas de hasta 60 por ciento en el principal. Con ese tipo de pérdidas será necesario recapitalizar los bancos y ya Sarkozy y Merkel salieron de su último cónclave asegurando a quien quiera escucharles que la banca europea será recapitalizada.

Eso quiere decir que los políticos europeos aceptan que es necesario inyectar recursos fiscales a los bancos (y hasta pedirán una aportación de otra fuente de recursos públicos, el Fondo Monetario Internacional). Los cálculos más conservadores indican que se necesitarán entre unos 500 mil millones y un billón de euros. Con esas cantidades es posible que hasta la calificación de la deuda alemana y francesa salga con raspaduras.

Por lo tanto, es evidente que ni Estados Unidos ni Europa serán los motores de una expansión económica sostenida para los próximos años. ¿Podría China desempeñar ese papel? Se ve difícil. La economía está enferma de su propia (y gigantesca) burbuja de bienes raíces. La expansión de crédito de los últimos años llevó a una orgía de inversiones que generaron capacidad excedente en muchos rubros estratégicos. A pesar de su muy dinámica industria de la construcción, China sólo ha podido consumir 65 por ciento de su producción de cemento durante los últimos cinco años. En la producción de acero China tiene una capacidad excedente superior a los 200 millones de toneladas (suma comparable a la producción anual de Europa y Japón). La burbuja de bienes raíces alcanza dimensiones astronómicas: hoy existen 3 mil millones de metros cúbicos desocupados y este año se espera se añadan otros 200 millones de metros cuadrados. Las ciudades fantasma en China ya son legendarias y pueden verse en imágenes de satélite en diversas páginas de Internet. La verdad es que la continua expansión del sector de la construcción es lo que permite evitar la explosión de descontento que permanece latente. El impacto del estancamiento en Estados Unidos y Europa podría llevar a una fuerte reducción en el ritmo de crecimiento (quizás llevándolo a 4.5 por ciento en 2012) y eso puede significar un tsunami de protestas sociales.

En China el crecimiento especulativo no es nuevo, pero con el estímulo de 2008 las cosas empeoraron: una proporción muy alta (quizás hasta 50 por ciento) de los créditos se destinó a la especulación en todo tipo de inversiones. La corrupción y los contactos permitieron a las empresas públicas obtener créditos preferenciales que también alimentaron la especulación y la expansión productiva desenfrenada. Con razón muchos analistas afirman que la nueva muralla china está hecha de tofu.

Entonces, ni Estados Unidos ni Europa. Tampoco China. Japón no ha podido levantarse después del terremoto y tsunami de marzo 11. La India y Brasil podrían seguir creciendo a un ritmo alto (nada lo garantiza). Pero, de cualquier manera, no pueden desempeñar el rol de motor de la economía mundial.

La única fuente de legitimidad del capitalismo podría residir en su capacidad de elevar el nivel de vida de las masas. Es discutible si puede hacerlo de manera sostenida o si sus contradicciones internas se lo impiden. Pero lo que sí sabemos hoy es que las perspectivas para la economía mundial son desfavorables. Es muy probable que estemos viendo la llegada de una década de estancamiento con su secuela de desempleo, desigualdad y pobreza. La naturaleza de la crisis comienza a evolucionar. De crisis económica y financiera, ya está pasando a la crisis política. Hay que estar preparados.

Alejandro Nadal
La Jornada

#15O."15 de octubre: por la internacionalización de la revuelta"

Sobran razones para movilizarse el 15 de octubre. La significación misma de «crisis» está en crisis: no remite ya a una desestructuración transitoria dentro de un sistema determinado, sino a un proceso regular de concentración de riqueza entre las oligarquías financieras, económicas y políticas trasnacionales y la distribución de las pérdidas en amplias franjas sociales. Lo que antaño se concibió como una excepción constituye ahora la regla. No es que esta excepcionalidad sea novedosa: históricamente, la han usado los estados para justificar masacres diversas. Lo que en cambio sí es novedoso es la extensividad que ha adquirido el estado de excepción: se invoca, de facto, para tomar de forma habitual decisiones antipopulares diversas, como por ejemplo, en el caso de España, la reforma express de su constitución, la reforma de pensiones, la reforma laboral o, en un sentido más amplio, la instauración de un escudo antimisilístico tan delirante como oneroso. 

La idea misma de «catástrofe» ecológica y social entra a escena no ya como un acontecimiento estrictamente incontrolable sino como un coste que esas oligarquías asumen como efecto de sus políticas de concentración económica y devastación planetaria. Lo que podría concebirse tiempo atrás como una circunstancia eventual forma parte de nuestra crónica diaria. Lo más terrible e infame es que encima nos lo presentan como una realidad inevitable y necesaria, como la única posibilidad que nos toca vivir a nosotros porque, desde luego, ellos se sitúan a distancia, en ese régimen de excepcionalidad que han institucionalizado para eximirse de dar cuenta de sus actos. 

A la heterogeneidad de esa multitud que somos, la homogeneidad de “ellos” es flagrante: los unifica la ambición desmedida de lucro, el deseo voraz de deglutir al otro, con tal de asegurar el goce prometido en la apropiación de los bienes convertidos en mercancías. No les importa que, dentro esa lógica aberrante, tanto los otros seres humanos como la naturaleza en su conjunto sean tratados como cosas.

Prueba de su concepción positiva de la crisis -que cosifica lo humano y humaniza las cosas, en un proceso de inversión al que Marx se refirió como el «fetichismo de la mercancía»- es la retórica oportunista de una casta empresarial que vive a resguardo el naufragio colectivo. De sobra conocemos ese discurso que enfatiza el carácter de «oportunidad» de la crisis, minimizando su costado más perverso y destructivo. Es cierto que una crisis abre la posibilidad de una reestructuración o de nuevas decisiones, pero nada señala de antemano la dirección específica que pueden adquirir o el sujeto que, en efecto, “capitalizará” dicha oportunidad. En suma, para los millones que se hunden cada día –desahuciados, parados, marginados, harapientos, urgidos- la desfinanciación del estado de bienestar y la financiación del estado policial y de la banca no constituyen, en sí mismas, ninguna oportunidad, ni mucho menos en términos inmediatos. 

A pesar de lo dicho, no deja de ser cierto que la movilización colectiva permanente puede transformar esos obstáculos en una ocasión para una nueva fase de lucha política, mejor autoorganizada y con mayor coordinación a nivel internacional, que permita la producción de un poder popular constituyente. Los damnificados, cada vez más, constituimos una multitud que implica y rebasa, simultáneamente, los antagonismos de clase. «Indignados» es el nombre de una multiplicidad social despojada de parte de sus logros históricos y sus derechos fundamentales, tanto económicos, como sociales y culturales (como por ejemplo el acceso a la vivienda, a un trabajo relativamente digno, a un sistema sanitario y educativo satisfactorio, a unos procesos judiciales justos o a unas prestaciones sociales indispensables para reducir las desigualdades intrínsecas al capitalismo. 

Nada de eso reduce el devenir de ese movimiento social a unas luchas puramente defensivas (1), ni mucho menos habilita a una lectura reduccionista que lo reduce a un sujeto juvenil pequeño-burgués. Porque si algo caracteriza ese movimiento es la carencia de uniformidad ideológica y social. Más bien, se trata de una pluralidad de grupos sociales orientados por un diagnóstico crítico, aunque variable, con respecto a la realidad actual. Eso supone una deriva que con razón puede inquietar, pero no hay forma de resolverla a priori, puesto que su estructuración programática no viene definida de arriba, sino que es producto de una negociación simbólica constante, esto es, de un colectivo de carácter asambleario y horizontal. 

Para mayor dificultad, los obstáculos a los que nos referimos no son de carácter local. La mundialización capitalista es también campo propicio para que unas pocas corporaciones se muevan con total impunidad entre diferentes territorios, según las condiciones de explotación y rentabilidad comparativas de cada uno de ellos. A esas corporaciones, como su contrapartida necesaria, hay que sumar unos poderes financieros absolutamente descontrolados que invierten en las “oportunidades de la crisis”, esto es, que multiplican sus beneficios a fuerza de una especulación que incluye la «especulación alimentaria» (en breve: almacenar alimentos para que se encarezcan, incluso si ello supone la inanición de millones de humanos) o la especulación con la deuda mal llamada soberana (la obtención de dinero por parte de entidades financieras con una tasa de interés baja y la recolocación en los mismos estados prestamistas con una tasa de interés notoriamente mayor). 

Esos poderes económico-financieros globalizados hacen manifiesta la insuficiencia de cualquier lucha que se despliegue solamente a nivel local. Incluso los estado-nación muestran una soberana impotencia con respecto a decisiones fundamentales, tomadas en ámbitos interestatales como es la Comisión Europea que, a su vez, muestra ante los operadores de mercado una servidumbre indiscutida. En esas condiciones, la internacionalización de la revuelta es, estratégicamente, impostergable. La única forma de afrontar una arremetida global es responder globalmente, lo que no significa en absoluto que se pierdan de vista las peculiaridades locales. 

El 15 de octubre cada uno de nosotros puede y debe sumarse a un grito colectivo que no quiere limitarse a constatar el desastre sino a construir otro mundo social posible. Ese grito será cada vez más común, a pesar de la hegemonía del neoconservadurismo en España y de las probables políticas de ajuste que sobrevuelan nuestro futuro inmediato. 

No se trata de tomar la calle solamente para defendernos ante una de las peores ofensivas del capital en los últimos dos siglos o de un sistema político con nula credibilidad para muchos de nosotros, por no hablar de sus evidentes déficits democráticos, como es el caso vergonzante de la ley electoral en España (que blinda el bipartidismo a nivel nacional) o a la creciente tendencia a criminalizar un movimiento pacífico de protesta que se extiende más allá de las fronteras, legítimo para cualquier sociedad que se precie de pluralista o que respete mínimamente el derecho constitucional a manifestarse y reunirse libremente. Más bien, la apuesta política fundamental del 15O es alentar un proceso de cambio global, esto es, seguir impulsando una revuelta pacífica en todo el mundo que muestre que la lucha no sólo es posible y deseable sino absolutamente irrenunciable si no queremos habitar entre las ruinas. En otros términos, es comenzar a tomar la iniciativa política para erosionar, a corto plazo el neoliberalismo y a largo plazo el capitalismo. Confluir en diferentes partes del mundo es empezar a configurar un contrapoder global que la más brutal de las represiones policiales puede desacelerar pero no evitar. 

Si algo resulta claro en el presente es que este antagonismo popular está determinado por unas condiciones estructurales que seguirán afianzándose si no articulamos unas resistencias colectivas y no elaboramos un proyecto de sociedad diferente. La repolitización de estas prácticas sociales está en curso y abre camino a la posibilidad de de una política democrática radical. Nada garantiza que esa política termine siendo hegemónica, pero lo que sí es seguro es que sin acciones colectivas articuladas a nivel mundial el horizonte que se avizora se parece cada vez más a una pesadilla colectiva. 

Al menos en lo inmediato, seguiremos moviéndonos en el riesgo elevado de una restauración autoritaria del control por parte de los guardianes del orden. Pero nuestra salida sólo puede forjarse a fuerza de erosionar las políticas del miedo. Más que resignarse ante la crisis, tenemos que poner en crisis la resignación. 

Una diversidad de razones nos movilizan: desde el autismo del sistema político ante las reivindicaciones ciudadanas como las falencias democráticas del sistema electoral, desde una política fiscal regresiva hasta la escandalosa transferencia de pérdidas del sistema financiero a la ciudadanía, sin olvidar el desmembramiento de lo que queda del “estado de bienestar”, el insostenible nivel de desempleo o la precarización laboral generalizada, así como la expandida corrupción institucional y empresarial, la actuación delictiva de la banca, la mala complicidad mediática ante la violencia sistémica o el uso demagógico de la xenofobia y el racismo, por mencionar algunos puntos nodales entre tantos otros. 

Nuestro “derecho a soñar” se fundamenta en la pesadilla que este sistema significa, cada día, para la inmensa mayoría de la población. Forma parte de nuestro deber ético seguir elaborando ese sueño colectivo con sentido crítico, sin autocomplacencias. Estamos lejos de lo que deseamos, pero marchar hacia ese horizonte -que no preexiste a la marcha- es nuestro camino. En esa incertidumbre insoslayable nos movemos. No sabemos dónde llegaremos, pero arrastramos con nosotros la convicción apremiante de que necesitamos construir una alternativa en la que la moneda de cambio no sea la injusticia presente. 

El 15 de Octubre es una oportunidad histórica para mostrar nuestro deseo colectivo de cambiar el mundo, en un sentido radical, para que «democracia» no sea el nombre de una farsa. No es punto de arribo a ninguna parte, sino un momento crucial para hacernos visibles a nosotros mismos y mostrar así, también a ellos, cuán decididos estamos a seguir luchando. Lo que está en juego, en pocas palabras, es la promesa de otra vida en común. Concretar esa promesa forma parte de nuestro devenir.
 Nota:
(1) Para una reflexión centrada en el movimiento 15M remito a http://www.kaosenlared.net/noticia/democracia-revuelta-experiencia-ruptura-15-m


Arturo Borra
Rebelión
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=137378&titular=15-de-octubre:-por-la-internacionalizaci%F3n-de-la-revuelta-

África vende sus tierras a transnacionales y fondos de inversión

Más de 47 millones de hectáreas de tierras se han vendido en todo el mundo, según el Banco Mundial 30 millones del total son terrenos de África, aunque este organismo internacional admite que la falta de transparencia de las transacciones podría elevar las cifras. Organizaciones independientes como Global Land Project apuntan a que sólo en África se han vendido 63 millones de hectáreas a inversores extranjeros. Es lo que ya se conoce como acaparamiento de tierras.

Mientras, el hambre se ceba con este continente. Más de 10 millones de personas en el Cuerno de África sufren una de las peores hambrunas. Este verano, la Agencia de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) hizo un llamamiento a la comunidad internacional para asistir a miles de personas de Somalia, pero también de Eritrea, Etiopía, Kenia, Yibuti y norte de Kenia.

‘Razones’ del hambre
La FAO explica que la causa de la hambruna en el Cuerno de África es la peor sequía que sufre la región desde hace 30 años. Sin embargo, no se menciona la venta de tierras a multinacionales como uno de los fenómenos más graves que impide a la población de estos países ricos en recursos naturales el acceso a los alimentos.

Organizaciones sociales, ambientales y campesinas, como las ONG Grain y Vía Campesina, entre otras, denuncian la presencia de fondos de pensiones y multinacionales de la agroindustria en sus tierras. Desde 2008, trasnacionales y algunos Estados ricos se lanzaron a la búsqueda de tierras fértiles debido a la subida del precio del petróleo, que encareció también el precio de los alimentos.

Los gobiernos africanos dieron la bienvenida a estos inversores, que se encontraron con tierras fértiles, agua, salarios bajos e incluso subvenciones de los Estados africanos. Gran parte de la producción se está destinando a los biocombustibles, otra parte a garantizar la soberanía alimentaria de países importadores de alimentos.

Esta política neocolonialista ha sido impulsada por el Banco Mundial y la propia FAO, además de organismos como la agencia de Comercio y el Desarrollo de Naciones Unidas o el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola, sustentada por bancos privados como el Banco Islámico de Desarrollo, con sede en Arabia Saudí.

La FAO, en su informe sobre el Estado de la Inseguridad Alimentaria en el Mundo, (2010), asegura que de los 6.700 millones de habitantes que hay hoy el planeta, 925 millones sufren hambre crónica. Y estima que en 2050 la población mundial se elevará a 9.100 millones. Por eso apunta que “será necesario cultivar, de manera efectiva, miles de hectáreas hasta ahora desaprovechadas, sobre todo en países subdesarrollados”.

En África, el 80% de la población subsiste gracias a la agricultura familiar. Además, en muchos países las tierras son comunales, pero los acuerdos entre los gobiernos africanos y las multinacionales no son claros. Ni siquiera para el Banco Mundial, que admite la falta de transparencia en las transacciones. Esta política ha expulsado ya a miles de familias de sus tierras y pone en peligro su soberanía alimentaria.

India, Arabia Saudí y China son los primeros compradores de tierras del continente africano. Pero también Kuwait, Qatar, Bahrein y empresas de Suecia, Alemania o Reino Unido que han suscrito acuerdos con Angola, Kenia, Zambia, República Democrática del Congo, Mozambique, Senegal, Mali, Sudán, Suazilandia, Botswana, etc.

Tierras ‘no aprovechadas’
Según Gustavo Duch, activista y experto en soberanía alimentaria, esta política supone “un duro ataque a la soberanía alimentaria de los pueblos”. Además, frente al argumento oficial de que son tierras “desaprovechadas”, Duch explica que “esas tierras ‘inhabitadas’, como dicen, son bosques o campos que ofrecen frutos, leña y caza para muchas poblaciones, tierras que son pequeños huertos, son pastos comunales para el ganado local que están perdiendo esas funciones”.

Etiopía (82 millones de habitantes) es uno de los países que más tierras ha vendido y alquilado durante años a las transnacionales. Según el presidente etíope, Meles Zenawi, más de 2.500 kilómetros de tierra fértil en la región de Gambella se han alquilado a 36 países. Más de 15.000 etíopes van ser realojados este año para “darles mejor acceso al agua, escuelas y transporte” en el departamento de Gambella. El Gobierno asegura que son realojos “voluntarios” y que el motivo es el acaparamiento de sus tierras.

En esa región, la multinacional india Karuturi, radicada en Bangalore, una de las 25 empresas de la agroindustria más potentes del mundo, ha alquilado 311.000 hectáreas de tierras para producir arroz que irá a parar a la India, según denuncia el Consejo de Justicia de la etnia Anuak. También en Etiopía, el millonario saudí Al Amoudi, a través de la compañía Star, ha invertido más de 2.000 millones de dólares en la compra de tierras en Etiopía. Mientras, miles de personas de la región Ogaden, al sureste del país, corren el riesgo de morir de hambre según la FAO, debido a que el Gobierno niega la ayuda internacional a la zona. Etiopía es uno de los mayores receptores de ayuda humanitaria del mundo, al tiempo que dedica la mitad de su presupuesto a gastos militares.

En el mismo continente, inversores de Arabia Saudí tienen proyectado cultivar en el valle del río Senegal 120.000 hectáreas para producir un billón de toneladas de arroz que se transportarán a este país del Golfo Pérsico. Esta inversión, codirigida por el hijo del presidente, forma parte del denominado proyecto 7x7, ahora Agro-globe, de Foras International Investment Company, grupo de inversión de la Organización de la Conferencia Islámica (OCI), integrada por 57 Estados. La compañía Foras asegura que en siete años se producirán siete millones de hectáreas en tierras de regadío. La misma operación se llevará a cabo en terrenos de Mali, donde Foras ha adquirido 5.000 hectáreas más. El proyecto también se va a extender a Mauritania, Nigeria y Sudán.

China, socio preferente en el continente africano, donde ha invertido grandes cantidades en infraestructuras, ha adquirido también millones de kilómetros en tierras. Beidahuang Group, la primera empresa de la agroindustria china, cuenta ya con dos billones de hectáreas en varios continentes, sobre todo en África.

Pero es India la que está a la cabeza del acaparamiento de tierras. Según The Economist Times, más de 80 compañías indias han invertido en cultivos en Kenia, Etiopía, Madagascar, Senegal y Mozambique destinados al mercado hindú. El listado de países africanos que han entregado sus tierras es largo. Entre ellos Mozambique, donde se calcula que se ha vendido el 20% de las tierras de cultivo. Por su parte, la República Democrática del Congo alquila a empresarios de la agroindustria de Sudáfrica diez millones de hectáreas por un periodo de 90 años, y algo muy parecido ocurre en Sudán. Por su parte, el Banco Mundial, ante la resistencia de las comunidades locales al acaparamiento de tierras, ha creado los llamados Principios de Inversión Responsable, una serie de condiciones, no vinculantes, que pretenden ‘legalizar’ estas transacciones.

Más de 500 organizaciones campesinas, organizaciones no gubernamentales, ambientales y sindicatos hicieron en junio un llamamiento contra el acaparamiento de tierras durante la reunión en París del G-20. Esas mismas organizaciones se darán cita entre el 17 y el 20 de noviembre en Nyeleni (Mali) para unir estrategias frente a la venta de tierras.

Pero los planes no cambian. El economista neoliberal Jeffrey Sachs, responsable del proyecto Aldeas del Milenio, de la ONU, cuya trayectoria repasa La Doctrina del Shock, de Naomi Klein, explica en un artículo publicado en agosto que en el Cuerno de África hay esperanza porque empresas como “Ericsson, Airtel, Novartis y Sumitomo Chemical” están participando en iniciativas para “ayudar a las comunidades de pastores pobres”. Y añade Sachs que afortunadamente “varios países de la península Arábiga (...) están mostrando una alentadora disposición a ayudar” al Cuerno de África.

Mª José Esteso Poves
Diagonal