lunes, 14 de noviembre de 2011

Hora de despertar

¿Cómo se hace la revolución? ¿Cómo la gente se vuelve capaz de hacer la revolución y detener la fuerza destructiva de los de arriba? No lo sé. Pero hoy, en Grecia, se despliega desobediencia popular en todos lados.

Vivimos dentro de su sistema, vivimos entre ellos, pero pensamos, actuamos y respiramos como si estuviéramos más allá de su mundo cerrado. Nos sentimos más libres. Rompemos todos los días la disciplina que intentan imponer. Negamos cada minuto las nuevas reglas que nos quieren convertir en una sombra. Vivimos entre ellos y sin ellos, trabajando por la mañana y participando en marchas, protestas, asambleas en la tarde, restableciendo la confianza entre nosotros. Ellos no nos escuchan y nosotros no los queremos ver. Creamos en cada barrio pequeños grupos de apoyo para no pagar los impuestos, para reconectar la luz en las casas que no pueden pagar, para ocupar los espacios de trabajo, para reaprender a hacer las cosas a nuestra manera, para no sentirnos solos. Luchamos para liberarnos de ellos y de esta lógica con la que vivimos los últimos años, creyendo sus mentiras. Ellos siguen en el poder, siguen tomando decisiones contra nuestra existencia, siguen la violencia y los golpes, pero ya no los reconocemos. Hemos girado la cabeza hacia el otro lado, hacia nosotros mismos.

Así describe K. N. sus emociones este 28 de octubre, día de fiesta nacional en Grecia. En el desfile acostumbrado los estudiantes y los soldados pasaron frente a las autoridades levantando pañuelos negros y en vez de ver hacia ellas volvieron la cabeza al otro lado, hacia la gente. (youtube.com/watch?v=H5BAxTNhT_o)

Vivimos en situación radical. En todas partes. Necesitamos reconocerla.
Una situación radical es un despertar colectivo que emana de una condición general. No es un resultado espontáneo, una ocurrencia. Está la condición misma, lo que afecta negativamente a mucha gente. Está la evidencia de que la respuesta convencional agrava esa condición y conduce a callejones sin salida. Y está, finalmente, la ruptura. La gente desgarra los velos encubridores de la mentalidad dominante.

La situación radical que hoy vivimos emana de la condición general en que la inmensa mayoría de la población siente en riesgo su modo de vida, aunque sólo una minoría vea directamente amenazada su supervivencia. Se pierden los empleos, los haberes, las expectativas. Sólidas seguridades que eran argamasa de la vida social se desvanecen en el aire.

En una situación radical hay efervescencias y precipitaciones. La gente aprende en una semana más que en años de estudios sociales o concientización. Desconocidos que en condiciones normales no se dirigirían la palabra ni el saludo entran en animada conversación. Personas que no sólo no se conocían antes, sino que tienen ideales y proyectos políticos muy diferentes, forjan en poco tiempo consensos inesperados. Todo esto ocurre repentinamente, de un día para otro. Pero el despertar colectivo que caracteriza una situación radical requiere tiempo para madurar. Su propio tiempo. Su calendario y su geografía.

Al iniciarse el despertar colectivo, cuando la gente se despereza apenas y no acaba de salir de su sueño, puede ser presa fácil de los demagogos. Algunos militantes del Tea Party empiezan a sentirse incómodos dentro de la camisa de fuerza que impusieron a su despertar.

A veces el despertar resulta efímero. Drogas administradas por políticos hábiles restablecen el adormecimiento colectivo. Jóvenes argentinos que hace siete años proclamaron: ¡Que se vayan todos! anunciaron hace unos días su deslinde: Nosotros no somos indignados; somos felices.

En una situación radical, empero, las iniciativas autónomas tienden a predominar sobre los demagogos y los aguafiestas competentes. Se despiertan imaginaciones largamente reprimidas. Lo que era visto como normal parece ahora andar de sonámbulo. Mis sueños no caben en tus urnas, dijeron en la Plaza del Sol. La desnudez del emperador se hace de pronto evidente.

Llamados de alerta aparecen casi siempre en el origen de una situación radical. Esa función habría cumplido El Despertador Mexicano, el periódico del EZLN, cuyo ¡Basta ya! reapareció entre los okupas de Wall Street como señal de identidad. Fue un llamado reforzado en el camino con fórmulas como el ¡Estamos hasta la madre!, de Sicilia, o el ¡Indígnense!, de Kessel.

Una situación radical es un surtidor de novedades. Produce aquí y allá construcciones bien asentadas, que pueden ser destruidas, pero no corrompidas. Produce también improvisaciones fascinantes que a menudo se vuelven duraderas. Pero el cauce de la protesta que ofrece evidencia del despertar y lo contagia es impredecible, hasta en los casos, como ahora, en que resulta casi imposible permanecer dormido y el despertar empieza a tomar la forma de rebeldía.

Gustavo Esteva.
La Jornada

La democracia puesta a prueba

En lo que parece ser una nueva y peligrosa fase de la crisis, las tensiones generadas por la crisis del euro están comenzando a desestabilizar las democracias europeas. Casi dos años de dudas y divisiones, de falta de coraje y de visión política para adoptar una solución europea están cebando la desafección ciudadana, tanto hacia las democracias nacionales como hacia el propio proyecto europeo. Como hemos visto en Grecia y en Italia, la agudización de la crisis coloca a los líderes políticos entre la espada y la pared. Por un lado, temen que si adoptan nuevas y más severas medidas de austeridad sin una contrapartida en forma de planes de estímulo que garanticen un horizonte de crecimiento económico, los ciudadanos se acabarán volviendo contra ellos y, desde las urnas, las calles o los Parlamentos, llevándoselos por delante. Pero, al mismo tiempo, saben perfectamente que si se resisten a adoptar esas mismas medidas de austeridad, los mercados les penalizarán elevando su prima de riesgo y forzando una intervención exterior, lo que desencadenará su caída, o llevará a que sus socios europeos retiren el apoyo financiero que les venían prestando, lo que también provocará su caída.

En estas circunstancias, el agotamiento de la política tradicional de partidos y la sustitución de los líderes políticos por tecnócratas añaden un elemento sumamente preocupante desde el punto de vista democrático. Tanto el nuevo primer ministro griego, Lukas Papademos, como los nombres que se barajan para futuro primer ministro de Italia, Giuliano Amato o Mario Monti, economistas con destacadas carreras en bancos centrales o instituciones europeas, representan la quintaesencia del tecnócrata. El rechazo de los políticos a someter el control de sus decisiones, pasadas o futuras, a la ciudadanía, vía elecciones anticipadas o referendos, apunta a que estos están bajando los brazos frente a los mercados, que no confían en su capacidad de resolver la crisis y, sobre todo, que sospechan que su legitimidad está agotada. Así, en lugar de asumir su responsabilidad, se apartan a un lado y llaman a técnicos que (supuestamente) carecen de ideología y que (también supuestamente) conocen las soluciones que sacarán a los países de la crisis.

El paso encierra un peligro evidente, pues supone confiar la responsabilidad de gobernar un país que se enfrenta a una grave crisis económica, con graves e inevitables repercusiones sociales, a alguien que no deriva su legitimidad de las urnas, sino de la confianza que en él depositan los mercados y las instituciones internacionales. El problema es que, tanto en el ámbito europeo como en el ámbito nacional, los tecnócratas solo se legitiman si son capaces de obtener resultados positivos de forma relativamente rápida. Dicho de otra manera: la ciudadanía puede estar dispuesta a aceptar temporalmente y como mal menor una forma benigna de despotismo ilustrado (“todo para el pueblo, pero sin el pueblo”), pero si los tecnócratas suman su fracaso al de los políticos de partido, las sociedades tendrán la tentación de recurrir al populismo (de izquierdas o de derechas), expresado en hombres-fuertes que no se paren en procedimientos ni detalles democráticos.

El deterioro de la democracia y la amenaza del populismo no solo penden sobre algunas democracias deudoras del sur de Europa. Mientras que en los países deudores una gran parte de la ciudadanía se rebela contra la imposición desde el exterior de medidas de austeridad, simétricamente, en los países acreedores (Alemania, Austria, Eslovaquia, Finlandia y Países Bajos), otra gran parte de la ciudadanía se rebela contra el empeño de sus líderes en seguir financiando los planes de salvamento de los países que sufren de iliquidez o insolvencia o, muy especialmente, contra cualquier solución que implique una nueva transferencia de poder y recursos hacia la Unión Europea.

En muchos de estos países ya hay partidos muy influyentes cuya agenda antieuropea tiene cada vez más apoyo popular, así que no hay que extrañarse de que muchos políticos de esos países se debatan entre ignorar esas demandas ciudadanas, lo que les puede costar el cargo, o seguir alimentado los planes de rescate a los países del Sur, lo que también les puede costar el cargo. Las lágrimas de la primera ministra eslovaca, Iveca Radicova, en el último Consejo Europeo, abroncada por Sarkozy por resistirse a firmar el plan de rescate para Grecia, consciente de que su aprobación suponía el fin de su carrera política y la salida de su partido del Gobierno, son muy reveladores de hasta qué punto la crisis europea se ha convertido en un factor desestabilizador de la política nacional. E incluso en Reino Unido, que no es miembro del euro, se teme que las presiones hacia una mayor unión política y económica que está desencadenando la crisis del euro se resuelvan en sentido contrario, es decir, haciendo imposible evitar un referéndum sobre la salida de Reino Unido de la Unión Europea, un referéndum que, con toda legitimidad democrática, muchos ciudadanos reclaman en nombre de su derecho a decidir sobre sí mismos y el futuro de su país, y que consideran que se les está hurtando en nombre de unas élites que saben lo que les conviene mejor que ellos.

Por tanto, la crisis está cebando el populismo y la desafección en dos direcciones: los ciudadanos de los países acreedores temen verse arrastrados a una “unión de transferencias” con los ciudadanos de los países deudores, mientras que los ciudadanos de los países deudores recelan cada vez más de unos acreedores a los que simplemente ven como policías de la austeridad sin un proyecto político alternativo que compense la erosión de su democracia. Se trata de un círculo vicioso que se retroalimenta y que tiene importantes y evidentes consecuencias sobre el futuro de la democracia y, en paralelo, del proyecto europeo.

El sentido último de la democracia es que el pueblo se gobierne a sí mismo. Por eso, aunque un gran número de ciudadanos no entiendan al detalle las causas, consecuencias y posibles soluciones de las crisis del euro, sí que tienen clara una cosa: si democracia significa capacidad de decidir, la capacidad de decisión de nuestras democracias es hoy sumamente limitada. El debate habido en España el lunes pasado entre los dos candidatos a la Presidencia del Gobierno ofrece una prueba muy evidente del dilema en el que viven atrapados los políticos nacionales en toda Europa: en la práctica, saben perfectamente que las soluciones a la crisis están fuera de nuestras fronteras. Si se crea empleo en España o se restaura el crédito a las empresas depende, entre otras cosas, del tipo de medidas que adopte el Banco Central Europeo, de los acuerdos a los que lleguemos con Alemania y otros para estimular la demanda, de si orientamos el presupuesto europeo hacia las grandes inversiones, o de si creamos impuestos sobre las transacciones financieras y las emisiones de carbono. Pero, lógicamente, para ganar el voto de sus ciudadanos, tienen que hacer creer que la solución de la crisis está en sus manos y que incluso tienen margen de maniobra para elegir qué cantidad de austeridad aplican y en qué plazos: de ahí que emplearan tan poco tiempo hablando de cómo construir una Europa que dé soluciones efectivas y duraderas a la crisis.

Al tiempo que la democracia (como capacidad de autogobernarse) se evapora del nivel nacional, no aparece por ningún lado y, especialmente, no reaparece donde debiera hacerlo: en el ámbito europeo. Más bien al contrario, en lugar de reforzar la democracia en el ámbito europeo, la crisis está sirviendo para reforzar la tecnocracia en ambos niveles: en el nacional, poniendo al mando a tecnócratas con amplia experiencia europea, y en el europeo, reforzando la capacidad de los tecnócratas, desde el Banco Central o la Comisión Europea, para supervisar a los Gobiernos de la Unión.

Como ponen de manifiesto las recientes propuestas del presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durão Barroso, de reconfigurar las competencias del comisario de Asuntos Económicos y Monetarios, el finlandés Olli Rehn, para blindarlo frente a las presiones de otros comisarios (al parecer excesivamente sensibles a los Gobiernos de sus países de origen) y darle nuevos poderes de intervenir en la gestión económica y presupuestaria de los Estados miembros, la crisis del euro está suponiendo la expropiación implícita y por la puerta de atrás de esa capacidad de decisión en la que consiste la democracia, todo ello sin debate ni análisis sobre las consecuencias. Que el siempre excesivamente prudente Barroso y su comisario Rehn se permitieran pedir en público un Gobierno de concentración nacional en Grecia sin reparar en que hasta los muy desprestigiados ciudadanos griegos tienen todavía derecho a un mínimo de dignidad democrática, refleja muy bien hasta dónde han llegado las cosas: a los ojos de muchos, esta Europa de la austeridad donde un portugués y un finlandés no respaldados por las urnas pueden sugerir quién debe gobernar un país se parece sospechosamente al Fondo Monetario Internacional que campeaba por América Latina en los años ochenta imponiendo planes de ajuste sin rendir cuentas ante nadie.

Resulta pues evidente que la crisis del euro y la crisis de las democracias están íntimamente relacionadas, y no podrán ser resueltas la una sin la otra. Aunque la crisis actual se desencadena por el choque financiero que supuso la caída de Lehman Brothers en 2008, la crisis del euro se origina en un doble error de diseño. Fueron muchos los que dijeron entonces que, además de los desequilibrios en el sector público, había que supervisar los desequilibrios en el sector financiero, y controlar la pérdida de competitividad y el deterioro de las balanzas comerciales de los Estados. Pero en tiempos de bonanza, esos errores de diseño, económico y político, fueron ignorados, porque no hay nada más legítimo que lo que funciona bien. El caso es que, desde el punto de vista económico, el euro se lanzó sin estar respaldado por un Tesoro europeo y una política fiscal común. Y en paralelo, la unión económica y monetaria nació sin un sistema político que gozara de la suficiente legitimidad para respaldarla.

La preocupación por la democracia en el ámbito europeo, que emergió tras la rebelión ciudadana contra el proyecto europeo puesta de manifiesto en el rechazo a la Constitución Europea en Francia y los Países Bajos en 2005, y por el auge del euroescepticismo, puesto de manifiesto en las elecciones europeas de 2009, fue dejada en un segundo plano y apartada como algo incómodo. El problema es que, al igual que la bonanza en la que han vivido muchos países europeos, incluido España, durante la última década, tiene que ver con esos errores de diseño del euro, que inundó de dinero barato muchas economías y alimentó los desequilibrios; la recesión en la que nos adentramos ahora también tiene que ver con el diseño de la unión monetaria, con un Banco Central Europeo centrado en la inflación, y no en el crecimiento y el empleo, y sin más capacidad que la de parchear la crisis, pero no de solucionarla definitivamente.

En una Unión Europea boyante, la preocupación democrática era más bien de carácter estético. Pero cuando los errores de diseño en la unión económica y monetaria comienzan a afectar decisivamente la vida diaria y horizontes de futuro de decenas de millones de personas, socavar su capacidad de autogobierno y deteriorar la calidad de la democracia, esa preocupación por cómo se gobierna Europa tiene que volver al centro del debate político.

Nos encontramos ante una situación inédita en la historia de la democracia. Históricamente, la democracia solo ha existido en dos niveles: la polis griega y el Estado-nación. Como sabemos, no hubo transición de una a otra ni coexistencia entre ambas formas: una desapareció y la otra emergió siglos después. A lo que estamos asistiendo ahora es a la difícil coexistencia de la democracia en el ámbito nacional con la emergencia, en el ámbito europeo, de un nuevo centro de poder, una nueva pauta de toma de decisiones que afecta al núcleo central de la democracia. El problema es que al igual que los mecanismos que hicieron funcionar la democracia en la ciudad-Estado no sirvieron para gobernar los Estados-nación, las actuales democracias representativas se están mostrando incapaces de gestionar eficaz y democráticamente ese sistema que está emergiendo en el ámbito europeo.

El gran logro de Europa, su verdadero patrimonio, es haber logrado construir sociedades abiertas regidas por Gobiernos al servicio de los ciudadanos y sometidos a reglas democráticas. Por definición, toda regla es imperfecta, ya que está diseñada por humanos falibles que actúan con un conocimiento limitado e imperfecto de una realidad cambiante, así que esas reglas se han construido trabajosamente, mediante ensayo y error. Ahora, el mantenimiento del carácter esencialmente democrático de nuestras sociedades depende de qué reglas del juego nos dotemos en el nivel europeo para resolver esta crisis.

Esas reglas pueden profundizar la democracia europea o profundizar el deterioro de la democracia en el ámbito nacional. Por eso, en último extremo, esta crisis es política, y sus soluciones son políticas no técnicas, y no deben ser gestionadas por tecnócratas, ni en los Estados, ni en Europa, sino por los ciudadanos y sus representantes legítimos.
 
José Ignacio Torreblanca
El País

domingo, 13 de noviembre de 2011

Máscaras

La crisis financiera del 2008 dejó al descubierto un profundo problema en la gobernanza global. Si bien no fue la primera crisis del sistema financiero global (ni parece ser la última), el hecho de haber tenido su epicentro en los Estados Unidos puso en evidencia, mejor que ninguna de las crisis previas, que el motivo de la misma se encontraba en la ausencia de mecanismos capaces de controlar y regular a los mercados financieros globales.

Tampoco la respuesta fue la misma que en las crisis financieras precedentes. En este caso, los gobiernos no recurrieron a soluciones unilaterales, como sucedió en la crisis del ’30, ni tampoco se refugiaron en las organizaciones multilaterales preexistentes, como el FMI. Por el contrario, la solución a la crisis de 2008 fue una respuesta coordinada y negociada entre los principales líderes globales, que escogieron al llamado Grupo de los Veinte (G-20) como el foro de construcción de dicho consenso. En este grupo no sólo estarían representadas las principales potencias industrializadas sino también un grupo de países en desarrollo, considerados como las economías emergentes.

El G-20 introdujo importantes cambios a los grupos o cumbres preexistentes, como el llamado Grupo de los 7. En términos de eficacia decisional, este nuevo foro de discusión avanzó en la identificación de una agenda de trabajo común y novedosa, la de regular a los mercados globales. De la misma manera, mejoró su legitimidad democrática, al incluir a los países en desarrollo en una mesa de discusión global que hasta entonces estaba reducida a las potencias industriales.

En este sentido, el G-20 refleja mejor que cualquier otra cumbre una nueva forma de multilateralismo y de gobernanza global. Mientras en el pasado los consensos se construían en instituciones internacionales a través del voto de las mayorías y de la creación de normas de cumplimiento para los Estados con poder más o menos vinculantes, hoy en día, se asiste a un mayor protagonismo de los ejecutivos nacionales, los cuales se reúnen en foros ad hoc, para discutir e intercambiar opiniones sobre cómo alcanzar los bienes públicos globales, a los que los gobiernos se comprometen de manera voluntaria y personal por formar parte del grupo.

Sin embargo, los avances dados por el G-20 en términos de eficacia y legitimidad no han sido lineales ni persistentes. La agenda de trabajo inicial fue perdiendo protagonismo en favor de las soluciones a la coyuntura o de la dicotomía desarrollo/subdesarrollo, lo que vuelve a dejar fuera de la discusión a los mercados globales. En términos de inclusión, la participación de los nuevos países y organizaciones internacionales de corte social (como la OIT o el PNUD) demostró que la participación no necesariamente se refleja en influencia. Las principales decisiones siguen en manos de aquellos gobiernos que, como los del G-7, tienen una mayor práctica en la negociación y en las instituciones financieras, que manejan y controlan las estadísticas económicas globales. Algunas de las críticas que pesan sobre el G-20 –su efectividad y su elitismo– no tienen una solución sencilla. Mejorar la gobernanza interna de una institución global encierra en sí mismo un profundo dilema: si se amplía el numero de participantes, se disminuye la posibilidad de alcanzar acuerdos; y si se busca la efectividad decisoria, se pierde la legitimidad democrática.

Para superar este dilema, hay al menos dos caminos posibles: redireccionar su agenda hacia los temas fundacionales; y aumentar la voz de las regiones que están subrepresentadas, como África. En ambas direcciones, América latina tiene mucho para aportar y obtener. Entre los puntos a favor, la región tiene una importante presencia en el G-20 a través de la presencia de tres países: Argentina, Brasil y México. También tiene, a diferencia de otras regiones, una amplia experiencia y vivencia de los problemas y crisis que desataron las políticas de desregulación financiera y ajuste estructural en la región durante los años noventa. Esto le permite individualizar, mejor que otros países, los cambios y soluciones que resulta necesario introducir en la gobernanza global para promover de manera coordinada un control sobre el sistema financiero global y así evitar nuevas crisis. Por último, la región también goza de una prolífica actividad regional, en la que sobresale la creación de nuevas instituciones regionales que, como Unasur, Mercosur, CAF, CAN o ALBA, abren oportunidades a los países para compartir necesidades, vivencias y visiones; y a través de ellas fortalecer su capacidad de coordinación y propuesta en foros multilaterales, como el G-20.

Sin embargo, esta situación está aún en un estadio embrionario. Este proceso de aunar y coordinar las voces regionales en el ámbito multilateral no está exento de escollos. Algunos de ellos remiten a factores estructurales, como la división cada vez más tajante entre dos Américas latinas: América Central y América del Sur, cada una de ellas con un perfil productivo y problemático bien diferenciados. A estos problemas estructurales se suman otros vinculados con la agencia y con la percepción de los funcionarios que participan en este foro, priorizando su agenda o representación individual por sobre la regional. En la mayoría de los casos, aunque por distintas razones, los funcionarios manifiestan escaso interés en el G-20, por considerarlo secundario o perjudicial. El primer caso es el de Brasil, que para alcanzar mayor visibilidad global menosprecia su liderazgo en la región y prioriza sus alianzas con sus contrapartes del Brics. El segundo caso es el de la Argentina, en donde prevalece la idea de que su participación en un foro global supone una actitud, consciente o inconscientemente, defensiva, en la que las obligaciones de cumplir con los compromisos son mayores que las oportunidades y ventajas que tienen aquellos que marcan la agenda

Mercedes Botto es investigadora de Flacso, Conicet.
Página/12
 

martes, 8 de noviembre de 2011

Informe sobre Desarrollo Humano 2011: ONU advierte de que el deterioro del medio ambiente pone en peligro a los más pobres

El deterioro del medio ambiente pone en peligro los avances mundiales a favor de los más pobres, según se desprende del Informe sobre Desarrollo Humano de 2011, elaborado y publicado este miércoles por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

Precisamente, la administradora del PNUD, Helen Clark, ha sido la encargada de presentar dicho trabajo este miércoles en Copenhague (Dinamarca), acompañada de la primera ministra del país, Helle Thorning-Schmidt, cuyo gobierno se ha comprometido a reducir las emisiones de dióxido de carbono en 40 por ciento en los próximos diez años.

Este trabajo muestra así los vínculos entre la desigualdad de género e ingresos y el deterioro del medio ambiente, al mismo tiempo que indica que los avances en los países más pobres del mundo podrían frenarse o retroceder si no se toman medidas decididas para frenar el cambio climático, evitar la degradación medioambiental y reducir las profundas desigualdades entre las naciones y al interior de ellas.

El informe, titulado 'Sostenibilidad y equidad: Un mejor futuro para todos', señala a su vez que para conseguir la sostenibilidad medioambiental de manera "más justa y eficaz" es necesario abordar las desigualdades en acceso a la salud, la educación, los ingresos y por razón de género, en conjunto con las medidas que se aplican en todo el mundo para impulsar la producción de energía y la protección de los ecosistemas. 

En esta línea, apunta que, mientras la comunidad internacional se prepara para la histórica Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible, que se celebrará en junio de 2012 en Río de Janeiro (Brasil), el informe subraya que, en el fondo, la sostenibilidad es básicamente un tema de justicia social, tanto para la actual generación como para las venideras.

"La sostenibilidad no es sólo, ni en primera instancia, un tema ambiental, como se argumenta tan convincentemente en este informe. Se trata, sobre todo, de la forma en que elegimos vivir nuestra vida, conscientes de que todo lo que hacemos tiene consecuencias para los 7.000 millones de habitantes del planeta, así como para los miles de millones que vendrán en los próximos siglos", dice Clark en el prólogo.

INDICE DE DESARROLLO HUMANO

Desde 1990, el PNUD ha encargado cada año la elaboración independiente de los Informes sobre Desarrollo Humano. En esa ocasión también se dio a conocer el 'Índice de Desarrollo Humano' (IDH), una medida compuesta de la situación de los países en materia de salud, educación e ingresos. 

Este indicador cuestionó por primera vez las medidas del crecimiento nacional que se basan exclusivamente en criterios económicos y con ella, la institución hizo un llamado a medir periódicamente los avances mundiales en la calidad de vida de las personas.

Entre 1970 y 2010, las naciones que se ubicaban en el 25 por ciento inferior de la clasificación de países avanzaron en la escala del IDH en un notorio 82 por ciento, es decir, duplicaron el promedio mundial. El informe destaca que si en los próximos 40 años se mantuviera el ritmo de avance de las cuatro décadas anteriores, la gran mayoría de los países alcanzaría en 2050 un nivel de IDH igual o mejor del que disfrutan hoy los países que se ubican en el 25 por ciento superior de la clasificación. 

Según apunta, esto supone un "adelanto extraordinario" en el desarrollo humano mundial en menos de un siglo. Sin embargo, advierte de que la creciente amenaza al medio ambiente mundial podría frenar abruptamente estas tendencias positivas hacia la mitad de este siglo.

 Por ello, reitera que las personas que viven en los países más pobres corren un "riesgo desproporcionado" de sufrir por las catástrofes relacionadas con el clima, como sequías e inundaciones, así como por la exposición a la contaminación del aire y del agua.
 
 Fuente: Europa Press

Informe PNUD: Sostenibilidad y Equidad: Un mejor futuro para todos

lunes, 7 de noviembre de 2011

Los esclavos del siglo XXI

Los esclavos del siglo XXI, los migrantes irregulares, indocumentados o ilegales, según se les quiera o acostumbre llamar, han empezado a despertar, a salir sus escondrijos, a dejarse ver, a protestar. Se trata de un sector de la sociedad contemporánea, ya caracterizado por el viejo Marx como un ejército industrial de reserva, pero al que nunca se le concedió potencial revolucionario, no formaban parte de la clase obrera predestinada a la vanguardia de la lucha social.
 
Propiamente son un ejército laboral de reserva, no sólo industrial, ya que están dispuestos y esperando la oportunidad para laborar en cualquier sector del mercado secundario de trabajo: agricultura, servicios, manufactura, trabajos manuales y eventuales, servicios particulares y domésticos. Todo aquello que los nativos no quieren hacer y donde siempre hay alguien de fuera dispuesto a hacerlo.

En el lugar de destino los migrantes aceptan todo tipo de trabajos y condiciones laborales incluso aquellas labores que no estarían dispuestos a hacer en su lugar de origen. La explicación de esta aparente paradoja la develó Michael Piore en su famoso libro Birds of passage. Piore afirma que el salario tiene dos componentes: uno económico y otro social.

El componente social tiene que ver con el estatus y el prestigio. Un salario debe ser adecuado al rango jerárquico que se ocupa y proporcionar un prestigio acorde a éste. Ganar 50 mil pesos no sólo otorga muchas oportunidades de gastar y consumir, sino que también hace referencia al cargo, al rango que se desempeña, lo que otorga prestigio en el medio social y el entorno laboral.

Pero en el lugar de destino del migrante el salario pierde su componente social. Un migrante puede dedicarse a limpiar baños en Alemania, pero gana 10 euros la hora. El elemento de estatus y prestigio no entra en juego porque su mundo de relaciones, donde importa el prestigio, está en otro lugar. Sus compañeros migrantes están, más o menos, en las mismas condiciones. Pero en su población de origen lo que se valora y lo que da prestigio, es que gana mucho dinero y se está construyendo una casa.

El estatus y el prestigio otorgan visibilidad y poder, precisamente lo que no tiene el migrante irregular y tampoco le interesa obtener. Los trabajos de los migrantes son poco visibles y poco relevantes. Los trabajadores agrícolas viven y trabajan en las afueras, los de limpieza trabajan de noche, los de la manufactura están en los centros industriales, los cocineros y lavaplatos están en la cocina al igual que las empleadas domésticas.

La condición de irregularidad provoca que tiendan a esconderse a ser menos visibles. Su exposición los hace vulnerables y mientras más escondidos están, mejor. En realidad muchos migrantes viven en un mundo totalmente cerrado, donde sólo hablan entre ellos, van a los mismos parques, se reúnen en los mismos lugares.

Pero todo tiene un límite. Porque la falta de visibilidad los protege pero al mismo tiempo los deja expuestos a la sobreexplotación. Es el caso reciente de una empleada doméstica en Ginebra, que trabajaba para un funcionario de Arabia Saudita, que sólo recibía 200 euros mensuales y trabajaba todo el día. Finalmente huyó, demandó al empleador y puso al descubierto una trama muy tenebrosa el creciente mercado de trabajo mundial de trabajadoras domésticas.

Pero las cosas han cambiado ya no está vigente el mismo patrón migratorio. Ya no se trata de hombres o mujeres solos, sino de familias, de grupos más amplios, con asociaciones, clubes y múltiples actividades comunitarias. Las familias mixtas donde conviven un padre que tiene documentos, con su esposa que es irregular y sus hijos que unos son mexicanos y otros americanos no pueden vivir aparte, no pueden esconderse. Hay que ir a la escuela, vacunar a los niños, salir al parque, ir a fiestas infantiles, etc.

De igual modo el migrante solitario. Es posible que viva recluido un par de años, pero luego tiene que salir del encierro y exponerse, tratar de sacar una licencia de manejo, de buscar nuevas oportunidades. En la actualidad los jornaleros urbanos o esquineros, que representan al escalón más bajo de la escala laboral, están expuestos a la vista de todos, demandan trabajo en determinadas calles o esquinas. Se les ha acusado de obstruir el tráfico, de dar una mala imagen, pero siguen, buscando día a día unas horas de trabajo, porque tener un contrato de 40 horas, en estos tiempos, parece ser un lujo.

En realidad se ha dado un cambio radical en el patrón migratorio. Antes nos referíamos a los trabajadores migrantes indocumentados. Hoy en día hay que hablar de los trabajadores residentes indocumentados. Ya no son migrantes, de los que van y vienen, de los de antes que llamábamos circulares, ahora son inmigrantes establecidos.

Paradójicamente esta fue una consecuencia directa de la política migratoria de control fronterizo. Resultaba tan caro y riesgoso cruzar la frontera que la gente empezó a quedarse y el retorno se volvió indefinido. Hay migrantes indocumentados que han vivido 25 años en Estados Unidos, desde 1986 cuando se promulgó la amnistía. Una deportación en estas condiciones no es ni justa ni deseable. Es un desastre familiar y humanitario.

Pero nada se ha logrado, no se abren las ventanas de oportunidad que se suponía debían abrirse en el Congreso, ni siquiera se acepta el tema para empezar a debatir. Por el contrario, la reforma migratoria avanza día a día: en la frontera con más muros y más control militar, en el interior con mayor persecución y legislaciones coercitivas.

Ya no se lucha contra una ley como la HB 4437 del senador Sesembrenner, que en 2006 concitó la respuesta de millones de ciudadanos. Ahora se ha fraccionado la lucha y se ha declarado una guerra de baja intensidad en contra de los inmigrantes. En Alabama sólo se oye un débil, un quejumbroso murmullo de respuesta.

Jorge Durand
La Jornada

jueves, 3 de noviembre de 2011

G20, un fiasco anunciado

¿Cuales son, en este contexto de crisis global, las apuestas del G20 de Cannes bajo la presidencia francesa?
En este momento se está produciendo una profundización de la crisis especialmente en los países industrializados. La Unión europea constituye el epicentro de la crisis. Los dirigentes europeos no logran concretar una solución a la crisis de los bancos privados. El acuerdo alcanzado en la madrugada del 27 de octubre de 2011 no aporta ninguna solución a la zona euro respecto a la cuestión de la crisis bancaria, de la deuda pública soberana o del euro. 

Los gobiernos de los llamados países emergentes — Brasil, India, China, Rusia— querrían beneficiarse de la situación para conseguir más espacio en las instituciones internacionales como el FMI y el Banco Mundial. Pero el G20 es una institución ilegítima. En 2008 fue puesto en marcha por los países del G7 —un club también totalmente ilegítimo formado por Estados Unidos, Alemania, Gran Bretaña, Francia, Italia, Japón y Canadá—. Éstos querían convencer a los países emergentes para que ayudaran en encontrar una solución a la crisis, que no lograron. Esta reunión del G20 es la primera reunión internacional después del enorme éxito de la movilización de los Indignados/das del 15 de octubre de 2011. Aunque no tuvo mucho eco en Francia, el 15O movilizó a un millón de manifestantes en todo el mundo, principalmente en España, Italia y Portugal, sin olvidar Wall Street. 

Es, por lo tanto, una cita importante para los activistas que militan contra la globalización liberal. El día 1ro de Noviembre 2011, 6000 activistas manifestaron en las calles de Niza contra el G20 que se reúne los días 3 y 4. Es fundamental movilizar al mismo tiempo en la calle y durante el Foro de los Pueblos en Malí, [1] para así poder expresar nuestra oposición a la orientación determinada por aquellos que pretenden dirigir el planeta.

¿Por qué la crisis europea se ha convertido en un problema global? ¿Qué papel tuvieron Estados Unidos y los países emergentes en esta cuestión?
La gran desaceleración económica que afecta Europa o la quiebra de instituciones bancarias como Dexia pueden tener un efecto bumerang sobre el resto de la economía mundial: por una parte, un efecto dominó sobre las instituciones bancarias o financieras en Estados Unidos, y por otra, una contracción de China y de otros países que exportan sus productos a Europa. 

Los países de la zona europea, y en particular los del euro, están en el núcleo de la crisis mundial actual y la evolución de la situación en los próximos meses impactará sobre el conjunto de la economía mundial. 

Estados Unidos está muy preocupado por el efecto bumerang de las quiebras bancarias europeas sobre las instituciones financieras estadounidenses, por la fuerte interconexión existente entre ambos lados del Atlántico. Sus preocupaciones no son estrictamente políticas, en principio son económicas.

¿Qué campañas de convergencia se están organizando en Europa con respecto a las deudas públicas? ¿Qué papel tiene la campaña realizada en Grecia?
En toda Europa, el reembolso de la deuda es el pretexto para reforzar las políticas de austeridad. Llueven mazazos sobre los trabajadores y la mayoría de la población. El avance en la constitución de una campaña europea para la suspensión del pago de la deuda y para la realización de una auditoría ciudadana es el paso que se debe dar en las semanas y meses que vienen. Grecia comenzó el proceso en mayo de 2011 mediante la constitución de una comisión ciudadana de auditoría de la deuda griega. Esta idea arraigó en Irlanda y Francia, en la que un comité ciudadano para la auditoría de la deuda acaba de constituirse. Próximamente, la misma iniciativa se desarrollará en Portugal, , España, Bélgica e Italia. 

Por lo tanto hay una posibilidad real y concreta de reunir a fuerzas sociales que cuestionan el orden neoliberal y, más allá, el sistema capitalista; reunirlas en torno a un tema unificador. Si se consigue la suspensión del pago de la deuda en varios países mediante la movilización en la calle, esto cambiará radicalmente la relación de fuerzas a favor de la mayoría social. Vale la pena comprometerse en esta lucha. 

Declaraciones recogidas por Flavio Ferri y Gilles Pagaille.
Publicadas por el semanario Tout est à nous, nº 121, del 27 de octubre de 2011.
http://www.npa2009.org/content/%C3%A0-nice-face-au-g20%E2%80%89 


[1] Décima edición del Foro de los Pueblos «De Siby a Niono, los pueblos exigen la autodeterminación», que será una contracumbre africana al G20, en Niono, Malí, del 31 de octubre al 3 de noviembre de 2011. Eric Toussaint
Rebelión

miércoles, 2 de noviembre de 2011

La crisis mundial del empleo

El panorama mundial del empleo es terrible. El desempleo afecta a más de 200 millones de personas, y continúa aumentando. La tasa actual del crecimiento del empleo, a uno por ciento o menos anual, no permitirá que se restablezcan los 30 millones puestos de trabajo perdidos desde que comenzó la crisis, en 2008.
 
Sin embargo, los números del desempleo son sólo parte de la historia. Millones de trabajadores tienen trabajos sólo de tiempo parcial porque carecen de una alternativa mejor. Aun antes de la crisis, la mitad del empleo fuera de la agricultura estaba en la economía informal, y dos de cada cinco trabajadores en el mundo vivían por debajo del umbral de la pobreza de dos dólares al día por persona.

El desempleo juvenil afecta a casi 80 millones de personas, con una tasa dos o tres veces superior a la de los adultos.

El desempleo y la desigualdad de los ingresos son denominador común de protestas que se multiplican en diferentes partes del mundo. Además, millones de personas tienen trabajo, pero carecen de elementos básicos: derechos, protección social y voz. En 25 países se han realizado protestas relacionadas con el empleo.

La situación podría empeorar. Con la desaceleración de la economía, desde mediados de 2011 estamos al borde de una recesión mundial del empleo que podría durar una década. Las consecuencias sociales y políticas podrían ser catastróficas.

Cuando los líderes del G-20 se reúnan esta semana en Cannes, su mayor desafío será mantenerse en contacto con sus ciudadanos y responder al creciente descontento mundial. Ellos se esforzarán por calmar los mercados financieros y asegurar que primero la zona euro, luego Estados Unidos y finalmente Japón resolverán su crisis de deuda soberana. Es urgente apagar los incendios financieros. Sin embargo, para conservar la legitimidad política el G-20 deberá enfrentar con el mismo vigor la tragedia de los millones de desempleados y de trabajadores precarios que están pagando el precio de una crisis de la cual no son responsables.

Los líderes del G-20 pueden dirigir sus esfuerzos de recuperación económica mundial hacia el camino del trabajo decente basándose en sólidas asociaciones público/privadas. Esto se traduce en cuatro medidas concretas que han demostrado su eficacia.

En primer lugar, aumentar las inversiones en infraestructura generadoras de empleo desde el actual 5-6 por ciento del PIB a 8-10 por ciento en los próximos cinco años. China e Indonesia han demostrado que esas inversiones son cruciales para mantener el empleo durante una desaceleración.

En segundo lugar, garantizar que pequeñas y medianas empresas, la principal fuente de creación de empleo, tengan acceso al financiamiento bancario y a sistemas de apoyo a la gestión, y que los créditos otorgados a las Pymes crezcan. Eso han hecho Brasil y México.

En tercer lugar, concentrarse en el empleo para los jóvenes, a través de pasantías, y servicios de orientación y formación empresarial, a fin de facilitar la transición de la escuela al trabajo. Los países que han seguido esta ruta, como Alemania, Australia y Singapur, tienen tasas de desempleo juvenil más bajas.

Finalmente, establecer pisos de protección social en los países con baja cobertura. Puede realizarse con un costo de entre uno y dos por ciento del PIB, dependiendo del país. Los esquemas de protección social financiados con dinero público en Argentina, Brasil, India, México y Sudáfrica están ayudando a millones de personas a salir de la pobreza.

Si los países se concentran en estas prioridades al mismo tiempo que elaboran planes creíbles y socialmente responsables para financiar la deuda soberana y consolidar las finanzas públicas, la recuperación será más sólida. La meta es impulsar la tasa mundial de crecimiento del empleo a 1.3 por ciento, recuperando así para 2015 la tasa de empleo de la población en edad de trabajar de antes de la crisis.

El mundo enfrenta un urgente desafío de igualdad. La percepción de que algunos bancos son demasiado grandes para fracasar y algunas personas son demasiado pequeñas para ser tomadas en cuenta, y que los intereses financieros predominan sobre la cohesión social, socavan la confianza de las personas.

La OIT apremia a los líderes del G-20 en Cannes a colocar la economía real al mando de la economía mundial; a orientar el sector financiero hacia inversiones productivas a largo plazo en empresas sostenibles; a ratificar y aplicar las ocho normas fundamentales del trabajo, y a promover el empleo, la protección social y los derechos básicos en el trabajo con la misma diligencia aplicada para controlar la inflación y equilibrar las finanzas públicas.

Esto permitirá sentar las bases de una nueva era de justicia social.

Juan Somavía . Director general de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
La Jornada
http://www.jornada.unam.mx/2011/11/01/opinion/021a2pol