sábado, 12 de octubre de 2013

Estado de la inseguridad alimentaria en el mundo

Existe un lugar en el que se entrecruzan todas las crisis y se llama hambre. En ese espacio se encuentran la crisis económica, la especulación financiera, la crisis energética y el paradigma quebrado del neoliberalismo. Las instituciones del poder buscan siempre esconder las raíces y la magnitud del problema.
 
En Roma se lleva a cabo la reunión plenaria del Comité sobre seguridad alimentaria de la FAO. Está dando a conocer su informe para 2013 sobre inseguridad alimentaria (SOFI, por sus siglas en inglés y disponible en FAO). Para el estándar de los informes de la FAO, el SOFI 2013 no es tan malo, pero cuando llega a los problemas medulares, siempre prefiere endulzar el diagnóstico. Hoy un estudio riguroso e independiente le enmienda la plana.

La principal conclusión del estudio SOFI 2013 es que ha habido un progreso generalizado en la lucha contra el hambre. Señala que entre 1990 y 2007 se puede apreciar una clara tendencia a la reducción del hambre en el mundo y que a partir de la crisis esa tendencia se ha mantenido, aunque a un ritmo más lento. La realidad es que los datos sobre los avances en la lucha contra el hambre están concentrados en dos países, China y Vietnam (el 91 por ciento de la reducción desde 1990 corresponde a estos dos países). El mismo informe revela que entre los segmentos de la población más vulnerable el problema se ha agravado: en los países menos desarrollados, hay un incremento de 59 millones de personas afectadas por la subalimentación en los últimos 20 años.

Las estimaciones de la FAO sobre población afectada por el hambre están basadas en un cálculo del umbral de calorías por debajo del mínimo requerido por una persona durante un año y con un estilo de vida sedentaria. Esta forma de medir el hambre conduce a una subestimación significativa del problema. De esta manera el informe de la FAO puede alegremente indicar que hay progreso en la lucha contra este problema, pero la realidad es diferente. El número de personas con hambre podría aumentar del reportado por la FAO (868 millones) a unos mil 300 millones.

La FAO concluye que las metas mundiales de reducción del hambre están a nuestro alcance si se regresa a la tasa de crecimiento económico que prevalecía antes de la crisis. Pero este mensaje resulta engañoso porque el proceso de crecimiento en los años anteriores a la crisis estuvo marcado por mayor desigualdad y dependencia alimentaria. Además a la FAO parece no preocuparle el efecto del cambio en el uso de tierras cultivadas hacia la producción de biocombustibles en detrimento de la oferta de alimentos. Tampoco le inquieta la falta de regulación en los mercados de futuros y de productos básicos que ha permitido la especulación financiera en estos mercados con efectos nefastos en los precios de los alimentos. Y no le llama la atención la presencia de profundas distorsiones en los mecanismos de fijación de precios en los mercados altamente concentrados de granos e insumos agrícolas. Tal pareciera que la FAO considera que estos problemas son irrelevantes y de ahí su optimista conclusión.

Al igual que casi todos los informes de las agencias especializadas de Naciones Unidas, el informe SOFI 2013 evita discutir los rasgos de la economía mundial que han conducido a la crisis y que tienen serias consecuencias para la inseguridad alimentaria. De hecho, para el informe tal parece que lo único que permite reducir el hambre es el crecimiento económico. Según la FAO esto es lo que hace posible reducir la pobreza, hambre y desnutrición. A pesar de que el vínculo entre crecimiento y reducción de la desnutrición no es muy robusto, el mensaje principal de SOFI 2013 es que el crecimiento es el principal instrumento para reducir hambre y subalimentación. De este modo, la FAO evita mencionar el importante hecho de que las políticas públicas orientadas a fortalecer la equidad han sido clave en la reducción del hambre y la desnutrición. Y es precisamente en los países que acusan mayores adelantos en la lucha contra el hambre en los cuales se han aplicado políticas que fortalecen la equidad, sobre todo en términos de propiedad de activos productivos. En contraste, la FAO en su informe concentra su atención en las políticas asistencialistas de corte neoliberal.

De hecho, el mismo informe SOFI 2013 reconoce que sus datos no cubren los efectos de los aumentos en los precios de los alimentos de los años 2007-08 y que tampoco consideran las consecuencias de la caída en la tasa de crecimiento económico a partir de 2009. Esto es suficiente para invalidar la principal conclusión del estudio porque la crisis global ha sumido al mundo en un proceso de empobrecimiento del que no saldremos fácilmente. La cifra de 868 millones de personas que padecen hambre no es válida.

El informe de la FAO está marcado por un injustificado optimismo que no permite realizar un análisis objetivo sobre el problema del hambre en el mundo. Sin entender las raíces del problema no será posible solucionarlo.

Alejandro Nadal
La Jornada

sábado, 5 de octubre de 2013

Comida industrial: enfermando a la gente y el planeta

Las cinco enfermedades más comunes en México están ligadas a la producción y consumo de alimentos provenientes de la cadena agroalimentaria industrial: diabetes, hipertensión, obesidad, cáncer, enfermedades cardiovasculares. Algunas totalmente, otras parcialmente, ninguna está desligada. Esto se traduce en mala calidad de vida y tragedias personales, pero además en altos gastos de atención médica y del presupuesto de salud pública, un enorme subsidio oculto para las transnacionales que dominan la cadena agroindustrial, desde las semillas al procesado de alimentos y venta en supermercados. Más razones para cuestionar ese modelo de producción y consumo de alimentos.
 
En artículos anteriores referí cómo el sistema alimentario agroindustrial solamente alimenta a 30 por ciento de la población mundial, pero sus graves impactos en salud, cambio climático, uso de energía, combustibles fósiles, agua y contaminación son globales.

En contraste, la diversidad de sistemas alimentarios campesinos y de pequeña escala son los que alimentan a 70 por ciento de la población mundial: 60-70 por ciento de esa cifra lo aportan parcelas agrícolas pequeñas, las huertas urbanas el 15-20 por ciento, la pesca 5-10 por ciento y la caza y recolección silvestre 10-15 por ciento. (Ver ¿Quién nos alimentará? La Jornada, 21/9/13 y www.etcgroup.org). Agrego ahora datos complementarios, de la misma fuente.

En términos de producción por hectárea, un cultivo híbrido produce más que una variedad campesina, pero para ello requiere la siembra en monocultivo, en extensos terrenos planos e irrigados, con gran cantidad de fertilizantes y alto uso de agrotóxicos (plaguicidas, herbicidas, funguicidas). Todo ello disminuye la cantidad de nutrientes que contienen por kilogramo. Los cultivos campesinos, por el desplazamiento histórico que han sufrido, ocurren mayoritariamente en terrenos desiguales, en laderas y tierras pedregosas, sin riego. Si comparamos aisladamente la producción de un cultivo campesino con el mismo híbrido industrial, la producción por hectárea es menor. Sin embargo, los campesinos siembran, por necesidad y conocimiento, una diversidad de cultivos simultáneamente, varios del mismo cultivo con diferentes características, para diferentes usos y para soportar distintas condiciones, además de cultivos diferentes que se apoyan entre sí (se aportan fertilidad, protegen de insectos) y como usan poco o nada de agrotóxicos, crecen a su alrededor una variedad de hierbas comestibles y medicinales. Siempre que pueden, los campesinos combinan también con algún animal doméstico o peces. Todo sumado, el volumen de producción por hectárea de las parcelas campesinas es mayor que el de los monocultivos industriales, además de que resisten mucho mejor los cambios del clima y su calidad y valor nutritivo es mucho mayor.

De lo cosechado en la agricultura industrial, más de la mitad va para forrajes de ganado en cría a gran escala y confinada (cerdos, pollos, vacas). Virtualmente toda la soya y maíz transgénico que se produce en el mundo –y también la que quieren plantar en México– no se destina a alimentación humana sino a forrajes para cría animal industrial, dominada también por trasnacionales y cuyo sobreconsumo es otro factor causante de las enfermedades principales.

De los fertilizantes sintéticos usados en la agricultura industrial, la mayoría es justamente para producir forrajes, y la mitad que se aplica no llega a las plantas por problemas técnicos. A su vez, el escurrimiento de fertilizantes es factor fundamental de contaminación de aguas y de gases de efecto invernadero.

Adicionalmente, en la cadena industrial se desperdicia de 33 a 40 por ciento de los alimentos durante la producción, transporte, procesamiento y en hogares. Otro 25 por ciento se pierde en sobreconsumo, produciendo obesidad, entre otras cosas por la adicción que provoca la cantidad de sal, azúcar y químicos agregados.

En Norteamérica y Europa el desperdicio de alimentos per cápita es de 95 a 115 kilogramos por año, mientras que en África subsahariana y sudeste de Asia (con mayoría de agricultura campesina), es de 6 a 11 kilogramos per cápita, 10 veces menor.

Ante el desperdicio y la gravedad de los problemas de salud y ambientales que provoca la cadena industrial de alimentos, urge replantearse políticas que la desalienten y estimulen en su lugar la producción diversificada, sin químicos, con semillas propias y en pequeña escala, que además es la base de trabajo y sustento de más de 80 por ciento de los agricultores del país. En el extremo opuesto está la producción industrial con transgénicos, que exacerba todos los problemas mencionados, y además, al estar en manos de cinco trasnacionales es una entrega de soberanía nacional. La siembra de soya transgénica ya está amenazando de muerte a los apicultores, tercer rubro de exportación nacional, que provee sustento a más de 40 mil familias campesinas. Las solicitudes de siembra comercial de maíz transgénico en millones de hectáreas, amenazan eliminar otros miles de familias campesinas y contaminar el patrimonio genético más importante del país.

Por si estos datos no fueran suficientes, los eventos climáticos extremos que ha sufrido el país –con daños exacerbados por políticas que aumentan la vulnerabilidad–, están directamente vinculados a ese sistema alimentario agroindustrial, que es una de las causas principales del cambio climático.

Silvia Ribeiro
La Jornada

sábado, 21 de septiembre de 2013

¿Quién nos alimentará?

El tema del hambre y las necesidades alimentarias frente a la creciente población mundial es crucial, pero está atravesado de supuestos equivocados que urge terminar.
 
Casi todos los gobiernos y la comunidad internacional que se ocupa del tema alimentario parten de la premisa que necesitamos la cadena industrial y sus tecnologías para alimentarnos, tanto en el presente como para enfrentar los desafíos futuros. Los campesinos y otros pequeños productores de alimentos son vistos como algo casi folclórico: existen, pero son marginales y no juegan un papel importante en la alimentación. Es también la consigna de transnacionales y científicos que son financiadas por ellas: sin semillas industriales y transgénicas, sin monocultivos industriales, maquinarias y gran cantidad de insumos y agrotóxicos, el mundo pasará aún más hambre ante el aumento de población y el caos climático.

Sin embargo, los datos duros muestran una realidad inversa: es justamente la cadena industrial, las trasnacionales y sus tecnologías, las que exacerban las crisis y producen más hambre, mientras que las redes campesinas y otros pequeños son quienes alimentan a la mayoría.

Frente a las contradicciones entre datos reales y supuestos equivocados que son base de políticas nacionales e internacionales, en el Grupo ETC, que seguimos el tema agrícola y alimentario y sus configuraciones empresariales desde la década de los setenta, decidimos compilar investigaciones de varias décadas y contrastar en un solo documento las realidades de la cadena industrial alimentaria y las redes campesinas. Lo sintetizamos en un poster de 6 láminas, que compara ambas realidades contestando 20 preguntas comenzando por ¿quién nos alimenta hoy? y ¿quién nos alimentará en el 2030?

El mercado mundial de la alimentación, desde las semillas y la agricultura hasta los supermercados, es desde 2009 el mayor mercado mundial, superando a los energéticos. Siendo además un rubro esencial para la supervivencia, no sorprende que las transnacionales se hayan lanzado agresivamente a controlarlo. El proceso no tomó mucho tiempo: en tecnología unos cincuenta años, con la llamada Revolución verde, en nuevas regulaciones para favorecer los oligopolios de mercado, apenas un par de décadas. De Monsanto a Walmart, una veintena de transnacionales controlan ahora la mayor parte de este lucrativo mercado.

Que las transnacionales dominen la cadena industrial de producción de alimentos no significa que alimentan a la mayoría. Aunque controlan cerca del 70 por ciento de los recursos agrícolas globales (tierra, agua, insumos), lo que producen solo llega a un 30 por ciento de la población mundial. La mayor parte de los alimentos sigue viniendo de manos campesinas, indígenas, pescadores artesanales, recolectores, huertas barriales y urbanas y otros/otras pequeños, que con apenas 30 por ciento de los recursos agrícolas, alimentan al 70 por ciento de la humanidad.

La cadena industrial desperdicia dos terceras partes de su producción de alimentos, devasta suelos y ecosistemas, ocasiona enorme daños a la salud y el ambiente, y pro ella 3 mil 400 millones de personas, la mitad de la población mundial, está mal alimentada: hambrienta, desnutrida u obesa. La red campesina y de pequeños proveedores de alimentos tiene un nivel mínimo de desperdicio, usa y cuida una enorme diversidad de alimentos con mucho mayor contenido nutricional, más saludables y con un impacto ambiental bajo o inexistente. Incluso negativo, porque contrarrestan la devastación causada por la cadena, como en el caso del cambio climático. Esto, aún tomando en cuenta que buena parte de los campesinos usan algún agroquímico.

Para proveer ese 30 por ciento de los alimentos, la cadena industrial usa el 70-80 por ciento de la tierra arable, el 80 por ciento de los combustibles fósiles y el 70 por ciento del agua destinados para uso agrícola. Además causa el 44 a 57 por ciento de los gases de efecto invernadero, deforesta 13 millones de hectáreas de bosques y destruye 75 millones de toneladas de cubierta vegetal cada año.

La red campesina cosecha el 60-70 por ciento de cultivos alimentarios con 20-30 por ciento de la tierra arable, utiliza menos del 20 por ciento de los combustibles fósiles y el 30 por ciento del agua destinados al uso agrícola, usa y nutre la biodiversidad y es responsable por la mayor parte del 85 por ciento de los alimentos que se producen dentro de fronteras nacionales. Es el proveedor principal, y muchas veces el único, de los alimentos que llegan a los dos mil millones de personas que sufren hambre y desnutrición.

A estos datos se suman muchos otros sobre volumen de producción por hectárea, puestos de trabajo, tierra, agua, pesca, bosques, diversidad de semillas y microbiana, polinizadores, investigación agrícola, patentes y monopolios, producción animal e impactos derivados, impactos en salud y ambiente, que muestran realidades parecidas y a menudo desconocidas no sólo para los gobiernos, también para muchos de nosotros.

El documento, titulado ¿Quién nos alimentará? La cadena industrial o la red campesina, parte de más de un centenar de fuentes, la mayoría de organismos de Naciones Unidas como FAO, PNUMA, PNUD, UNCTAD. El resto es de instituciones académicas o de investigación de la sociedad civil, citando reportes que a su vez están basados en otros cientos de fuentes, como los producidos por Grain y Oxfam. Se puede descargar en www.etcgroup.org/es/content/quién-nos-alimentará

Silvia Ribeiro. Investigadora del Grupo ETC
La Jornada

domingo, 14 de julio de 2013

¿Qué pasó con los BRICS?

Goldman Sachs, que fue uno de los bancos de inversión y valores más grandes del mundo, argumentó en su momento que el potencial económico de Brasil, Rusia, India y China era tal, que era muy probable que se convirtieran en las cuatro economías dominantes del mundo: fue una tesis propuesta por Jim O’Neill, economista del banco, en un ensayo titulado Building better global economic BRICs (2001). El terminajo fue adoptado por académicos y analistas, pues parecía resumir unos rasgos comunes: es un grupo de países muy poblados con economías ascendentes, clase media en expansión acelerada, crecimiento superior a la media global mundial, y una notable resistencia a la crisis financiera que se había dado inicio a fines de 2007.
 
Lo notorio no es que académicos y analistas hayan adoptado sin más la tesis de O’Neill, sino que los propios países incluidos en el acrónimo de marras, hayan oído esa cuasi solitaria voz proveniente de un banco gringo, para convertirla en un eje de su actuar inmediato, y constituirse en somos el polo dominante del futuro. Hasta ahí puede llegar una voz del país dominante del planeta.

El mundo de la economía global del presente, como estamos viendo, se mueve agitadamente sin cesar, provocando cambios acelerados y continuos, y probablemente la tesis de O’Neill (y de los aludidos) era por lo menos apresurada.

Todavía el informe del PNUD, Índice de Desarrollo Humano 2013, subtituló al documento El ascenso del sur, dando un lugar especial a los BRICS –ya había sido añadida Sudáfrica-, y se había argumentado que podrían haber entrado en los BRICS México y Corea del Sur, pero que no era necesario por cuanto eran parte de la OCDE.

Espero que el gozo no se haya ido al pozo, pero la cumbre que las cinco grandes economías emergentes (o BRICS) acaban de celebrar en Durban (Sudáfrica), comenzó con redoble de grandes tambores, y acabó en susurros. El convenio de canje de divisas suscrito previamente por China y Brasil aparecía como el comienzo de acuerdos de mucho mayor calado, en particular la creación de un banco de desarrollo que sirviera de contrapeso al Banco Mundial y al FMI.

La iniciativa, aprobada por los BRICS desde el año pasado en Nueva Delhi, se había presentado como la base de un nuevo orden financiero mundial: un banco sur-sur que ayudara a los países en desarrollo y desafiara a los organismos dominados por las potencias occidentales. Los BRICS, sin embargo, no pudieron crear en Durban su primer gran organismo financiero. No hubo acuerdo en cómo financiar el banco, ni dónde situar su sede, ni cómo articular la toma de decisiones. Ojalá y esas dificultades puedan ser superadas en el futuro, pero la coyuntura apunta más bien a mayores dificultades.

Ahora, la agencia Standard & Poor’s calificó hace unos dos meses la deuda soberana de India en BBB- (el grado de inversión más bajo posible y la más baja nota entre los BRICS). India enfrenta casi todos los retos que una economía emergente puede afrontar. Su gobierno está liderado por una pequeña élite dividida por disputas que paraliza casi todos los intentos de reforma económica.

Brasil afronta problemas económicos y políticos crecientes, de corto y de mediano plazo, a los que nos hemos referido en este espacio, al mismo tiempo que tomado compromisos internacionales de gran envergadura. En Rusia el propio Putin ha expresado serias dudas sobre el futuro de los BRICS. Este país está entrando gradualmente a una etapa recesiva de la que no le será fácil salir. Una de las patas del tripié ruso son sus elevadas exportaciones de petróleo y gas a la Unión Europea, y la ya larga recesión europea ha asestado sucesivos golpes a la balanza de pagos rusa, que ya no registra los volúmenes de divisas que recibía hasta hace pocos años. También ha hecho esfuerzos importantes, pero no ha podido controlar una burbuja inmobiliaria que crece, no a velocidad gringa, pero no deja crecer.

Sólo China sigue en pie. En una nota reciente Standard and Poor’s se refirió, con esa delicadeza diplomática de tantos funcionarios gringos que operan a nivel internacional, a China y los BRI.

De modo que ver en los BRICS el núcleo dominante del futuro, o en un mejor escenario, la constitución de potencias que efectivamente empiecen a configurar un mundo multipolar más o menos equilibrado, se ve como el vagón de cola de un tren que parte velozmente delante de nosotros: se achica rápidamente ante nuestros ojos.

No por todo ello Estados Unidos está en una vía de recuperación de su hegemonía de la posguerra. Por el contrario, esa hegemonía se vuelve más y más evanescente. El sentimiento antiestadunidense crece –¡aún más!– en el mundo entero. Ahora hasta la alianza atlántica está herida por el espionaje estadunidense y (entre paréntesis, qué irónico resultaría que los drones que se fabrican en México –como El Gavilán–, diseñado expresamente para vigilancia de multitudes, fuera el instrumento para vigilar la frontera norte por nuestros vecinos: este dron se comercializa por Hydra Technologies de México).

Estados Unidos, sí, continuará siendo el país dominante, por su pura fuerza militar y tecnológica; y si el mundo no gringo no logra crear un mundo multipolar equilibrado, nos amenaza una dictadura militar mundial estadunidense, que es el american dream del Partido Republicano.

José Blanco
La Jornada

jueves, 4 de julio de 2013

La globalización contra-hegemónica

Estamos siendo testigos de la irrupción de los ciudadanos de innumerables países, que protestan indignados contra la realidad de un mundo cada vez más injusto, más inseguro y donde la democracia real se ha vuelto una ilusión. Se trata de un fenómeno inédito. Las nuevas tecnologías de la información y la telecomunicación permiten ya no sólo transmitir el malestar, sino organizar expresiones masivas por canales no controlados ni por el poder político (gobiernos y partidos) ni por el poder económico (empresas y corporaciones). Estas rebeliones ciudadanas, ocurridas de manera espontánea en regiones tan diferentes como el mundo árabe (Egipto, Túnez, Argelia, Marruecos), Europa (Islandia, Grecia, Portugal, España) o América Latina (Chile, México, Brasil), han logrado detener o anular medidas coercitivas, cambiar leyes o derrocar regímenes autoritarios. Son reacciones a la crisis de la civilización moderna. Sin embargo, ahí donde parece que todo termina, es donde todo comienza. Si la protesta callejera, por más impactante que sea, no se transforma en organización autónoma de la sociedad civil, su efecto tenderá a desvanecerse o apagarse y a terminar recluida en el baúl de los recuerdos. ¿Cómo convertir la protesta en una fuerza real de transformación social?
 
Debemos al pensador lusitano Boaventura de Sousa Santos la expresión de globalización contra-hegemónica. Bajo este título agrupa los proyectos, iniciativas y procesos de carácter alternativo que, creados y ejecutados por la sociedad civil, representan fisuras en el modelo dominante de la civilización industrial o moderna. Su importancia es nodal, porque muestra que existen ejemplos y casos exitosos de la vida real construidos sobre valores no sólo alternativos, sino opuestos a los que hoy dominan. Se trata de experiencias autónomas e independientes de los poderes políticos y económicos inspirados en el apoyo mutuo y la cooperación y basados en una economía que es moral, ecológica y solidaria. Hagamos un brevísimo recuento.

Es posible que el rasgo clave de estas experiencias sea el espíritu solidario, cooperador o altruista de quienes participan en ellas. Ello las sitúa de raíz como antípodas de la competencia y del individualismo. Sobre ese valor se construyen entonces instituciones verdaderamente democráticas, horizontales e igualitarias que surgen en paralelo a los proyectos. En esta perspectiva el primer baluarte lo conforman las cooperativas y las redes de muy diferente tipo. Las cooperativas, que son modalidades de empresas sin patrones donde los trabajadores son todos socios con derecho a voz y voto, no sólo existen y subsisten sino que se expanden por todo el mundo. Las redes de producción y consumo igualmente crecen, especialmente las de los productos orgánicos.

La cooperativa es y será cada vez más el modelo productivo que habrá de remplazar a las empresas y corporativos privados. La cooperativa surgió en 1844 en Inglaterra cuando 28 trabajadores despedidos decidieron fundar su propia empresa. Si usted, lector, explora por Internet el tema, encontrará más de 3 millones de respuestas y se enterará que existe la Alianza Internacional de Cooperativas, fundada en 1895. El modelo cooperativo está presente en los principales proyectos contra-hegemónicos.

Ya hace más de cuatro décadas que en Japón surgió el Tekei, redes que conectan cooperativas de productores y consumidores de alimentos, en su mayoría orgánicos. Se estima que hacia 2004 participaban unos 22 millones de ciudadanos. El Tekei japonés se considera una experiencia emblemática que ha inspirado muchas otras experiencias similares en numerosos países. En India, el influyente legado filosófico de Mahatma Gandhi, que incluye conceptos de gran importancia como el swaraj (autogobierno) y la swadeshi (control popular de los procesos) y las notables resistencias ecológicas, como el movimiento Chipko (mujeres defendiendo los árboles) o la protesta de Bophal, han inducido unas 30 mil iniciativas sociales emancipadoras conocidas como micromovimientos. También está el caso del estado de Kerala, en el extremo sur, donde gobiernos de izquierda, a contracorriente de lo que habitualmente sucede, han gestado un extenso movimiento de democracia participativa, que ha llegado a sus mil 214 municipios. Kerala mantiene una población, equivalente a la de España, de casi 40 millones. En México existe un registro de un millar de experiencias locales, de inspiración ecológica, realizadas por empresas sociales, casi todas indígenas, distribuidas principalmente por el centro y sur del país. En España el cooperativismo tiene una alta presencia en la economía; su experiencia emblemática es Mondragón, con 100 mil socios, y frente a la crisis se han constituido nuevas cooperativas integrales en Barcelona, Madrid y Andalucía.

La información disponible, por lo común dispersa, revela que en Cuba un movimiento ciudadano de carácter agroecológico logró remontar la crisis alimentaria provocada por la ausencia de petróleo, tras la caída de la Unión Soviética, más allá del aparato político de la isla; que en Brasil, las tres principales confederaciones campesinas se plantean no sólo el reparto agrario, sino el modelo agro-ecológico y la soberanía alimentaria; y que en Europa el movimiento de las Transition Towns, poblaciones que buscan vivir sin petróleo bajo un modelo sustentable rebasan, las 200.

Es posible que toda esta gama de proyectos ciudadanos no alcance aún a conformar un proceso global. Pero todo apunta hacia allá. Mientras que la Alianza Cooperativa Internacional reúne a 800 millones de socios, la Vía Campesina es ya una organización global, con 200 millones de miembros. En escasas dos semanas el movimiento ambientalista logró sacar a la calle a más de 2 millones en 435 ciudades para protestar contra Monsanto y los alimentos transgénicos. El día del orgullo gay igualmente convoca cada año a cientos de miles a manifestaciones callejeras. Quienes se dedican a la teoría de redes, saben que una vez consolidada una red en un nivel, el siguiente paso es su articulación con otras más y así sucesivamente. Conforme se vaya consolidando este proceso trans-escalar se habrá de pasar a la formulación de contenidos teóricos para buscar una civilización diferente, o una modernidad alternativa. La frase del pensador alemán Bertolt Brecht resulta significativa: La crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer.

Victor M Toledo
La Jornada

lunes, 24 de junio de 2013

África y los africanos en el espejo de los demás

Generalmente suelen prevalecer dos enfoques opuestos, casi dogmáticos, en el análisis de las realidades africanas, que son el afropesimismo crónico y el afrooptimismo de complacencia. Es preciso apartarse de estos paradigmas para caminar hacia el afrorrealismo o la afroresponsabilidad, consistente en explicar aquellas realidades, no a partir de sus efectos, sino de sus causas históricas y actuales, estructurales y coyunturales, externas e internas, al margen de las simplificaciones abusivas y fáciles.
 
En un mundo dominado por los prejuicios eurocéntricos, escribir algo positivo sobre África ─que se suele considerar como un país o algo homogéneo, y no como un continente─ significa que nadie lo va a leer. Es decir, existe un verdadero complot mediático contra África y los africanos colocados debajo de la jerarquía de las sociedades humanas.
 
El afropesimismo o el último avatar de la ideología racista
 
El afropesimismo, que se inspira en las tesis hegelianas del siglo XIX, se reactivó a comienzos de la década de los 60 con el diagnóstico negativo de René Dumont (“afropesimismo matizado”), que dio la voz de alarma por el modelo de desarrollo y del Estado mimético o equivocado, adoptado por los países africanos, antes de tomar la forma del “afropesimismo cínico” o “el afrocatastrofismo”, ilustrado por la “negrología” de Stephen Smith y el discurso de Nicolas Sarkozy en Dakar, en julio de 2007, en el que negaba a los africanos tener Historia y cultura por “seguir viviendo desde milenios según los ritmos de las estaciones y de la naturaleza”.
 
El afropesimismo vigente es el último avatar del desprecio y/o arrogancia occidental hacia África y los africanos (por su razonamiento superficial y verdades a medias), atribuyendo la responsabilidad de los fracasos de África a los factores internos, con la duplicidad intelectual de los informes negativos sobre este continente de las organizaciones internacionales, ─sobre todo en la década de los 80, para justificar sus políticas de ajuste estructural─, y de los medios de comunicación a su servicio que, de este modo, contribuyen a la difusión de la idea del “desorden africano” y de la desesperación en cuanto al futuro del continente. Se insiste en la pobreza creciente, las hambrunas o las calamidades naturales, las migraciones de la miseria, las “guerras tribales y crueles”, los golpes de Estado, los dictadores corruptos... Es decir, una larga lista de tragedias y de fracasos que viven los pueblos africanos. La idea subyacente es que los africanos son unos nulos e incapaces.
 
Raras veces se habla de acontecimientos felices o del dinamismo de los pueblos africanos o del “renacimiento africano”. Tampoco se insiste, por ejemplo, en la responsabilidad en el “drama africano” de la carga de la deuda, de los desastres humanos y sociales generados por los programas de ajuste estructural (PAE), del saqueo de los recursos naturales y del acaparamiento de las tierras africanas por las multinacionales del Norte, o del fracaso de la ayuda al desarrollo. Es decir, las prácticas perversas que han convertido a África en un neto exportador de capitales.
 
Esta ideología resulta ser peligrosa, no sólo por su dimensión racista, sino también por ser asumida y reproducida por algunos intelectuales africanos, pensando adoptar con ello una actitud crítica, muy apreciada por sus mentores occidentales, hacia sus sociedades. Se trata de una crítica barata, a menudo superficial, por reproducir las críticas occidentales.
 
Desgraciadamente, según denuncia acertadamente Boris Diop, el problema con el público occidental en general, es disfrutar ver a los propios africanos denigrar a África. En la opinión de este autor, se ha acostumbrado a los llamados intelectuales africanos, interesados a atraerse los fondos por todos los medios o la simpatía del público europeo, a denigrar a sus propias sociedades, presentadas como atrasadas, opresivas y crueles. El objetivo es quedarse con la consciencia tranquila y responsabilizar a los africanos de sus problemas y desgracias.
 
La “afroderecha latinoamericana”, según el término acertado de Jesús Chucho García, está reproduciendo el mismo discurso hacia África, para complacer a los dominadores, y conseguir más o menos los mismos objetivos. Esta corriente de la afrodescendencia, que ha bebido del eurocentrismo que le vende los verdugos, se niega a considerar a “África como la madre patria”, por los supuestos fracasos que encarna este continente, junto a las humillaciones del pasado que ha sufrido, y que les avergüenzan, cayendo en la apología de los argumentos negativos difundidos sobre África por los medios y algunos círculos occidentales. Ha interiorizado la historia de los “vencedores” por conveniencia u oportunismo, convirtiéndose en detractora de la “autenticidad africana”.
 
Dicho con otras palabras, la afroderecha ha caído en el eurocentrismo, bebiendo en la literatura negrófoba y aliándose con los peores responsables y culpables de crímenes contra la humanidad, o de sus propios ancestros. Por lo tanto, estamos ante unas víctimas más, y peor inconscientes. Esta actitud masoquista, de etnocolonización y autoflagelación, propia a los pueblos dominados, analizada en sus obras por Aimé Césaire, Frantz Fanon o Albert Memmi, se explica por la tendencia de algunos integrantes de estos colectivos a juzgarse no a partir de sus propias varas de medidas, sino de los criterios interiorizados de los dominadores.
 
En definitiva, siguiendo a Abiola Irele, el afropesimismo, en lugar de ser una verdadera preocupación de la situación y del futuro de África, es una visión cínica que permite a algunos intelectuales occidentales hacer de África su fondo de comercio y justificar su carrera en los programas de las instituciones encargadas de la gobernanza y desarrollo en África, insistiendo en una visión negativa y deformada del continente.
 
Deconstrucción de las bases de los planteamientos afropesimistas
 
“Los pueblos africanos carecen de Historia y cultura”
 
La supuesta desgracia permanente de los africanos se origina en la versión bíblica de la “maldición de Cam”, hijo de Noé, de quien los negros serían descendientes (“raza camítica”). Se trata de un invento o un discurso medieval de legitimación o justificación de la esclavitud de los negros, pues consistía en negar a los africanos la parte de humanidad, siendo el objetivo proporcionar la mano de obra necesitada por las minas y plantaciones del Nuevo Mundo.
 
En cuanto a la teoría de ausencia de Historia en el continente, fue elaborada por los colonizadores para justificar la colonización del continente o la “misión civilizadora”. No tiene ningún fundamento. Está hoy ampliamente demostrado que la civilización faraónica negra fue la hija, y no la madre, de las civilizaciones africanas (ver los trabajos del profesor Cheikh Anta Diop). El antropólogo galo, Maurice Delafosse, demostró que hasta el siglo XV las sociedades africanas tenían el mismo nivel de desarrollo que sus equivalentes árabes y europeos (reino de Kongo, imperios de Ghana, Malí, Songhai, Kanem-Bornú, Benín, Monomotapa…). Tampoco se puede considerar que África fue una tabula rasa cultural antes de la llegada de los europeos. Prueba de ello es la persistencia de los valores culturales africanos en la santería cubana, el candomblé o la macumba brasileños y en la cultura latinoamericana en general.
 
Las revelaciones de los navegantes del siglo XV al siglo XVII ponen de manifiesto el hecho de que el África negra fue una tierra de brillantes civilizaciones bien estructuradas.
 
“África es un continente condenado al subdesarrollo y a la pobreza”
 
Se suele perder de vista que el subdesarrollo de África no es una fatalidad irreversible. Es el resultado de los mecanismos de explotación y agresión históricos, las injusticias internacionales institucionalizadas, junto a la mala gestión de los gobiernos poscoloniales propensos al neopatrimonialismo (clientelismo) y predadocracia. Es preciso subrayar aquí la responsabilidad de la educación recibida por las clases gobernantes africanas, criadas en la admiración de lo europeo y el desprecio de lo africano, y que René Dumont expresa en estos términos: “los dirigentes africanos son nuestros alumnos. Han sido formados en nuestras universidades, ejércitos y administraciones o en las universidades neocoloniales africanas. Han sido seducidos por nuestro modelo de vida y de desarrollo y les hemos enseñado como arruinar a África”.
 
De todas maneras, es preciso relativizar el fracaso de África, que ha conseguido importantes avances en los aspectos de desarrollo humano, aniquilados por el ajuste estructural. Se confunde aquí el fracaso con la resistencia de los pueblos africanos al modelo económico y social dominante, colonial y occidental.
 
La afirmación de los desastres africanos contrasta con las realidades siguientes: la tasa promedia del crecimiento anual en torno al 5% en 2012-2013, resistiendo mejor África a la crisis que los países industrializados, del Oriente Medio y emergentes, y las rivalidades entre países como Estados Unidos, Inglaterra, Francia, China para conquistar los mercados africanos.
 
“Los conflictos africanos son étnicos y África no está preparada para la democracia”
 
Varios análisis, e incluso académicos, suelen atribuir las causas de los conflictos a los únicos y simplistas aspectos étnicos o “tribales”. Los hechos han demostrado en la última década que este planteamiento es erróneo. Los conflictos como los de Sudán, Angola, Ruanda, Sierra Leona, Liberia, la RDC y Somalia han puesto de manifiesto los factores multiformes locales, nacionales, regionales e internacionales, en particular las luchas por el poder y los abusos del poder, la ruptura entre el Estado y la nación, junto a los intereses geopolíticos de las potencias externas y las multinacionales petroleras o mineras que, en su búsqueda de monopolio de la renta, apoyan a los gobiernos, a los movimientos de guerrilla o a ambos a la vez.
 
El argumento de falta de madurez de los africanos para la democracia, prevaleciente en muchos círculos políticos del Norte, tiene una clara connotación eurocentrista al identificar la democracia, e incluso el desarrollo, con la occidentalización. Los hechos no coinciden con este planteamiento. Está naciendo una nueva generación de dirigentes africanos más democráticos y respetuosos de derechos humanos.
 
Lo que ha fracasado en África no es el desarrollo o la democracia, que no son productos de importación o exportación, sino el mimetismo del modelo occidental, o la occidentalización. Ello ha de interpretarse como la resistencia de los africanos a los modelos impuestos desde el exterior.
 
Conclusión
 
Se trata ahora de rechazar cualquier forma de pensar a África y sus diásporas a partir de los demás o de la historia de los vencedores, de los que tienen el monopolio del discurso o de los medios de comunicación o información.
 
Apostamos por el afrocentrismo (abierto, y no cerrado) o la afrocentricidad, consistente en el sometimiento de las relaciones externas a la racionalidad interna, en dar prioridad a las exigencias del desarrollo interno fortaleciendo la capacidad de acción y actuación de los africanos. Con ello, África y sus diásporas saldrán de su exclusión internacional y tendrán un cierto control sobre su propio destino, actualmente en manos de los demás.
 
- Mbuyi Kabunda es profesor de Relaciones Internacionales y Estudios Africanos en el Instituto Internacional de Derechos Humanos (IIDH) de Estrasburgo y del Grupo de Estudios Africanos (GEA) de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM). Director del Observatorio de Estudios sobre la Realidad Social del África Subsahariana (FCA/UAM).
 
Artículo publicado en la Edición de junio (486) de la revista América Latina en Movimiento, titulada " Miradas del movimiento afrolatinoamericano": http://alainet.org/publica/486.phtml
http://alainet.org/active/64986

lunes, 10 de junio de 2013

La calma antes de la tormenta

La relativa estabilidad del presente es una referencia inútil para prever el futuro. Desgraciadamente la tendencia natural es proyectar hacia el futuro incierto los datos conocidos y usarlos como una guía para tratar de predecir el curso de los acontecimientos. No es un procedimiento certero, pero parece que los humanos así sienten que pueden enfrentar la angustia de la incertidumbre.
 
La economía mundial atraviesa una fase de relativa tranquilidad. Lejos parecen los días de 2009 cuando el colapso terminal parecía inminente. Entre las señales positivas que se mencionan con insistencia en los medios se encuentra la relativa estabilidad en los mercados financieros y hasta la evolución de los precios de bienes raíces en Estados Unidos. Un análisis más detallado revela que la calma relativa no proviene de una recuperación sostenible y que han aparecido nuevas amenazas en el horizonte.

Casi todas las principales economías del planeta (la excepción es Japón) han escogido una estrategia anticrisis basada en la expansión de la oferta monetaria en lugar de recurrir a mayores déficit fiscales. La efectividad de esta opción estratégica deja mucho que desear.

En Estados Unidos los salarios siguen sin restablecer su poder adquisitivo. El crecimiento sigue siendo mediocre y el desempleo real se mantiene en niveles inaceptables. La política monetaria es la única que se mantiene en una postura expansiva. Pero al interior de la Reserva federal existe un intenso debate sobre este tema. Por un lado están los que piensan que la inyección de liquidez debe cesar porque es necesario controlar las presiones inflacionarias. Frente a esa posición se encuentran los que sostienen que la flexibilización debe mantenerse porque la recuperación es frágil.

En Europa las medidas de austeridad han tenido un efecto depresivo. Y si los saldos negativos en las cuentas externas de algunos países se han comenzado a reducir, eso no se debe a una recuperación sana del sector externo, sino a que en la contracción las importaciones se han reducido de manera drástica. Por otra parte, la política de austeridad no ha permitido mejorar la relación deuda/PIB. La política del Banco Central Europeo permitió mantener cierta estabilidad en los mercados financieros, pero no ha resuelto ninguno de los problemas que dieron lugar a la rápida transmisión de la crisis. Aunque existe presión en varios frentes para reorientar la política macroeconómica hacia el crecimiento, no es claro cuándo se podría aplicar este viraje.

En China las perspectivas de una recuperación no son nada buenas y entre más información sale a la luz más claro queda que esa economía enfrenta serios desafíos, por no decir peligros. China también recurrió al crédito bancario para financiar el crecimiento y mitigar los efectos de la crisis. El sistema de comando centralizado le permitió dirigir el crédito de manera precisa a proyectos que fueron considerados prioritarios. Los más favorecidos están en el sector de la construcción por su impacto en la tasa de crecimiento general. Los bancos no debían frenar estas inversiones, así que las garantías de los créditos fueron relegadas a un lugar secundario. Los promotores (constructoras del sector privado y público) son los grandes ganadores, pero la vulnerabilidad de los bancos aumentó. Así surgieron ciudades enteras que están deshabitadas porque nadie puede adquirir los cientos de miles de departamentos vacíos que adornan sus bulevares desiertos. La otra cara de la moneda es una cartera vencida de magnitudes astronómicas y un futuro incierto en el que la tasa de crecimiento será menor, con todo lo que eso implica para algunos países ‘emergentes’.

Japón es el único país que ha desplegado una política macroeconómica en la que la expansión fiscal es importante. El enfoque adoptado tiene la ventaja de coordinar los dos pilares de la política macroeconómica alrededor de un objetivo común. Seguirá manteniendo una postura de política monetaria para revertir el proceso deflacionario (la meta es alcanzar una tasa de inflación de 2 por ciento) y reducir así la tasa real de interés. Un efecto será la depreciación del yen, lo que promete alimentar la guerra de divisas (y es la respuesta a la depreciación del dólar inducida por la Reserva federal). Sin embargo, no es claro que la política fiscal permita recuperar los días de alto crecimiento. En la década de los años 90 el déficit fiscal creció enormemente y sin embargo la economía se mantuvo estancada.

Muchos insisten en que lo peor de la crisis ya pasó. Quizás es mejor decir que estamos en un momento de calma antes de la tormenta. Muchos factores que desataron la crisis ya agotaron su energía, como un huracán que se extingue a fuerza de derrochar su bravura. Pero la crisis no ha desaparecido y hoy han surgido nuevos problemas que anuncian mayores peligros en el futuro. Los economistas del sistema no pueden verlos, como tampoco pudieron ver venir la crisis actual. Los marineros que sólo tienen instrumentos meteorológicos para el buen tiempo son incapaces de prever las tormentas.

Alejandro Nadal
La Jornada