sábado, 2 de enero de 2010

Copenhague: el sistema es el problema

“No hay que renunciar a buscar alternativas al capitalismo”. Pascal Lamy, director general de la Organización Mundial del Comercio

Un sistema económico atrapado entre el crecimiento y la crisis ecológica y el decrecimiento y la crisis social. Plantearé sobre el sistema y la cumbre climática de Copenhague las siguientes cuestiones:

¿Qué esperaba la opinión pública mundial de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático celebrada del 7 al 18 de diciembre de 2009 en Copenhague?

Sin duda que ante la gravedad del problema climático que amenaza el presente y el futuro del conjunto de la humanidad , los representantes de los 192 países allí convocados alcanzasen, como mínimo, unos acuerdos capaces de frenar la emisión de gases de efecto invernadero ( GEI ), responsables del calentamiento global y, en consecuencia, del cambio climático.

¿Consiguió la Conferencia alcanzar el objetivo fundamental de la reducción de las emisiones de GEI, sin la que la temperatura media de la Tierra podrá elevarse hasta dos grados y más, con efectos devastadores, durante el presente siglo?

En absoluto. La Conferencia no sólo no ha sido un éxito, como anhelaba la mayoría de la humanidad, sino que ha sido un estrepitoso fracaso. ¿Por qué?

Porque, en realidad, el éxito o el fracaso dependía, básicamente, de la actitud que adoptase Estados Unidos, ya que este país desarrollado emite el 25 % de los GEI y sólo asumiendo compromisos claros de reducción de emisiones, que no asumió, podía forzar la posición de China, la potencia emergente responsable de la emisión de otro 25 % de GEI, que tampoco quiso asumir ningún compromiso. De hacerlo el resto del mundo, responsable del otro 50 % de emisión de GEI, les habría secundado, unos, como la Unión Europea, facilmente, dada su disposición favorable, otros, especialmente algunos países emergentes, con mayores reticencias.

¿Ha quedado establecido, pues, que Estados Unidos ha sido el principal responsable del fracaso de la Conferencia?

Como era de esperar antes que reconocer la responsabilidad de Estados Unidos algunos, como el ministro de Energía y Medio Ambiente del Reino Unido, han preferido culpabilizar a China, o como la ministra de Medio Ambiente de España a Venezuela, Bolivia y otros países contestatarios, más la razón es tozuda y dificilmente se puede ocultar el hecho de que el presidente B. Obama actuó en la Conferencia no como el presidente de los estados unidos del mundo, que no es, aunque algunos casi llegaran a esperarlo, sino como el presidente de los Estados Unidos de América, que realmente es.

Pero si Estados Unidos es el principal responsable del fracaso de la Conferencia cabe también preguntarse, ¿por qué? ¿Cuáles son los motivos, las razones de la negativa de sus representantes a capitanear la lucha contra el calentamiento global y el cambio climático?

La respuesta para mí está clara: el sistema es el problema. En ninguna otra parte del mundo, ni siquiera en el Reino Unido, su cuna, el capitalismo liberal está más firmemente arraigado, así como su distopía cultural el “american way of life” (”el modo de vida americano”).

En Estados Unidos la clase económica y políticamente dirigente no está dispuesta a renunciar al modelo productivista y consumista a ultranza, a dar los primeros pasos, a hacer los primeros sacrificios, a pesar de la advertencia de fenómenos como el Katrina (al fin y al cabo sólo afectó a los pobres de Nueva Orleans) y, por lo tanto, tendrán que ser otros los que den los pasos que consideren oportunos.

Hay en Estados Unidos, en sus élites, una voluntad de rehusar la reforma del sistema, la refundación de la que se ha hablado en Europa o, no digamos, la búsqueda de posibles alternativas. Es ahí donde radica la dificultad.

Sin embargo, ha llegado la hora de producir reduciendo la emisión de GEI ; de producir sin sobreexplotar más los limitados recursos naturales del planeta; de producir sin ahondar más las desigualdades sociales e internacionales, cuestiones que conducen a formularse una última e inquietante pregunta, ¿conociendo la lógica del sistema, su avidez por la ganancia, es razonable esperar que esté dispuesto a afrontar de buena gana la resolución de semejantes retos?

Francisco Morote Costa – ATTAC Canarias

viernes, 18 de diciembre de 2009

El conflicto de clases a nivel internacional

La interpretación más generalizada en los forums económicos, financieros y políticos internacionales de lo que ha estado ocurriendo en los últimos treinta años en el mundo ha sido la aparición, a partir de los años ochenta, de la globalización económica, habiéndose establecido un nuevo orden económico internacional en el que se supone que los estados han estado perdiendo poder, siendo substituidos por entidades económicas, llamadas multinacionales, que son las que dominan la actividad económica internacional. Esta supuesta globalización ha sido aplaudida por fórums liberales como el New York Times, el Washington Post, The Economist, The Financial Times, entre otros, que han considerado a la globalización económica como responsable de un gran crecimiento económico, causando un bienestar sin precedentes de las poblaciones, tanto de los países desarrollados como de los subdesarrollados, con una gran reducción de la pobreza mundial. A esta visión celebratoria de la globalización se añade la voz de autores que se autodefinen como marxistas, como Antonio Negri y Michael Hardt, que celebran la desaparición del estado nación, condición –según ellos- de que transcienda el énfasis en el estado, a fin de llegar a una internalización del proyecto de transformación(1).

Frente a esta actitud complaciente y carente de crítica hacia la supuesta globalización, nos encontramos amplios sectores de los mal llamados movimientos antiglobalización, que, a pesar de que lamentan la globalización, coinciden con las voces pro-globalización en su interpretación de lo que ha estado ocurriendo. También creen que los estados han ido desapareciendo, sustituidos por las entidades económicas que llaman multinacionales, que se han convertido en los gestores del sistema capitalista mundial. A diferencia de las voces celebratorias de la globalización, estas voces, concluyen que tal globalización, en lugar de mejorar el bienestar de las poblaciones, lo ha dañando profundamente.

Vemos pues, que ante esta globalización, unos la aplauden, y otros la lamentan. Pero la interpretación de los hechos es semejante, cuando no idéntica. El problema es que ambas voces –las celebratorias y las condenatorias- están equivocadas. Y el colapso del Consenso de Washington y el de Bruselas son prueba de ello. En realidad, los estados no han desparecido. Todo lo contrario, han jugado un papel clave en el desarrollo de las políticas públicas que han determinado la crisis económica y financiera actual. Si miramos los indicadores del tamaño del intervencionismo del estado, vemos que en todos los países de la OCDE, el estado ha crecido tanto en tamaño (el gasto público per cápita ha aumentado en todos ellos desde el año 1980) como en la intensidad de sus intervenciones. El caso más claro de esta situación, ignorada por aquellas voces, fue el de EEUU cuando el Presidente Reagan, supuestamente “el gran liberal”, aumentó sustancialmente durante su mandato el gasto público federal (pasando del 21,6% del PIB al 23%) y los impuestos (fue el Presidente que los aumentó más en tiempos de paz. Disminuyó los impuestos del 20% de la población con renta superior, pero los aumentó para todos los demás) (2).

El estado no disminuyó ni en EEUU ni en los países de la OCDE. Todo lo contrario, aumentó su tamaño y el número de sus intervenciones. Pero más importantes que estos datos son aquellos que muestran que el tipo de gasto y el tipo de intervencionismo del estado cambiaron sustancialmente y ello como consecuencia de aquella categoría olvidada y nunca mencionada (cuando no silenciada) en los medios de información y persuasión dominantes que se llamaba “lucha de clases” y que aparentemente había desaparecido, junto con la supuesta desaparición de las clases sociales. La lucha de clases, sin embargo, continuó con toda intensidad sin que casi apareciera en los medios. En la mayoría de países de la OCDE el estado ha favorecido, a través de sus políticas públicas, a las rentas del capital a costa de las rentas del mundo del trabajo, y ello como consecuencia de una batería de intervenciones públicas que sistemáticamente debilitaron a las clases trabajadoras y a otros sectores de las clases populares de aquellos países. Si analizamos los presupuestos federales de EEUU, podemos ver, por ejemplo, que el gasto dedicado a personas (incluyendo la mayoría de servicios y transferencias públicas del estado del bienestar) pasó de ser el 38% del gasto público total en 1980 al 32% en 2007, mientras que el gasto militar pasó de 41% a un 45% y el gasto de ayuda a las empresas pasó de un 21% a un 23% durante el mismo periodo. Y ello ocurrió en la mayoría de países de la OCDE, como consecuencia de estas y otras políticas públicas. La masa salarial descendió durante el periodo 1980-2006, pasando de representar un 71% de la renta nacional a un 66% en EE.UU., de un 71% a un 64% en la UE-15 y de un 79% a un 64% en Japón. Esta disminución salarial ocurrió a pesar de aumentar el número de trabajadores e independientemente del ciclo económico. Este descenso de las rentas del trabajo determinaron un aumento muy notable del endeudamiento de las familias; la deuda familiar pasó a representar, durante el periodo 1980-2006, del 82% al 135% en EEUU, del 89% al 139% en la UE-15 y del 83% de la renta disponible familiar al 132% en Japón. Este enorme endeudamiento fue posible gracias al gran crecimiento del precio de la vivienda, el aval más importante que tienen las familias para conseguir crédito (sean hipotecas, sean tarjetas de crédito). Cuando tal precio se colapsó, las familias no pudieron conseguir crédito y pagar sus deudas. De ahí el enorme problema de la falta de demanda y falta de la actividad productiva en la economía (3).

Por otra parte, el enorme crecimiento de las rentas del capital y la escasa rentabilidad de las empresas productivas (consecuencia de la baja demanda) hizo que aumentara la inversión en actividades especulativas de las cuales las inmobiliarias eran las más visibles (tal y como ocurrió en EEUU, la Gran Bretaña, Holanda y España) pero no las únicas. Se hizo gran inversión en instrumentos bancarios (altamente especulativos) y en intercambios monetarios (que añadieron gran desestabilización en los mercados financieros), políticas todas ellas no solo permitidas sino promocionadas por los estados. En la mayoría de los estados de la UE, las inversiones productivas como porcentaje de las plusvalías obtenidas en las empresas descendieron, incrementándose en cambio las actividades financieras, la mayoría de carácter especulativo. Fue el triunfo de lo que se ha llamado la financialización de la economía, triunfo que se dio a costa del capital productivo y, sobre todo, a costa de las rentas del trabajo.

La debilidad del mundo del trabajo se acentuó con las políticas monetarias promovidas por la UE a través del Banco Central Europeo que promovió la estabilidad de precios a costa del estímulo económico y de la creación de empleo, causa del crecimiento del desempleo en la UE. El desempleo que había sido menor en EE.UU. que en la mayoría de países de Europa durante el periodo 1950-1980, pasó a ser mayor durante el periodo 1980-2007. Complementando estas políticas monetarias, se estableció el Pacto de Estabilidad que, en la práctica, ha actuado como freno al crecimiento del gasto público y muy en especial del gasto público social, disminuyendo la protección social y la reducción de las desigualdades sociales. A la luz de estos datos, creer que los estados son meros instrumentos de las corporaciones multinacionales –como indican amplios sectores de las izquierdas que abandonaron el análisis de clases en sus planteamientos- es ignorar que el estado sintetiza las relaciones de poder en cada país, dentro de las cuales, la lucha de clases dentro de cada estado continúa siendo de una enorme importancia (4).

Por otra parte, el mayor conflicto hoy en el mundo no es de los países ricos frente a los países pobres. Lo que sí hay son países donde la mayoría de la población es pobre. Pero los países en sí no son pobres. En realidad son ricos de recursos. Países como Bangladesh, que tiene como mayor problema social la malnutrición extendida entre la población, existe suficiente tierra cultivable para alimentar adecuadamente a una población veinte veces superior a la actual. El problema no es carencia de recursos sino la falta de control de aquellos recursos por parte de las clases populares de aquel país. La clase dominante de Bangladesh (centrada en los grandes terratenientes) es la que domina aquellos recursos, junto con las clases dominantes de los países desarrollados que muestran su solidaridad de clase apoyando el mantenimiento de aquel orden. Existe una alianza de las clases dominantes del Norte y las del Sur en contra de los intereses de las clases dominadas de los países del Norte y del Sur.

La articulación de los mal llamados países pobres en este orden internacional, les condena a basar sus economías en las exportaciones (sistema que favorece las clases dominantes del Norte y del Sur) en lugar del consumo doméstico, para lo cual se requerirían unas reformas redistributivas de las rentas en aquellos países opuestas por la alianza de clases dominantes que rigen el mundo. De ahí la urgencia de que se establezcan alianzas de las clases dominantes del Norte y del Sur, el gran reto de las izquierdas hoy en el mundo.

Notas:
(1) Michael Hardt and Antonio Negri. Empire. Ed. Harvard University Press, 2001
(2) Navarro, V. Neoliberalism. Globalization and Inequality. 2007
(3) Navarro, V. “Para entender la crisis. Así empezó todo en Estados Unidos”. Le Monde Diplomatique, 2009
(4) Navarro, V. “ La lucha de clases” . Monthly review, 2008

Artículo publicado en El Viejo Topo.
www.vnavarro.es

lunes, 7 de diciembre de 2009

La Cumbre Climática de Copenhague. Ultimátum a la Tierra

Representantes de todos los países del mundo se reúnen en Copenhague (Dinamarca) del 7 al 18 de diciembre en el marco de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, con el objetivo de evitar que, de aquí a 2050, la temperatura media del planeta aumente en más de dos grados. Si la Tierra fuese un balón de fútbol, el espesor de la atmósfera sería de apenas dos milímetros... Nos hemos olvidado de la increíble estrechez de la capa atmosférica y consideramos que ésta puede absorber sin límites cualquier cantidad de gases nocivos. Resultado: se ha creado, en torno al planeta, un sucio envoltorio gaseoso que captura el calor del sol y funciona como un auténtico invernadero.

El calentamiento del sistema climático es una realidad inequívoca. Unos 2.500 científicos internacionales, miembros del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre la Evolución del Clima (GIEEC) (1), lo han confirmado de modo indiscutible. Su causa principal es la actividad humana que produce un aumento descontrolado de emisiones de gases, sobre todo dióxido de carbono, CO2, producto del consumo de combustibles fósiles: carbón, petróleo, gas natural. La deforestación acrecienta el problema (2).

Desde la Convención del Clima y la Cumbre de Río de Janeiro en 1992, y la firma del Protocolo de Kioto en 1997, las emisiones de CO2 han progresado más que durante los decenios precedentes. Si no se toman medidas urgentes, la temperatura media del planeta aumentará por lo menos en cuatro grados. Lo cual transformará la faz de la Tierra. Los polos y los glaciares se derretirán, el nivel de los océanos se elevará, las aguas inundarán los deltas y las ciudades costeras, archipiélagos enteros serán borrados del mapa, las sequías se intensificarán, la desertificación se extenderá, los huracanes y los tifones se multiplicarán, centenares de especies animales desaparecerán...

Las principales víctimas de esa tragedia climática serán las poblaciones ya vulnerables de África subsahariana, de Asia del sur y del sureste, de América Latina y de los países insulares ecuatoriales. En algunas regiones, las cosechas podrían reducirse en más de la mitad y el déficit de agua potable agravarse, lo que empujará a cientos de millones de "refugiados climáticos" a buscar a toda costa asilo en las zonas menos afectadas... Las "guerras climáticas" proliferarán (3).

Para evitar esa nefasta cascada de calamidades, la colectividad científica internacional recomienda una reducción urgente del 50% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Único modo de evitar que la situación se vuelva incontrolable.

En esa perspectiva, tres son los temas centrales que se abordan en Copenhague: 1) determinar la responsabilidad histórica de cada Estado en la actual degradación climática, sabiendo que el 80% de las emisiones de CO2 son producidas por los países más desarrollados (que sólo reúnen el 20% de la población mundial), y que los países pobres, los menos responsables del desastre climático, padecen las consecuencias más graves.

2) fijar, en nombre de la justicia climática, una compensación financiera para que aquellos Estados que más han degradado el clima aporten una ayuda significativa a los países del Sur que permita a éstos luchar contra los efectos de la catástrofe climática. Aquí se sitúa uno de los principales desacuerdos: los Estados ricos proponen una suma insuficiente, cuando los países pobres reclaman una justa compensación más elevada.

3) definir con vistas al futuro un calendario vinculante que obligue política y legalmente a los actores planetarios -tanto a los países desarrollados como a las otras potencias (China, Rusia, la India, Indonesia, México, Brasil)- a reducir progresivamente sus emisiones de gases de efecto invernadero. Ni Estados Unidos ni China (los dos principales contaminadores) aceptan esta perspectiva.

Además de esta agenda, un fantasma recorrerá las mesas de discusión de Copenhague: el del necesario cambio de modelo económico. Existe en efecto una grave contradicción entre la lógica del capitalismo (crecimiento ininterrumpido, avidez de ganancias, explotación sin fronteras) y la nueva austeridad indispensable para evitar el cataclismo climático ( léase, p. 32, el artículo de Riccardo Petrella ).

Si el sistema soviético implosionó fue, entre otras razones, porque descansaba sobre un método de producción que valoraba principalmente el beneficio político de las empresas (creaban obreros) y no su coste económico. De igual modo, el sistema capitalista actual únicamente valora el beneficio económico de la producción, y no su coste ecológico. Con tal de obtener un beneficio, no le importa que un producto tenga que recorrer miles de kilómetros, con la emisión de toneladas de CO2 que eso supone, antes de llegar a las manos del consumidor. Aunque ello ponga en peligro, a fin de cuentas, a toda la humanidad.

Por otra parte, es un sistema despilfarrador que agota los recursos del planeta. Actualmente la Tierra ya es incapaz de regenerar un 30% de lo que cada año consumen sus habitantes. Y demográficamente éstos no cesan de crecer. Somos ya 6.800 millones, y en 2050 seremos 9.150 millones... Lo que complica el problema. Porque no hay recursos para todos. Si cada habitante consumiese como un estadounidense se necesitarían los recursos de tres planetas. Si consumiese como un europeo, los de dos planetas... Cuando no disponemos más que de una Tierra. Una diminuta isla en la inmensidad de las galaxias.

De ahí la urgencia en adoptar medidas que detengan la huida hacia el abismo. De ahí también, ante el cinismo de muchos líderes mundiales, la rabia de los miles de militantes ecologistas que convergen de todo el planeta hacia la capital danesa gritando dos consignas: "¡Cambiad el sistema, no el clima!" y "Si el clima fuese un banco ¡ya lo habrían salvado!".

Se cumplen diez años de las grandes manifestaciones de la "batalla de Seattle" que vieron nacer el movimiento altermundialista. En Copenhague, una nueva generación de contestatarios y activistas, en nombre de la justicia climática, se dispone a abrir un nuevo ciclo de luchas sociales. La movilización es enorme. La pelea va a ser grandiosa. Está en juego la supervivencia de la humanidad.

Notas:
(1) Recompensado colectivamente, en 2007, con el Premio Nobel de la Paz por sus informes sobre los cambios climáticos.
(2) Los árboles, las plantas y las algas de los océanos absorben y neutralizan el CO2, y producen oxígeno; de ese modo ayudan a combatir el efecto invernadero.
(3) Léase Harald Welzer, Les Guerres du climat. Pourquoi on tue au XXIe siècle , traducido del alemán por Bernard Lortholary, Gallimard, París, 2009.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Alimentación: hacia un nuevo colonialismo

Mientras que amplias franjas de la población mundial continúan padeciendo los estragos de una de las peores crisis alimentarias en la historia reciente, a la cual se sumaron los efectos de la recesión económica internacional, en distintos puntos del planeta, particularmente en los países pobres, se amplían las prácticas de acaparamiento de tierras cultivables por parte de extranjeros, tanto gobiernos como consorcios privados.


En los últimos meses, en Etiopía se ha puesto en marcha una política de arrendamiento de amplias porciones del "sobrante" de sus tierras fértiles a agroindustriales extranjeros, algo que, de acuerdo con el gobierno encabezado por Meles Zenawi, contribuirá a satisfacer la alimentación de sus más de 80 millones de habitantes, pero que, en el sentir de los propios etiopes y de distintos especialistas internacionales, sólo contribuirá a acentuar la de por sí galopante pobreza en esa nación del cuerno de África, sistemáticamente azotada por la hambruna.


Pero no se trata de un hecho aislado. Por citar uno de los ejemplos más recientes y significativos, cabe hacer mención al acuerdo suscrito, en noviembre de 2008, entre el gobierno de Madagascar, entonces encabezado por Marc Ravalomanana, y la empresa surcoreana Daewoo, por medio del cual esta última se beneficiaba con el arrendamiento de la mitad de las tierras cultivables de esa isla del sureste africano por 99 años, para la producción de maíz y aceite de palma. La amplia resistencia generada entre los agricultores locales obligó a la firma surcoreana a suspender el convenio en abril pasado, y terminó por ser un factor determinante en el derrocamiento del entonces gobernante malgache, el mes siguiente.


Por lo que hace a nuestro país, el fenómeno se ha manifestado con las alianzas empresariales establecidas por el grupo chino Suntime International Techno-Economic para operar unas mil hectáreas de terreno para la producción de granos, particularmente de arroz. Historias similares han tenido lugar en países como Camerún, Sudán, Marruecos, Pakistán, Camboya, Laos, Filipinas y Brasil, entre muchos otros.


La extensión de lo que ha sido calificado por el director de la FAO, Jacques Diouf, como un "sistema neocolonial", constituye el avance de un peldaño en la aplicación de la visión global de libre mercado que ha prevalecido en las últimas décadas en la política alimentaria mundial, la cual convierte las necesidades alimentarias de la población en una inmensa oportunidad de negocios privados. A lo que puede verse, para dicha lógica ya no es suficiente con acaparar la producción de alimentos –como ocurrió recientemente–, y se empeña ahora en hacer lo propio con las tierras que los producen, sobre todo en las llamadas economías emergentes.


Los efectos de tales prácticas no sólo resultan devastadores para los agricultores en pequeña escala, los cuales son vistos como un obstáculo por sus respectivos gobiernos, sino que amenazan con ser desastrosos para el conjunto de la población mundial: es claro que, con el desmantelamiento de los sectores agrícolas locales, el empeoramiento de las condiciones de vida de los campesinos y la absorción de los recursos disponibles por parte de los consorcios agroindustriales y de los países desarrollados, se acentuará todavía más el desequilibrio existente en la distribución mundial de los alimentos, se potenciará el desarrollo de escenarios especulativos y de encarecimiento generalizado de la comida, y se acrecentará, en suma, la insatisfacción de las necesidades alimentarias de una población mundial que, se estima, llegará a 9 mil millones para 2050.


Ante los elementos de juicio disponibles, resulta impostergable que se emprenda un viraje en la política alimentaria vigente en el planeta. Es necesario que los gobiernos del mundo orienten sus medidas de apoyo hacia los pequeños productores de alimentos, que son los únicos que, a fin de cuentas, pueden garantizar la existencia de comida, sobre todo en países pobres, y que se frene cuanto antes la onda expansiva de un neocolonialismo alimentario inhumano y con potencial devastador.


Fuente: La Jornada



martes, 24 de noviembre de 2009

Es el Estado

Todo el extenso debate político e ideológico de las últimas décadas tiene al Estado como centro. Incluso cuando se intenta excluirlo, él vuelve como convidado de piedra, como sujeto oculto, que buscó tornarse invisible. El período actual fue abierto con el triunfo del diagnóstico neoliberal de que la economía se había estancado por las excesivas regulaciones impuestas por el Estado.

Según este diagnóstico, el Estado, de inductor del crecimiento económico se había tornado en obstáculo; de solución, se había transformado en el centro de la crisis. De ahí la propuesta de cuanto menos Estado, más crecimiento económico; del paso de un Estado regulador a un Estado mínimo, que en la práctica abría el camino para tener más mercado.

De ahí que el Estado haya sido diabolizado, transformado en la víctima privilegiada de los ataques del consenso neoliberal, del que el gobierno de Fernando Henrique Cardoso fue una expresión clara. Ajuste fiscal, privatizaciones, menos recursos para políticas sociales, apriete salarial de los funcionarios, despidos de empleados públicos; todo en la dirección de rebajar fuertemente el peso del Estado en la economía y en las políticas públicas, intensificar las desregulaciones, así como la apertura acelerada de la economía al mercado internacional.

Lo que centralmente fue atacado en el Estado es su poder regulador que, según los neoliberales, ahuyentaría las inversiones privadas. Menos regulaciones, mayor libertad de circulación para el capital y, según ellos, mayor crecimiento económico, con consecuencias positivas para todos, incluso para los trabajadores, con mayor creación de empleos.

Sin embargo ese diagnóstico se reveló equivocado, no fue eso lo que ocurrió en la práctica, las economías no crecieron. Lo que se dio fue una brutal transferencia de recursos de los sectores productivos para el sector especulativo, donde el capital – que no fue hecho para producir, sino para acumular, aunque sea en la especulación financiera – gana más, pagando menos impuestos y con liquidez total. Las tasas de intereses continúan recompensando el capital especulativo con remuneraciones que ninguna otra inversión posibilita. Así, menos Estado y menos regulación significó más especulación y más concentración de la renta.

Asimismo, los sectores neoliberales no repudian todas las actividades estatales. Quieren menos impuestos, menos gastos con políticas sociales y funcionarios públicos, pero siguen demandando créditos, subsidios, exenciones y todo tipo de facilidades al Estado. Esa parte del Estado les interesa. Financierizaron al Estado, que pasó a transferir renta del sector productivo y de la ciudadanía al capital financiero, mediante los llamados superávits fiscales, que reservan lo fundamental de la tributación para pagar las deudas del Estado.

Un gobierno anti-neoliberal – que va en dirección al pos-neoliberalismo – al contrario, retoma las funciones clásicas del Estado, de inductor del crecimiento económico, de financiador de la expansión económica, de agente de las políticas sociales, de regulador de las relaciones económicas, de celador de la soberanía nacional, entre otras funciones. Crea y alimenta mecanismos que inducen a la inversión productiva, controlando que una parte substancial de su producción vaya al mercado interno de consumo popular, con generación obligatoria de empleos.

El tema del Estado había sido suprimido del debate político y de las políticas neoliberales, todas ellas de carácter privatizador. En la hora de la crisis se apeló de forma unánime al Estado. Para la derecha, solamente para recomponer las condiciones de funcionamiento del mercado, apenas como una acción de emergencia.

Para una política anti neoliberal, que defiende el interés público, el Estado tiene un papel central, estratégico, en los planos económico, político, social y cultural. Aunque, para efectivamente desempeñar ese papel, como instrumento de un nuevo bloque social que dirija los destinos del Brasil y no solo reproduzca la predominancia de los intereses dominantes, el Estado tiene que ser radicalmente reformado, refundado en torno de la esfera pública, desmercantilizándose, desfinancierizándose, y tornándose en un Estado para todos los brasileños.

Emir Sader es miembro del Consejo Editorial de SinPermiso.

Traducción para www.sinpermiso.info: Carlos Abel Suárez


El vértigo de la historia

El vigésimo aniversario de la desaparición del Muro de Berlín nos ha dejado un alud de literatura que pretende rescatar lo que fueron aquellos acontecimientos. Apenas han visto la luz, sin embargo, análisis que permitan calibrar lo que supusieron los hechos de 1989. Pareciera como si, en la zozobra general en que estamos, optásemos por el relato historicista y pintoresco y nos alejásemos de cualquier suerte de reflexión que obligue a escarbar, en serio, en las causas de esa zozobra.

Las reflexiones del momento no han dejado hueco, por lo pronto, para una discusión vital: la que se pregunta por lo que fueron, al cabo, los sistemas de tipo soviético. Aún hoy son muchos los que viven de una doble ilusión óptica: por un lado, la que nace de la certeza de que esos sistemas eran realmente comunistas y, por el otro, la que da por descontado que con el hundimiento de la URSS el comunismo desapareció irremediablemente de la faz de la Tierra. Si lo primero es más que discutible –los sistemas de tipo soviético en modo alguno consiguieron trascender el universo histórico y social del capitalismo–, lo segundo se revela poco creíble en un planeta en el que, 20 años después, muchas de las ideas que el orden liberal creyó arrinconar para siempre reaparecen, bien es cierto que a menudo en orgullosa contestación de lo que fueron los regímenes del socialismo irreal.

En paralelo, sobran las razones para recelar del buen sentido de algunos de los pronósticos que se formularon en la estela de los hechos de 1989. El más sonado fue, claro, el que se refería a un eventual final de la historia de la mano de la incontestada entronización del orden liberal. Momento es este de reflexionar sobre la formidable aceleración de los ritmos que permite que hoy, sólo 20 años después, todas las certezas de entonces se hayan desvanecido. Con la globalización y el propio capitalismo en entredicho, el vértigo de los tiempos nos asalta e invita a abandonar cualquier certidumbre en lo que hace al rigor de las grandes tesis que nos han acompañado en los últimos cuatro lustros.

La efemérides de 1989 debería servir, por encima de todo, para acometer una reflexión sobre el singularísimo momento histórico en que nos encontramos. Aunque es verdad que, a diferencia de lo ocurrido 20 años atrás, el sistema hoy en crisis, el capitalismo, se beneficia de la ausencia, más allá de respetabilísimas elaboraciones teóricas, de fórmulas alternativas que den réplica a la triste realidad que arrastramos, su crisis despunta por doquier. Al margen de su incapacidad para acabar con la pobreza, la exclusión y la injusticia, cada vez se hace más evidente su vocación de agudizar los problemas medioambientales y de recursos que acosan al planeta.

Más allá de lo anterior, con todo, dos datos permiten tomar el pulso a la condición contemporánea del capitalismo. El primero nos recuerda que, al calor de un proceso globalizador que ha apostado con claridad por la gestación de un paraíso fiscal de escala planetaria, en abierta ignorancia de cualquier razón de cariz humano, social o ecológico, se ha perfilado un caos de escala planetaria que ha escapado visiblemente del control y de los intereses de quienes pusieron en marcha el proceso correspondiente. El segundo subraya lo que por momentos se antoja evidente: la llamativa incapacidad del capitalismo de estas horas para dar satisfacción de sus propios objetivos.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política

Fuente: Público

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Piratería 2.0

Tras la feliz resolución del secuestro del atunero Alakrana, se acaba una odisea que podría catalogarse de vodevil, de no ser por la situación de angustia que, sin duda, habrán vivido los familiares y amigos de los marineros durante estos 47 días.

En nuestro país, hemos asistido a un nuevo pim pam pum jurídico, político y mediático donde, una vez más, hay quien ha visto la oportunidad perfecta para sacar rédito electoral a toda costa, aunque esa costa se encuentre a miles de millas y se juegue con la suerte de los pescadores. Pero dejando a un lado las consideraciones nacionales, el caso Alakrana esconde un complejo tinglado internacional cuyo escenario no sólo se encuentra en las aguas del Índico.

Somalia es el perfecto ejemplo de lo que se denominan “estados fallidos”: sin un sistema político o jurídico efectivo ni sobre sus nacionales, ni mucho menos sobre su territorio, el país se encuentra fragmentado en pequeñas regiones controladas por señores de la guerra. Creado casi con tiralíneas a partir de distintos territorios coloniales italianos y británicos en 1960, Somalia lleva prácticamente 20 años en situación de guerra civil y luchas tribales, además de mantener un enquistado conflicto armado con su vecino, Etiopía, que ha llevado a la hambruna y la muerte a millones de personas. Los intentos de pacificación realizados por la ONU y EE.UU. fueron un sonoro fracaso (todos recordaremos en 1993 el episodio del derribo del Black Hawk). Es, además, el país con el mayor índice de mortandad infantil y de analfabetismo de toda África.

A primera vista, un territorio con semejante situación política y económica no parece el mejor lugar para que barcos de distinta nacionalidad faenen en sus costas. A no ser que eso sea precisamente lo que se busque: la ausencia de legalidad, con el fin de poder esquilmar los recursos pesqueros con toda impunidad. Somalia conserva en sus costas el mayor caladero de atún rojo del mundo, una especie muy cotizada y prácticamente extinguida en otras áreas como el Mediterráneo. Evidentemente, las técnicas de explotación pesquera que desarrollan los buques enviados a esta zona del Índico (incluidos los españoles), a buen seguro serían perseguidas por parte de las autoridades en cualquier otro país que contase con un gobierno y leyes efectivas.

Además, la situación geoestratégica de Somalia, en la encrucijada de las rutas marítimas de Oriente Medio y Asia, se convierte en un lugar perfecto -al no existir control medioambiental alguno-, para que cargueros, portacontenedores, y petroleros realicen tareas de limpieza de sus sentinas, contaminando las aguas territoriales somalíes con residuos de todo tipo, incluidos los radiactivos. Tras el tsunami de 2004, dichos residuos llegaron hasta la costa, emponzoñando las playas y los acuíferos, y provocando miles de afectados por intoxicaciones por sustancias químicas y radiactivas.

Así pues, en un país arrasado por la guerra, el hambre, y con sus recursos naturales expoliados o contaminados, parece comprensible que una forma “viable” de vida para la juventud somalí sea la piratería. Y, como ya sucediera meses atrás con el Playa de Baquio, la resolución del secuestro del Alakrana ha concluido con el pago de un rescate de 2,5 millones de euros, según las informaciones oficiales. Pero dicho pago no se ha abonado mediante una maleta repleta de billetes entregada directamente a los somalíes que se encuentran a bordo del buque, ni tampoco a sus cómplices en la costa. El pago del rescate se ha efectuado mediante una transferencia por internet a una cuenta en alguna exótica isla caribeña.

Resulta difícil imaginar a uno de estos piratas, que difícilmente habrán visto un ordenador en su vida, accediendo a los sistemas de banca electrónica y retirando dichos fondos para cobrar su botín. Por tanto, ¿dónde se encuentran realmente los piratas? ¿dentro o fuera del barco?

Según las informaciones publicadas, tan sólo el 50% del rescate quedaría como botín “en efectivo” en manos de los piratas. El otro 50% se destinará a financiar futuras acciones, y al pago de sobornos. ¿Qué clase de negocio lucrativo es este en el que tan sólo se cobra la mitad de los beneficios?. La respuesta es simple: los piratas no serían capaces de desarrollar su labor filibustera de no contar con una intrincada red cuyo núcleo no se encuentra en una chabola de Mogadiscio, sino en lujosos despachos de la City londinense.

Un informe de la inteligencia militar europea hecho público en mayo desvelaba que los piratas somalíes reciben información desde el Reino Unido, a través de teléfonos satelitales y sistemas GPS, sobre los barcos que pueden secuestrarse, sus nombres, sus rutas, sus cargas, y sus nacionalidades. Así sucedió, por ejemplo, con el intento de secuestro en marzo del atunero vasco Felipe Ruano. De no ser por esta sustanciosa información, resultaría imposible abordar cualquier embarcación en un área tan extensa como es el llamado “cuerno de África”; y menos con las embarcaciones que emplean los piratas, muchas de ellas simples cayucos.

Una vez se ha producido el secuestro, entran en juego bufetes de abogados y consultoras ubicadas en Londres (los mismos que previamente informaron a los piratas), que actúan como “negociadores” entre las empresas propietarias de los buques apresados, y sus captores. Evidentemente, esta negociación queda fuera del ámbito diplomático y no tiene carácter humanitario (salvar las vidas de los secuestrados), sino financiero (obtener una “comisión” según la cuantía del rescate).

Una vez llegado a un acuerdo, el pago se realiza en sucursales de bancos ingleses radicadas en paraísos fiscales de territorios británicos de ultramar y de la Commonwealth, como las Islas Caimán o la Isla de Jersey. Los “mediadores”, junto con las entidades bancarias, son los encargados de hacer llegar finalmente el dinero a los piratas. La ausencia de normativa legal respecto a las transacciones realizadas hacia estos territorios, el avance de las comunicaciones, y la connivencia entre la City británica y sus ex-colonias, hacen por tanto de la piratería del siglo XXI un negocio más que rentable.

¿Se habrá equivocado la Audiencia Nacional a la hora de encarcelar a los dos piratas somalíes? Si realmente se quiere erradicar la piratería sería más efectivo que, en vez de enviar fragatas al Índico a escoltar nuestros barcos (por cierto, ¿desde cuándo se emplea al ejército -que pagamos todos- para asegurar una actividad privada?), la Operación Atalanta se reconvirtiese en una redada a desarrollar en la capital londinense. Pues a la vista de los datos, parece lógico pensar que el 50% del botín del Alakrana que no han cobrado los piratas vaya a parar a estos “negociadores”, en concepto de información y blanqueo de capitales.

Son por tanto súbditos británicos los que, sin que ninguna autoridad inglesa -ni europea- tome cartas en el asunto, están empleando a jóvenes somalíes como brazo armado low cost, emulando así las mejores hazañas de Sir Francis Drake, o Edward Teach Barbanegra. Pero en estos tiempos modernos, para llenarse los bolsillos los piratas no necesitan del beneplácito de su graciosa majestad: Les basta una conexión de ordenador, y la opacidad que les proporcionan los mercados financieros. Es la piratería versión 2.0.

Osvaldo Midore – ATTAC Andalucía