domingo, 14 de julio de 2013

¿Qué pasó con los BRICS?

Goldman Sachs, que fue uno de los bancos de inversión y valores más grandes del mundo, argumentó en su momento que el potencial económico de Brasil, Rusia, India y China era tal, que era muy probable que se convirtieran en las cuatro economías dominantes del mundo: fue una tesis propuesta por Jim O’Neill, economista del banco, en un ensayo titulado Building better global economic BRICs (2001). El terminajo fue adoptado por académicos y analistas, pues parecía resumir unos rasgos comunes: es un grupo de países muy poblados con economías ascendentes, clase media en expansión acelerada, crecimiento superior a la media global mundial, y una notable resistencia a la crisis financiera que se había dado inicio a fines de 2007.
 
Lo notorio no es que académicos y analistas hayan adoptado sin más la tesis de O’Neill, sino que los propios países incluidos en el acrónimo de marras, hayan oído esa cuasi solitaria voz proveniente de un banco gringo, para convertirla en un eje de su actuar inmediato, y constituirse en somos el polo dominante del futuro. Hasta ahí puede llegar una voz del país dominante del planeta.

El mundo de la economía global del presente, como estamos viendo, se mueve agitadamente sin cesar, provocando cambios acelerados y continuos, y probablemente la tesis de O’Neill (y de los aludidos) era por lo menos apresurada.

Todavía el informe del PNUD, Índice de Desarrollo Humano 2013, subtituló al documento El ascenso del sur, dando un lugar especial a los BRICS –ya había sido añadida Sudáfrica-, y se había argumentado que podrían haber entrado en los BRICS México y Corea del Sur, pero que no era necesario por cuanto eran parte de la OCDE.

Espero que el gozo no se haya ido al pozo, pero la cumbre que las cinco grandes economías emergentes (o BRICS) acaban de celebrar en Durban (Sudáfrica), comenzó con redoble de grandes tambores, y acabó en susurros. El convenio de canje de divisas suscrito previamente por China y Brasil aparecía como el comienzo de acuerdos de mucho mayor calado, en particular la creación de un banco de desarrollo que sirviera de contrapeso al Banco Mundial y al FMI.

La iniciativa, aprobada por los BRICS desde el año pasado en Nueva Delhi, se había presentado como la base de un nuevo orden financiero mundial: un banco sur-sur que ayudara a los países en desarrollo y desafiara a los organismos dominados por las potencias occidentales. Los BRICS, sin embargo, no pudieron crear en Durban su primer gran organismo financiero. No hubo acuerdo en cómo financiar el banco, ni dónde situar su sede, ni cómo articular la toma de decisiones. Ojalá y esas dificultades puedan ser superadas en el futuro, pero la coyuntura apunta más bien a mayores dificultades.

Ahora, la agencia Standard & Poor’s calificó hace unos dos meses la deuda soberana de India en BBB- (el grado de inversión más bajo posible y la más baja nota entre los BRICS). India enfrenta casi todos los retos que una economía emergente puede afrontar. Su gobierno está liderado por una pequeña élite dividida por disputas que paraliza casi todos los intentos de reforma económica.

Brasil afronta problemas económicos y políticos crecientes, de corto y de mediano plazo, a los que nos hemos referido en este espacio, al mismo tiempo que tomado compromisos internacionales de gran envergadura. En Rusia el propio Putin ha expresado serias dudas sobre el futuro de los BRICS. Este país está entrando gradualmente a una etapa recesiva de la que no le será fácil salir. Una de las patas del tripié ruso son sus elevadas exportaciones de petróleo y gas a la Unión Europea, y la ya larga recesión europea ha asestado sucesivos golpes a la balanza de pagos rusa, que ya no registra los volúmenes de divisas que recibía hasta hace pocos años. También ha hecho esfuerzos importantes, pero no ha podido controlar una burbuja inmobiliaria que crece, no a velocidad gringa, pero no deja crecer.

Sólo China sigue en pie. En una nota reciente Standard and Poor’s se refirió, con esa delicadeza diplomática de tantos funcionarios gringos que operan a nivel internacional, a China y los BRI.

De modo que ver en los BRICS el núcleo dominante del futuro, o en un mejor escenario, la constitución de potencias que efectivamente empiecen a configurar un mundo multipolar más o menos equilibrado, se ve como el vagón de cola de un tren que parte velozmente delante de nosotros: se achica rápidamente ante nuestros ojos.

No por todo ello Estados Unidos está en una vía de recuperación de su hegemonía de la posguerra. Por el contrario, esa hegemonía se vuelve más y más evanescente. El sentimiento antiestadunidense crece –¡aún más!– en el mundo entero. Ahora hasta la alianza atlántica está herida por el espionaje estadunidense y (entre paréntesis, qué irónico resultaría que los drones que se fabrican en México –como El Gavilán–, diseñado expresamente para vigilancia de multitudes, fuera el instrumento para vigilar la frontera norte por nuestros vecinos: este dron se comercializa por Hydra Technologies de México).

Estados Unidos, sí, continuará siendo el país dominante, por su pura fuerza militar y tecnológica; y si el mundo no gringo no logra crear un mundo multipolar equilibrado, nos amenaza una dictadura militar mundial estadunidense, que es el american dream del Partido Republicano.

José Blanco
La Jornada

jueves, 4 de julio de 2013

La globalización contra-hegemónica

Estamos siendo testigos de la irrupción de los ciudadanos de innumerables países, que protestan indignados contra la realidad de un mundo cada vez más injusto, más inseguro y donde la democracia real se ha vuelto una ilusión. Se trata de un fenómeno inédito. Las nuevas tecnologías de la información y la telecomunicación permiten ya no sólo transmitir el malestar, sino organizar expresiones masivas por canales no controlados ni por el poder político (gobiernos y partidos) ni por el poder económico (empresas y corporaciones). Estas rebeliones ciudadanas, ocurridas de manera espontánea en regiones tan diferentes como el mundo árabe (Egipto, Túnez, Argelia, Marruecos), Europa (Islandia, Grecia, Portugal, España) o América Latina (Chile, México, Brasil), han logrado detener o anular medidas coercitivas, cambiar leyes o derrocar regímenes autoritarios. Son reacciones a la crisis de la civilización moderna. Sin embargo, ahí donde parece que todo termina, es donde todo comienza. Si la protesta callejera, por más impactante que sea, no se transforma en organización autónoma de la sociedad civil, su efecto tenderá a desvanecerse o apagarse y a terminar recluida en el baúl de los recuerdos. ¿Cómo convertir la protesta en una fuerza real de transformación social?
 
Debemos al pensador lusitano Boaventura de Sousa Santos la expresión de globalización contra-hegemónica. Bajo este título agrupa los proyectos, iniciativas y procesos de carácter alternativo que, creados y ejecutados por la sociedad civil, representan fisuras en el modelo dominante de la civilización industrial o moderna. Su importancia es nodal, porque muestra que existen ejemplos y casos exitosos de la vida real construidos sobre valores no sólo alternativos, sino opuestos a los que hoy dominan. Se trata de experiencias autónomas e independientes de los poderes políticos y económicos inspirados en el apoyo mutuo y la cooperación y basados en una economía que es moral, ecológica y solidaria. Hagamos un brevísimo recuento.

Es posible que el rasgo clave de estas experiencias sea el espíritu solidario, cooperador o altruista de quienes participan en ellas. Ello las sitúa de raíz como antípodas de la competencia y del individualismo. Sobre ese valor se construyen entonces instituciones verdaderamente democráticas, horizontales e igualitarias que surgen en paralelo a los proyectos. En esta perspectiva el primer baluarte lo conforman las cooperativas y las redes de muy diferente tipo. Las cooperativas, que son modalidades de empresas sin patrones donde los trabajadores son todos socios con derecho a voz y voto, no sólo existen y subsisten sino que se expanden por todo el mundo. Las redes de producción y consumo igualmente crecen, especialmente las de los productos orgánicos.

La cooperativa es y será cada vez más el modelo productivo que habrá de remplazar a las empresas y corporativos privados. La cooperativa surgió en 1844 en Inglaterra cuando 28 trabajadores despedidos decidieron fundar su propia empresa. Si usted, lector, explora por Internet el tema, encontrará más de 3 millones de respuestas y se enterará que existe la Alianza Internacional de Cooperativas, fundada en 1895. El modelo cooperativo está presente en los principales proyectos contra-hegemónicos.

Ya hace más de cuatro décadas que en Japón surgió el Tekei, redes que conectan cooperativas de productores y consumidores de alimentos, en su mayoría orgánicos. Se estima que hacia 2004 participaban unos 22 millones de ciudadanos. El Tekei japonés se considera una experiencia emblemática que ha inspirado muchas otras experiencias similares en numerosos países. En India, el influyente legado filosófico de Mahatma Gandhi, que incluye conceptos de gran importancia como el swaraj (autogobierno) y la swadeshi (control popular de los procesos) y las notables resistencias ecológicas, como el movimiento Chipko (mujeres defendiendo los árboles) o la protesta de Bophal, han inducido unas 30 mil iniciativas sociales emancipadoras conocidas como micromovimientos. También está el caso del estado de Kerala, en el extremo sur, donde gobiernos de izquierda, a contracorriente de lo que habitualmente sucede, han gestado un extenso movimiento de democracia participativa, que ha llegado a sus mil 214 municipios. Kerala mantiene una población, equivalente a la de España, de casi 40 millones. En México existe un registro de un millar de experiencias locales, de inspiración ecológica, realizadas por empresas sociales, casi todas indígenas, distribuidas principalmente por el centro y sur del país. En España el cooperativismo tiene una alta presencia en la economía; su experiencia emblemática es Mondragón, con 100 mil socios, y frente a la crisis se han constituido nuevas cooperativas integrales en Barcelona, Madrid y Andalucía.

La información disponible, por lo común dispersa, revela que en Cuba un movimiento ciudadano de carácter agroecológico logró remontar la crisis alimentaria provocada por la ausencia de petróleo, tras la caída de la Unión Soviética, más allá del aparato político de la isla; que en Brasil, las tres principales confederaciones campesinas se plantean no sólo el reparto agrario, sino el modelo agro-ecológico y la soberanía alimentaria; y que en Europa el movimiento de las Transition Towns, poblaciones que buscan vivir sin petróleo bajo un modelo sustentable rebasan, las 200.

Es posible que toda esta gama de proyectos ciudadanos no alcance aún a conformar un proceso global. Pero todo apunta hacia allá. Mientras que la Alianza Cooperativa Internacional reúne a 800 millones de socios, la Vía Campesina es ya una organización global, con 200 millones de miembros. En escasas dos semanas el movimiento ambientalista logró sacar a la calle a más de 2 millones en 435 ciudades para protestar contra Monsanto y los alimentos transgénicos. El día del orgullo gay igualmente convoca cada año a cientos de miles a manifestaciones callejeras. Quienes se dedican a la teoría de redes, saben que una vez consolidada una red en un nivel, el siguiente paso es su articulación con otras más y así sucesivamente. Conforme se vaya consolidando este proceso trans-escalar se habrá de pasar a la formulación de contenidos teóricos para buscar una civilización diferente, o una modernidad alternativa. La frase del pensador alemán Bertolt Brecht resulta significativa: La crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer.

Victor M Toledo
La Jornada

lunes, 24 de junio de 2013

África y los africanos en el espejo de los demás

Generalmente suelen prevalecer dos enfoques opuestos, casi dogmáticos, en el análisis de las realidades africanas, que son el afropesimismo crónico y el afrooptimismo de complacencia. Es preciso apartarse de estos paradigmas para caminar hacia el afrorrealismo o la afroresponsabilidad, consistente en explicar aquellas realidades, no a partir de sus efectos, sino de sus causas históricas y actuales, estructurales y coyunturales, externas e internas, al margen de las simplificaciones abusivas y fáciles.
 
En un mundo dominado por los prejuicios eurocéntricos, escribir algo positivo sobre África ─que se suele considerar como un país o algo homogéneo, y no como un continente─ significa que nadie lo va a leer. Es decir, existe un verdadero complot mediático contra África y los africanos colocados debajo de la jerarquía de las sociedades humanas.
 
El afropesimismo o el último avatar de la ideología racista
 
El afropesimismo, que se inspira en las tesis hegelianas del siglo XIX, se reactivó a comienzos de la década de los 60 con el diagnóstico negativo de René Dumont (“afropesimismo matizado”), que dio la voz de alarma por el modelo de desarrollo y del Estado mimético o equivocado, adoptado por los países africanos, antes de tomar la forma del “afropesimismo cínico” o “el afrocatastrofismo”, ilustrado por la “negrología” de Stephen Smith y el discurso de Nicolas Sarkozy en Dakar, en julio de 2007, en el que negaba a los africanos tener Historia y cultura por “seguir viviendo desde milenios según los ritmos de las estaciones y de la naturaleza”.
 
El afropesimismo vigente es el último avatar del desprecio y/o arrogancia occidental hacia África y los africanos (por su razonamiento superficial y verdades a medias), atribuyendo la responsabilidad de los fracasos de África a los factores internos, con la duplicidad intelectual de los informes negativos sobre este continente de las organizaciones internacionales, ─sobre todo en la década de los 80, para justificar sus políticas de ajuste estructural─, y de los medios de comunicación a su servicio que, de este modo, contribuyen a la difusión de la idea del “desorden africano” y de la desesperación en cuanto al futuro del continente. Se insiste en la pobreza creciente, las hambrunas o las calamidades naturales, las migraciones de la miseria, las “guerras tribales y crueles”, los golpes de Estado, los dictadores corruptos... Es decir, una larga lista de tragedias y de fracasos que viven los pueblos africanos. La idea subyacente es que los africanos son unos nulos e incapaces.
 
Raras veces se habla de acontecimientos felices o del dinamismo de los pueblos africanos o del “renacimiento africano”. Tampoco se insiste, por ejemplo, en la responsabilidad en el “drama africano” de la carga de la deuda, de los desastres humanos y sociales generados por los programas de ajuste estructural (PAE), del saqueo de los recursos naturales y del acaparamiento de las tierras africanas por las multinacionales del Norte, o del fracaso de la ayuda al desarrollo. Es decir, las prácticas perversas que han convertido a África en un neto exportador de capitales.
 
Esta ideología resulta ser peligrosa, no sólo por su dimensión racista, sino también por ser asumida y reproducida por algunos intelectuales africanos, pensando adoptar con ello una actitud crítica, muy apreciada por sus mentores occidentales, hacia sus sociedades. Se trata de una crítica barata, a menudo superficial, por reproducir las críticas occidentales.
 
Desgraciadamente, según denuncia acertadamente Boris Diop, el problema con el público occidental en general, es disfrutar ver a los propios africanos denigrar a África. En la opinión de este autor, se ha acostumbrado a los llamados intelectuales africanos, interesados a atraerse los fondos por todos los medios o la simpatía del público europeo, a denigrar a sus propias sociedades, presentadas como atrasadas, opresivas y crueles. El objetivo es quedarse con la consciencia tranquila y responsabilizar a los africanos de sus problemas y desgracias.
 
La “afroderecha latinoamericana”, según el término acertado de Jesús Chucho García, está reproduciendo el mismo discurso hacia África, para complacer a los dominadores, y conseguir más o menos los mismos objetivos. Esta corriente de la afrodescendencia, que ha bebido del eurocentrismo que le vende los verdugos, se niega a considerar a “África como la madre patria”, por los supuestos fracasos que encarna este continente, junto a las humillaciones del pasado que ha sufrido, y que les avergüenzan, cayendo en la apología de los argumentos negativos difundidos sobre África por los medios y algunos círculos occidentales. Ha interiorizado la historia de los “vencedores” por conveniencia u oportunismo, convirtiéndose en detractora de la “autenticidad africana”.
 
Dicho con otras palabras, la afroderecha ha caído en el eurocentrismo, bebiendo en la literatura negrófoba y aliándose con los peores responsables y culpables de crímenes contra la humanidad, o de sus propios ancestros. Por lo tanto, estamos ante unas víctimas más, y peor inconscientes. Esta actitud masoquista, de etnocolonización y autoflagelación, propia a los pueblos dominados, analizada en sus obras por Aimé Césaire, Frantz Fanon o Albert Memmi, se explica por la tendencia de algunos integrantes de estos colectivos a juzgarse no a partir de sus propias varas de medidas, sino de los criterios interiorizados de los dominadores.
 
En definitiva, siguiendo a Abiola Irele, el afropesimismo, en lugar de ser una verdadera preocupación de la situación y del futuro de África, es una visión cínica que permite a algunos intelectuales occidentales hacer de África su fondo de comercio y justificar su carrera en los programas de las instituciones encargadas de la gobernanza y desarrollo en África, insistiendo en una visión negativa y deformada del continente.
 
Deconstrucción de las bases de los planteamientos afropesimistas
 
“Los pueblos africanos carecen de Historia y cultura”
 
La supuesta desgracia permanente de los africanos se origina en la versión bíblica de la “maldición de Cam”, hijo de Noé, de quien los negros serían descendientes (“raza camítica”). Se trata de un invento o un discurso medieval de legitimación o justificación de la esclavitud de los negros, pues consistía en negar a los africanos la parte de humanidad, siendo el objetivo proporcionar la mano de obra necesitada por las minas y plantaciones del Nuevo Mundo.
 
En cuanto a la teoría de ausencia de Historia en el continente, fue elaborada por los colonizadores para justificar la colonización del continente o la “misión civilizadora”. No tiene ningún fundamento. Está hoy ampliamente demostrado que la civilización faraónica negra fue la hija, y no la madre, de las civilizaciones africanas (ver los trabajos del profesor Cheikh Anta Diop). El antropólogo galo, Maurice Delafosse, demostró que hasta el siglo XV las sociedades africanas tenían el mismo nivel de desarrollo que sus equivalentes árabes y europeos (reino de Kongo, imperios de Ghana, Malí, Songhai, Kanem-Bornú, Benín, Monomotapa…). Tampoco se puede considerar que África fue una tabula rasa cultural antes de la llegada de los europeos. Prueba de ello es la persistencia de los valores culturales africanos en la santería cubana, el candomblé o la macumba brasileños y en la cultura latinoamericana en general.
 
Las revelaciones de los navegantes del siglo XV al siglo XVII ponen de manifiesto el hecho de que el África negra fue una tierra de brillantes civilizaciones bien estructuradas.
 
“África es un continente condenado al subdesarrollo y a la pobreza”
 
Se suele perder de vista que el subdesarrollo de África no es una fatalidad irreversible. Es el resultado de los mecanismos de explotación y agresión históricos, las injusticias internacionales institucionalizadas, junto a la mala gestión de los gobiernos poscoloniales propensos al neopatrimonialismo (clientelismo) y predadocracia. Es preciso subrayar aquí la responsabilidad de la educación recibida por las clases gobernantes africanas, criadas en la admiración de lo europeo y el desprecio de lo africano, y que René Dumont expresa en estos términos: “los dirigentes africanos son nuestros alumnos. Han sido formados en nuestras universidades, ejércitos y administraciones o en las universidades neocoloniales africanas. Han sido seducidos por nuestro modelo de vida y de desarrollo y les hemos enseñado como arruinar a África”.
 
De todas maneras, es preciso relativizar el fracaso de África, que ha conseguido importantes avances en los aspectos de desarrollo humano, aniquilados por el ajuste estructural. Se confunde aquí el fracaso con la resistencia de los pueblos africanos al modelo económico y social dominante, colonial y occidental.
 
La afirmación de los desastres africanos contrasta con las realidades siguientes: la tasa promedia del crecimiento anual en torno al 5% en 2012-2013, resistiendo mejor África a la crisis que los países industrializados, del Oriente Medio y emergentes, y las rivalidades entre países como Estados Unidos, Inglaterra, Francia, China para conquistar los mercados africanos.
 
“Los conflictos africanos son étnicos y África no está preparada para la democracia”
 
Varios análisis, e incluso académicos, suelen atribuir las causas de los conflictos a los únicos y simplistas aspectos étnicos o “tribales”. Los hechos han demostrado en la última década que este planteamiento es erróneo. Los conflictos como los de Sudán, Angola, Ruanda, Sierra Leona, Liberia, la RDC y Somalia han puesto de manifiesto los factores multiformes locales, nacionales, regionales e internacionales, en particular las luchas por el poder y los abusos del poder, la ruptura entre el Estado y la nación, junto a los intereses geopolíticos de las potencias externas y las multinacionales petroleras o mineras que, en su búsqueda de monopolio de la renta, apoyan a los gobiernos, a los movimientos de guerrilla o a ambos a la vez.
 
El argumento de falta de madurez de los africanos para la democracia, prevaleciente en muchos círculos políticos del Norte, tiene una clara connotación eurocentrista al identificar la democracia, e incluso el desarrollo, con la occidentalización. Los hechos no coinciden con este planteamiento. Está naciendo una nueva generación de dirigentes africanos más democráticos y respetuosos de derechos humanos.
 
Lo que ha fracasado en África no es el desarrollo o la democracia, que no son productos de importación o exportación, sino el mimetismo del modelo occidental, o la occidentalización. Ello ha de interpretarse como la resistencia de los africanos a los modelos impuestos desde el exterior.
 
Conclusión
 
Se trata ahora de rechazar cualquier forma de pensar a África y sus diásporas a partir de los demás o de la historia de los vencedores, de los que tienen el monopolio del discurso o de los medios de comunicación o información.
 
Apostamos por el afrocentrismo (abierto, y no cerrado) o la afrocentricidad, consistente en el sometimiento de las relaciones externas a la racionalidad interna, en dar prioridad a las exigencias del desarrollo interno fortaleciendo la capacidad de acción y actuación de los africanos. Con ello, África y sus diásporas saldrán de su exclusión internacional y tendrán un cierto control sobre su propio destino, actualmente en manos de los demás.
 
- Mbuyi Kabunda es profesor de Relaciones Internacionales y Estudios Africanos en el Instituto Internacional de Derechos Humanos (IIDH) de Estrasburgo y del Grupo de Estudios Africanos (GEA) de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM). Director del Observatorio de Estudios sobre la Realidad Social del África Subsahariana (FCA/UAM).
 
Artículo publicado en la Edición de junio (486) de la revista América Latina en Movimiento, titulada " Miradas del movimiento afrolatinoamericano": http://alainet.org/publica/486.phtml
http://alainet.org/active/64986

lunes, 10 de junio de 2013

La calma antes de la tormenta

La relativa estabilidad del presente es una referencia inútil para prever el futuro. Desgraciadamente la tendencia natural es proyectar hacia el futuro incierto los datos conocidos y usarlos como una guía para tratar de predecir el curso de los acontecimientos. No es un procedimiento certero, pero parece que los humanos así sienten que pueden enfrentar la angustia de la incertidumbre.
 
La economía mundial atraviesa una fase de relativa tranquilidad. Lejos parecen los días de 2009 cuando el colapso terminal parecía inminente. Entre las señales positivas que se mencionan con insistencia en los medios se encuentra la relativa estabilidad en los mercados financieros y hasta la evolución de los precios de bienes raíces en Estados Unidos. Un análisis más detallado revela que la calma relativa no proviene de una recuperación sostenible y que han aparecido nuevas amenazas en el horizonte.

Casi todas las principales economías del planeta (la excepción es Japón) han escogido una estrategia anticrisis basada en la expansión de la oferta monetaria en lugar de recurrir a mayores déficit fiscales. La efectividad de esta opción estratégica deja mucho que desear.

En Estados Unidos los salarios siguen sin restablecer su poder adquisitivo. El crecimiento sigue siendo mediocre y el desempleo real se mantiene en niveles inaceptables. La política monetaria es la única que se mantiene en una postura expansiva. Pero al interior de la Reserva federal existe un intenso debate sobre este tema. Por un lado están los que piensan que la inyección de liquidez debe cesar porque es necesario controlar las presiones inflacionarias. Frente a esa posición se encuentran los que sostienen que la flexibilización debe mantenerse porque la recuperación es frágil.

En Europa las medidas de austeridad han tenido un efecto depresivo. Y si los saldos negativos en las cuentas externas de algunos países se han comenzado a reducir, eso no se debe a una recuperación sana del sector externo, sino a que en la contracción las importaciones se han reducido de manera drástica. Por otra parte, la política de austeridad no ha permitido mejorar la relación deuda/PIB. La política del Banco Central Europeo permitió mantener cierta estabilidad en los mercados financieros, pero no ha resuelto ninguno de los problemas que dieron lugar a la rápida transmisión de la crisis. Aunque existe presión en varios frentes para reorientar la política macroeconómica hacia el crecimiento, no es claro cuándo se podría aplicar este viraje.

En China las perspectivas de una recuperación no son nada buenas y entre más información sale a la luz más claro queda que esa economía enfrenta serios desafíos, por no decir peligros. China también recurrió al crédito bancario para financiar el crecimiento y mitigar los efectos de la crisis. El sistema de comando centralizado le permitió dirigir el crédito de manera precisa a proyectos que fueron considerados prioritarios. Los más favorecidos están en el sector de la construcción por su impacto en la tasa de crecimiento general. Los bancos no debían frenar estas inversiones, así que las garantías de los créditos fueron relegadas a un lugar secundario. Los promotores (constructoras del sector privado y público) son los grandes ganadores, pero la vulnerabilidad de los bancos aumentó. Así surgieron ciudades enteras que están deshabitadas porque nadie puede adquirir los cientos de miles de departamentos vacíos que adornan sus bulevares desiertos. La otra cara de la moneda es una cartera vencida de magnitudes astronómicas y un futuro incierto en el que la tasa de crecimiento será menor, con todo lo que eso implica para algunos países ‘emergentes’.

Japón es el único país que ha desplegado una política macroeconómica en la que la expansión fiscal es importante. El enfoque adoptado tiene la ventaja de coordinar los dos pilares de la política macroeconómica alrededor de un objetivo común. Seguirá manteniendo una postura de política monetaria para revertir el proceso deflacionario (la meta es alcanzar una tasa de inflación de 2 por ciento) y reducir así la tasa real de interés. Un efecto será la depreciación del yen, lo que promete alimentar la guerra de divisas (y es la respuesta a la depreciación del dólar inducida por la Reserva federal). Sin embargo, no es claro que la política fiscal permita recuperar los días de alto crecimiento. En la década de los años 90 el déficit fiscal creció enormemente y sin embargo la economía se mantuvo estancada.

Muchos insisten en que lo peor de la crisis ya pasó. Quizás es mejor decir que estamos en un momento de calma antes de la tormenta. Muchos factores que desataron la crisis ya agotaron su energía, como un huracán que se extingue a fuerza de derrochar su bravura. Pero la crisis no ha desaparecido y hoy han surgido nuevos problemas que anuncian mayores peligros en el futuro. Los economistas del sistema no pueden verlos, como tampoco pudieron ver venir la crisis actual. Los marineros que sólo tienen instrumentos meteorológicos para el buen tiempo son incapaces de prever las tormentas.

Alejandro Nadal
La Jornada

martes, 28 de mayo de 2013

Políticas que matan al planeta

Se acaba de cruzar un umbral clave en los registros que miden el avance del calentamiento global: por primera vez desde que comenzaron las mediciones en 1958 la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera superó las cuatrocientas partes por millón (ppm). Esto significa que por cada millón de moléculas en la atmósfera de la Tierra, hay cuatrocientas moléculas de dióxido de carbono (CO2).

El 9 de mayo, el observatorio de Mauna Loa en Hawai, que suele utilizarse como punto de referencia, registró una lectura de 400.03 ppm. Se calcula que el año próximo el promedio global superará las cuatrocientas ppm.

La concentración de CO2 en el aire está relacionada con la temperatura de la Tierra. El consenso generalizado es que para que el calentamiento global esté por debajo de dos grados centígrados en comparación con el nivel previo a la revolución industrial de 1750, el CO2 no debe superar el nivel de cuatrocientas cincuenta ppm. De hecho, según científicos prominentes como James Hansen por encima de trescientas cincuenta ppm ya es peligroso. Por tanto, es necesario reducir el CO2 en la atmósfera, aunque no resulta claro cómo podría lograrse esto.

Los efectos del cambio climático ya se hacen sentir de manera dramática con el incremento de los fenómenos meteorológicos extremos, que van desde un aumento de las lluvias y grandes inundaciones en Pakistán, China, el sudeste de Asia y el Reino Unido, hasta sequías en algunas partes de África y en Estados Unidos, violentos incendios en Australia y Rusia, y grandes tormentas o huracanes en Filipinas, América Central y Estados Unidos.

¿Cuánto peor será la situación en la medida que se agrave el cambio climático como consecuencia del aumento de la concentración de CO2 de cuatrocientas a cuatrocientas cincuenta ppm y más?

El aumento de la concentración ha sido drástico. En 1958 era de trescientas quince ppm y en 2000 llegó a cerca de trescientas setenta y cinco ppm, antes de saltar a las cuatrocientas ppm actuales. A este ritmo, vamos en vías de aumentar la temperatura para finales del siglo no dos grados sino entre tres y cinco grados. Una catástrofe.

La temperatura actual es de 0.8 grados por encima del nivel preindustrial y ya estamos presenciando los importantes efectos perjudiciales, que nos dan una pista de cómo llegaría a ser un mundo con dos y hasta cuatro grados más de temperatura. El que podrían heredar nuestros hijos y nietos.

El informe de 2012 del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) sobre la “brecha de emisiones”, elaborado por cincuenta y cinco científicos, demuestra que la emisión mundial total en 2011 fue de cincuenta gigatoneladas (50,000 millones de toneladas) de CO2 equivalente. Es decir, CO2 más otros gases de efecto invernadero como el metano, pero expresados en términos de CO2.

El nivel de emisiones de CO2 equivalente ha aumentado rápidamente. En 2000 era de cuarenta gigatoneladas, antes de aumentar a 50.1 en 2011. Esto significa que la emisión global anual aumentó diez gigatoneladas (veinticinco por ciento) en solo una década.

El informe del PNUMA estima que para mantener la temperatura del planeta en dos grados por debajo del nivel preindustrial es necesario que las emisiones globales anuales bajen a cuarenta y cuatro gigatoneladas para 2020, y que luego continúen disminuyendo. Sin embargo, si no hay cambios en las políticas, se prevé que las emisiones aumentarán a cincuenta y ocho gigatoneladas en 2020.

La buena noticia es que los gobiernos de varios países se han comprometido a adoptar medidas para reducir sus emisiones. La mala es que esas promesas no son suficientes.

En el mejor de los casos -si los gobiernos cumplen con el margen máximo de sus promesas y en las mejores condiciones-, el nivel de emisiones en 2020 será de cincuenta y dos gigatoneladas. Esto está muy por encima del límite de cuarenta y cuatro gigatoneladas necesario para mantener la temperatura por debajo del nivel de dos grados, si bien es inferior al que se alcanzaría de continuar con la tendencia actual.

En el peor de los casos -si los gobiernos toman medidas pero dentro del margen mínimo de sus promesas, y en malas condiciones-, el nivel de emisiones en 2020 será de cincuenta y siete gigatoneladas, que es casi lo mismo que el nivel de cincuenta y ocho gigatoneladas al que se llegaría si todo permanece incambiado.

En cualquiera de los dos casos las emisiones proyectadas para 2020 superarán los dos grados, llegando a niveles de tres y cinco grados. En otras palabras, la proyección es hacia un desastre climático.

Las soluciones técnicas no son tan difíciles de conceptualizar. El informe del PNUMA ofrece sugerencias sobre la reducción de emisiones a través de cambios en las prácticas y políticas de construcción de edificios, transporte y silvicultura. A eso se pueden añadir políticas en materia de energía, industria y agricultura.

El problema se presenta con las políticas y los costos del cambio. Un acuerdo global sobre el clima es difícil de lograr debido a las diferentes perspectivas sobre lo que es una distribución justa de los esfuerzos y quién se hará cargo de los costos. Los países en desarrollo consideran que los países ricos tienen la responsabilidad histórica de asumir el liderazgo en la reducción de las emisiones y de pagar -al menos de manera sustancial- los gastos en los que deben incurrir los países en desarrollo para cambiar a tecnologías y políticas que impliquen bajas emisiones de carbono.

Esta responsabilidad histórica se origina en el hecho de que los países desarrollados son los responsables hasta el momento de haber emitido la mayor parte del CO2 presente en la atmósfera. Ellos se enriquecieron en parte debido a que sus economías crecieron sobre la base de combustibles fósiles baratos. Y gracias a eso sus economías son más ricas.

Si los países en desarrollo asumen el costo total de los cambios, su crecimiento económico se resentirá y sus esfuerzos de desarrollo se desviarán de los alimentos, la atención de la salud y el desarrollo económico para concentrarse en las medidas relacionadas con el clima. Por lo tanto, pretenden que los países ricos les transfieran fondos y tecnología para apoyarlos en su cambio hacia una senda de crecimiento respetuoso para con el clima.

Los países desarrollados, por su parte, se muestran reacios a aceptar la “responsabilidad histórica”, con el argumento de que no pueden ser considerados responsables de lo que hicieron sus antepasados, en la ignorancia. En teoría, están dispuestos a proporcionar fondos y tecnología, pero en los hechos se han transferido pocos fondos y muy poca tecnología a los países en desarrollo.

Los países desarrollados también aspiran a que todos los países -no sólo ellos- firmen el mismo tipo de obligaciones de reducción de emisiones. Los países en desarrollo consideran que esto es contrario a los principios de equidad y de responsabilidades comunes pero diferenciadas, que son principios centrales de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático.

Si bien la ciencia tiene cada vez mayor claridad en cuanto a lo que está ocurriendo al clima, y se están elaborando soluciones técnicas sobre la forma de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en varios sectores, es la política para enfrentar el cambio climático lo que hay que resolver.
*Martin Khor es fundador de la Red del Tercer Mundo y director ejecutivo de South Centre, una organización de países en desarrollo con sede en Ginebra.
El Mercurio Digital

sábado, 4 de mayo de 2013

El mundo en 2030

Cada cuatro años, con el inicio del nuevo mandato presidencial en Estados Unidos, el National Intelligence Council (NIC), la oficina de análisis y de anticipación geopolítica y económica de la Central Intelligence Agency (CIA), publica un informe que se convierte automáticamente en una referencia para todas las cancillerías del mundo. Aunque obviamente se trata de una visión muy parcial (la de Washington), elaborada por una agencia, la CIA, cuya principal misión es defender los intereses de Estados Unidos, el informe estratégico del NIC presenta una indiscutible utilidad porque resulta de una puesta en común –revisada por todas las agencias de inteligencia de EE.UU.– de estudios elaborados por expertos independientes de varias universidades y de muchos otros países (Europa, China, la India, África, América Latina, mundo árabe-musulmán, etc.).

El documento confidencial que el presidente Barack Obama encontró sobre la mesa de su despacho en la Casa Blanca el pasado 21 de enero al tomar posesión de su segundo mandato, se acaba de publicar con el título: Global Trends 2030. Alternative Worlds (Tendencias mundiales 2030: nuevos mundos posibles) (1). ¿Qué nos dice?

La principal constatación es: el declive de Occidente. Por vez primera desde el siglo XV, los países occidentales están perdiendo poderío frente a la subida de las nuevas potencias emergentes (2). Empieza la fase final de un ciclo de cinco siglos de dominación occidental del mundo. Aunque Estados Unidos seguirá siendo una de las principales potencias planetarias, perderá su hegemonía económica en favor de China. Y ya no ejercerá su “hegemonía militar solitaria” como lo hizo desde el fin de la Guerra Fría (1989). Vamos hacia un mundo multipolar en el que nuevos actores (China, la India, Brasil, Rusia, Sudáfrica) tienen vocación de constituir sólidos polos continentales y de disputarle la supremacía internacional a Washington y a sus aliados históricos (Japón, Alemania, Reino Unido, Francia).

Para tener una idea de la importancia y de la rapidez del desclasamiento occidental que se avecina, baste con señalar estas cifras: la parte de los países occidentales en la economía mundial va a pasar del 56% hoy, a un 25% en 2030... O sea que, en menos de veinte años, Occidente perderá más de la mitad de su preponderancia económica... Una de las principales consecuencias de esto es que EE.UU. y sus aliados ya no tendrán probablemente los medios financieros para asumir el rol de gendarmes del mundo... De tal modo que este cambio estructural (añadido a la profunda crisis económico-financiera actual) podría lograr lo que ni la Unión Soviética ni Al Qaeda consiguieron: debilitar durante mucho tiempo a Occidente.

Según este informe, en Europa la crisis durará al menos un decenio, es decir hasta 2023... Y, siempre según este documento de la CIA, no es seguro que la Unión Europea logre mantener su cohesión. Entretanto, se confirma la emergencia de China como segunda economía mundial y con vocación de convertirse en la primera. Al mismo tiempo, los demás países del grupo llamado BRICS (Brasil, Rusia, la India y Sudáfrica) se instalan en segunda línea compitiendo directamente con los antiguos imperios dominantes del grupo JAFRU (Japón, Alemania, Francia, Reino Unido).

En tercera línea aparecen ahora una serie de potencias intermediarias, con demografías en alza y fuertes tasas de crecimiento económico, llamadas a convertirse también en polos hegemónicos regionales y con tendencia a transformarse en grupo de influencia mundial, el CINETV (Colombia, Indonesia, Nigeria, Etiopía, Turquía, Vietnam).

Pero de aquí a 2030, en el Nuevo Sistema Internacional, algunas de las mayores colectividades del mundo ya no serán países sino comunidades congregadas y vinculadas entre sí por Internet y las redes sociales. Por ejemplo, ‘Facebooklandia’: más de mil millones de usuarios... O ‘Twitterlandia’, más de 800 millones... Cuya influencia, en el “juego de tronos” de la geopolítica mundial, podrá revelarse decisivo. Las estructuras de poder se difuminarán gracias al acceso universal a la Red y el uso de nuevas herramientas digitales.

A este respecto, el informe de la CIA anuncia la aparición de tensiones entre los ciudadanos y algunos gobiernos en unas dinámicas que varios sociólogos califican de ‘post-políticas’ o ‘post-democráticas’... Por un lado, la generalización del acceso a la Red y la universalización del uso de las nuevas tecnologías permitirán a la ciudadanía alcanzar altas cuotas de libertad y desafiar a sus representantes políticos (como durante las primaveras árabes o la crisis de los “indignados”). Pero, a la vez, según los autores del informe, estas mismas herramientas electrónicas proporcionarán a los gobiernos “una capacidad sin precedentes para vigilar a sus ciudadanos” (3).

“La tecnología –añaden los analistas de Global Trends 2030– continuará siendo el gran nivelador, y los futuros magnates de Internet, como podría ser el caso de los de Google y Facebook, poseen montañas enteras de bases de datos, y manejan en tiempo real mucha más información que cualquier Gobierno”. Por eso, la CIA recomienda a la Administración de EE.UU. que haga frente a esa amenaza eventual de las grandes corporaciones de Internet activando el Special Collection Service (4), un servicio de inteligencia ultrasecreto –administrado conjuntamente por la NSA (National Security Service) y el SCE (Service Cryptologic Elements) de las Fuerzas Armadas– especializado en la captación clandestina de informaciones de origen electromagnético. El peligro de que un grupo de empresas privadas controle toda esa masa de datos reside, principalmente, en que podría condicionar el comportamiento a gran escala de la población mundial e incluso de las entidades gubernamentales. También se teme que el terrorismo yihadista sea reemplazado por un ciberterrorismo aún más sobrecogedor.

La CIA toma tan en serio este nuevo tipo de amenazas que, finalmente, el declive de Estados Unidos no habrá sido provocado por una causa exterior sino por una crisis interior: la quiebra económica acaecida a partir de 2008. El informe insiste en que la geopolítica de hoy debe interesarse por nuevos fenómenos que no poseen forzosamente un carácter militar. Pues, aunque las amenazas militares no han desaparecido (véase les intimidaciones armadas contra Siria o la reciente actitud de Corea del Norte y su anuncio de un uso posible del arma nuclear), los peligros principales que corren hoy nuestras sociedades son de orden no-militar: cambio climático, conflictos económicos, crimen organizado, guerras electrónicas, agotamiento de los recursos naturales...

Sobre este último aspecto, el informe indica que uno de los recursos que más aceleradamente se está agotando es el agua dulce. En 2030, el 60% de la población mundial tendrá problemas de abastecimiento de agua, dando lugar a la aparición de “conflictos hídricos”... En cuanto al fin de los hidrocarburos en cambio, la CIA se muestra mucho más optimista que los ecologistas. Gracias a las nuevas técnicas de fracturación hidráulica, la explotación del petróleo y del gas de esquisto está alcanzando niveles excepcionales. Ya Estados Unidos es autosuficiente en gas, y en 2030 lo será en petróleo, lo cual abarata sus costos de producción manufacturera y exhorta a la relocalización de sus industrias. Pero si EE.UU. –principal importador actual de hidrocarburos– deja de importar petróleo, es de prever que los precios se derrumbarán. ¿Cuáles serán entonces las consecuencias para los actuales países exportadores?

En el mundo hacia el que vamos, el 60% de las personas vivirá, por primera vez en la historia de la humanidad,  en las ciudades. Y, como consecuencia de la reducción acelerada de la pobreza, las clases medias serán dominantes y se triplicarán, pasando de los 1.000 a los 3.000 millones de personas. Esto, que en sí es una revolución colosal, acarreará como secuela, entre otros efectos, un cambio general en los hábitos culinarios y, en particular, un aumento del consumo de carne a escala planetaria. Lo cual agravará la crisis medioambiental. Porque se multiplicará la cría de ganado, de cerdos y de aves ; y eso supone un derroche de agua (para producir piensos), de pastos, de fertilizantes y de energía. Con derivaciones negativas en términos de efectos  invernadero y calentamento global...

El informe de la CIA anuncia también que, en 2030, los habitantes del planeta seremos 8.400 millones pero el aumento demográfico cesará en todos los continentes menos en África, con el consiguiente envejecimiento general de la población mundial. En cambio, el vínculo entre el ser humano y las tecnologías protésicas acelerará la puesta a punto de nuevas generaciones de robots y la aparición de “superhombres” capaces de proezas físicas e intelectuales inéditas.

El futuro es pocas veces predecible. No por ello hay que dejar de imaginarlo en términos de prospectiva. Preparándonos para actuar ante diversas circunstancias posibles, de las cuales una sola se producirá. Aunque ya advertimos que la CIA tiene su propio punto de vista subjetivo sobre la marcha del mundo, condicionado por el prisma de la defensa de los intereses estadounidenses, su informe tetranual no deja de constituir una herramienta extremadamente útil. Su lectura nos ayuda a tomar conciencia de las rápidas evoluciones en curso y a reflexionar sobre la posibilidad de cada uno de nosotros a intervenir y a fijar el rumbo. Para construir un futuro más justo.

(1) http://www.dni.gov/index.php/about/organization/national-intelligence-council-global-trends. Existe edición en francés: Le Monde en 2030 vu par la CIA, Editions des Equateurs, Paris, 2013.
(2) Léase el Atlas, Nuevas potencias emergentes, editado por Le Monde diplomatique en español, Valencia, 2012.
(3) En esa misma línea de alerta, léase Julian Assange (con Jacob Appelbaum, Aandy Mûller-Maghun y Jérémie Zimmermann), Cypherpunks. La libertad y el futuro de internet, Deusto, Bilbao, 2013.
(4) http://en.wikipedia.org/wiki/Central_Security_Service ; consúltese también: http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2012/04/19/el-f6-el-servicio-de-espionaje-supersecreto-a-escala-mundial-96404/

Ignacio Ramonet
Le Monde Diplomatique
http://www.monde-diplomatique.es/?url=editorial/0000856412872168186811102294251000/editorial/?articulo=e8187d95-88cd-46a5-a22e-d69e48ef3c63

domingo, 21 de abril de 2013

¿ El final del camino para las fábricas deslocalizadas ?

Desde que existe una economía-mundo capitalista, un mecanismo esencial de su funcionamiento exitoso ha sido la fábrica deslocalizada. Tras un periodo significativo de acumulación de capital por las llamadas industrias líderes (por lo común 25 años), el nivel de ganancias termina bajando, debido a que el cuasi monopolio de la industria líder se debilitó y a que aumentaron los costos de la mano de obra a consecuencia de acciones sindicales de algún tipo.
 
Cuando esto ocurría, la solución era que la fábrica se deslocalizara. Esto significa que el sitio de la producción se transfería a otra parte del sistema-mundo que tuviera niveles de salario históricamente más bajos. En efecto, los capitalistas que controlaban las industrias líderes intercambiaban costos de transacción mayores por los menores costos de la mano de obra. Esto mantenía un ingreso significativo para ellos, pese a ser menor que en el periodo previo, cuando todavía mantenían el cuasi monopolio.

Los costos de la mano de obra eran menores en la nueva locación, porque la fábrica deslocalizada reclutaba mano de obra de las áreas rurales que antes estuvieron menos involucradas en la economía de mercado. Para estos trabajadores rurales la oportunidad de trabajar en estas fábricas deslocalizadas representaba un aumento en su ingreso real, mientras los dueños de la fábrica deslocalizada le pagaban a estos trabajadores menos que a aquellos que habían trabajado en la locación previa. Esto es lo que se conoce como una solución donde ambas partes ganan.

El problema con esta solución, aparentemente maravillosa, ha sido siempre que no es duradera. Tras otros 25 años, aproximadamente, los obreros en la nueva locación comenzaban a emprender acciones sindicales y el costo de su mano de obra comenzaba a subir. Cuando subía lo suficiente, los dueños de la fábrica deslocalizada tenían una opción real única –volver a dislocarse. Entre tanto, se iban construyendo nuevas industrias líderes en las zonas de riqueza acumulada. Así, siempre ha habido un constante movimiento de la locación de las industrias de todas clases: ¡cuasi monopolios tras cuasi monopolios!, ¡fábricas deslocalizadas tras fábricas deslocalizadas!

Esto ha sido una maravilla del ajuste capitalista a un largo proceso de cambio constante de circunstancias. Sin embargo, este maravilloso sistema ha dependido de un elemento estructural: la posibilidad de hallar nuevas áreas vírgenes para relocalizar las fábricas deslocalizadas. Por áreas vírgenes quiero decir zonas rurales que han estado relativamente poco involucradas en la economía-mundo.

Sin embargo, durante los últimos 500 años hemos venido acabándonos tales áreas. Esto puede medirse de manera muy simple en la desruralización de las poblaciones mundiales. Hoy, dichas áreas rurales se han reducido a una minoría de la superficie del mundo y parece probable que para 2050 sean una muy pequeña minoría.

Para entender las consecuencias de esa desruralización masiva necesitamos referirnos a un artículo del New York Times del 9 de abril. Se intitula Hola, Camboya. El artículo describe el vuelo a Camboya de fábricas que están abandonando China debido al aumento de los niveles salariales en China, un previo receptor de tales fábricas deslocalizadas. Sin embargo, continúa el artículo, las compañías multinacionales se están encontrando que pueden correr de los crecientes salarios de China, pero no pueden esconderse de verdad.

El problema para las multinacionales es que la increíble expansión de las comunicaciones ha ocasionado el fin de esta situación donde ambas partes ganan. Los obreros en Camboya han comenzado las acciones sindicales después de unos cuantos años, no tras 25 años. Hay huelgas y presiones en pos de salarios más altos y beneficios mayores, y los están consiguiendo. Esto, por supuesto, reduce el valor de que las multinacionales se muden a Camboya, Myanmar, Vietnam o Filipinas. Ahora resulta que los ahorros por mudarse de China no son para nada tan grandes.

El artículo del New York Times apunta que algunas fábricas se han movido de todas formas, por la petición de los compradores de Occidente que temen depender de un solo país. La conclusión de un consultor de manufactura es que hay riesgos en mudarse a Camboya, pero también hay un riesgo en quedarse en China. En cualquier caso, ¿hay algún lugar a dónde mudar una fábrica deslocalizada? ¿O es Camboya el final de la línea?

El fondo del asunto es que la combinación de una desruralización ya de por sí enorme y que continúa creciendo, junto con la rapidez con que pueden aprender los obreros que sus salarios son relativamente bajos y por tanto pueden emprender acciones sindicales, ha tenido por resultado un aumento continuo en los niveles de la paga de los obreros menos calificados y como tal una presión negativa mundial de las posibilidades de acumular capital. Éstas no son buenas noticias para las grandes multinacionales.

Todo esto es un elemento en lo que se ha vuelto la crisis estructural del moderno sistema-mundo capitalista. Estamos experimentando una combinación de presiones siempre crecientes en pos de austeridad para 99 por ciento con un sistema capitalista que ya no es rentable para los capitalistas. Esta combinación significa que el capitalismo como sistema-mundo está de salida.

Ambos lados buscan alternativas –pero es obvio que no son las mismas. Enfrentamos colectivamente una elección en las décadas venideras. Una posibilidad es un nuevo sistema, no capitalista, que replique (y tal vez empeore) los tres rasgos esenciales del capitalismo: las jerarquías, la explotación y la polarización. La otra posibilidad es un nuevo sistema que sea relativamente democrático y relativamente igualitario. Este último sistema, debemos subrayar, nunca ha existido en la historia del mundo. Pero es posible.

En cualquier caso, Camboya no es el futuro del sistema-mundo moderno. Más bien representa los últimos vestigios de un mecanismo que ya no ejecuta su tarea de salvar el capitalismo.

Immanuel Wallerstein
La Jornada