martes, 20 de diciembre de 2011

Sobre islas y utopías

Es sabido desde Oscar Wilde que un mapa sin la isla de Utopía es un mapa que no merece la pena. Sin embargo, que Islandia haya pasado de niña bonita del capitalismo tardío a proyecto de democracia real, nos sugiere que un mapa sin Utopía no sólo es indigno de nuestra mirada, sino también un engaño debido a una cartografía defectuosa. El faro de Utopía, lo quieran los mercados o no, ha comenzado a emitir tenues señales de aviso al resto de Europa.

Islandia no es Utopía. Es conocido que no puede haber reinos de libertad en el imperio de la necesidad del capitalismo tardío. Pero sí es el reconocimiento de una ausencia dramática. Islandia es la prueba de que el capital no tiene toda la verdad sobre este mundo, aun cuando aspire a controlar todos los mapas que de él disponemos.

Con su decisión de frenar la rueda trágica de los mercados, Islandia ha sentado un precedente que puede amenazar con romper el espinazo del capitalismo tardío. Por ahora, esta pequeña isla, que está haciendo lo que decían que era imposible por irreal, no parece sumirse en el caos, aunque sí en el silencio informativo. ¿Cuánta información tenemos de Islandia y cuánta de los préstamos a Grecia? ¿Por qué Islandia está fuera de unos medios que deberían contarnos lo que sucede en el mundo?

Hasta ahora, ha sido patrimonio del poder definir lo que es real y lo que no, lo que puede pensarse y hacerse y lo que no. Los mapas cognitivos empleados para conocer nuestro mundo han tenido siempre espacios ocultos donde reside la barbarie que sustenta el dominio de las élites. A esos puntos ciegos del mundo les suele acompañar la eliminación de su opuesto, la isla de Utopía. Ya lo escribió Walter Benjamin: todo documento de cultura es a la vez un documento de barbarie.

Estas élites, ayudadas por teólogos y economistas, han venido definiendo lo que es real y lo que no. Lo que es realista, de acuerdo con esta definición de la realidad, y lo que no lo es y por tanto es una aberración del pensamiento que no cabe considerar. Es decir, lo que cabe hacer y pensar y lo que no. Pero lo han hecho de acuerdo con el fundamento del poder y su violencia: el temible concepto de la necesidad. Es necesario hacer sacrificios, dicen con el gesto transido. O el ajuste, o la catástrofe inimaginable. Y es que el capitalismo tardío ha expuesto su lógica de un modo perversamente hegeliano: todo lo real es necesariamente racional y viceversa.

En enero de 2009, el pueblo islandés se rebeló contra la arbitrariedad de esta lógica. Las manifestaciones pacíficas de la multitud provocaron la caída del gabinete conservador de Geir Haarde. El Gobierno recayó en una izquierda en minoría parlamentaria que convocó elecciones para abril de 2009. La Alianza Socialdemócrata de la primera ministra, Jóhanna Sigurðardóttir, y el Movimiento Izquierda-Verde renovaron su coalición gubernamental con mayoría absoluta. En otoño de 2009 se inició por iniciativa popular la redacción de una Constitución mediante un proceso de asambleas ciudadanas. En 2010, el Gobierno propuso la creación de un consejo nacional constituyente cuyos miembros habrían de ser elegidos al azar. Dos referéndums (el segundo en abril de 2011) negaron a los bancos el rescate y el pago de su deuda externa. Y en septiembre de 2011 el antiguo primer ministro, Geeir Haarde, fue enjuiciado por su responsabilidad ante la crisis.

Olvidar que el mundo no es una tragedia griega en la que la rueda del destino o del capital gira sin atender a razones humanas es negar la realidad. Es obviar que esa rueda es movida por seres humanos. Todo aquello que podamos imaginar como posible es tan real como lo que los mercados nos dicen que es la realidad. La posibilidad y la imaginación, recuperadas en Islandia, nos enseñan que ellas son tan ciertas como la necesidad pantagruélica del capitalismo. Sólo tenemos que atender a esa llamada para descubrir la trampa que se pretende hacernos creer. No hay otra alternativa, claman. ¿Acaso alguno de los que nos anuncian sacrificios se ha molestado en revisar su mapa del mundo?

Islandia ha demostrado que nuestra cartografía tiene más cosas de las que nos dicen. Que es posible dominar, y ahí reside el principio de la libertad, la necesidad. Islandia, sin embargo, no es un modelo. Es una de las posibilidades de lo diferente. El intento de la multitud islandesa de construir el futuro con sus decisiones y su imaginación nos muestra la realidad de una alternativa. Porque la posibilidad de la diferencia proclamada por la multitud es tan real como la necesidad de lo mismo exigida por el capital. En Islandia han decidido no dejar que el mañana lo dicte la rueda trágica de la necesidad. ¿Seguiremos los demás dejando que lo real quede definido por el capital? ¿Continuaremos entregando el futuro, la posibilidad y la imaginación a los bancos, las corporaciones y los gobiernos que dicen hacer todo lo que realmente se puede hacer?

Todo mapa de Europa debería tener a Islandia en su punto de fuga. Ese mapa debe construirse con la certeza de que lo posible está tan dentro de lo real como lo necesario. La necesidad es sólo una posibilidad más de lo real. Hay alternativa. Islandia nos lo ha recordado al proclamar que la imaginación es parte de la razón. Es la multitud la que definirá qué es lo real y lo realista usando la posibilidad de la diferencia. De este modo, no alentaremos consuelo de soñadores, sino que nos asentaremos en una parte de la realidad que el mapa del capital quiere borrar por completo. La existencia de Utopía depende de ello. Y con esta el concepto mismo de una vida digna de ser vivida.

Miguel Ángel Sanz Loroño
Doctorando e investigador de la Universidad de Zaragoza
Público 

sábado, 17 de diciembre de 2011

Apartheid climático

Los resultados de la conferencia mundial de cambio climático realizada a principios de diciembre en Durban, Sudáfrica, son una condena a la humanidad, especialmente a los países del Sur más afectados por el caos climático, mientras que los grandes contaminadores evadieron cualquier responsabilidad u obligación y aseguraron los mercados de carbono para seguir lucrando con falsas soluciones a la crisis. Como denunció la red internacional Justicia Climática Ahora, significó el establecimiento de un apartheid climático global para mantener los privilegios de una minoría a costa de todos los demás.
 
El problema nodal es la ausencia de medidas para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, lo que llevará a un aumento mínimo de 4 grados en la temperatura media global en tan sólo unas décadas. En el último siglo, el capitalismo industrial provocó un aumento de la temperatura promedio de 0.8 grados centígrados, que se traduce en desarreglos climáticos, como huracanes, sequías, inundaciones, menor rendimiento de cultivos, derretimiento de glaciares y de hielos permanentes que liberan grandes cantidades de metano, gas que tiene 20 veces peor efecto invernadero que el dióxido de carbono. Según los reportes científicos del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC), para que el aumento de la temperatura no supere los 2 grados centígrados al 2100, es necesario reducir las emisiones de gases de 25 a 40 por ciento por debajo de los niveles de 1990. Un aumento de 2 grados tendría consecuencias devastadoras para muchos países, incluso podrían desaparecer estados insulares. Cuatro grados es más de lo imaginable y en algunas zonas, como las más secas de África, se traduciría en aumentos de 7-8 grados.

El protocolo de Kioto estableció metas de reducción obligatorias para los países industrializados con mayores emisiones (listados en su Anexo 1) de apenas 5 por ciento por debajo de los niveles de 1990. Aún así, Estados Unidos –que de todos modos no firmó el protocolo–, exigió que se pudieran usar mecanismos de mercado para la reducción de emisiones, con lo cual muchas supuestas reducciones son solamente transacciones virtuales. Los mercados de carbono no han servido para nada frente a la crisis climática, pero abrieron jugosos frentes especulativos con la venta de créditos de carbono. Con muy malas notas y sin efecto para bajar las emisiones, el Protocolo de Kioto finalizará su primer periodo de compromisos en 2012. Muchos gobiernos de países del Sur querían abrir un segundo periodo de compromisos, con metas mínimas acordes a las necesarias según el IPCC. Pero ya en la conferencia de cambio climático en Cancún en 2010, en lugar de compromisos obligatorios se aceptó declarar promesas, que si se cumplieran (improbable), no llegarían más que a reducciones de 13 a 17 por ciento.

Con un proceso antidemocrático e irregular como en Cancún, en Durban se aprobó de todos modos un segundo periodo del protocolo de Kyoto, pero como un cascarón vacío. Sin metas de reducción, sin compromisos vinculantes, sin mecanismos de control de reducciones del Anexo 1, pero cargando de obligaciones a los demás países que no están entre los contaminadores históricos. Estas medidas aplicarán a todos, aunque teóricamente se dirigen a los países de economías emergentes como China e India, que actualmente están entre los mayores emisores globales, aunque sólo en los últimos años –contra todo el siglo XX de los del Anexo 1– y que las emisiones per cápita de la India son 10 veces menores que las de Estados Unidos. Pese a este acuerdo leonino, que terminó con el principio de responsabilidades comunes pero diferenciadas que existía en el convenio, igual se retiraron del Protocolo, Canadá, Japón, Australia, Nueva Zelanda y Rusia, sumándose a Estados Unidos.

La Unión Europea aprovechó la situación para negociar su firma para un segundo periodo de Kioto, imponiendo sus condiciones: sin metas obligatorias y abriendo un nuevo proceso de negociaciones que sustituya al Protocolo de Kioto en 2020. Este proceso y plazo, que querían todos los países del anexo 1, es para terminar de eliminar cualquier obligación de reducción, presionar a las economías emergentes y traspasar la responsabilidad de la crisis climática a las poblaciones de países pobres del sur, a través de mecanismos de mercado, que nuevamente, favorecen a las trasnacionales de los países industrializados. En lugar de cambiar de modelos de producción y consumo en esos países, se comercia con el espacio que no contaminan los países del Sur, a través de mecanismos altamente perversos como REDD en bosques. Se aseguró además la continuidad y nuevos mecanismos de mercado, se introdujo la discusión de usar agricultura y suelos como sumideros de carbono y se aceptaron tecnologías de alto riesgo, como la captura y almacenamiento de carbono en lechos marinos y formaciones geológicas, tecnología que promueve el uso de más petróleo, gas y carbón, legando el riesgo de escapes catastróficos a generaciones futuras.

Tanto el Fondo Verde para el Clima, como el nuevo Comité de Tecnología quedaron bajo la égida del Banco Mundial, que los usará para imponer más condiciones. Se estableció de facto carta blanca a la transferencia de tecnologías, sin cuestionar patentes ni aplicar el principio de precaución, lo cual resultará en dumping de tecnologías peligrosas, subsidiando a las trasnacionales.

Tanta irresponsabilidad ante las crisis y con las generaciones futuras contrastó con la riqueza de propuestas desde las organizaciones y movimientos sociales, que convocaron a la resistencia contra el nuevo apartheid global.
Silvia Ribeiro. Investigadora del Grupo ETC
La Jornada

Clamor popular en favor de la Tierra: Río + 20 debe representar el principio de una nueva era

No podemos seguir distraídos, ensimismados, espectadores timoratos del inmenso fracaso anunciado de un sistema que, intentando perpetuarse a pesar de la zozobra en que se halla, recurre a todos los medios imaginables para mantenernos inactivos, entumecidos, incapaces de reaccionar, de expresar nuestras protestas y propuestas, nuestros disentimientos, nuestros acuerdos.

Hasta aquí podríamos llegar: todos contemplando la “prima de riesgo”, los vaivenes de los valores bursátiles –los otros ya se abandonaron a su suerte hace tiempo- y los interesados comunicados de las agencias de “calificación”…

¿Y las condiciones de vida de la mayor parte de la humanidad? ¿Y el progresivo deterioro del entorno ecológico, de la habitabilidad de la Tierra? El “sistema” relega y aplaza temas esenciales para el cumplimiento de nuestros deberes intergeneracionales, del legado que debemos entregar a quienes llegan a un paso de nosotros.

Pronto se cumplirán 20 años de la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro. Recuerdo la cuidadosa y rigurosa preparación que hicimos, en las Naciones Unidas en particular, para asegurar que la Agenda 21 constituyera la receta apropiada para restañar tantas heridas de la Madre Tierra, para evitar muchas otras.

Pero ya los “globalizadores” neoliberales habían levantado el vuelo y tintado todo de dinero y de mercados. Y así llegamos al año 2000 y no hubo fondos para la puesta en práctica de los Objetivos del Milenio, porque el único “objetivo” que perseguía y persigue el “gran dominio” es ganar más: deslocalizar por codicia la producción, economía especulativa, insolidaridad a través de paraísos fiscales, gobernación global por los países ricos…

No es de extrañar que, con estas pautas y “hojas de ruta”, los escasos intentos de frenar la degradación ambiental y el cambio climático se hayan quedado en “agua de borrajas”. Kioto… Durban…: los grandes países emisores de CO2 y gases con efecto “invernadero”, los mayores responsables de la contaminación de tierra, mar y aire no se comprometen alegando razones que, cuando se trata de procesos potencialmente irreversibles y sometidos, por tanto, a la ética del tiempo, representan, sin paliativos, una afrenta gravísima al conjunto de la especie humana.

Escribo hoy estos párrafos con apremio, porque en las reuniones preparatorias de Río + 20 se anuncia de nuevo la indiferencia y ambigüedad de las superpotencias, cuando el compromiso y la concreción son más necesarios y urgentes que nunca.

Ha llegado el momento de la movilización de los pueblos. Ha llegado el momento de reclamar, sin más dilaciones, la atención que la Tierra merece. Unos cuantos (8… 20…) no pueden, no deben, imponer su voluntad a todos los países (196).

Pongamos en marcha una amplia y tupida red en el ciberespacio, suscribamos los llamamientos que surjan de todos los rincones del planeta, para ser pronto millones los que exijan que Río + 20 represente el principio de una nueva era, una inflexión histórica en que, por fin, sean los valores éticos y los principios democráticos los que prevalezcan.

Si somos muchos, será posible.
 
Federico Mayor Zaragoza – Comité de Apoyo de ATTAC España

jueves, 15 de diciembre de 2011

Epílogo en Durban

La reunión sobre cambio climático (COP17) en Durban concluyó con un resultado fatídico: ya no existe algo que se pueda llamar un régimen global sobre cambio climático. En esta conferencia se desmanteló lo que quedaba del Protocolo de Kioto. Ese tratado adolecía de muchos defectos, pero por lo menos consagraba el principio de obligaciones vinculantes para los países que más han contribuido a generar el problema del cambio climático. El PK expira el año entrante y no tenemos ya nada con qué remplazarlo.
 
A pesar de este saldo negativo, la prensa de negocios presenta las conclusiones de la COP17 como un triunfo de la diplomacia internacional. ¿Qué fue lo que pasó? En las primeras horas del domingo se llegó a un acuerdo para mantener las negociaciones abiertas con miras a alcanzar un tratado con metas firmes y vinculantes en 2015. Ese tratado entraría en vigor en 2020. Además, se acordó fortalecer el Fondo verde para el clima, una bolsa de recursos para cubrir los costos de adaptación y reducción de emisiones de los países pobres. Nada de esto representa necesariamente buenas noticias.

Para empezar, la idea de negociar un tratado con compromisos vinculantes para 2015 representa un atraso extraordinario en el tema del cambio climático. Los científicos ya nos han alertado sobre la necesidad de estabilizar la acumulación de gases de efecto invernadero (GEI) en la atmósfera. Casi existe un consenso entre los científicos sobre la necesidad de mantener un nivel de 350 partes por millón de CO2. Alcanzar ese nivel lo antes posible es considerado necesario para mantener el cambio climático global en el rango de hasta dos grados centígrados. Ya de por sí ese aumento de temperatura tendrá serias consecuencias para la agricultura mundial (en especial en los países pobres), eventos meteorológicos extremos más frecuentes, elevación en el nivel de los océanos, sequías e inundaciones más severas, deshielo de glaciares, etc.). Pero parece que permitiría evitar una catástrofe aún mayor.

Lo realmente grave es que en 2010 se alcanzó el nivel de 389 ppm y un regreso a las 350 ppm se antoja casi imposible en las condiciones actuales. Es decir, para cuando comenzó la reunión de Durban ya era tarde.

Eso no es todo. Estados Unidos, con su habitual arrogancia, ha anunciado que una de las características claves del nuevo acuerdo (para 2015) será la verificación. Aquí no se trataría de llegar a acuerdos como el de Kioto, donde el inventario nacional de emisiones de cada país era tomado como un documento fidedigno sobre la generación de gases de efecto invernadero. Nada de eso. Para Estados Unidos el nuevo acuerdo tendrá que tener un régimen de verificación para evitar que algunos países hagan trampas. Por supuesto, la arquitectura de ese sistema de verificaciones será algo complicada. Pero además, habrá que ver cómo reciben esta noticia países como Brasil, China e India, que el nuevo acuerdo buscaría incorporar. Esas negociaciones se van a poner muy difíciles. Quizás eso es precisamente lo que busca Washington.

Sobre el Fondo verde para el clima hay que decir que los 100 mil millones de dólares que contempla ese fondo serán brutalmente insuficientes para hacer frente a las necesidades de los países subdesarrollados. Pero, más allá de eso, esa cifra ni siquiera ha sido depositada o entregada. Por el momento todavía se trata de promesas. Para información detallada véase www.climatefundsupdate.org.

Por otra parte, buena parte de las negociaciones en Durban, y del acuerdo final, tienen que ver con la administración de esos recursos. Estados Unidos insistió durante la mayor parte de la conferencia que el fondo debería ser manejado por el GEF en el Banco Mundial. Esa fue una maniobra de negociación para buscar concesiones sobre otros aspectos del acuerdo. Al final se aceptó que el manejo del fondo estaría bajo una oficina en el marco de la Convención marco sobre cambio climático de las Naciones Unidas. Pero en el nuevo acuerdo de 2015 todo puede cambiar.

Como tiro de gracia, Canadá anunció un día después de la COP17 que se retiraba unilateralmente del Protocolo de Kioto. Su proyecto para explotar las arenas bituminosas de Alberta ya no tiene ningún obstáculo. Muy malas noticias en materia de cambio climático y testimonio de un colosal fracaso alrededor de la Convención marco sobre cambio climático.

Para los países más pobres del planeta, y en especial para África, el resultado de la COP17 es un insulto. Es testimonio de la arrogancia y cinismo de los países poderosos. A la codicia de Estados Unidos y Europa en África, ahora hay que sumar la de China y hasta Brasil, que ya implantan nuevos mecanismos de dominación y de saqueo de recursos. A la violencia asociada a estas incursiones, ahora hay que añadir la del cambio climático. África es el continente que más va a sufrir por el aumento de la temperatura global. La trágica ironía es que aquí es donde se terminó de hundir el régimen global sobre cambio climático.

Alejandro Nadal
La Jornada

lunes, 12 de diciembre de 2011

Monocultivos: el Norte industrial condena al Sur en desarrollo

El crecimiento económico a cualquier costo ha llevado a muchos países en desarrollo, en especial a los latinoamericanos, a concentrar su producción agrícola en una variedad limitada de cultivos, y con frecuencia a uno solo. A esto han sido forzados por la demanda de naciones industrializadas, poniendo en riesgo la soberanía y la seguridad alimentarias, según el Informe de Social Watch 2012, titulado Desarrollo sustentable: el derecho a un futuro, que se presentará el 15 de diciembre en Nueva York.

El monocultivo en vastas áreas, las explotaciones extractivas y los grandes proyectos energéticos son algunos aspectos de la prioridad que asignan los gobiernos al crecimiento económico, escribió Roberto Bissio, coordinador de Social Watch, en el prólogo del informe.

“Los biocombustibles, frecuentemente considerados ‘verdes’, son una gran causa de perturbación ambiental en Colombia, donde el apoyo gubernamental al monocultivo agroindustrial (que suministra el insumo para los biocombustibles) es la causa del desplazamiento de poblaciones enteras de campesinos de pequeña escala”, explicó Bissio,. “Sumando insulto a la injuria, esto ni siquiera es consecuencia de la demanda interna sino de las necesidades de Estados Unidos, y se subsidia con créditos de bancos multilaterales de desarrollo.”

“En Guatemala, el monocultivo es de caña de azúcar, también una gran fuente de biocombustibles, y su explotación industrial también ha conducido al desplazamiento de poblaciones, violaciones de derechos humanos y deforestación”, agregó. “El café es el culpable en Nicaragua. El país depende de su exportación, y la expansión de este cultivo está agotando la fertilidad del suelo, contaminando los recursos de agua y promoviendo la deforestación, mientras los campesinos son desplazados de sus tierras tradicionales.”

Las explicaciones del crecimiento de este modelo agrícola en gran parte del mundo en desarrollo tienen un ejemplo acabado en el informe nacional de Finlandia en esta edición del estudio mundial de Social Watch: “Hay varios ejemplos de empresas finlandesas importantes que aducen ser líderes mundiales en sustentabilidad y han establecido monocultivos a gran escala de eucaliptos (Stora Enso, UPM) y plantaciones de palma de aceite (Neste Oil) en el Sur global, los que contribuyen al desplazamiento de comunidades y la apropiación de tierras a gran escala”, indica el estudio escrito por Otto Bruun, del Service Centre for Development Cooperation Finland (KEPA).

A continuación se reproducen algunos pasajes de los aportes nacionales al Informe de Social Watch 2012 sobre las causas y consecuencias de los monocultivos:

Argentina: El reino de la soja y las oleaginosas

La agricultura es uno de los pilares principales de la economía argentina. El aumento internacional de los precios de productos del sector ha favorecido la profundización del modelo de producción agrícola a escala industrial, en el que actualmente impera el monocultivo de soja y oleaginosas. Pero en el presente se han vuelto evidentes las consecuencias negativas de ese proceso.

La agricultura es la segunda fuente en importancia de emisiones de gases de efecto invernadero después del sector industrial. Las emisiones de CO2 per capita son casi el doble del nivel promedio en la región. Además, el uso irrestricto de agroquímicos ha tenido un impacto negativo en el ambiente y en la salud de la población. El Atlas de riesgo ambiental de la niñez ha señalado que en Argentina “aproximadamente tres millones de niños viven en una situación de riesgo ambiental causada por los agroquímicos”. De acuerdo al Informe Carrasco, el glifosfato –el agroquímico más usado en el país– puede causar deformidades y es peligroso para varias especies animales y vegetales.

Mientras tanto, la producción agrícola ha extendido su frontera, invadiendo los bosques nativos. Esta invasión ha afectado a las comunidades campesinas y agrícolas, que se ven obligadas a incorporarse a esquemas de producción que contradicen sus costumbres y tradiciones, sin que exista forma alguna de consentimiento previo e informado. [Informe nacional elaborado por la Fundación Ambiente y Recursos Naturales, FARN.]

Brasil: Expandiendo la frontera agrícola

En los últimos años, Brasil ha defendido y ampliado un modelo de desarrollo que concentra los ingresos y el poder en una elite política y económica, vinculada a los grandes capitales agroindustriales y financieros. Este modelo está asentado en varias bases: la explotación agraria, especialmente de monocultivos como la soja y la caña (para la producción de azúcar y etanol) que utilizan semillas transgénicas y abusan de los agrotóxicos comercializados por empresas transnacionales. […]

En reiteradas ocasiones se ha intentado flexibilizar la legislación ambiental. La acometida contra el Código Forestal es el mejor ejemplo de la fuerza de los intereses vinculados a las explotaciones agropecuarias dentro de esta campaña de flexibilización, y de su estrategia de expansión de la frontera agrícola amazónica.

Una de las medidas que pretenden los propietarios rurales, por medio del proyecto de reforma que se tramita en la Cámara de Diputados, es la reducción de 80% a 50% de la superficie de reserva forestal que debe mantener toda propiedad rural de la Amazonia. [Informe nacional elaborado por el Instituto de Estudios Socioeconómicos, INESC.]

Colombia: Producción de biocombustibles desplaza a poblaciones enteras

En Colombia, la producción de biocombustibles ha empeorado la economía campesina, desplazado poblaciones enteras y destruido ecosistemas naturales. […] En los últimos años se ha profundizado el apoyo gubernamental a las actividades basadas en monocultivos agroindustriales por encima de la agricultura campesina de pequeña escala, ocasionando el desplazamiento de poblaciones enteras. […]

La producción de biocombustibles requiere de grandes monocultivos de azúcar, maíz, palma aceitera o soja, y esta práctica productiva erosiona el suelo y agota sus nutrientes. Además se ven comprometidos los recursos hídricos debido a la contaminación producida por los procedimientos de extracción y refinamiento, y se ve disminuida la extensión de tierra cultivable dedicada a la producción de alimentos, lo que aumenta los precios de los mismos y agrava las carencias alimenticias de los sectores más pobres de la sociedad.

El uso de la soja y el maíz para la producción de biocombustibles, por ejemplo, está afectando el precio de estos productos en el mercado de alimentos. El impulso dado por EEUU al uso del etanol ha hecho que el maíz haya superado picos históricos de precios. [Informe nacional elaborado por la Corporación Cactus, Coordinación Nacional de la Plataforma Colombiana de Derechos Humanos, Democracia y Desarrollo.]

Guatemala: Caña de azúcar arrasa con las selvas

Desde comienzos del siglo XVI, cuando fue conquistada por España, la economía de Guatemala ha estado basada en la agricultura y la explotación intensiva de la tierra a través tanto de latifundios basados en monocultivos para la exportación como desde minifundios fincados en la producción de infrasubsistencia y subsistencia. […] La industria cañera, que depreda los bosques arrasándolos para dedicar los campos al cultivo de la caña de azúcar, es un ejemplo de la insustentabilidad del modelo implementado actualmente.

Basada en el poder económico y político que ejercen sus propietarios, esta industria ha logrado incluso desviar el curso de los ríos para garantizar la irrigación de sus cultivos. Entre las consecuencias medioambientales de esa intromisión se encuentra la mayor incidencia de inundaciones en invierno y de sequías en verano, así como también la liberación de gases de efecto invernadero: “cerca de un 90-95% de la caña cultivada en más de 200.000 ha, es quemado como parte del proceso industrial. A una razón de 50 kilos de dióxido de carbono por hectárea quemada, esto genera alrededor de 9 mil toneladas de dicho gas anualmente”. […]

Esto ha llevado a la virtual desaparición de los bosques naturales: el ritmo de deforestación anual ronda las 82.000 hectáreas, lo que significaría que para 2040, de continuar esta tendencia, habrían desaparecido todos los bosques. [Informe nacional elaborado por la Coordinación de ONG y Cooperativas de Guatemala, CONGCOOP.]

Nicaragua: El café agota el suelo y contamina las aguas 
El país no accederá a un modelo de desarrollo sustentable a menos que supere el actual empobrecimiento de recursos. Los suelos están siendo sobreexplotados, los recursos pesqueros están al borde del agotamiento, la deforestación es creciente debido a la tala indiscriminada y a insustentables prácticas agropecuarias, y la dependencia del cultivo del café daña, entre otros, los recursos hídricos. […] El principal problema del país en cuanto al deterioro medioambiental es su dependencia del cultivo de café. 26% de los establecimientos agropecuarios nicaragüenses se dedican a ello, ocupando un 15% de la tierra cultivable, y 25% del área dedicada a cultivos exportables.

Según América Economía: “El Centro de Trámite de las Exportaciones de Nicaragua (Cetrex) informó que el café ha generado USD 154 millones en los primeros cinco meses de la cosecha 2010-2011 (octubre-febrero), lo que representa unos USD 85 millones más que el mismo periodo de la cosecha 2009-2010”.

El problema es que el cultivo intensivo de café es extremadamente agresivo para el medio ambiente, acarreando deforestación, pérdida de biodiversidad, contaminación agroquímica, erosión del suelo y sobre todo el agotamiento de los recursos hídricos, debido a la gran cantidad de agua utilizada en su cultivo y procesamiento. El medio ambiente nicaragüense, agredido y depredado desde hace más de un siglo por la explotación agrícola frutera, no puede soportar indefinidamente el crecimiento y expansión del cultivo cafetero si no se aplican políticas agrarias que regulen las técnicas de cultivo y permitan la recuperación del suelo. Ningún crecimiento sustentable puede esperarse de un terreno yermo y agotado. [Informe nacional elaborado por la Coordinadora Civil.]

Social Watch

Los banqueros, los dictadores de Occidente

Debido a que debo escribir desde la región que produce más frases hechas por metro cuadrado que cualquier otro tema, quizá debería hacer una pausa antes de lamentarme por toda la basura y estupideces que he leído sobre la crisis financiera mundial. Pero voy a abrir fuego. Opino que los reportes sobre el colapso han caído más bajo que nunca, al grado de que ni la información de Medio Oriente se difunde con la clara obediencia que se rinde a las mismas instituciones y a los expertos de Harvard que colaboraron para crear este desastre criminal mundial.
Iniciemos con la llamada primavera árabe, que es en sí una grotesca distorsión verbal de lo que en realidad es un despertar árabe-musulmán que está sacudiendo a Medio Oriente; y los sucios paralelismos que se establecen entre estos movimientos y las protestas sociales en las capitales occidentales. Se nos ha engañado con los reportes de los pobres y los que no tienen que han tomado una página del libro de la primavera árabe, sobre la forma en que fueron derrocados los regímenes de Egipto, Túnez y, hasta cierto punto, Libia, y de cómo esto inspiró a estadunidenses, canadienses, británicos, españoles y griegos a manifestarse masivamente. Pero todo esto es absurdo.

La verdadera comparación ha sido inventada por los periodistas occidentales, siempre ansiosos por exaltar las rebeliones contra los dictadores árabes mientras ignoran las protestas contra los gobiernos democráticos de Occidente. Siempre desesperados por sacar de contexto las manifestaciones para sugerir que simplemente se deben a una moda originada en el mundo árabe. La verdad es algo distinta.

Lo que llevó a decenas de miles de árabes a las calles, y que después se volvieron millones en las capitales de Medio Oriente, fue la demanda de dignidad y la negativa a aceptar a las dictaduras de familias locales que son, de hecho, dueñas de estos países. Los Mubarak, los Ben Alí, los Kadafi, los reyes y emires del golfo y Jordania, y los Assad, todos ellos creían tener derecho de propiedad sobre naciones enteras. Egipto pertenecía a Mubarak Inc., Túnez a Bel Alí Inc. (y a la familia Traboulsi), Libia a Kadafi Inc. Los mártires de las dictaduras murieron para constatar que sus países pertenecían a los pueblos.

Este es el verdadero paralelismo con Occidente. Ciertamente los movimientos de protesta son contra las grandes corporaciones, en una causa perfectamente justificada, y contra los gobiernos. Lo que han descubierto los manifestantes, de manera algo tardía, es que durante décadas han sido engañados por democracias fraudulentas, que votan abnegadamente por partidos políticos que, después de triunfar en las urnas, entregan el mandato democrático y el poder popular a bancos, comerciantes y agencias calificadoras, todas ellas respaldadas por un coto de negligentes y deshonestos expertos de las más costosas universidades estadunidenses y think-tanks, que mantienen la ficción de que existe una crisis globalizada, en vez de una treta masiva contra los electores.

Los bancos y agencias calificadoras se han vuelto los dictadores de Occidente. Igual que los Mubarak y los Ben Alí, los bancos creyeron –y siguen creyendo– que son dueños de sus países. Las elecciones que les han dado poder, gracias a la cobardía y complicidad de los gobiernos, se vuelven tan falsas como los comicios en los que los árabes eran obligados a participar, década tras década, para ungir como gobernantes a los propietarios de sus países.

Goldman Sachs y el Banco Real de Escocia son los Mubarak y Ben Alí de Estados Unidos y Gran Bretaña, que devoraron la riqueza de los pueblos mediante tramposas recompensas y bonos para sus jefes sin escrúpulos a una dimensión infinitamente más rapaz que la pudieron imaginar los codiciosos dictadores árabes.
No fue necesario, aunque me fue útil, ver el programa Inside Job de Charles Ferguson transmitido esta semana por la BBC para demostrarme que las agencias calificadoras y los bancos estadunidenses son intercambiables, que el personal de ambas instituciones se mueve sin trámites entre las agencias, los bancos y el gobierno de Estados Unidos. Los mismos muchachos calificadores (casi siempre varones, claro) que calificaron con triple A préstamos devaluados y sus derivados en Estados Unidos ahora atacan a zarpazos a los pueblos de Europa –mediante su venenosa influencia en los mercados– y los amenazan con disminuir o retirar las mismas calificaciones a naciones europeas, que alguna vez otorgaron a criminales, antes del colapso financiero estadunidense.

Siempre he creído que los argumentos mesurados tienden a ganar las discusiones. Pero perdónenme, ¿quiénes son estas criaturas cuyas agencias calificadoras ahora espantan más a Francia de lo que Rommel lo hizo en 1940?
¿Por qué no me lo dicen mis colegas periodistas en Wall Street? ¿Por qué la BBC, CNN y –ay, Dios– hasta Al Jazeera, tratan a estas comunidades criminales como incuestionables instituciones de poder? ¿Por qué nadie investiga, como ha comenzado a hacerlo Inside Job, estos escandalosos tratos sucios? Todo esto me recuerda la manera igualmente cobarde en que los reporteros estadunidenses cubren Medio Oriente, la forma tenebrosa en que siempre evitan hacer críticas directas a Israel, siempre bajo el poder de un ejército de cabildos pro Likud que explican a los televidentes que la labor de paz de Estados Unidos en el conflicto israelí-palestino merece nuestra confianza; y por qué los buenos son los moderados y los malos son los terroristas.

Al menos los árabes han empezado a ignorar estas tonterías. Pero cuando los que protestan contra Wall Street hagan lo mismo, se convertirán en anarquistas, terroristas sociales en las calles de Estados Unidos que exigen que los Bernanke y Gethner enfrenten un juicio como al que se ha sometido a Hosni Mubarak. Nosotros, en Occidente, hemos creado a nuestros propios dictadores, pero a diferencia de los árabes los volvimos intocables.

El primer ministro de Irlanda, Enda Kenny, informó solemnemente a sus compatriotas esta semana que ellos no son responsables de la crisis en la que se encuentran. Ellos ya lo sabían, desde luego. ¿Por qué no les dijo de quién es la culpa? ¿No va siendo hora de que él y los otros primeros ministros europeos nos lo digan, y también de que los reporteros nos lo informen?
Robert Fisk
© The Independent
Traducción: Gabriela Fonseca
La Jornada

domingo, 11 de diciembre de 2011

Crisis mundial: algunos escenarios

La crisis capitalista –cuyo curso se parece a los dientes de un serrucho– abarca todo el planeta y todos los grandes centros de la economía (Estados Unidos, Europa, Japón, China), pero no lo hace con la misma magnitud ni tiene simultaneidad, ya que, por ejemplo, China reduce su ritmo de crecimiento pero éste sigue siendo muy alto; Europa se precipita en la depresión y Estados Unidos, en cambio –como Japón–, está estancado y con grandes problemas, pero se sostiene fundamentalmente gracias al apoyo chino, que mantiene el valor de los bonos del tesoro estadunidenses que, si Pekín no los comprase, se derrumbarían.

Ahora está estallando la Europa unida que aparecía ante todos como un territorio de gobiernos e incluso de estados, pero que no era en realidad sino una unión –una banda– de banqueros, financieros y especuladores trabajando a espaldas de los pueblos del viejo continente e imponía e impone su política a las autoridades electas, muchas de las cuales están formadas por miembros de esa camarilla.

Décadas de esfuerzos de los trabajadores se hacen humo, junto con los ahorros y buena parte de los salarios reales y con las esperanzas ilusorias en un futuro de progreso y abundancia. El Banco Central Europeo (BCE) presta dinero con el uno por ciento de interés para quien quiera invertir. Pero, ¿quién va a hacerlo en países donde el consumo general se reduce drásticamente, al igual que el gasto público, debido a los nuevos impuestos, la restricción de subsidios, los despidos, los cortes en educación, asistencia social, protección del territorio, las rebajas de los salarios reales? En realidad, el BCE le da dinero a los bancos, pero éstos de lo único que se preocupan es de tratar de recuperar el máximo del dinero prestado aunque, actuando de ese modo, desangren a los países y coloquen a los gobiernos en situación de extrema debilidad política ante las inevitables protestas populares. Brasil ofrece ayudar a la Unión Europea, pero esa ayuda, además de insuficiente si no hay un cambio en la gestión capitalista de la crisis, equivaldrá a quemar dinero para calmar a los dioses. En cuanto a China, que compró bonos españoles e italianos, no puede salvar al mismo tiempo a Estados Unidos y a la Unión Europea (UE), aunque su apoyo a ésta le pudiera servir en lo inmediato para ampliar su mercado si esa entidad la reconoce como economía de mercado. Tampoco es posible seguir como hasta ahora porque nadie cumplió con las normas elementales impuestas en Maastricht, de un déficit de 3 por ciento y un endeudamiento máximo del 60 por ciento del producto interno bruto (PIB). Quedan, pues, dos opciones fundamentales: correr hacia adelante para tratar de salir de la crisis o retroceder en pánico, pero lo más ordenadamente posible, para salvar lo salvable.

En una maratónica sesión, la UE eligió por ahora la primera, y elaborará un nuevo tratado en marzo que impondrá disciplina fiscal y sanciones al país que no cumpla con las reglas. El déficit estructural permitido se limitará a 0.5 por ciento del PIB, el Banco Central Europeo administrará un fondo de emergencia de 500 mil millones de euros, a los que se sumarán otros 150 mil millones del Fondo Monetario Internacional, y las sanciones se aplicarán, salvo en el caso en que dos tercios de los países miembros se opongan a ellas.

Tras la cesión parcial de la soberanía al crear el euro, se llega ahora al control de las economías y las políticas económicas y fiscales por una entidad burocrático-financiera internacional, lo cual acaba de hecho con las soberanías nacionales. Inglaterra se agarra de esto para no participar en el nuevo tratado, con el pretexto de no perder su independencia (en realidad, para dar rienda libre a los capitales especulativos y mantener su papel de torpedo estadunidense dirigido contra la Unión Europea). Ésta estará constituida ahora por 17 países, a los cuales se sumarían quienes quisiesen (los países bálticos, más Rumania y Polonia ya lo hicieron). El resultado es una Europa de primera y otra de segunda, con una semilla francoalemana y una pulpa con diversos grados de deterioro.

¿Qué presagia esta aventura? Presenciaremos el aumento de los nacionalismos de derecha y extrema derecha. También el crecimiento paralelo de la violencia de los enfrentamientos sociales ante la evidencia de que los gobiernos capitalistas están tratando de salvar a los bancos y al capital a costa de todo lo demás. Habrá igualmente crisis políticas en cada país (Sarkozy tiene los días contados, y en Italia y España resurgirá a medio plazo una izquierda anticapitalista) y aumentos de los localismos y regionalismos como expresión deformada de la defensa de la democracia eliminada centralmente y también de la defensa de los intereses de los sectores capitalistas medios y pequeños, productivos y locales, sacrificados al gran capital. La xenofobia estará igualmente al orden del día en buena parte de Europa, y Rusia se sentirá más débil y cercada, por lo que endurecerá la dictadura de Putin y su enfrentamiento geopolítico con Estados Unidos.Tendremos así algo parecido a una mezcla entre los explosivos años 30 y el comienzo de la guerra fría después de la Segunda Guerra Mundial, con la incógnita de cuál será el efecto real de la crisis europea sobre la economía y la estabilidad social en China.

Guillermo Almeyra es miembro del Consejo Editorial de SinPermiso.
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