
Con una presencia muy significativa de multinacionales noruegas, japonesas y españolas (Pescanova), los valiosos y desconocidos fiordos, bahías y canales interiores entre el archipiélago de Chiloé y la Patagonia chilena se encuentran atestados de jaulas circulares de 30 metros por 60 de profundidad donde se engordan los salmónidos. Un sistema de monoproducción intensiva, con altos costes ecológicos y sociales, externalizados, y billonarias ganancias privatizadas. Como dice mi amigo y colega veterinario Juan Carlos Cárdenas, director de la ONG Ecoceanos, “en el sur de Chile las multinacionales salmoneras hacen todo lo que no les está permitido hacer en sus países”. Cárdenas explica que Chile presenta para la industria salmonera extraordinarias ventajas comparativas con respecto al norte de Europa. Tanto en los aspectos ambientales, como en las políticas gubernamentales de incentivo a la inversión extranjera. Ello, asegura el acceso a fuentes de harina y aceite de pescado, mano de obra barata, subsidios y una legislación ambiental y sanitaria bastante laxa. Criar salmones como si estuvieran en latas de sardinas es el equivalente a porquerizas flotantes o la cría industrializada de gallinas. Tan embutidos se encuentran que, según fuentes del propio Servicio Nacional de Pesca, la industria empleó 600 veces más antibióticos por tonelada de salmón producido en comparación con Noruega. También preocupan los salmones que, temerosos de su futuro, consiguen escapar de sus prisiones y que amenazan la supervivecia de diversas especies autóctonas de peces y, por lo tanto, a la pesca artesanal. Pesca que, por otro lado, se ha reducido gravemente, puesto que para alimentar a los salmones a domicilio se les lleva jureles, anchovetas y sardinas. Para producir un kilo de salmón en confinamiento se requieren entre cinco y ocho kilos de estas especies de peces silvestres habituales en la dieta humana. Un desastre en conversión energética, un desastre para miles de pescadores de pequeña escala. Si están pensando que ellos al menos podrán pescar los salmones escapados, se equivocan. En el sur de Chile está prohibido pescar y vender los salmones que se encuentran en el mar, pues siguen siendo propiedad de las mencionadas salmoneras multinacionales. ¿Salmones con código de barras?
Para que el plato de salmón salga tan barato también habrá que gastar lo mínimo en el personal que trabaja en el mar y en las plantas de procesamiento. Raúl Zibechi, de la organización Programa de las Américas, escribe sobre las malas condiciones de trabajo de las 50.000 personas empleadas en el sector: “Dos tercios de las empresas salmoneras violan la legislación laboral. Las mujeres, que son el 70% de las trabajadoras del sector y el 90% en las plantas, sufren por el frío, la humedad, el hacinamiento y las trabas para ir al baño”. Decía que el monocultivo de salmón es muy demostrativo porque, con unos años de antelación, está pasando por unas fases que ahora nos parecen rutinarias. En el año 2007, antes de la crisis financiera mundial, llegó la crisis al sector por la entrada del virus en los centros de producción, y poco después el Gobierno chileno se lanzó al rescate de la industria salmonera por dos vías: la entrega sin condiciones de una línea de crédito y una polémica modificación de la Ley de Pesca y Acuicultura para permitir la cesión perpetua de derechos sobre el litoral costero a las compañías salmoneras (incluidas las multinacionales), permitiendo que las compañías deudoras pudieran hipotecar con la banca acreedora las concesiones de acuicultura. Es decir, bienes nacionales de uso público, con los que los bancos podrán especular, comprar y vender. Los principales bancos acreedores son el BBVA, Rabobank e Itaú. En otras palabras, se privatiza un recurso público, se privatiza el mar. Otro monocultivo en estrepitosa caída.
Gustavo Duch es Ex director de Veterinarios sin Fronteras y colaborador de la Universidad Rural Paulo Freire
Fuente: Público
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