miércoles, 14 de octubre de 2009

El hambre y los intereses

El hambre no es un negocio que a veces sale bien y otras sale mal. Es la violación de un derecho, del Derecho a la Alimentación.

El próximo 16 de octubre llegamos a una de esas fechas señaladas desde las Naciones Unidas –el día Mundial de la Alimentación– que este año se presenta con un dato, mejor dicho, con una bofetada escandalosa: 1.020 millones de personas en el mundo sufren hambre y desnutrición. Más que nunca. Coincidiendo con la fecha aparecerán nuevos informes acompañados de recomendaciones y algunas promesas. “Oficialmente” se explicará el incremento de la cifra en 100 millones por la crisis financiera que hizo bajar las donaciones a los países más necesitados y por las condiciones climáticas cada vez más duras. Otros estamentos irán más allá y añadirán que estos niveles de pobreza tan graves son consecuencia de una falta de voluntad política, de un desentenderse de la situación. Pero no, digo yo que no, que todo lo contrario, que es claramente una realidad provocada por una voluntad política de mantener un mundo por encima de otro. De sostener un mundo aplastando los recursos de otros. Ahí están, como novedad en los análisis de este año, la especulación con los precios de los alimentos y la adquisición de tierras de cultivos alimenticios para otros usos, dos atropellos que argumentan mi postura.

La crisis alimentaria iniciada en 2007 pareció despertar la preocupación de los estamentos internacionales y algunas iniciativas para afrontar la gobernanza de la alimentación y la agricultura a nivel global han aparecido en escena. Existe consenso en cuanto a la ineficacia de los mecanismos institucionales actuales, pero no respecto a cómo solventarla. Durante estos días se debate sobre las supuestas soluciones. Por un lado tenemos la propuesta del G-8 de crear una nueva “Alianza Global sobre la Agricultura, la Seguridad Alimentaria y la Nutrición”, mientras que algunos gobiernos y colectivos de la sociedad civil abogan por la renovación y el fortalecimiento del Comité de Seguridad Alimentaria Mundial de la FAO (la Agencia de la Alimentación y la Agricultura de las Naciones Unidas). No es una discusión baladí. Los defensores de las políticas económicas neoliberales defienden un espacio de coordinación donde se otorgue poder de decisión, además de a los gobiernos, al sector privado y a las instituciones financieras internacionales, es decir, a la Organización Mundial del Comercio, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Encontrar en la mesa de coordinación a representantes de empresas como Monsanto o Nestlé –por nombrar un par– junto con los actores que han contribuido a la desregularización de la agricultura, no es desde luego aceptable para muchos gobiernos del Sur, que reclaman un papel de liderazgo para la FAO, una institución del sistema de Naciones Unidas, donde cada país tiene un voto de igual valor.
Más allá del espacio de gobernanza, es clave conocer la estrategia a implementar y, otra vez, creo, deberíamos mirar hacia Ginebra –sede de las Naciones Unidas–, desarrollando políticas desde la perspectiva de los derechos humanos y no hacia Washington –sede del Banco Mundial, por ejemplo–, insistiendo en políticas neoliberales. El hambre no es un negocio que a veces sale bien y otras sale mal. Es la violación de un derecho, del Derecho a la Alimentación. Como tal se recoge en el artículo 25 de la Declaración Universal de Derechos Humanos y se desarrolla en el artículo 11 de la Convención Internacional sobre los Derechos Económicos, Sociales y Culturales. Tomar como eje de acción el Derecho a la Alimentación es aceptar que los pueblos y sus poblaciones deben tener acceso permanente a la alimentación. Derecho a alimentarse, es decir, a producir sus alimentos accediendo a los recursos que los hacen posible: tierra, agua y semillas. Si se acepta este enfoque, los estados tienen entonces la obligación de “respetar, proteger y garantizar” el Derecho a la Alimentación desde sus responsabilidades territoriales y extraterritoriales.
Y también supondría un despliegue legislativo que defendiera a tantas personas de la vulneración de su derecho a alimentarse. Al respecto quisiera citar dos ejemplos que ha documentado el Observatorio del Derecho a la Alimentación y la Nutrición. El primero es el caso de la India, que, a pesar de un incremento significativo del PIB, presenta tendencias de aumento de la pobreza. El Gobierno de la India ha promovido el cultivo de agrocombustibles para reducir su dependencia energética y –dicen– incrementar puestos de trabajo agrícolas. Si el Gobierno hubiera seguido las directrices del Derecho a la Alimentación como prioridad frente a intereses de grandes corporaciones como Daimler Chrysler, no se hubieran generado los impactos provocados sobre las poblaciones campesinas locales: sustitución de cultivos de subsistencia, escasez de agua por la alta demanda de los cultivos energéticos, destrucción de tierras y bosques dedicadas al pastoreo y más dificultades para acceder a la madera como combustible.
El segundo ejemplo es el caso de Zambia, donde las producciones de miel y leche generan alimentos, ingresos y empleos a muchas familias, pero su Derecho a la Alimentación se ve vulnerado esta vez por los acuerdos comerciales entre Zambia y la Unión Europea, que llevarán a competir a los productores locales con las grandes corporaciones europeas, fuertemente subsidiadas.
Decía al principio que el hambre no es sólo un problema de negligencia, sino una cadena de intereses a favor de unos pocos. Contra esos intereses debe centrarse cualquier estrategia de lucha contra el hambre. El enfoque desde los derechos ha avanzado en los últimos años. Desde la sociedad civil se elaboraron las Directrices Voluntarias para la Realización del Derecho a la Alimentación que fueron aprobadas en noviembre de 2004 por el Consejo de la FAO. Ahora faltaría que dejaran de ser voluntarias.
Gustavo Duch es ex director de Veterinarios sin Fronteras y colaborador de la Universidad Rural Paulo Freire

domingo, 4 de octubre de 2009

¿Qué ha sido de los Objetivos de Desarrollo del Milenio?

1. Erradicar la pobreza extrema y el hambre.
2. Lograr la enseñanza primaria universal.
3. Promover la igualdad entre los géneros y la autonomía de la mujer.
4. Reducir la mortalidad infantil.
5. Mejorar la salud materna.
6. Combatir el sida, el paludismo y otras enfermedades.
7. Garantizar la sostenibilidad del medio ambiente.
8. Fomentar una asociación mundial.

He ahí los ocho Objetivos de Desarrollo del Milenio (a partir de aquí ODM) que en la llamada Declaración del Milenio del año 2000 se comprometieron a alcanzar, para el año 2015, los 189 países integrantes, por aquel entonces, de la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Transcurridos nueve años, casi las dos terceras partes del tiempo fijado para la consecución de esos objetivos, ¿cuál es el balance? ¿Hay avances, estancamiento, retroceso?

No puede negarse que durante algunos años, hasta la crisis financiera, económica y social de 2007-08, se produjeron algunos progresos -en la reducción del número de los extremadamente pobres y hambrientos, en enseñanza primaria universal, en la disminución de la mortalidad infantil-, pero estos progresos modestos e insuficientes, de los que casi siempre habría que excluir, desgraciadamente, al África subsahariana, no tuvieron lugar ni siquiera en los años de crecimiento económico general, en los capítulos de la igualdad entre los géneros y el mejoramiento de la salud materna, que afecta sobre todo a la situación de las mujeres en los países en desarrollo, en la escandalosa incidencia del sida en la región más pobre del globo, el África subsahariana, en la auténtica sostenibilidad del planeta o en el fomento de una asociación internacional para el desarrollo en un mundo en el que la economía se regía por los intereses de un pequeño número de países desarrollados integrados en el club exclusivo del G-7.

Pero es que además ahora, tras la quiebra del modelo de crecimiento neoliberal, cuando mayor es el impacto social de la recesión económica mundial en los países en desarrollo, los avances logrados en el terreno de la reducción de la pobreza extrema y el hambre, o en enseñanza primaria infantil, o en la disminución de la mortalidad de los niños menores de cinco años, se están malogrando. Como señala la organización Intermón-Oxfam, en el contexto de la crisis, cada minuto 100 personas caen en la pobreza; el número de los hambrientos, según la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO), alcanza la cifra nunca igualada de 1.020 millones de personas, casi la sexta parte de la humanidad o como ha denunciado el director de la Campaña del Milenio Salil Shetty : ” Van a morir 400.000 niños más por efecto de la crisis”.

Ante este panorama no es extraño que en su informe de 2009 la Conferencia de Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (UNCTAD) se haya visto obligada a reconocer que la crisis financiera, que comenzó en Estados Unidos y terminó afectando a los países en desarrollo, ha recrudecido la pobreza de tal modo que será prácticamente imposible cumplir los ODM de la ONU fijados para el año 2015.

En consecuencia, si ya antes de la Gran Recesión los resultados conseguidos eran casi siempre insuficientes e incluso decepcionantes, ahora en el marco de la crisis el retroceso es inapelable, cabe preguntarse, ¿qué es lo que ha fallado?

En mi opinión la respuesta es clara: la voluntad política. Ha fallado la determinación de los gobiernos, sobre todo de los países más enriquecidos del mundo, de luchar decididamente por la consecución de los ODM. Los gobiernos y, especialmente, los del G-7, ninguno de los cuales dedica siquiera el 0,7% de su Producto Nacional Bruto ( PNB ) para ayuda oficial al desarrollo de los países empobrecidos, hicieron dejación de sus responsabilidades, permitiendo que la distopía neoliberal de un desarrollo del Sur basado solo en la globalización de los mercados y la libertad comercial, sustituyera a la indispensable ayuda económica, tecnológica, etcétera, sin la que el mundo más empobrecido dificilmente podrá salir de su situación.

Quedan solo seis años para llegar a la fecha límite de 2015. Por supuesto que después de esa fecha la lucha por la consecución de un orden económico y social internacional más justo proseguirá, pero la cuestión ahora es si todavía estamos a tiempo de lograr avances significativos en el contexto de la crisis que nos aflige.

La respuesta es incierta. Al G-7, que impuso al mundo su voluntad durante décadas, le ha sucedido el G-20 que pretende erigirse en máxima instancia económica mundial. Así es que hay que preguntarse, ¿qué se puede esperar del G-20 en relación al urgente logro de los ODM de la ONU?

En mi opinión más bien poco. Los llamados países emergentes -Brasil, Rusia, India, China (BRIC) y otros-, tendrán bastante con evitar una recaída de una parte de sus poblaciones en el pozo de la pobreza y el hambre y en cuanto a los países enriquecidos del antiguo G-7 usarán la crisis como motivo-pretexto para no aumentar la ayuda oficial al desarrollo.

Prueba de lo que digo es la reciente Declaración final del G-20 tras la cumbre de Pittsburgh, donde si bien el párrafo 37 de las Conclusiones del documento menciona los ODM, no avanza ninguna propuesta concreta para hacer viable el logro de esos objetivos.

En fin, parece evidente que hoy en el contexto de la crisis, que puede prolongarse varios años, la solución de los problemas de la pobreza, el hambre, etcétera, a los que tratan de dar respuesta los ODM, no puede desligarse de la realidad global de la situación. Por eso el marco apropiado para afrontar la crisis y tratar de cumplir los ODM no es el de las 20 economías del G-20, sino el de las 192 economías del G-192, la Asamblea General de las Naciones Unidas. En ella, que alumbró la idea y el compromiso de los ODM, a pesar del boicot y la presión política ejercida por los países más enriquecidos y poderosos, tuvo lugar en junio de este año, la ” Conferencia sobre la crisis financiera y económica y su impacto sobre el desarrollo”. Su Documento final alude nada menos que en nueve ocasiones a los ODM -párrafos 3, 4 (dos veces),10, 11, 18, 21, 23 y 28-. En este último, además, les recuerda a muchos países desarrollados el compromiso asumido de destinar al menos el 0,5% del PNB en 2010 y el 0,7% del PNB en 2015 en concepto de asistencia oficial al desarrollo de los países en desarrollo y concretamente entre el 0,15% y el 0,20% al desarrollo de los países menos adelantados.

Sólo ese marco ofrece pues alguna esperanza de que los estados del mundo alcancen una asociación global capaz de poner fin al espectáculo intolerable de la pobreza y el hambre de tantos y tantos millones de personas en el planeta.

Por su parte a la sociedad civil mundial que en todos los países organizada en redes de asociaciones, ONG’s, etcétera, lucha por un mundo más justo, le queda el recurso de seguir movilizándose y presionando con propuestas acerca del 0,7% y más del PNB, la anulación de la deuda eterna de los países más empobrecidos,el establecimiento de impuestos solidarios mundiales, tipo tasa Tobin y la supresión de los paraísos fiscales, como medios para financiar y resolver los problemas de pobreza, hambre, enseñanza, sanidad, etcétera, comprometidos por la ONU en la solemne Declaración del Milenio de septiembre de 2000.

1. Erradicar la pobreza extrema y el hambre.
2. Lograr la enseñanza primaria universal.
3. Promover la igualdad entre los géneros y la autonomía de la mujer.
4. Reducir la mortalidad infantil.
5. Mejorar la salud materna.
6. Combatir el sida, el paludismo y otras enfermedades.
7. Garantizar la sostenibilidad del medio ambiente.
8. Fomentar una asociación mundial.

He ahí los ocho Objetivos de Desarrollo del Milenio (a partir de aquí ODM) que en la llamada Declaración del Milenio del año 2000 se comprometieron a alcanzar, para el año 2015, los 189 países integrantes, por aquel entonces, de la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Transcurridos nueve años, casi las dos terceras partes del tiempo fijado para la consecución de esos objetivos, ¿cuál es el balance? ¿Hay avances, estancamiento, retroceso?

No puede negarse que durante algunos años, hasta la crisis financiera, económica y social de 2007-08, se produjeron algunos progresos -en la reducción del número de los extremadamente pobres y hambrientos, en enseñanza primaria universal, en la disminución de la mortalidad infantil-, pero estos progresos modestos e insuficientes, de los que casi siempre habría que excluir, desgraciadamente, al África subsahariana, no tuvieron lugar ni siquiera en los años de crecimiento económico general, en los capítulos de la igualdad entre los géneros y el mejoramiento de la salud materna, que afecta sobre todo a la situación de las mujeres en los países en desarrollo, en la escandalosa incidencia del sida en la región más pobre del globo, el África subsahariana, en la auténtica sostenibilidad del planeta o en el fomento de una asociación internacional para el desarrollo en un mundo en el que la economía se regía por los intereses de un pequeño número de países desarrollados integrados en el club exclusivo del G-7.

Pero es que además ahora, tras la quiebra del modelo de crecimiento neoliberal, cuando mayor es el impacto social de la recesión económica mundial en los países en desarrollo, los avances logrados en el terreno de la reducción de la pobreza extrema y el hambre, o en enseñanza primaria infantil, o en la disminución de la mortalidad de los niños menores de cinco años, se están malogrando. Como señala la organización Intermón-Oxfam, en el contexto de la crisis, cada minuto 100 personas caen en la pobreza; el número de los hambrientos, según la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO), alcanza la cifra nunca igualada de 1.020 millones de personas, casi la sexta parte de la humanidad o como ha denunciado el director de la Campaña del Milenio Salil Shetty : ” Van a morir 400.000 niños más por efecto de la crisis”.

Ante este panorama no es extraño que en su informe de 2009 la Conferencia de Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (UNCTAD) se haya visto obligada a reconocer que la crisis financiera, que comenzó en Estados Unidos y terminó afectando a los países en desarrollo, ha recrudecido la pobreza de tal modo que será prácticamente imposible cumplir los ODM de la ONU fijados para el año 2015.

En consecuencia, si ya antes de la Gran Recesión los resultados conseguidos eran casi siempre insuficientes e incluso decepcionantes, ahora en el marco de la crisis el retroceso es inapelable, cabe preguntarse, ¿qué es lo que ha fallado?

En mi opinión la respuesta es clara: la voluntad política. Ha fallado la determinación de los gobiernos, sobre todo de los países más enriquecidos del mundo, de luchar decididamente por la consecución de los ODM. Los gobiernos y, especialmente, los del G-7, ninguno de los cuales dedica siquiera el 0,7% de su Producto Nacional Bruto ( PNB ) para ayuda oficial al desarrollo de los países empobrecidos, hicieron dejación de sus responsabilidades, permitiendo que la distopía neoliberal de un desarrollo del Sur basado solo en la globalización de los mercados y la libertad comercial, sustituyera a la indispensable ayuda económica, tecnológica, etcétera, sin la que el mundo más empobrecido dificilmente podrá salir de su situación.

Quedan solo seis años para llegar a la fecha límite de 2015. Por supuesto que después de esa fecha la lucha por la consecución de un orden económico y social internacional más justo proseguirá, pero la cuestión ahora es si todavía estamos a tiempo de lograr avances significativos en el contexto de la crisis que nos aflige.

La respuesta es incierta. Al G-7, que impuso al mundo su voluntad durante décadas, le ha sucedido el G-20 que pretende erigirse en máxima instancia económica mundial. Así es que hay que preguntarse, ¿qué se puede esperar del G-20 en relación al urgente logro de los ODM de la ONU?

En mi opinión más bien poco. Los llamados países emergentes -Brasil, Rusia, India, China (BRIC) y otros-, tendrán bastante con evitar una recaída de una parte de sus poblaciones en el pozo de la pobreza y el hambre y en cuanto a los países enriquecidos del antiguo G-7 usarán la crisis como motivo-pretexto para no aumentar la ayuda oficial al desarrollo.

Prueba de lo que digo es la reciente Declaración final del G-20 tras la cumbre de Pittsburgh, donde si bien el párrafo 37 de las Conclusiones del documento menciona los ODM, no avanza ninguna propuesta concreta para hacer viable el logro de esos objetivos.

En fin, parece evidente que hoy en el contexto de la crisis, que puede prolongarse varios años, la solución de los problemas de la pobreza, el hambre, etcétera, a los que tratan de dar respuesta los ODM, no puede desligarse de la realidad global de la situación. Por eso el marco apropiado para afrontar la crisis y tratar de cumplir los ODM no es el de las 20 economías del G-20, sino el de las 192 economías del G-192, la Asamblea General de las Naciones Unidas. En ella, que alumbró la idea y el compromiso de los ODM, a pesar del boicot y la presión política ejercida por los países más enriquecidos y poderosos, tuvo lugar en junio de este año, la ” Conferencia sobre la crisis financiera y económica y su impacto sobre el desarrollo”. Su Documento final alude nada menos que en nueve ocasiones a los ODM -párrafos 3, 4 (dos veces),10, 11, 18, 21, 23 y 28-. En este último, además, les recuerda a muchos países desarrollados el compromiso asumido de destinar al menos el 0,5% del PNB en 2010 y el 0,7% del PNB en 2015 en concepto de asistencia oficial al desarrollo de los países en desarrollo y concretamente entre el 0,15% y el 0,20% al desarrollo de los países menos adelantados.

Sólo ese marco ofrece pues alguna esperanza de que los estados del mundo alcancen una asociación global capaz de poner fin al espectáculo intolerable de la pobreza y el hambre de tantos y tantos millones de personas en el planeta.

Por su parte a la sociedad civil mundial que en todos los países organizada en redes de asociaciones, ONG’s, etcétera, lucha por un mundo más justo, le queda el recurso de seguir movilizándose y presionando con propuestas acerca del 0,7% y más del PNB, la anulación de la deuda eterna de los países más empobrecidos,el establecimiento de impuestos solidarios mundiales, tipo tasa Tobin y la supresión de los paraísos fiscales, como medios para financiar y resolver los problemas de pobreza, hambre, enseñanza, sanidad, etcétera, comprometidos por la ONU en la solemne Declaración del Milenio de septiembre de 2000.

Francisco Morote – ATTAC Canarias

domingo, 20 de septiembre de 2009

La privatización del mar‏

Antes de la creación de la Organización Mundial del Comercio o de los tratados de libre comercio, ya se contaba con un instrumento fantástico para enriquecerse a costa de los recursos naturales y bienes de uso público de los países del Sur: los monocultivos. Con ellos se podía extraer el máximo rendimiento económico tanto a los ecosistemas como a los trabajadores locales. Este ha sido el camino para la dominación y dependencia desde los tiempos coloniales. Allí están los ciclos dorados –y sus respectivas caídas estrepitosas– de la caña de azúcar, el café o el caucho, sumados ahora a los millones de hectáreas dedicadas al cultivo de la palma aceitera o soja. Pero entre los monocultivos industriales emergentes, hijos del nuevo colonialismo de mercado, existe uno basado en peces carnívoros introducidos en las prístinas aguas del sur del planeta: el monocultivo intensivo de salmónidos en el sur de Chile. A finales de los años ochenta, alrededor del archipiélago de Chiloé y en la región de Los Lagos, se inició la introducción y expansión de la industria de salmones de cultivo, cuya producción en un 98% ha tenido como destino los mercados de Japón, EEUU y la Unión Europea. Esta industria creció hasta alcanzar los 2.400 millones de dólares en 2008, lo que convirtió a Chile en el segundo productor detrás de Noruega. Sin embargo, en menos de dos años, el supuesto milagro salmonero ha mostrado toda su fragilidad. Más de 17.000 trabajadores han sido despedidos, sólo el 20% de los 550 centros de cultivo continúan operando, las producciones han caído en un 60% y la industria acumula una deuda con la banca que supera los 1.600 millones de dólares. ¿Qué hizo quebrar a este espejismo del falso desarrollo? Algo tan diminuto como el virus de la Anemia Infecciosa del Salmón.

Con una presencia muy significativa de multinacionales noruegas, japonesas y españolas (Pescanova), los valiosos y desconocidos fiordos, bahías y canales interiores entre el archipiélago de Chiloé y la Patagonia chilena se encuentran atestados de jaulas circulares de 30 metros por 60 de profundidad donde se engordan los salmónidos. Un sistema de monoproducción intensiva, con altos costes ecológicos y sociales, externalizados, y billonarias ganancias privatizadas. Como dice mi amigo y colega veterinario Juan Carlos Cárdenas, director de la ONG Ecoceanos, “en el sur de Chile las multinacionales salmoneras hacen todo lo que no les está permitido hacer en sus países”. Cárdenas explica que Chile presenta para la industria salmonera extraordinarias ventajas comparativas con respecto al norte de Europa. Tanto en los aspectos ambientales, como en las políticas gubernamentales de incentivo a la inversión extranjera. Ello, asegura el acceso a fuentes de harina y aceite de pescado, mano de obra barata, subsidios y una legislación ambiental y sanitaria bastante laxa. Criar salmones como si estuvieran en latas de sardinas es el equivalente a porquerizas flotantes o la cría industrializada de gallinas. Tan embutidos se encuentran que, según fuentes del propio Servicio Nacional de Pesca, la industria empleó 600 veces más antibióticos por tonelada de salmón producido en comparación con Noruega. También preocupan los salmones que, temerosos de su futuro, consiguen escapar de sus prisiones y que amenazan la supervivecia de diversas especies autóctonas de peces y, por lo tanto, a la pesca artesanal. Pesca que, por otro lado, se ha reducido gravemente, puesto que para alimentar a los salmones a domicilio se les lleva jureles, anchovetas y sardinas. Para producir un kilo de salmón en confinamiento se requieren entre cinco y ocho kilos de estas especies de peces silvestres habituales en la dieta humana. Un desastre en conversión energética, un desastre para miles de pescadores de pequeña escala. Si están pensando que ellos al menos podrán pescar los salmones escapados, se equivocan. En el sur de Chile está prohibido pescar y vender los salmones que se encuentran en el mar, pues siguen siendo propiedad de las mencionadas salmoneras multinacionales. ¿Salmones con código de barras?

Para que el plato de salmón salga tan barato también habrá que gastar lo mínimo en el personal que trabaja en el mar y en las plantas de procesamiento. Raúl Zibechi, de la organización Programa de las Américas, escribe sobre las malas condiciones de trabajo de las 50.000 personas empleadas en el sector: “Dos tercios de las empresas salmoneras violan la legislación laboral. Las mujeres, que son el 70% de las trabajadoras del sector y el 90% en las plantas, sufren por el frío, la humedad, el hacinamiento y las trabas para ir al baño”. Decía que el monocultivo de salmón es muy demostrativo porque, con unos años de antelación, está pasando por unas fases que ahora nos parecen rutinarias. En el año 2007, antes de la crisis financiera mundial, llegó la crisis al sector por la entrada del virus en los centros de producción, y poco después el Gobierno chileno se lanzó al rescate de la industria salmonera por dos vías: la entrega sin condiciones de una línea de crédito y una polémica modificación de la Ley de Pesca y Acuicultura para permitir la cesión perpetua de derechos sobre el litoral costero a las compañías salmoneras (incluidas las multinacionales), permitiendo que las compañías deudoras pudieran hipotecar con la banca acreedora las concesiones de acuicultura. Es decir, bienes nacionales de uso público, con los que los bancos podrán especular, comprar y vender. Los principales bancos acreedores son el BBVA, Rabobank e Itaú. En otras palabras, se privatiza un recurso público, se privatiza el mar. Otro monocultivo en estrepitosa caída.

Gustavo Duch es Ex director de Veterinarios sin Fronteras y colaborador de la Universidad Rural Paulo Freire
Fuente: Público

viernes, 18 de septiembre de 2009

¿Llegó la hora de poner fin a la globalización?

El actual desplome global, el peor desde la Gran Depresión de hace 70 años, vino a remachar el último clavo en el ataúd de la globalización. Ya asediada por unos hechos que mostraban el incremento de la pobreza y de la desigualdad cuando los países más pobres experimentaron poco o ningún crecimiento económico, la globalización se ha visto terminalmente desacreditada en los dos últimos años, cuando el proceso, anunciado a bombo y platillo, de la interdependencia financiera y comercial invirtió su marcha para convertirse en correa de transmisión, no de prosperidad, sino de crisis y colapso económicos.

Fin de una era

En sus respuestas a la actual crisis económica, los gobiernos hablan con la boca pequeña de coordinación global, pero impulsan programas separados de estímulo económico para revitalizar sus mercados nacionales. Al hacerlo, los gobiernos pospusieron el crecimiento orientado a la exportación, motor principal de tantas economías, aun rindiendo el tributo de rigor a la promoción de la liberalización comercial como medio de contrarrestar el desplome global concluyendo la Ronda Doha de negociaciones comerciales bajo los auspicios de la Organización Mundial de Comercio.

Se reconoce cada vez más que no hay posibilidad de regresar a un mundo centralmente dependiente del gasto ilimitado de los consumidores norteamericanos, puesto que éstos se hallan en la bancarrota y nadie se apresta a ocupar su lugar.

Además, ya sea mediante acuerdos internacionales o unilateralmente ejecutadas por gobiernos nacionales, es lo más seguro que se imponga un rimero de restricciones al capital financiero, la desembridad movilidad del cual ha sido el percutor de la presente crisis.

Sin embargo, el discurso intelectual todavía no ha mostrado demasiados signos de ruptura con la ortodoxia. El neoliberalismo, con su énfasis en el libre comercio, la primacía de la empresa privada y un papel minimalista del Estado, sigue siendo la lengua franca de los fabricantes de políticas.

Los críticos del fundamentalismo de mercado que pertenecen al establishment, incluidas luminarias como los Premios Nobel Joseph Stigitz y Paul Krugman, se han enmarañado en interminables debates sobre el grado de duración que deben tener los programas de estímulos y sobre si el Estado debería mantener su presencia intervencionista en la industria automotriz y en el sector financiero, o, si, una vez lograda la estabilización, debería devolver las compañías y los bancos al sector privado. Además, algunos, como el propio Stiglitz, siguen creyendo en lo que lo que ellos perciben como beneficios económicos de la globalización, a condición de mitigar sus costes sociales.

Pero las tendencias en curso están desbordando a toda velocidad tanto a los ideólogos de la globalización neoliberal como a muchos de sus críticos, y desarrollos impensables hace unos pocos años van cobrando vida. "La integración de la economía mundial se halla en práctico retroceso por doquiera", escribe The Economist. Aunque la revista observa que las corporaciones empresariales siguen creyendo en la eficacia de las cadenas de oferta global, "como cualquier cadena, éstas son tan fuertes como su eslabón más débil. El momento peligroso llegará cuando las empresas decidan que este modo de organizar la producción ha llegado a su fin".

La "desglobalización", un término que The Economist me atribuye, es un desarrollo que la revista, el primer bastión mundial de la ideología del libre mercado, contempla como negativo. Sin embargo, yo creo que la desglobalización es una oportunidad. En efecto, mis colegas de Focus on the Global South y yo fuimos los primeros en proponer la desglobalización como un paradigma general para reemplazar a la globalización neoliberal. Y lo hicimos hace una década, cuando las tensiones, las presiones y las contradicciones que ésta ha traído consigo se hicieron dolorosamente evidentes.

Elaborado como una alternativa sobre todo para los países en desarrollo, el paradigma de la desglobalización no deja de ser pertinente para las economías capitalistas centrales.

Los 11 pilares de la alternativa

El paradigma de la desglobalización tiene 11 puntos clave:

1 La producción para el mercado interior tiene que volver a ser el centro de gravedad de la economía, antes que la producción para los mercados de exportación.

2 El principio de subsidiariedad debería respetarse como un tesoro en la vida económica promoviendo la producción de bienes a escala comunitaria y a escala nacional, si ello puede hacerse a coste razonable, a fin de preservar la comunidad.

3 La política comercial –es decir, cupos y aranceles— tiene que servir para proteger a la economía local de la destrucción inducida por mercancías subsidiadas por grandes las corporaciones con precios artificialmente bajos.

4 La política industrial –incluidos subsidios, aranceles y comercio— tendría que servir para revitalizar y robustecer al sector manufacturero.

5 Unas medidas, inveteradamente pospuestas, de redistribución equitativa del ingreso y de redistribución de la tierra (incluida una reforma del suelo urbano) podrían crear un mercado interno vigoroso que serviría de ancla de la economía y generaría los recursos financieros locales para la inversión.

6 Restar importancia al crecimiento, dar importancia a la mejora de la calidad de vida y maximizar la equidad reducirá el desequilibrio medioambiental.

7 Hay que propiciar el desarrollo y la difusión de tecnología que se compadezca bien con el medio ambiente, tanto en la agricultura como en la industria.

8 Las decisiones económicas estratégicas no pueden abandonarse ni al mercado ni a los tecnócratas. En cambio, hay que aumentar el radio de alcance de la toma democrática de decisiones en la vida económica, hasta que todas las cuestiones vitales (como qué industrias desarrollar o condenar, qué proporción del presupuesto público hay que dedicar a la agricultura, etc.) estén sujetas a la discusión y a la elección democráticas.

9 La sociedad civil tiene que controlar y supervisar constantemente al sector privado y al Estado, un proceso que debería institucionalizarse.

10 El complejo institucional de la propiedad debería transformarse en una "economía mixta" que incluyera cooperativas comunitarias, empresas privadas y empresas estatales y excluyera a las corporaciones transnacionales.

11 Las instituciones globales centralizadas, como el FMI y el Banco Mundial, deberían ser substituidas por instituciones regionales fundadas, no en el libre comercio y la libre movilidad de capitales, sino en principios de cooperación que, para usar las palabras de Hugo Chávez en su descripción de la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), "transcienda la lógica del capitalismo".

Del culto a la eficiencia a la economía eficaz

El propósito del paradigma de la desglobalización es superar la economía de la eficiencia estrecha, cuyo único criterio clave es la reducción del coste por unidad, por no hablar de la desestabilización social y ecológica que el proceso inducido por el respecto supersticioso de ese criterio trtae consigo. Es superar un sistema de cálculo económico que, por decirlo con palabras de John Maynard Keynes, "convierte todo el comportamiento vital … en una suerte de paradójica pesadilla de contables". Una economía eficaz, en cambio, robustece la solidaridad social subordinando las operaciones del mercado a los valores de equidad, justicia y comunidad y ensanchando la esfera del proceso de toma democrática de decisiones. Para servirnos del lenguaje del gran pensador húngaro Karl Polanyi en su libro La gran transformación, la desglobalización monta tanto como "reincrustar" la economía en la sociedad, en vez de dejar a la sociedad abandonada al control de la economía.

El paradigma de la desglobalización sostiene también que un modelo extremistamente unidimensional, como el neoliberalismo o como el socialismo burocrático centralizado, es disfuncional y desestabilizador. En cambio, habría que esperar e incentivar la diversidad, como en la naturaleza. La teoría económica alternativa tiene principios compartidos, y esos principios han aparecido ya substancialmente en la lucha contra y en la reflexión crítica sobre el fracaso del capitalismo y del socialismo centralizados.

Sin embargo, la articulación concreta de esos principios –los más importantes de los cuales acaban de ser mencionados— dependerá de los valores, de los ritmos y de las elecciones estratégicas de cada sociedad.

El pedigrí de la desglobalización

Aunque pueda sonar radical, lo cierto es que la desglobalización no es ninguna novedad. Su pedigrí incluye los escritos del eminente economista británico Keynes, quien, en el momento culminante de la Gran Depresión, se avilantó a dejar esto dicho: "No deseamos… estar a merced de fuerzas mundiales que generan, o tratan de generar, algún equilibrio uniforme, de acuerdo con principios de capitalismo de laissez faire". En efecto, proseguía, para "un abanico crecientemente extendido de productos industriales, y tal vez también agrícolas, se me ha hecho dudoso que el coste económico de la autosuficiencia sea lo bastante grande como para contrarrestar las otras ventajas dimanantes de reunir gradualmente al productor y al consumidor en el ámbito de la misma organización nacional, económica y financiera. Se acumula la experiencia probatoria de que el grueso de los procesos de la moderna producción en masa pueden ejecutarse en la mayoría de los países y en la mayoría de los climas con una eficiencia prácticamente idéntica".

Y con palabras que suenan muy contemporáneas, concluía Keynes: "Yo simpatizo… más con quienes querrían minimizar que con quienes querrían maximizar la urdimbre de imbricación económica entre las naciones. Las ideas, el saber, el arte, la hospitalidad, los viajes; todas esas cosas deberían, por su propia naturaleza, ser internacionales. Pero dejemos que los bienes se hagan en casa cuando ello sea razonable y convenientemente posible; y sobre todo, dejemos que las finanzas sean prioritariamente nacionales."

Walden Bello, profesor de ciencias políticas y sociales en la Universidad de Filipinas (Manila), es miembro del Transnational Institute de Amsterdam y presidente de Freedom from Debt Coalition, así como analista sénior en Focus on the Global South.

Fuente original: http://opinion.inquirer.net/viewpoints/columns/view/20090906-223796/The-Virtues-of-Deglobalization

Traducción para www.sinpermiso.info: Ricardo Timón

viernes, 31 de julio de 2009

Los mitos del desarrollo y el hambre

La crisis económica no debe en ningún caso dejar aparcado el problema de la falta de desarrollo que afecta a tantos países y poblaciones, al igual que la plaga que supone el hambre en el mundo. Las quiebras del modelo del capitalismo financiero globalizado y del fundamentalismo de mercado que se han dado con la crisis económica deben servir también como lección para afrontar en el futuro estos dos problemas.

El desarrollo económico se ha encontrado sujeto a las ideas neoliberales que han dominado en el mundo económico en estos últimos años. Tras la debacle producida, espero que el dogmatismo que ha presidido la ciencia económica en los últimos tiempos sea puesto en cuestión, a favor de propuestas diferentes que, aunque de un modo minoritario, sin embargo se han dado desde diferentes enfoques. Ha habido autores que nadando contra corriente han puesto de manifiesto las falsedades que se encerraban en ese fundamentalismo que se preconizaba para los países en desarrollo.

Un ejemplo significativo es el del economista coreano Ha-Joon Chang, profesor de la Universidad de Cambridge, que ha escrito libros interesantes sobre ello. En uno de ellos, realizado en colaboración con Illene Grabel, “Reivindicar el desarrollo” (Intermón, 2006) critica los mitos y realidades que se han difundido, sobre todo, en estas dos últimas décadas. Los mitos que cuestiona son los siguientes:1) Los países que hoy son ricos deben su éxito a un compromiso firme con el mercado. 2) El neoliberalismo funciona. 3) La globalización neoliberal no puede y no debería detenerse. 4) El modelo de capitalismo neoliberal estadounidense representa el ideal que todos los países en vías de desarrollo deberían intentar copiar. 5) El modelo de Asia oriental es idiosincrásico; el angloamericano es universal. 6) Los países en vías de desarrollo necesitan la disciplina de las instituciones internacionales y de las instituciones normativas nacionales políticamente independientes.

Estas críticas, muy bien fundamentadas, adquieren hoy día mayor relevancia que hace unos años ante la quiebra de lo que ha sido la globalización financiera, aunque era algo que también resultaba evidente en los años anteriores. No obstante, las instituciones internacionales, como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio, seguían insistiendo en las bondades del mercado autorregulado. Una ceguera que no sólo ha conducido a la situación presente, sino que ha impedido el desarrollo para muchos países del mundo.

Hablando de mitos, también conviene tener en cuenta el libro colectivo Doce mitos sobre el hambre (Icaria, 2005), en el que igualmente se rebate la tesis que defiende que el libre mercado puede erradicar el hambre o que la respuesta se encuentre en el libre comercio. Además, cuestiona la idea, muy arraigada, de que sencillamente no hay suficiente cantidad de alimentos o que hay demasiadas bocas que alimentar. Tampoco se considera que la respuesta sea la Revolución Verde.

Así es que, disponemos de suficientes estudios solventes críticos con el libre mercado, tanto para alcanzar el desarrollo como para erradicar el hambre. Pero esto y el choque con la realidad no les resulta suficiente a los fundamentalistas de mercado para cambiar sus posiciones. La situación trágica por la que pasa el mundo debe ser suficiente para que se planteen nuevos paradigmas que sean capaces de mejorar las condiciones de vida de gran parte de los ciudadanos que padecen tantas privaciones y miserias. La crisis ha puesto en evidencia las proposiciones fundamentales defendidas por los economistas que han dominado el escenario de las decisiones internacionales y la teoría económica en las últimas décadas.

La crisis y el estado del mundo generan demasiados damnificados, pero a su vez esta situación debe ser una oportunidad para cambiar el modelo de desarrollo imperante. Las propuestas teóricas están ahí, pero chocan con los intereses establecidos y con el pensamiento dominante que se resiste a dar su brazo a torcer ante la tozudez de los hechos. La persistencia en el error no sólo conduce al desprestigio de la ciencia económica tal como se enseña sino, lo que es peor, a generar demasiados perdedores.

Los éxitos de los países asiáticos, en primer lugar de los “dragones” y en los últimos años el despegue espectacular de China e India, han conducido a muchos pensadores y analistas a considerar de modo equivocado que estos se debían a la globalización y a la progresiva liberalización. Pero nada más lejos de la realidad, pues el éxito de estos países, siempre relativo, se ha debido al intervencionismo estatal y no al libre mercado. Hay suficientes estudios que así lo avalan, como el del propio Ha-Jonn Chang, y otros como los de Alice Amsden, Robert Wade y, entre nosotros, de Pablo Bustelo.

En fin, que estamos ante una coyuntura grave, cuya salida requiere de la economía mixta ante el derrumbamiento de lo que fue el socialismo real y la quiebra del capitalismo financiero globalizado.

Carlos Berzosa – Consejo Científico de ATTAC España

Fuente: Sistema Digital

viernes, 24 de julio de 2009

Entrevista a Ricardo G. Zaldívar - Coordinador del Comité Científico de ATTAC España

El coordinador del Consejo Científico de ATTAC España y único delegado de ATTAC en la última conferencia sobre la crisis económica de Naciones Unidas nos cuenta los tiras y aflojas de las negociaciones y se muestra optimista en relación a los avances cosechados.
Los movimientos sociales progresistas y los países más pobres del mundo llevan muchos años luchando por recuperar el debate sobre cómo organizar el sistema económico y financiero mundial, secuestrado desde hace décadas por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el G8 y, ahora el G20 (todos ellos con un déficit democrático evidente), y devolverlo al amplio foro de las Naciones Unidas donde están representadas todas las naciones del mundo y, por ende también, en principio, todos los ciudadanos. Esta meta se consiguió en parte a finales del año pasado con la Conferencia de Doha de la ONU sobre financiación para el desarrollo y donde se armó al presidente de la Asamblea General de la ONU, Miguel d'Escoto, con el mandato de iniciar un proceso consultivo al más alto nivel y establecer una comisión de expertos que analizase en los próximos meses las causas y efectos de la crisis financiera que sigue asolando a todo el planeta y que en aquellos momentos estaba en su fase más crítica (o por lo menos, eso es lo que nos dicen los expertos).

Esta comisión estuvo encabezada por el Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, y el atrevido informe final que resultó de la misma fue la base para la celebración de una conferencia de jefes de Estado y de Gobierno que se celebró en Nueva York del 24 al 26 de junio. Sin embargo, la cumbre estuvo precedida por las tensiones existentes entre, sobre todo, los Estados Unidos y la Unión Europea, contrarios a discutir estos temas tan delicados en el formato abierto de las Naciones Unidas, y d'Escoto y los expertos de la comisión, decididos a salvaguardar los derechos e intereses del resto de países. Como suele ser habitual en estos casos, la prensa internacional pasó por alto el evento, tachándolo de poco importante. Es por eso que las impresiones de Ricardo García Zaldívar, delegado de ATTAC en la conferencia, adquieren todavía más importancia. Él nos pueda dar una visión privilegiada de lo que ocurrió antes, durante y lo que está pasando después de celebrarse esta cumbre tan polémica y de la que tan poca información se ha podido leer o ver en los medios de comunicación de masas. Pasamos pues a transcribir la entrevista completa.
En primer lugar, Ricardo, creo es que conveniente que nos ofrezcas tus impresiones generales sobre la conferencia. ¿Ha valido la pena ir hasta Nueva York?
RGZ: Cuando el coordinador de ATTAC España me sugirió que era importante asistir a esta conferencia organizada por el presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas debo reconocer que me mostré un poco escéptico. La verdad es que siempre está bien ir a los sitios, pero el esfuerzo que le supone a una organización como ATTAC desplazar a una persona para un tema como este de las Naciones Unidas es un riesgo que a veces sale bien y otras veces sale mal. De todas formas, ahora que ya he ido y he vuelto debo decir que fue una buena idea y ha valido la pena. Creo que es muy interesante que ATTAC esté ahí por dos razones:
Una, porque yo creo la conferencia va a tener trascendencia, a pesar de que en los prolegómenos los países del G20 se han tomado la molestia de tratar de boicotearla. Pero lo que ha resultado es interesante, yo creo que ha abierto una puerta y la ha dejado abierta para que Naciones Unidas se pronuncie sobre temas que aparentemente estaban vetados y controlados por los países ricos, como el tema de la crisis, el tema de la pobreza, más concretamente, la financiación de los pobres. Sí que es verdad que en otras conferencias como la de Monterrey (celebrada en el 2002) se han intentado llevar estos temas a la ONU, pero nunca desde la Asamblea General, el máximo órgano de las Naciones Unidas, siempre desde pequeñas conferencias.
Luego, la otra razón porque la creo que hemos acertado en mandar una persona a la conferencia, es que aquí se está consolidando un paquete de movimientos sociales ligados entorno a la Confederación Sindical Internacional, la CSI, y entorno a ONGs importantes como South Centre que hacen que sea muy interesante estar ahí y participar en lo que se está cociendo dentro de estas organizaciones de la sociedad civil que trabajan con las Naciones Unidas y de las que ATTAC no formaba parte, aunque bien es verdad que Bernard Cassen, cuando se creó ATTAC se tomó la molestia de registrar ATTAC como una organización de la sociedad civil consultiva de Naciones Unidas y eso me sirvió a mí para poder estar presente en la conferencia.
Muy bien, entonces, tras esta primera valoración general, yo creo que es mejor dividir la entrevista en dos puntos. Por un lado está la conferencia en sí y las conclusiones de la misma y por otro el futuro y la posible influencia que puede tener ATTAC dentro del proceso que se está gestando en el seno de las Naciones Unidas. En lo referente al primer punto, ¿cómo viste la tensión evidente entre los países del G20 y el resto de países a la luz de que el G20 parece que quiere monopolizar la gobernanza de las políticas monetarias, financieras y económicas del mundo?
RGZ: Vamos a ver, yo puedo sólo hablar a nivel de feelings, de intuiciones, porque lógicamente no he tenido acceso personal a la información más objetiva. Yo he podido hablar con alguna gente como por ejemplo François Houtart, representante especial del presidente de la Asamblea, d'Escoto, en la comisión de expertos dirigida por Stiglitz, y él me ha dado muchas de la claves de lo que ha pasado entre bastidores. Con esta información algo filtrada, parece que Estados Unidos, Reino Unido, Brasil en cierta forma, y algunos otros países como Holanda e incluso Sudáfrica, han mostrado su inquietud por debatir estos temas tan importantes en la jaula de grillos, siendo la jaula de grillos la Asamblea General de la ONU.
Para muchos la ONU es el Consejo de Seguridad, que trata los temas más importantes, y los temas menos relevantes se debaten en la Asamblea General, donde todos pueden opinar. Sin embargo, cuando Miguel d'Escoto, recogiendo una resolución de la Conferencia de Doha, convoca una conferencia al más alto nivel sobre la crisis financiera y económica y sus impactos sobre el desarrollo ya está apuntando a que la propia Asamblea General meta las narices en un tema que hasta entonces no había tocado, porque era un tema que se tocaba, o en el G20, o en el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Entonces, esta es una puerta que abre d'Escoto porque se la dan en bandeja y acto seguido convoca una comisión de expertos, le dice a Stiglitz que la presida, y éste recoge inmediatamente el guante, y con toda su energía y toda su capacidad de movilización, porque no olvidemos que es una autoridad económica (es un premio nobel y es bastante aceptado dentro de los medios académicos), produce un documento, que le podremos poner más o menos pegas, pero es un documento bastante útil para lo que es la pugna entre las Naciones Unidas y el G20 y el Fondo Monetario Internacional. Aquí es cuando ya se encienden todas las señales de alarma, hasta el punto de que el propio co-facilitador holandés, encargado de trasladar el Informe Stiglitz a una propuesta formal del presidente de la Asamblea General de la ONU, en un momento determinado se le rebela al Padre Miguel y le dice que el documento que ha hecho no recoge el sentir mayoritario de los países. A lo que d'Escoto responde que todo lo contrario, lo que no recoge es el sentir de determinados países, pero sí el mayoritario. Esta disputa es un poco la clave de por qué se encienden las señales de alarma. Porque justamente el análisis que presenta d'Escoto, amparándose en el Informe Stiglitz, es un análisis absolutamente impecable de la crisis. Ya no es que han fallado los controladores, ya no es que la avaricia y tal… No, no, el análisis dice: “Señores, los treinta últimos años nos han llevado a esto y esto es muy grave”. Y esto es un poco lo que puedo yo transmitir de lo que se ha vivido en la conferencia, porque determinados países lo tenían muy claro. Por ejemplo, el discurso de 44 minutos de Correa, el presidente de Ecuador, que es de los pocos presidentes que se toma en serio la llamada de d'Escoto y se desplaza a Nueva York (junto con Evo Morales, pero a éste se le estropea el avión y no puede asistir), recoge muchas de las ideas de Stiglitz y las amplía dándoles un contenido político, porque no nos olvidemos que el Informe Stiglitz es un informe técnico.
Todo esto es lo que yo creo que es importante resaltar y es realmente lo que los medios de comunicación internacionales han silenciado absolutamente. Yo estaba en Nueva York, y el New York Times hizo una nota de unas treinta y tantas palabras. El resto de los medios de comunicación no se han referido para nada a la Conferencia de Nueva York, ahí es donde se ve la presión, donde se puede ver el poderío, por así decirlo, del que manda. Pero realmente se lo han tomado en serio, porque insisto, las señales de alarma de los países poderosos se encendieron y estos pusieron toda su maquinaria a trabajar para hacer fracasar el tema.
Pese a esta seriedad de la que hablas, muchas ONGs han criticado duramente la resolución de la Conferencia, diciendo que el documento final está muy diluido y que no pasa de recoger unas vagas recomendaciones que no obligan a nada. ¿Tú también lo ves desde esa óptica un tanto pesimista?
RGZ: Bien, siempre se puede ver la botella media llena o media vacía. Está en la naturaleza humana considerar un pequeño avance como algo insuficiente. Por lo tanto, se puede ver la resolución final como un documento que muestra nuestra debilidad, pero también se puede ver la botella medio llena. Lo que está claro es que ha habido una negociación a cara perro. Lo que realmente se ha intentado, y esto me lo ha dicho Houtart, es que Estados Unidos y Reino Unido no dieran el portazo, como, de hecho, no lo han dado. Al final han suscrito la resolución. La resolución efectivamente es muy light . Cuando se rebeló la comisión que valoró la comunicación que hizo el presidente de la Asamblea General en base al Informe Stiglitz, ahí d'Escoto perdió claramente una batalla. La perdió, además, de forma visible, porque tuvo que cambiar la fecha de la conferencia y además tuvo que presentar un segundo borrador de la resolución cuando ya había sacado el primero. Si se compara el primer borrador con el segundo se puede ver cómo d'Escoto cede en muchos puntos. Y eso no es todo, todavía hay más cesiones entre ese segundo borrador y la resolución final que fue aprobada. Pero en mi opinión, habiendo estado allí, yo creo que ha merecido la pena llevar esa discusión a Naciones Unidas, y a la Asamblea General. Sobre todo espero que se consolide la propuesta de crear un Consejo Económico Mundial, que ha sido la bandera que esta conferencia ha dado a los movimientos sociales y los Gobiernos progresistas.
Aunque hay que decir aquí, que la propuesta del Consejo Económico Mundial no está en la resolución final, lo que creo que es otra derrota.
Sí eso es cierto y reconozco que es un paso atrás, pero aún así, de la misma manera que la Tasa Tobin, propuesta por ATTAC, fue una bandera recogida en su día por el Foro Social Mundial de Porto Alegre, yo creo que esta bandera, esta reivindicación es perfectamente valida, y yo creo que es un tema que va a tener que estar en las siguientes resoluciones. Antes que den por muerta la crisis y que todos volvamos a los viejos y felices tiempos de la especulación, el movimiento de resistencia al neoliberalismo debe coger esta iniciativa como bandera y hacerla efectiva.
¿En qué consistiría entonces este Consejo Económico Mundial?
RGZ: Pues de la misma manera que el Consejo de Seguridad decide cuando una guerra es justa y cuando una guerra es injusta, el Consejo Económico Mundial podría decidir cuando una transnacional o una empresa de recursos o de energía está entrando en un terreno reprobable por Naciones Unidas. Es decir, esto abre muchísimas posibilidades al mandato de Naciones Unidas. Por esto mismo creo que Naciones Unidas puede empezar a jugar un papel importante en los próximos dos o tres años dentro de las reivindicaciones de ATTAC, cosa que no ha sucedido hasta ahora, ya que nos hemos centrado más en temas relacionados con los mercados financieros, la distribución de la renta y los bienes públicos globales sin tocar las Naciones Unidas. Yo creo que el Consejo Económico Mundial puede atraer más interés que los objetivos del Milenio de Naciones Unidas, por ejemplo, que es un tema más marginal, centrado en la reducción de la pobreza y vinculado a otro tipo de ONGs. El Consejo Económico Mundial se refiere ya más a las causas de la pobreza y no a la reducción o los efectos de la misma y en mi opinión es un tema que ATTAC debería trabajar, sobre todo por el interés que ha levantado el Informe Stiglitz.
Stiglitz, que de alguna forma quiere convertirse en el Keynes del siglo XXI, sigue insistiendo en los resultados de la conferencia y hace unas semanas publicó un artículo titulado “La ONU coge las riendas” (que por cierto también ha salido en el diario español El País) y en él vuelve a reincidir en el Consejo Económico Mundial y vuelve a dejar claro que la moneda de reserva mundial que propone su comisión de expertos es un asunto que no le gusta nada a los Estados Unidos. En fin, hay unos elementos ahí que son interesantes para los movimientos sociales y creo que deberíamos aprovecharlos.
En relación a este tema, después de lo que has visto y hablado en Nueva York con otros delegados de otras organizaciones, ¿crees que hay una especie de consenso entre los movimientos de resistencia al neoliberalismo entorno a la propuesta del Consejo Económico Mundial?

RGZ:Yo no me atrevería a decir que hay un consenso, lo que sí digo es que nosotros podemos jugar un papel que antes no teníamos, aunque no sé si se logrará, porque nosotros no tenemos los recursos que tienen otras organizaciones como South Centre o la Confederación Sindical Internacional, que están haciendo un trabajo de convencimiento mucho mayor. Yo no sé si hay un frente unido o no, pero ha habido varias reuniones de los movimientos sociales y a mí me han gustado sobre todo unas intervenciones que fueron muy aplaudidas que decían que la estrategia debería ser doble: hay que trabajar desde dentro, pero también desde fuera (esto me recordó un poco a mis años de lucha anti-franquista cuando el debate era si era conveniente o no entrar en los sindicatos verticales para trabajar desde dentro para cambiar el sistema). No se puede ser purista y decir que las Naciones Unidas ya no son lo que eran y aquí ya sabemos quién manda. Hay que estar trabajando dentro, pero hay que también presionar desde fuera. En este sentido creo que hay bastante consenso. Está claro que hay organizaciones más reformistas y otras más radicales frente al capitalismo y que buscan crear una sociedad post-capitalista. Unos están de acuerdo en que el capitalismo crea riqueza, otros no, pero la cree o no, donde todos estamos de acuerdo es que el capitalismo no distribuye esa riqueza, que el capitalismo es una máquina de generar desigualdades e incrementar la pobreza. Pero está claro que no hay un programa concreto que diga dónde hay que trabajar y qué hay que hacer. De todas formas, mi recomendación a ATTAC España y ATTAC Europa sería que en estos momentos merece la pena estar en el proceso que acaba de iniciar d'Escoto con la ayuda de Stiglitz, que hay que dedicarle recursos y energía para que nuestro discurso llegue, pese e influencie en este espacio que se ha abierto y que antes de la crisis era impensable.
Pues lo dejamos aquí con estás recomendaciones entonces, muchas gracias Ricardo por tus valoraciones y tus comentarios.
Documentos de interés:
Informe Stiglitz (en inglés):
Resolución final de la Conferencia de la ONU (en español):
Discurso de Rafael Correa ante la Asamblea Extraordinaria de la ONU:
Artículo de Joseph Stiglitz: “La ONU coge las riendas” (en español):

Miguel Otero Iglesias, Rebelión

Las falsedades sobre Honduras

A raíz del golpe de Estado ocurrido en Honduras, las derechas –tanto en España como en el extranjero– se han movilizado para explicar (y frecuentemente justificar) tal golpe con el argumento de que, en realidad, casi nadie en Honduras quería al depuesto presidente Zelaya y que muy pocos desean ahora su vuelta a la Presidencia de aquel país. Tal mensaje ha sido ampliamente promovido por autores y medios conservadores y liberales, expresándose en narrativas distintas y con matices diversos con un mensaje prácticamente idéntico. Así, J. Ibarz escribió en La Vanguardia (16-07-09) que “los hondureños no parecen desear el retorno de Zelaya”. La Vanguardia también publicó una entrevista con el cardenal Óscar Rodríguez Madariaga, arzobispo de Tegucigalpa, en la cual defendía el golpe militar refiriéndose a la falta de apoyo al presidente depuesto que había violado –según él– la Constitución hondureña (12-07-09). Mario Vargas Llosa se refirió también a esta falta de apoyo popular al presidente depuesto en su artículo publicado en El País (12-07-09), en el que criticaba el golpe militar por haber hecho del presidente depuesto un mártir para la opinión internacional, aunque no en la hondureña, donde Zelaya era muy poco popular, con poca gente deseando su regreso.

A nivel internacional, el liberal The Economist (que apoyó la elección de los candidatos republicanos a la Presidencia de EEUU en las últimas cuatro elecciones estadounidenses) promovió la misma visión de los hechos en Honduras, subrayando que el apoyo internacional al presidente depuesto no se reflejaba en la propia Honduras, donde no había habido una protesta por su deposición (04-06-09).Y en EEUU, The Wall Street Journal (cercano a la ultraderecha republicana de EEUU) publicó un artículo en el que, por primera vez, se cuantificaba esta falta de apoyo al presidente Zelaya haciendo referencia a una encuesta Gallup realizada en Honduras que señalaba que nada menos que el 41% de los hondureños estaban a favor del golpe que depuso al presidente Zelaya y sólo un 28% se opuso (10-07-09). Esta información fue distribuida por la agencia Reuters y puesto que esta era la única noticia en la que estadísticamente se podía mostrar el grado de apoyo al golpe y desafecto con el presidente, se convirtió en la referencia utilizada por todos aquellos que deseaban promover tal visión de falta de apoyo popular que explicaba (cuando no justificaba) tal golpe militar. En España, estamos familiarizados con este tipo de argumentos, pues también los utilizaron los golpistas de 1936.

El único problema de esta explicación es que es falsa y los números son erróneos. En realidad, los números eran precisamente contrarios a lo que todos aquellos individuos y agencias habían indicado. El presidente de la compañía de encuestas Gallup, en una entrevista que dio a Voice of America (09-07-09), mostró los datos reales. Indicó que la encuesta realizada por su agencia mostraba que el 46% se oponía al golpe militar que depuso al presidente y sólo un 28% lo apoyó, precisamente al revés de lo que las derechas han citado. The New York Times (10-07-09) sí que publicó aquellas cifras correctamente, como también lo hizo The Associated Press. Hasta hoy, ninguno de los autores, medios o agencias que informaron incorrectamente de los resultados de aquella encuesta ha pedido disculpas por aquel error (o manipulación), ni tampoco han clarificado que era un error. Tampoco es cierto que el presidente Zelaya fuera impopular antes del golpe, tal como han indicado aquellas voces de derechas. Según una encuesta Gallup realizada el 8 de febrero, el 53% de los hondureños tenía una opinión favorable del presidente Zelaya y sólo un 23% la tenía favorable de Micheletti, que lideraba, en la práctica, la oposición al presidente.

Hoy, la mejor prueba de que hay oposición al golpe militar es el propio estado de sitio, enormemente represivo, con completa anulación de las libertades elementales en una democracia, incluida la libertad de prensa. Si hubiera tal apoyo generalizado al gobierno golpista de Micheletti, no se necesitaría tal brutal represión.

Otra justificación que se le ha dado al golpe militar es la necesidad del golpe para impedir la continuación de Zelaya como presidente, lo cual hubiera ocurrido de hacerse el referéndum. Aquí, de nuevo, la falta de veracidad es la norma. En primer lugar, lo que se llama referéndum no era tal. Era una encuesta (la Encuesta de Opinión Pública, Convocatoria de Asamblea Constituyente), que estaba gestionada por el Instituto Nacional de Estadística (INE). El presidente tenía plena autoridad, según la Ley de Participación Ciudadana de 2006, de pedir al INE que realizara tal encuesta. En tal pregunta de la encuesta, no se hacía ninguna referencia a la reelección del presidente. Se pedía a la ciudadanía su opinión sobre la conveniencia de que la Asamblea, que la población elegiría el día de las próximas elecciones en noviembre, se encargaría de escribir una nueva Constitución. La versión actual de la Constitución fue escrita en 1981 y fue aprobada al término de la dictadura militar (que tuteló su preparación), que impuso toda una serie de cláusulas que protegen el enorme poder económico y político de la oligarquía que rige el país, así como de los intereses extranjeros, predominantemente estadounidenses, que han tenido una enorme influencia en la vida económica y política de aquel país (la expresión “república bananera”, utilizada para referirse a un país gobernado en la práctica por una compañía bananera, se utilizó precisamente para definir a Honduras).

La enorme hostilidad de la oligarquía hondureña a que se modificaran tales privilegios garantizados en aquella Constitución fue la causa real del golpe militar. En cuanto a la continuidad de Zelaya en su mandato, el calendario –incluso si se hubiera iniciado el proceso constituyente– impediría que Zelaya continuara, pues el proceso constituyente no es un proceso inmediato y el mandato terminaría cuando se eligiera una nueva Asamblea. Este hecho, como otros, es ignorado en la constante manipulación derechista.

Vicenç Navarro – Consejo Científico de ATTAC España

Artículo publicado en Diario Público