martes, 17 de noviembre de 2009

Salvar a los que mueren de hambre no es urgente

Ya es una burla. El grandilocuente compromiso de la cumbre de Roma de reducir a la mitad, en 2015, el número de personas que pasan hambre en el mundo no está acompañado de fondos, ni de mecanismos, ni de controles. Es decir, no se cumplirá.
En el último año de crisis global ha aumentado en 170 millones el número de víctimas de la hambruna, sin que las ocho grandes potencias económicas fueran capaces de cumplir su promesa de aportar, para combatirla, una minúscula fracción de lo que han entregado urgentemente a la banca. Se ve que la muerte de un niño cada seis segundos por desnutrición no les parece tan urgente.
Ahora nos dicen que rebajarán la descomunal cifra de famélicos en 500 millones, y en sólo seis años, al tiempo que se niegan a desembolsar entre todos una cantidad inferior a la que estafó Bernard Madoff; un dinero que la FAO está pidiendo para los campesinos pobres del planeta, que suman un tercio de todos los habitantes de la Tierra. Si esos agricultores –castigados por el cambio climático– no reciben ayuda inmediata, serán incapaces de alimentar a miles de millones de personas. Pero tampoco eso es urgente para los miembros del G-8.
El Programa Mundial de Alimentos ha tenido que pedir donativos individuales por primera vez en su historia, ante la falta de aportaciones de los países ricos. Intenta hacer frente a una docena de emergencias en las que está en juego la vida de millones de personas, pero sólo ha recibido la mitad de lo que necesita. Es decir, le falta una décima parte de lo que Wall Street va a repartir sólo en bonus a final de año, para celebrar los extraordinarios resultados obtenidos por la banca financiera gracias al dinero público.
Los que se están muriendo de hambre pueden esperar.

Carlos Enrique Bayo. Público

Una ocasión perdida

El 9 de noviembre de 1989 caía el muro de Berlín. Veinte años después, mientras el capitalismo, a su vez, vacila bajo los golpes de una crisis sistémica, ¿qué balance se puede establecer de las dos décadas que acaban de transcurrir? ¿Por qué otros muros, igual de indignantes, no se han derribado?

Simbólicamente, el hundimiento del muro de Berlín marca la conclusión de la guerra fría así como el fin -aunque la Unión Soviética no se disolvería hasta diciembre de 1991- del comunismo autoritario de Estado en Europa. Pero no el fin de la aspiración de millones de pobres a vivir dignamente en un mundo más justo e igualitario.

El muro de Berlín se hunde debido, por lo menos, a tres hechos capitales ocurridos durante la década de 1980:

1) las huelgas de agosto de 1980 en Polonia, que ponen en evidencia una contradicción fundamental: la clase trabajadora se opone a un presunto “Estado obrero” y al supuesto “Partido de la clase obrera”. La teoría oficial sobre la que se basaba el comunismo de Estado se viene abajo;

2) en Moscú, en marzo de 1985, Mijaíl Gorbachov es elegido secretario general del Partido Comunista de la URSS. Lanza la “perestroika” y la “glásnost”, y activa, con las precauciones de un artificiero, la reforma del comunismo soviético;

3) durante la primavera de 1989, en Pekín, en vísperas de una visita de Mijaíl Gorbachov, miles de manifestantes reclaman reformas similares a las que se llevan a cabo en la URSS. El Gobierno chino hace intervenir al Ejército. Resultado: cientos de muertos y condena internacional del régimen de Pekín.

Cuando, en el otoño de 1989, ciudadanos de Alemania del Este se echan a la calle para exigir reformas democráticas, las autoridades dudan en disparar o no sobre las multitudes. Moscú anuncia que sus tropas estacionadas en Europa del Este no participarán en ninguna represión. La intensidad de las manifestaciones se multiplica. La suerte está echada. El muro de Berlín cae. En unos meses, uno tras otro, los regímenes comunistas de Europa son barridos. Incluidos los de Yugoslavia y Albania.

Constatación importante: el sistema se desploma por descomposición interna, y no a causa de una ofensiva del capitalismo que lo habría derrotado. En esos años, Estados Unidos se halla en grave recesión tras el “lunes negro” de Wall Street acaecido dos años antes (el Dow Jones había caído, el 19 de octubre de 1987, un 23%). Pero la interpretación que se dará es que, en el enfrentamiento que opone, desde el siglo XIX, el comunismo al capitalismo, éste se ha impuesto. Por KO. De ahí una suerte de ebriedad intelectual que hará creer a algunos en el “fin de la historia”.

Error fatal. Al perder a su “mejor enemigo” -el que, mediante una relación de fuerzas constante, le obligaba a autorregularse y a moderar sus pulsiones-, el capitalismo se dejará arrastrar por sus peores instintos. Olvidando la promesa de hacer que el mundo se beneficie de los “dividendos de la paz”, Washington impone en todas partes, a marchas forzadas, lo que cree ser la idea triunfal: la globalización económica. Es decir, la extensión al conjunto del planeta de los principios ultraliberales: financiarización de la economía, desprecio por el medio ambiente, privatizaciones, liquidación de los servicios públicos, precarización del trabajo, marginación de los sindicatos, brutal competencia entre los asalariados del mundo, deslocalizaciones, etc. En resumen, una vuelta al capitalismo salvaje. El multimillonario estadounidense Warren Buffet proclama: “Hay una lucha de clases, por supuesto, pero es mi clase, la clase de los ricos, la que dirige la lucha. Y nosotros ganamos” (1).

En el plano militar, Washington despliega su hiperpotencia: invasión de Panamá, guerra del Golfo, ampliación de la OTAN, guerra de Kosovo, marginación de la ONU… Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, George W. Bush y sus “halcones” deciden castigar y conquistar Afganistán e Irak. Reducen la ayuda a los países pobres del Sur y lanzan una cruzada contra el “terrorismo internacional” utilizando todos los medios, incluidos los menos nobles: vigilancia generalizada, tortura, “desapariciones”, prisiones secretas, penales ilegales como el de Guantánamo… Creen en un mundo unipolar, dirigido por unos Estados Unidos hegemónicos, seguros de sí mismos y dominadores.

El balance será desastroso: ninguna victoria militar real, una inmensa derrota moral y una gran destrucción ecológica. Sin que los principales peligros hayan sido eliminados. La amenaza terrorista no ha desparecido, la piratería marítima se agrava, Corea del Norte se ha dotado de armas nucleares, Irán podría hacerlo… Oriente Próximo sigue siendo un polvorín…

El mundo ha pasado a ser multipolar. Varios grandes países -Brasil, Rusia, la India, China, Sudáfrica- forjan alianzas al margen de las potencias tradicionales. En Suramérica, Bolivia, Ecuador y Venezuela exploran nuevas vías del socialismo. Hasta el recurso al G-20 con motivo de la crisis económica global confirma que los países ricos del Norte no pueden solventar en solitario los principales problemas mundiales.

La oportunidad histórica que constituía la caída del muro de Berlín se ha desperdiciado. El mundo de hoy no es mejor. La crisis climática hace pender sobre la humanidad un peligro mortal. Y la suma de las cuatro crisis actuales -alimentaria, energética, ecológica y económica- da miedo. Las desigualdades han aumentado. La muralla del dinero es más imponente que nunca: la fortuna de las quinientas personas más ricas es superior a la de los quinientos millones más pobres… El muro que separa el Norte y el Sur permanece intacto: la malnutrición, la pobreza, el analfabetismo y la situación sanitaria incluso se han deteriorado, particularmente en África. Por no hablar del muro tecnológico.

Además, se han levantado nuevos muros: como el edificado por Israel contra los palestinos; o el de Estados Unidos contra los emigrantes latinoamericanos; o los de Europa contra los africanos… ¿Cuándo decidiremos destruir de una vez para siempre todos esos muros de la vergüenza?

Notas:
(1) The New York Times , 26 de noviembre de 2006.

Ignacio Ramonet

Artículo publicado en Le Monde Diplomatique.

Democracias en descomposición

En todas partes de Europa ascienden, lenta pero inexorablemente, los vapores nauseabundos de la intolerancia, el racismo, la ausencia de solidaridad, el orden moral y la regresión religiosa. Teniendo en cuenta la evolución de las democracias europeas, se tiende a establecer una comparación inquietante con el ambiente nocivo de los años treinta del siglo XX. Es cierto que no están de vuelta ni el fascismo semimilitarizado que Italia se inventó alrededor de 1920, ni tampoco el monstruoso nazismo que surge del fondo de la noche alemana. Ahora se trata de algo antiguo y moderno a la vez. Antiguo, porque tanto hoy como ayer se sigue practicando la caza del extranjero (ahora clasificado en la categoría neoxenófoba de "no comunitario"), del diferente, del inmigrante, del que pide asilo o del pobre que mendiga. Él carga con todos los males, a él le cuelgan el sambenito de la inseguridad social, y él también es sospechoso de traer, como las ratas la peste, el debilitamiento de la identidad del país al que inmigra. De ser humano, es reducido a la condición de intruso, de indeseable y de invasor. Es un chivo expiatorio tanto más conveniente en cuanto que es impotente para defenderse. De un lado, sus derechos son recortados día a día; del otro, es vigilado, la policía lo detiene, lo controla por el color de su piel, a veces lo insulta y otras lo mata "por error".


La precariedad es terreno fértil para que surjan el odio y la violencia en las relaciones sociales


Dirán que no hay nada nuevo en todo esto. Es verdad. Pero el estado de ánimo contemporáneo presenta características tanto más insidiosas que vienen recubiertas con frecuencia de una retórica de los derechos tan hipócrita como mentirosa. Ante todo, esta retórica se reviste de las virtudes del sistema democrático, es decir que avanza envuelta en el discurso de la ley. Pondremos un ejemplo. Todos sabemos que la directiva adoptada en junio de 2008 por el Parlamento Europeo, calificada con toda justicia de "directiva de la vergüenza", pretendía endurecer las condiciones de entrada y de residencia de quienes pedían asilo, alargar de forma excesiva los plazos de retención, y violar los derechos del menor situado en la misma categoría que el adulto, etc. Pero los gobiernos siguen presentando este texto como si ofreciera "garantías" adicionales a los extranjeros, nuevos derechos y una protección mejor organizada, aunque saben perfectamente que esta forma de operar no resiste el debate democrático. Éste es el motivo por el que los textos de aplicación de esta directiva europea son con frecuencia adoptados por la representación nacional deprisa y corriendo, en procedimiento de urgencia, y obliga a los diputados de la propia mayoría que no están de acuerdo con someterse o a dimitir.


Aunque sean motivo de preocupación, estas manipulaciones jurídicas no alcanzan afortunadamente las derivas que conocemos en Italia sobre el mismo tema. Allí, en la retórica del gobierno como en la de algunas autoridades municipales, el inmigrante se ha convertido simple y llanamente en sinónimo de delincuente. En Verona, la Liga Norte, partido racista que gestiona la ciudad, acaba de dar carácter oficial a las milicias civiles que patrullan las calles para "ayudar" a la policía en sus "tareas" de prevención de la delincuencia, a pesar de que Verona sea una ciudad donde verdaderamente no hay delincuencia, los extranjeros son mantenidos a raya y la inmigración clandestina es casi inexistente. Claudio Magris, uno de los pensadores y creadores europeos más lucidos de la actualidad subrayó, al recibir recientemente el premio de los libreros alemanes, que estos comportamientos recordaban dolorosamente el pasado fascista de Italia. Como "patriota" italiano, se declaró alarmado ante la ausencia de responsabilidad moral de las elites ilustradas que dejan que se extienda este estado de ánimo. Hay más signos de descomposición de la democracia que preparan el terreno para la llegada de los conservadurismos autoritarios. También en Francia, no pasa un día sin que se pongan en evidencia asuntos de nepotismo, de costumbres que atañen a los responsables en el poder, y de atropello a las reglas democráticas. La prensa, que hace su trabajo (mejor o peor, este es otro asunto, y los que se consideran injustamente calumniados pueden defenderse ante la ley), es ahora objeto de ataques populistas extremadamente duros. Se intenta intimidar a los que levantan la voz.


Todo esto tiene lugar en Europa en un contexto de crisis social y económica: el desempleo, la precariedad, la ausencia de esperanza de quienes se ven desestabilizados de este modo constituyen un terreno fértil para que surja el odio y la violencia en las relaciones sociales. El fascismo de ayer era grosero, brutal, paramilitar; los fermentos actuales de la descomposición de la democracia, ¿no serán los signos precursores de un neofascismo moderno, suave y bien pensante?


Sami Nair

Fuente: El País

Traducción de M. Sampons.



sábado, 7 de noviembre de 2009

El atún y los piratas

En el esquizofrénico mundo en el que vivimos es tal la cantidad y la mala calidad de información que recibimos a diario (salvo excepciones) que pocas veces recordamos lo visto o leído mas allá de los 3 o 4 días, y menos aún relacionamos unas informaciones con otras (y eso seguramente a alguien le conviene que así sea). Miles de imágenes, sonidos, sensaciones se van acumulando en algunas partes de nuestro cerebro sin conexión y pareciera que sin ninguna lógica.

Hace unos pocos días varias de esas imágenes se agruparon en mi cabeza y tomé una importante decisión que me trajo hasta problemas familiares. Decidí no comer atún por el resto de mi vida, o por lo menos hasta que me garanticen que el mismo ni es fruto del saqueo de mares lejanos, ni está contaminado con desperdicios altamente contaminantes.

El motivo que provocó semejante revelación en mi cabeza fue que mi pareja iba a preparar para la cena unos espaguetis con salsa de tomates y atún. Entonces se juntaron en mi cabeza, la interminable guerra civil en Somalia, el tsunami que afectó al Océano Indico a fines del 2004, los barcos que tiran clandestinamente residuos tóxicos, radiactivos, etc. al mar, los piratas, los barcos y aviones de la OTAN y los atuneros.

Recordé que cuando se produjo el tsunami a fines del 2004, una de las cosas que mas me afectó (aparte de la tragedia misma), fue que en las costas somalíes miles de personas fueron afectadas por problemas de salud como: infecciones agudas del aparato respiratorio, tos severa, sangrado por la boca, hemorragias abdominales, reacciones cutáneas e incluso “muerte súbita”, síntomas idénticos a los de la intoxicación por sustancias químicas o radiactivas (1). Un informe elaborado por el Programa de la ONU para el Medio Ambiente (PNUMA), recordaba que Somalia es uno de los muchos países catalogados como ‘menos avanzados’ cuyas costas se han convertido en vertederos para residuos tóxicos y radiactivos, en este caso debido a la guerra civil y a la práctica inexistencia de estructuras administrativas en las últimas décadas. El tsunami convulsionó las aguas cercanas a las costas somalíes y contaminó las playas, los acuíferos, etc., etc., etc. Hace aproximadamente un mes salía otra nota en un medio alternativo que volvía a hablar de los barcos de muchas nacionalidades que descargan desperdicios radiactivos y tóxicos, plomo, cadmio, etc. en los mares somalíes.

Todos sabemos que en Somalia hace años que no hay un gobierno legítimo, vive en una permanente guerra civil, y que el gobierno reconocido por la ONU solo gobierna en la capital y el resto del país es territorio de distintos clanes y de territorios autónomos sin reconocimiento internacional (Somaliland, Puntland, etc.) (2). En las aguas territoriales somalíes reina el mismo caos que en tierra y nadie creería la historia de que alguna de las potencias que pescan en sus aguas tiene alguna autorización para hacerlo y si la tuviesen sería otorgada por un gobierno de tan dudosa legitimidad que daría risa. Bien, hace unos días leí un artículo que hablaba de los pescadores somalíes convertidos en piratas (en Somalia es mas fácil comprar armas que un kilo de arroz) al verse agotados sus bancos de pescado y al no contar con fuerzas gubernamentales que protejan sus zonas de pesca (3) (4). Así como los pescadores senegaleses al ver arrasados sus bancos de pesca, ven en el negocio de los cayucos una salida económica, los somalíes ven en la piratería una alternativa de vida.

Otros artículos hablaban de mercenarios británicos entre los piratas y de rescates pagados en Londres (5). Y también ahora se pide que haya seguridad privada armada con armas largas en los atuneros (me recuerda a la privatización de la guerra que está llevando adelante USA), ya hay empresas que se están preparando para el negocio (6). Recordemos que los barcos que pescan en esos mares pertenecen a empresas privadas y que la protección que se les está dando por parte de los Estados la pagamos entre todos los ciudadanos. Incluso muchos de esos barcos tiene banderas de conveniencia para no pagar impuestos a sus respectivos países.

Y a todo esto, la OTAN sale a la caza de los temibles piratas para defender el saqueo de nuestros atuneros.

No sé, tanta información, tanta duda, tanta posible mentira, me vuelve a confundir, y la revelación se me esfuma, pero igualmente a pesar de que mi pareja me deje de hablar por un mes y medio, no vuelvo a comer atún, por lo menos hasta que no pueda confirmar que no proviene de las aguas saqueadas y contaminadas de Somalia.

Notas:
(1) http://www.lukor.com/not-por/0503/16191413.htm
(2) http://es.wikipedia.org/wiki/Somalia
(3) http://www.rebelion.org/noticia.php?id=92604
(4) http://www.rebelion.org/noticia.php?id=84216
(5) http://www.mundoarabe.org/somalia_piratas.htm
(6) http://servigilantedeseguridad.blogspot.com/2009/03/seguridad-privada-contra-ataques-pirata.html

Daniel Mansilla es miembro de ATTAC Mallorca.

Fuente: Rebelión

Otros enlaces:

http://despiertateya.blogspot.com/2009/10/la-realidad-sobre-la-pirateria-de.htm
http://www.rtve.es/mediateca/videos/20091022/las-noticias-mas-censuradas/611171.shtml
http://investigar11s.blogspot.com/2009/11/ah-los-piratas.html


miércoles, 4 de noviembre de 2009

Otra agricultura para otro clima

El actual modelo de producción agrícola y ganadero industrial contribuye a profundizar en la crisis ecológica global con un impacto directo en la generación de cambio climático. Aunque a primera vista no lo parezca, la agroindustria es una de las principales fuentes de emisión de gases de efecto invernadero.

Así lo ha puesto de relieve la campaña "No te comas el mundo", en el marco de las movilizaciones de estos días en motivo de la reunión de las Naciones Unidas en Barcelona sobre cambio climático, previa a la crucial cumbre de Copenhague (COP15) en diciembre donde debe aprobarse un nuevo tratado que sustituya al de Kyoto.

Según la campaña, entre un 44 y un 57% de las emisiones de gases de efecto invernadero son provocadas por el actual modelo de producción, distribución y consumo de alimentos. Una cifra resultado de sumar las emisiones de las actividades estrictamente agrícolas (11-15%), de la desforestación (15-18%), del procesamiento, transporte y refrigeración de los alimentos (15-20%) y de los residuos orgánicos (3-4%).

Y es que no podemos olvidar los elementos que caracterizan a este sistema de producción de alimentos: intensivo, industrial, kilométrico, deslocalizado y petrodependiente. Veámoslo en detalle.

Intensivo, porque lleva a cabo una sobreexplotación de los suelos y de los recursos naturales que acaba generando la liberación de gases de efecto invernadero por parte de bosques, campos de cultivo y pastos. Al anteponer la productividad, por delante del cuidado del medio ambiente y la regeneración de la tierra, se rompe el equilibrio mediante el cual los suelos capturan y almacenan carbono, contribuyendo a la estabilidad climática.

Industrial, porque consiste en un modelo de producción mecanizado, con uso de agroquímicos, monocultivos, etc. La utilización de grandes tractores para labrar la tierra y procesar la comida contribuye a la liberación de más CO2. Los fertilizantes químicos utilizados en la agricultura y en la ganadería moderna generan una importante cantidad de óxido nitroso, una de las principales fuentes de emisión de gases de efecto invernadero. Asimismo, la quema de bosques, selvas... para convertirlos en pastos o monocultivos acaba afectando gravemente a la biodiversidad y contribuye a la liberación masiva de carbono.

Kilométrico y petrodependiente, porque se trata de una producción de mercancías deslocalizada en búsqueda de la mano de obra más barata y de la legislación medioambiental más laxa. Los alimentos que consumimos recorren miles de kilómetros antes de llegar a nuestra mesa con el consiguiente impacto medioambiental. Se calcula que en la actualidad, la mayor parte de los alimentos viajan entre 2.500 y 4.000 kilómetros antes de ser consumidos, un 25% más que en 1980. Nos encontramos ante una situación totalmente insostenible donde, por ejemplo, la energía para mandar unas lechugas de Almería a Holanda es tres veces superior a la utilizada para cultivarlas, a la vez que consumimos alimentos que provienen de la otra punta del mundo cuando muchos de éstos se cultivan también a nivel local.

La ganadería industrial es otro de los principales generadores de gases de efecto invernadero y su avance ha significado una mayor desforestación con un 26% de la superficie terrestre dedicada a pastos y el 33% a la producción de grano para piensos. Sus porcentajes de emisión equivalen al 9% de las emisiones de CO2 (principalmente por desforestación), el 37% de las de metano (por la digestión de los rumiantes) y el 65% del óxido nitroso (por el estiércol).

Este modelo de alimentación kilométrica y viajera, así como el alto uso de agroquímicos derivados del petróleo, implica una fuerte dependencia de los recursos fósiles. En consecuencia, en la medida en que el modelo productivo agrícola y ganadero industrial depende fuertemente del petróleo, la crisis alimentaria, la crisis energética y la crisis climática están íntimamente relacionadas.

Pero a pesar de estos datos, podemos parar el cambio climático y la agricultura campesina, local y agroecológica, como señala el centro de investigación GRAIN, puede contribuir de forma determinante a ello. Se trata de devolverle a la tierra la materia orgánica que se le ha quitado, después de que la revolución verde haya agotado los suelos con el uso intensivo de fertilizantes químicos, pesticidas, etc. Para hacerlo, hace falta apostar por técnicas agrícolas sostenibles que pueden aumentar gradualmente la materia orgánica de la tierra en un 2% en un periodo de cincuenta años, restituyendo el porcentaje eliminado desde la década de los 60.

Es necesario apostar por un modelo de producción diversificado, incorporando praderas y abono verde, integrando de nuevo la producción animal en el cultivo agrícola, con árboles y plantas silvestres, así como promover circuitos cortos de comercialización y la venta directa en mercados locales. Con estas prácticas, se calcula que sería posible capturar hasta 2/3 del actual exceso de CO2 en la atmósfera. El movimiento internacional de La Vía Campesina lo tiene claro cuando señala que “la agricultura campesina puede enfriar el planeta”.

Asimismo, hay que denunciar las falsas soluciones del capitalismo verde al cambio climático como la energía nuclear, los agrocombustibles u otras, así como los lobbies empresariales que buscan mercantilizar el tratado de Copenhague. Desde distintos movimientos sociales se exige “justicia climática” frente a los mecanismos de mercado incorporados en el protocolo de Kyoto y que tendrán continuidad en Copenhague. Una justicia climática que debe ir a la par con la “justicia social”, ligando la lucha contra la crisis ecológica global con el combate contra la crisis económica que afecta a amplios sectores populares, en base a una perspectiva anticapitalista y ecosocialista. Para que el clima no cambie, hay que cambiar el mundo.

*Esther Vivas es autora Del campo al plato (Icaria, 2009).
Fuente: Público

La hora de la soberanía alimentaria

¿QUÉ HAY DETRÁS DE UN PLATO DE COMIDA?

Recuperar una semilla local es mucho más que un acto medioambiental. Es un gesto político que vincula al Norte con el Sur y cuestiona el modelo neoliberal de monopolios que ha invadido nuestra alimentación.


Miremos la etiqueta: manzanas chilenas, espárragos peruanos, langostinos de Ecuador, tomates marroquíes, calabazas senegalesas... alimentos kilométricos que recorren la tierra de punta a punta para llegar a nuestros platos. La idea de frutas y verduras de temporada o de productos locales ha pasado a engrosar la lista de conceptos obsoletos, como lo están haciendo muchas variedades hortícolas. De hecho, según la FAO, el 75% de las variedades genéticas de los cultivos agrícolas han desaparecido en el último siglo. Y todo gracias a una lógica neoliberal de mercado que ha entrado de lleno en el sector de la alimentación.


Una lógica de monopolios, de monocultivos que se traduce en bajos precios para los consumidores y consumidoras de los países del Norte, alimentos de mala calidad, grandes beneficios para los intermediarios y las multinacionales del sector, y hambre y miseria en los países empobrecidos donde, casualmente, están la mayoría de productores y productoras de alimentos. Una lógica que condena al movimiento campesino a la desaparición y a la pobreza. De hecho, los últimos datos de la FAO afirman que el número de personas desnutridas ha alcanzado los 1.020 millones. Una cifra que se agrava por la crisis alimentaria de 2008, fruto de la especulación y los agrocombustibles, y la coyuntura económica global.


Lo irónico es que el 70% de las personas que pasan hambre son o eran productores y productoras de alimentos. El discurso oficial habla con alarmismo de la falta de comida, y de la necesidad de una nueva revolución verde en continentes como África (es decir, más semillas modificadas genéticamente y agrotóxicos) para aumentar la productividad. Una revolución que favorecería a las grandes corporaciones del sector, como Monsanto, que aumentaría considerablemente sus ingresos y que perjudicaría directamente a los campesinos y campesinas, haciéndoles más dependientes con la compra de semillas modificadas cada año, contaminando su tierra y su agua y arruinando sus cultivos tradicionales. Algo que ya está pasando en muchos países como Brasil o Paraguay. De hecho, mientras en 2008 el número de hambrientos se incrementaba en cien millones, Monsanto anunciaba que durante el último trimestre de ese año sus beneficios se habían duplicado gracias a la venta de pesticidas (glifosato), especialmente en América Latina, y al incremento del precio de sus semillas entre un 15 y un 20%. Semillas transgénicas destinadas a monocultivos de soja que será exportada para que Europa alimente a su ganado.


Según datos del Ministerio de Medio Ambiente Rural y Marino, sólo al Estado español llegan cada año unos seis millones de toneladas de soja transgénica para dar de comer a pollos, vacas y cerdos. Una soja que en su lugar de origen deja deforestación –unos tres millones de hectáreas, lo que equivale aproximadamente al tamaño de Galicia– contaminación y miles de desplazados y desplazadas. Ante esta situación la respuesta del movimiento campesino no se está haciendo esperar. Está plantando cara a Estados, organismos internacionales y multinacionales luchando por su soberanía alimentaria. Ésta se define como el derecho de los pueblos a decidir sus propias políticas de alimentación, producción y distribución de alimentos, de manera que se garantice el acceso a una comida sana, sostenible y adecuada.


Los alimentos, por tanto, quedan fuera de las exigencias de los mercados y las multinacionales, fuera de la especulación. La Vía Campesina [ver p.18- 19], una coalición de 148 organizaciones creada en 1992, es el mayor representante a nivel internacional de esta lucha. Un momento clave para este movimiento fue el Foro Mundial sobre Soberanía Alimentaria celebrado en Mali, en 2007. Allí más de 500 representantes presentaron la declaración de Nyéléni, donde reclamaron el derecho al agua, a las semillas, a la gestión de la tierra.


Derechos negados

Unos derechos que hasta la fecha no están garantizados en ningún país. Tampoco en el Estado español, donde el movimiento campesino se enfrenta, según Isabel Álvarez, del sindicato agrario EHNE, con el problema de acceso a la tierra, “se priorizan las infraestructuras y la especulación antes que la alimentación local”. El otro gran problema, afirma Álvarez, es “la privatización de todas nuestras fuentes de vida, como el agua o las semillas”. Pero las alternativas también se están articulando, y a través de distintos sindicatos agrarios y organismos se trabaja reclamando la soberanía alimentaria. Un ejemplo muy claro son las movilizaciones contra el cultivo de maíz transgénico en el Estado español. El sistema agroalimentario mundial tampoco beneficia a los consumidores y consumidoras, que de manera indirecta ingieren transgénicos sin saberlo (a través de la carne o la bollería industrial) y ven mermada la calidad de sus alimentos (menos sabor, más químicos, menos variedad). Para Isabel Álvarez su papel también es importante en la lucha por la soberanía alimentaria. De hecho, otra línea que se está trabajando “es la alianza con los consumidores y productores, si las personas se conciencian y son capaces de ver qué hay detrás de un plato de comida, pueden ser la gran fuerza. Modificando nuestros hábitos de consumo día a día, la situación se puede cambiar”.


‘Dumping‘ en el Sur

Práctica por la cual los países ricos invaden, gracias a las subvenciones que reciben, los mercados locales de otros países y hunden su producción nacional. En 2004, en Ghana el kilo de pollo local costaba casi el doble que el procedente de la UE.


Cuidado del entorno

El último estudio de la organización internacional Grain Cuidar el suelo demuestra con datos cómo la agricultura familiar y campesina puede contribuir y ser una buena herramienta para combatir el cambio climático al no ser tan contaminante


Seguridad alimentaria

La seguridad alimentaria defiende el derecho de las personas a tener acceso al alimento necesario para cada día. No dice nada sobre la procedencia o la forma de producción de alimento y las consecuencias que esto pueda tener.


Izaskun Sánchez Aroca. Diagonal


domingo, 1 de noviembre de 2009

Las causas políticas de la crisis mundial

Si ustedes leen la prensa económica de mayor difusión en España (incluyendo las secciones económicas de los cinco rotativos más importantes del país) apenas verán artículos que tocan las causas reales de la Gran Recesión, es decir, la enorme polarización de las rentas que ha ocurrido en la mayoría de países de la OCDE, y muy en particular, en EEUU, como consecuencia de la aplicación de las políticas liberales iniciadas por el gobierno federal de EEUU del Presidente Reagan y por el gobierno Thatcher de Gran Bretaña, y continuadas por los gobiernos de Bush padre, de Clinton y de Bush hijo en EEUU, y de Tony Blair y de Gordon Brown de Gran Bretaña, así como por los gobiernos de Lionel Jospin en Francia, Romano Prodi y Silvio Berlusconi en Italia, Gerhard Schröder y Angela Merkel en Alemania, y José Mª Aznar en España, así como por los dirigentes de la Comisión Europea, Jose Manuel Durao Barroso y por el equipo económico de tal Comisión liderado por el Sr. Pedro Solbes (como Comisario de Asuntos Económicos y Monetarios). Estas políticas incluían; 1) la reducción de impuestos y gasto público; 2) la desregulación de los mercados laborales, comerciales y financieros, y 3) la reducción de los beneficios sociales y laborales. Cada una de estas políticas contribuyó a la enorme polarización de las rentas, beneficiando las rentas del capital a costa de las rentas del trabajo. La evidencia de ello (ignorada cuando no silenciada en aquellos medios de información) es abrumadora (ver Navarro, V. (ed.) Globalization, Neoliberalism and Inequalities. Baywood. 2008).

En realidad, hay que remontarse a los años posteriores a 1929 (del crash de Wall Street) para encontrar polarizaciones de renta tan acentuadas como ahora. En 1979, el uno por ciento de la población que pagaba impuestos en EEUU recibía el 8% de la renta nacional. Tal porcentaje había subido en el año 2007 a un 18% de la renta nacional. Y si se incluyen las rentas recibidas por aquel 1% de la población de renta superior, como consecuencia de su propiedad de acciones, los porcentajes aumentan de un 10% en 1979 a un 23% en el 2007. Existe una enorme concentración tanto de la renta como de la propiedad, en los sectores superiores de renta del país, alcanzando una polarización sin precedentes desde la Gran Depresión.

¿Por qué el incremento de la polarización?

Las escuelas económicas dominantes han explicado esta polarización de las rentas como resultado de dos hechos. Uno es la introducción de nuevas tecnologías en la actividad económica, que ha dado mayor valor al conocimiento y a las cualificaciones de los trabajadores. En este escenario teórico, el incremento de las rentas superiores se percibe como consecuencia de la importancia que adquiere la formación de los trabajadores en una economía necesitada de personal cualificado. Todo el proyecto intelectual-político de establecer la “sociedad del conocimiento” (promovida por la estrategia de Lisboa del año 2000) estaba basado en esta interpretación de la realidad. Puesto que a mayor educación/ formación, mayor salario, había que invertir en educación y formación. Era un esquema fácil de entender y fácil de llevar a cabo. Según tal argumento, lo que tenía que hacerse para disminuir las desigualdades sociales y prevenir la exclusión social era dar formación a la fuerza laboral. Este mensaje ha sido muy poderoso en estos últimos años.

La segunda explicación que se ha dado de la creciente polarización de rentas era el fenómeno de la globalización, que estaba relacionada con la explicación anterior. Los trabajadores no cualificados en los países ricos competían con los trabajadores no cualificados del tercer y cuarto mundo, forzando sus salarios y condiciones de trabajo a la baja. Esta situación ocurría bien a través de la globalización de la actividad económica (incluyendo la deslocalización de las empresas, trasladándose a países del tercer o cuarto mundo) o mediante la movilidad internacional del trabajo, es decir, la inmigración. Según tal explicación, la globalización ha llevado a un empobrecimiento masivo de los sectores laborales de escasa formación, distanciándose sus rentas de los sectores laborales cualificados menos afectados por tal fenómeno de la globalización.

La despolitización del fenómeno económico

A primera vista parece que ambas explicaciones son creíbles: parecen razonables. Ahora bien, el problema que tienen es que ambas explicaciones despolitizan lo que es un fenómeno profundamente político. Asumen que la importancia del conocimiento y de la globalización como factores causantes de la enorme polarización de las rentas (y de la propiedad) son factores exógenos a la sociedad (algo que viene dado de fuera de la propia sociedad) sin que se vean consecuencia del desarrollo de los conflictos internos existentes en cada sociedad. Tales argumentos representan la apolitización del fenómeno económico, lo cual es un obstáculo para entender lo que ocurre en la sociedad y, poder intervenir para cambiarla. Tanto la introducción de nuevas tecnologías como la globalización, ocurren dentro de contextos políticos específicos que configuran cómo, cuándo y con qué consecuencias ocurre cada uno de estos fenómenos. En otras palabras, tales fenómenos no son las causas de la polarización de rentas sino los síntomas de unas relaciones de poder, que son las causas reales de tal polarización. Veamos los datos.

La reducción de las desigualdades de renta en EEUU que tuvo lugar desde los años treinta a finales de los años setenta fue resultado de la fuerza del movimiento obrero en aquel país. Fue en los años treinta cuando se estableció el movimiento sindical (apoyado por la Administración Roosevelt primero y la Administración Truman después) que organizó, en los años cuarenta y cincuenta, a la mayoría de los trabajadores industriales, la fuerza mayor dentro del movimiento obrero. Más tarde, el movimiento de los derechos civiles en los años sesenta, y los movimientos feministas, así como el movimiento ecologista en los años setenta y ochenta forzaron cambios, no sólo políticos, sino también económicos tales como la prohibición de la discriminación de raza y de género, así como la inclusión de los costes de destrucción del ambiente como factor evaluador de las políticas públicas. Todas estas medidas fueron opuestas por el mundo empresarial que tuvieron que aceptarlas, por fin, a regañadientes, aunque nunca acabaron de incorporarlas completamente en sus prácticas empresariales. Aprovecharon cualquier resquicio en las leyes y prácticas federales para no llevar a cabo su puesta en marcha y desarrollo.

En realidad, la respuesta neoliberal de los años ochenta fue la respuesta del mundo empresarial a las conquistas sociales del mundo del trabajo, que habían conseguido toda una serie de conquistas sociales y laborales en la época 1930-1970, alcanzándose en 1979 la menor polarización de las rentas que EEUU conoció desde los años treinta. La respuesta empresarial se inició ya durante la Administración Carter, cuando su ministro de Economía, el Sr. Volker, inició una recesión como manera de reducir el poder sindical. Las políticas de Carter fueron continuadas y aumentadas por Reagan. Tales políticas representaron un ataque frontal a los movimientos obreros y a los movimientos sociales, y se presentaron bajo el argumento de que eran necesarias para mejorar la eficiencia de la economía. El descenso del salario mínimo, la desregulación de los mercados de trabajo, la desregulación del comercio, la privatización de los servicios públicos, y el aumento de la regresividad fiscal, eran presentadas como necesarias para recuperar la eficiencia de la economía; en realidad estaban orientadas a debilitar al mundo del trabajo. Y todas ellas contribuyeron a incrementar las rentas del capital a costa de las rentas del trabajo, causando un enorme crecimiento de la polarización de las rentas. La manera como se utilizaron las nuevas tecnologías y como se realizó la globalización era consecuencia directa del enorme dominio del capital que diseñó tales políticas públicas con el fin de incrementar su poder y sus rentas a costa de las rentas del trabajo. Y esto ocurrió en ambos lados del Atlántico, alcanzando su máximo desarrollo en EEUU, donde la enorme debilidad del mundo del trabajo y de las izquierdas (en ningún país de la OCDE las izquierdas son tan débiles como en EEUU), ha sido devastador para la calidad de vida de las clases populares. Es importante señalar que el objetivo teórico de tales reformas no se alcanzó. Antes al contrario, la eficiencia económica del periodo 1980-2004 fue menor que la del periodo 1950-1980. Pero aumentar la eficiencia económica no era la causa real de tales políticas. La causa real era aumentar las rentas del capital a costa del trabajo y esto es lo que lo consiguieron, incluso a costa de crear la crisis mundial.

Artículo publicado en Sistema Digital.
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