viernes, 9 de diciembre de 2011

Cuando el capitalismo sufre hay que sacrificar la democracia

“Lo que nos dice (Standard & Poor’s, S&P) es claro: para los inversores, la zona euro y Europa tienen necesidad de un marco político riguroso, estructurado, eficaz, capaz a medio y largo plazo de respetar sus compromisos () De cierta manera, es un exhorto a una gobernanza política y económica más sólida, y nuestra respuesta no tiene ambigüedad: es el acuerdo franco-alemán elaborado (el lunes 5 de diciembre) por Nicolás Sarkozy y Ángela Merkel”, declaró el primer ministro francés François Fillon ante la Asamblea Nacional al comentar el anuncio de S&P sobre una eventual degradación de la calificación del crédito de 15 países de la zona euro (ZE).

El acuerdo Merkozy, como lo titula la prensa, impone la austeridad a perpetuidad para la ZE mediante sanciones automáticas para los países que violen los limites de los déficits presupuestarios, y anclando límites a la deuda fiscal en las Constituciones de los Estados miembros de la Unión Europea (UE), como define sucintamente la agencia Bloomberg. Gracias a la amenaza de los mercados, es decir de S&P, el acuerdo Merkozy será probablemente aceptado cuando se reúnan, este viernes 9 de diciembre, los dirigentes de los 27 países de la UE, de los cuales 17 forman parte de la ZE.

La sombra de la Comisión Trilateral.

En una entrevista con Mediapart (1) el historiador y antropólogo francés Emmanuel Todd aborda la crisis política europea y declara que en las partes débiles de la ZE, “o sea toda la zona salvo Alemania”, las naciones están confrontadas a una “forma de hibridación”, que define como el nombramiento bajo la presión de Berlín de tecnócratas que previamente trabajaron para Goldman Sachs (G&S) para poner orden en las finanzas públicas.

Es cierto, pero cabria agregar algo tanto o más importante. Tanto Lucas Papademos como Mario Monti, que la Troika (Comisión Europea, FMI y Banco Central Europeo) nombró primeros ministros de Grecia e Italia, respectivamente, además de ser banqueros y en un momento u otro hombres de G&S, son miembros activos de la Comisión Trilateral (2), que tanta importancia tuvo en las décadas de los 70 y 80, y que sigue tan activa e influyente como siempre pero que desde entonces “vuela por debajo de la zona del radar” del escrutinio periodístico.

Por lo tanto es difícil analizar la crisis de la democracia liberal en el contexto de la gran crisis del capitalismo – que no sólo afecta a la ZE sino a los demás países del capitalismo avanzado - sin remitirse a esa Comisión Trilateral (CT) fundada en 1973, en el contexto de la crisis del petróleo, y más precisamente al informe de la CT de 1975 titulado “La Crisis de la Democracia”, elaborado por el sociólogo francés Michel Crozier, el politólogo estadounidense Samuel Huntington y el sociólogo nipón Joji Watanuki (3).

Se puede argumentar que ese informe, redactado hace 36 años, no corresponde a la realidad actual. La UE no existía en su forma actual y el euro estaba a 25 años de distancia. Pero el informe es de gran actualidad porque designa, desde el punto de vista de los intereses de las transnacionales y el gran capital que se lanzaba a universalizar la liberalización comercial y financiera, el neoliberalismo, las amenazas intrínsecas a la democracia, que no son otras que las provenientes de quienes quieren que la democracia sea real, no ficticia. Y muchos, quien sabe la mayoría de ciudadanos, en particular los jóvenes que quieren un futuro, se reconocerán entre quienes forman parte de esa amenaza intrínseca.

Después de señalar como “uno de los principales retos” a los intelectuales y grupos relacionados que afirman su disgusto con la corrupción, el materialismo, la ineficiencia de la democracia y la sumisión de los gobiernos democráticos al “capitalismo monopolista”, el informe mencionado expresa que “finalmente, y quizás esto sea lo más serio, hay desafíos intrínsecos a la viabilidad de los gobiernos democráticos que surgen directamente del funcionamiento de la democracia () Más democrático el sistema, mayor es la posibilidad de que sea puesto en peligro por las amenazas intrínsecas () Hay profundas razones para el pesimismo si las amenazas a la democracia surgen ineluctablemente desde el inherente funcionamiento del proceso democrático en sí mismo. Aun, en los años recientes, las operaciones del proceso democrático parecen en efecto haber generado un quiebre de los medios tradicionales de control social, una deslegitimación de la política y de otras formas de autoridad, y una sobrecarga de demandas sobre los gobiernos, que exceden su capacidad de responder”.

En ese informe y refiriéndose a cómo “restaurar el balance entre la vitalidad y la gobernabilidad en el sistema democrático”, podemos leer que “una vez Al Smith subrayó que ‘la única cura para los males de la democracia es más democracia’. Nuestro análisis sugiere que aplicar tal cura en este momento sería como echar combustible a las llamas. En realidad, algunos de los problemas actuales de la gobernabilidad en Estados Unidos derivan de un exceso de democracia”. Y la CT continúa apuntando que la democracia “es sólo una de las maneras de constituir la autoridad, y no es necesariamente una que pueda ser aplicable universalmente. En muchas situaciones hay reclamo de pericia, de jerarquía, experiencia, y hasta las reivindicaciones de que la democracia es una vía para constituir autoridad podría ser anulada por talentos especiales” (página 113).

Fácil entender lo que está sucediendo en la ZE, y porque dos miembros activos de la CT -Papademos y Monti- están donde se encuentran, si recordamos que ese informe de la CT, al analizar las “vulnerabilidades” de la democracia por una mayor participación social de individuos muy educados y móviles que denuncian la creciente desigualdad, el desempleo y la eliminación de las conquistas sociales y económicas, expresaba que “hay () potencialmente límites deseables a la indefinida extensión de la democracia política” (página 115).

En fin, en esta época de dominación de los mercados la democracia no tiene remedio: “El espíritu democrático es igualitarista, individualista, populista, e impaciente con las distinciones de clase y rango. La extensión de este espíritu debilita las amenazas tradicionales a la democracia que plantean grupos como la aristocracia, la iglesia y los militares. Pero al mismo tiempo un penetrante espíritu de democracia tal vez plantee una amenaza intrínseca y mine todas las formas de asociación, debilite los lazos sociales que mantienen unidas a las familias, las empresas y la comunidad. Cada organización social requiere, en alguna medida, desigualdades en autoridad y distinciones en las funciones” (página 162)

Lo que estamos viendo en la UE, en Estados Unidos y otros países del capitalismo avanzado, es el restablecimiento de la autoridad del capital sobre la sociedad. Para el capitalismo en su forma actual la democracia es un estorbo, una amenaza intrínseca.

La Vèrdiere, Francia.

1.- Entrevista con Emmanuel Todd en Mediapart: http://www.mediapart.fr/article/offert/c0f3881a39acaa0774cfc36eadf74bde y en Rebelión: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=140807

2.- Ver la lista de miembros de la Comisión Trilateral en
http://www.trilateral.org/go.cfm?do=Page.View&pid=6

3.- El informe (TFR 8 – The Crisis of Democracy) está disponible en: http://www.trilateral.org/go.cfm?do=file.showdirectory&list=Triangle-Papers ; Para situar los objetivos de la creación de la Comisión Trilateral vale la pena remitirse al llamado “Powell Manifesto” de 1971: http://reclaimdemocracy.org/corporate_accountability/powell_memo_lewis.html ; Y al análisis de Noam Chomsky “La Administración Carter: Mitos y Realidades”: http://www.chomsky.info/books/priorities01.htm

Alberto Rabilotta
Alai Amlatina

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Tensión creciente entre capitalismo y democracia

¿Está reñido el capitalismo con la democracia? ¿Se debilitan el uno a la otra?.

A los oídos estadounidenses, estas preguntas suenan a estrambóticas. El capitalismo y la democracia están unidos como hermanos siameses, ¿no? Ese era nuestro mantra durante la Guerra Fría, cuando quedaba sobradamente claro que comunismo y democracia eran incompatibles. Después del final de la Guerra Fría, las cosas se volvieron más turbias. Recuérdese que prácticamente todos los altos ejecutivos y todos los presidentes de Estados Unidos (sobre todo los dos Bush y Clinton) nos decían que llevar el capitalismo democratizaría China.
No parece que haya funcionado así. 

A lo largo del último año, el capitalismo se ha llevado buenamente la democracia por delante. En ningún sitio resulta esto más evidente que en Europa, en donde las instituciones financieras y los grandes inversores han ido a la guerra bajo las banderas de la austeridad y los gobiernos de las naciones con economías no demasiado productivas o sobrecargadas se han dado cuenta de que no podían satisfacer esas demandas y se aferran todavía al poder. Los gobiernos elegidos de Grecia e Italia han sido depuestos; al timón de ambos países se encuentran hoy tecnócratas financieros. Con las tasas de interés de los bonos españoles subiendo bruscamente en las últimas semanas, el gobierno socialista español ha sido desbancado por un partido de centro-derecha que no ha ofrecido ninguna solución a la creciente crisis del país. Ahora el gobierno de Sarkozy se ve amenazado por tipos de interés en aumento sobre sus bonos. Es como si los mercados de toda Europa se hubieran hartado de estas tonterías de la soberanía democrática. 

Para que no piensen que exagero, consideremos la entrevista que Alex Stubb, ministro para Europa del gobierno derechista de Finlandia, concedió al Financial Times el pasado fin de semana [19-20 de noviembre]. Los seis países de la eurozona con calificación de triple A, afirma Stubbs, deberían tener más voz en los asuntos económicos europeos que los once miembros restantes. Los derechos políticos de la Europa meridional y oriental quedarían subordinados, esencialmente, a los de Alemania y Escandinavia… o a las agencias de calificación crediticia, que andan amenazando con rebajar la de Francia (reduciendo de este modo el número de países europeos con capacidad decisoria de seis a cinco). 

Lo que Stubb está proponiendo, y lo que están haciendo los mercados, consiste esencialmente en extender al dominio de las naciones antaño-igualmente-soberanas el principio de un-dólar-un-voto que nuestro Tribunal Supremo consagró en su decisión respecto a Citizens United el año pasado [1]. La exigencia de que hay que ser propietario para poder votar —abolida en este país a principios del siglo XIX por los demócratas de Jackson— ha resucitado gracias las poderosas instituciones financieras y sus poderosos aliados. Para las naciones de la unión monetaria europea, la "propiedad" que necesitan para asegurarse su derecho al voto consiste en la adecuada calificación crediticia. 

Sin embargo, todo esto parece muy extraño. La idea de que se produce un conflicto entre nuestros sistemas económico y político resulta difícil de aceptar, y no sólo en los Estados Unidos. También en Europa se ha asumido que democracia y capitalismo (al menos el capitalismo social europeo) van de la mano. Así es en buena medida debido a que ambos sistemas prosperaron en aparente armonía durante las tres décadas que siguieron a la II Guerra Mundial. Los beneficios aumentaban a medida que subían los salarios y se desarrollaban las prestaciones sociales. Pero, ¿y si esa paz de los 30 años hubiera sido la excepción de un estado más corriente, el del conflicto entre los mercados y el pueblo? 

Esa es la argumentación que expone Wolfgang Streeck, director gerente del instituto Max Planck para el Estudio de las Sociedades, en el número de septiembre-octubre de New Left Review [2]. Streeck sostiene que, desde mediados de la década de 1970, los gobiernos han tenido que estirarse para satisfacer las exigencias en conflicto de ambos sistemas. En los 70, los gobiernos acometieron políticas inflacionarias para ayudar a los trabajadores cuyos salarios habían dejado bruscamente de subir. En los años 80, los gobiernos, guiados por Ronald Reagan y Margaret Thatcher se inclinaron del otro lado, aumentando los tipos de interés y el desempleo y ayudando a destruir los sindicatos. En los años 90 se urdió un compromiso fatídico. Al objeto de compensar el estancamiento de los ingresos, se disparó la deuda privada, y los propietarios de viviendas y los consumidores recurrieron al crédito extendido por las instituciones financieras desreguladas. 

La deuda pública se contrajo (los Estados unidos tenían presupuestos equilibrados a finales de los 90). Tras el derrumbe de 2008, se ha invertido esa dinámica: en todas partes los gobiernos asumieron la deuda que sus ciudadanos ya no podían afrontar por medio de la financiación con déficit, al objeto de contrarrestar la Gran Recesión. 

Ahora contraatacan los mercados. Napoleón no pudo conquistar toda Europa, pero aún puede ser que Standard & Poor´s, sí. Están surgiendo conflictos entre capitalismo y democracia por todos lados. Y puede que los europeos —y hasta los estadounidenses— tengan pronto que encarar una pregunta que no han considerado desde hace muchísimo tiempo, si es que alguna vez lo han hecho: ¿de qué lado están? 

Notas del t.:
[ 1] La decisión del Tribunal Supremo norteamericano vino a autorizar indirectamente el gasto sin tasa de empresas y grupos de presión en sus aportaciones a las campañas políticas.
[2] Wolfgang Streeck, "The Crises of Democratic Capitalism", New Left Review, 71, sept-oct 2011. El artículo puede leerse en www.newleftreview.org

 Harold Meyerson es un columnista semanal de The Washington Post .
Traducción para www.sinpermiso.info : Lucas Antón 

martes, 6 de diciembre de 2011

Cumbre del Clima. Durban: "Lamentable espectáculo"

A unos días de que concluya la Cumbre del Clima en Durban todo apunta a que no habrá acuerdo entre los 195 países asistentes a fin de salvar al planeta de las consecuencias del cambio climático. La suerte de esta reunión la definieron los dos mayores contaminantes, China y Estados Unidos. El representante de nuestro vecino y socio comercial, Jonathan Pershing, dijo que cualquier acuerdo de reducción de gases de efecto invernadero que remplace al Protocolo de Kyoto debe implicar por igual a los países desarrollados y a las economías emergentes. Ésa sería la única manera de que la potencia del norte apoye un compromiso de ese tipo. Lo anterior, en clara referencia a China, India y Brasil, por ejemplo, que no están obligados a reducir las emisiones de dióxido de carbono (CO2), en tanto 40 países industrializados (destacadamente los que integran la Unión Europea) ya toman medidas efectivas de reducción, aunque no suficientes.
 
En pocas palabras, a la hora de los compromisos, los grandes emisores encuentran pretextos para eludirlos. El caso más patético es el de Estados Unidos, cuyo poder legislativo se ha negado a ratificar el protocolo. Pero no lo son menos Japón, Rusia y Canadá, que se sumaron a la exigencia de que China y Estados Unidos adopten seriamente la tarea de reducir la generación de gases de efecto invernadero por ser origen de la mitad de ellos. El ministro del Medio Ambiente de Canadá, Peter Kent, sentenció que el protocolo es cosa del pasado, y haberlo firmado, grave error del gobierno anterior de su país. Muy distinto piensa Brasil, la gran economía emergente de América Latina, que sostiene la necesidad de proseguir con dicho acuerdo, con las mejoras necesarias, por ser herramienta esencial en la lucha contra el calentamiento global.

En cuanto a China, deshoja la margarita un día sí el otro no en cuanto a Kyoto. Pero la verdad es que no reducirá sus emisiones y mucho menos ahora que su crecimiento económico va a la baja y enfrenta el descontento social de quienes laboran en el sector industrial. Además, de solidarizarse con aquellos países del tercer mundo que hoy la abastecen de materias primas y no desean asumir obligaciones mayores en beneficio de la lucha contra el calentamiento global.

Mientras las grandes potencias buscan pretextos para no adoptar las medidas urgentes que requiere el planeta, mientras el Fondo Verde (tan festinado por el gobierno del licenciado Calderón) sigue en veremos, se dan a conocer datos que muestran la gravedad de lo que produce el calentamiento global. Como el presidente de Sudáfrica, país sede de esta cumbre, al señalar que para millones de personas en África el cambio climático es una cuestión de vida o muerte. O la Alianza de Pequeños Estados Insulares, que considera que esperar unos años más (2015 lo más próximo) para llegar a un acuerdo internacional que remplace a Kyoto, tendrá consecuencias catastróficas para los integrantes de la alianza.

La propia Unión Europea reafirma que no hay tiempo que perder, pues cada vez hay más víctimas debido al calentamiento global. No solamente en los países pobres, donde la sequía, el calor intenso y las inundaciones acaban con cosechas y hogares, sino también en las economías industrializadas, que no escapan a los fenómenos extremos de las altas temperaturas y las lluvias torrenciales. Pero además, cuando el cambio climático no respeta fronteras geográficas e incluye la proliferación de enfermedades, hambrunas, crisis en la producción, precio y distribución de los alimentos y migración masiva de población. Y cuando los países industrializados ( y otros que no lo son, como México) continúan con su derroche energético, destacadamente de hidrocarburos.

Arthur Runge-Metzger, el negociador principal de la Comisión Europea en Durban, puso el dedo en la llaga al decir que cada año miles de personas se reúnen con poco éxito en algún sitio del planeta para tratar de avanzar en la lucha contra el calentamiento global. Que si las cosas continúan así la gente perderá la confianza en este circo ambulante. Lo grave es que la gente no hace lo suficiente para evitar el lamentable espectáculo que ofrecen los pocos dueños del circo.

Iván Restrepo
La Jornada
http://www.jornada.unam.mx/2011/12/05/opinion/022a1pol

Un mundo se cae a pedazos; ¿qué otro ocupará su lugar?

La incertidumbre con que se cierra el escenario internacional en el año 2011 no podría ser mayor. Una rápida mirada a los titulares de la prensa internacional dibujan con claridad ese escenario: “Europa inicia la cuenta atrás para la salvación del euro”, afirma la prensa europea, refiriéndose a los esfuerzos por modificar los tratados de integración europea y adoptar medidas para controlar los déficits que han llevado algunos gobiernos europeos al borde de la quiebra. Pero nadie está seguro de que se llegue a buen puerto y todos los ojos están puestos en la cumbre del 9 de diciembre próximo. 

Al mismo tiempo, Estados Unidos atraviesa su propia crisis, con un déficit cada vez más difícil de manejar y una deuda que pareciera ya fuera de control, desequilibrios que afectan la columna vertebral del orden mundial vigente desde el final de la II Guerra Mundial.

Estados Unidos
En Estados Unidos, la deuda federal ha superado ya los 15 billones de dólares (millones de millones), sin que el “supercomité” parlamentario creado para recortar el déficit haya podido ponerse de acuerdo en cómo hacerlo, haciendo renacer las advertencias de que la deuda de Estados Unidos amenaza la economía mundial.

En los medios de prensa se puede encontrar historias de quiebras de pequeñas ciudades norteamericanas y de graves amenazas para otras no tan pequeñas, también imposibilitadas de hacer frente a sus compromisos financieros. 

Harrisburg, la capital de Pensilvania, es una pequeña ciudad, de unos 50 mil habitantes, que está en quiebra. "Aquí todo está empezando a colapsar, tal como ocurre a nivel nacional", afirma una mujer que se sumó a un pequeño campamento de protesta, “Occupy Harrisburg”.

Ciertamente, no es la pequeña Harrisburg, con su déficit de 300 millones de dólares, la que va a poner en peligro la economía mundial. 

En julio del 2009 se declaraba la “quiebra técnica de California, el estado más poblado de Estados Unidos, cuyo déficit había crecido a más de 26 mil millones de dólares. Para el 2012 se estima que llegará a 28 mil millones.

Pero tampoco es solo California. Es la economía misma de Estados Unidos la que enfrentaba un déficit comercial que “aumentó desde los años 80, con Ronald Reagan, de 50 o 60 mil millones a 300 mil millones de dólares”, como lo recordaba el economista brasileño, Theotonio dos Santos, en una entrevista publicada en septiembre pasado. 

El déficit público, señaló, “también aumentó en una cuantía similar, porque los dos déficit se combinan: los excedentes retenidos por los exportadores que le venden a Estados Unidos se convierten en títulos de la deuda pública, y de esa forma se cubre el déficit fiscal”.

¿Cómo logra entonces sobrevivir? ¿De dónde salen los recursos para mantener guerras absolutamente impagables, como las de Irak y Afganistán? ¿Es posible que ese proceso siga indefinidamente?
Hay un esquema perverso que explica como funciona el proceso, como se financian esos gastos.

“Pirámide”
Una cierta forma de “pirámide”, un mecanismo de estafa financiera por el cual se atrae capitales mediante promesas de grandes y rápidas ganancias, se ha desarrollado a nivel mundial. El mecanismo funciona mientras haya recursos para seguir alimentando la construcción de la “pirámide”. Con ese dinero se va pagando a los que entraron primero, mientras los últimos esperan nuevos partes para recuperar su capital. Si el mecanismo pudiera funcionar indefinidamente, todo el mundo ganaría dinero. Pero, inevitablemente, el ritmo de incorporación de nuevos capitales disminuye, hasta revelarse su incapacidad para pagar a los que se quedaron en la base de la pirámide.

El mecanismo se hizo conocido en muchos lugares del mundo donde se aplicó esa forma de estafa. Nuevamente, fue en Estados Unidos donde ocurrió la más escandalosa, que quedó al desnudo en 2008, cuando el ex-presidente de Nasdaq, Berny Madoff, fue detenido después de descubrirse que su empresa de inversiones no era otra cosa que un colosal esquema de “pirámide” con 40 años de operar y un agujero de 50 mil millones de dólares.

Pero si bien eso ocurrió en el ámbito privado, lo cierto es que también la economía mundial ha funcionado, en los últimos 40 años, sobre esta base.

En un documento sobre la crisis publicado en mayo del 2008, líderes socialistas europeos, encabezados por el expresidente de la Comisión (1985-95), Jacques Delors, advertían que “La locura financiera no debe gobernarnos”.

En ese documento –al que deberíamos volver la mirada una y otra vez– recordaban que “Hoy el capital financiero representa quince veces el Producto Interno Bruto (PIB) de todos los países. La deuda acumulada de las familias, de las empresas financieras y de las administraciones públicas norteamericanas representa más de tres veces del PIB de Estados Unidos. El doble de lo que representaba durante el crack de la bolsa en 1929”.

“El sistema financiero ha acumulado una gigantesca masa de capital ficticio”, advertían Delors y sus compañeros. “Esta crisis financiera ha permitido visualizar mucho mejor las enormes desigualdades sociales, que no han dejado de incrementarse en las últimas décadas”, para concluir señalando que “Nos arriesgamos a un aumento sin precedentes de la pobreza”.

Lo descrito en el documento no es otra cosa que el mecanismo de la “pirámide” aplicado a escala planetaria, a dimensiones nunca imaginadas. Un esquema que permitió a los Estados financiar sus gastos con recursos creados de forma ficticia mediante mecanismos que, como por arte de magia, multiplicaron por quince el PIB de los países. 

Con el apoyo de los Estados la especulación financiera tomó vuelo, se despegó de la economía real, inventó nuevos y más sofisticados mecanismos para hacer crecer la pirámide a niveles insospechados y que algunos soñaban con transformar en eternos. Algo que uno de los hombres más ricos del mundo, Warren Buffett, describió como “armas financieras de destrucción masiva”.

Ahora los escalones más bajos de la pirámide se ven amenazados de no recibir retorno alguno. Pero esos escalones son los grandes fondos de inversión, bancos, y especuladores financieros.

Ante la amenaza exigen a los Estados exprimir a quienes nunca quisieron –ni podían– jugar ese juego, a la inmensa mayoría de los ciudadanos, con la esperanza de seguir alimentando la “pirámide”.

Los ciudadanos se resisten y el juego ha entrado en un impasse. Mientras se tensan las fuerzas, nadie se atreve a predecir el resultado. En todo caso, todos sabemos cuál es el final del esquema de la “pirámide”. No es otro que el derrumbe del edificio y la ruina de las jugadores. 

Pero una cosa es condenar a Madoff a 150 años de cárcel, y otra hacerlo con los jugadores de esa ruleta mundial.

Europa
Si bien la crisis estalló en Estados Unidos hace ya casi cinco años, se ha extendido por Europa de manera que parece incontenible.

El pasado 1 de diciembre, el nuevo presidente del Banco Central Europeo, el italiano Mario Draghi, ha vuelto a advertir que los riesgos de recesión de la economía europea siguen aumentando.

Pero Draghi, lo que propone es un “gran pacto fiscal”, que reduzca los déficits de los Estados europeos, de modo que puedan hacer frente a sus deudas. O sea, que se siga alimentando los niveles superiores de la “pirámide” con los recursos que el Estado deja de invertir en salud, educación o pensiones. Con la consecuencia, ya advertida por Delors, de que habrá un aumento sin precedentes de la pobreza.

Europa apuesta mucho a la reforma de su más reciente tratado, el de Lisboa, que deberá ser decidida en una cumbre el próximo 9 de diciembre. Pero todos advierten que eso tomará tiempo y no resuelve la crisis actual.

Como lo explican los economistas, “con motivo de la crisis de la deuda soberana, los bancos europeos no han logrado emitir deuda en los mercados mayoristas desde hace meses”. Y el año que viene deben refinanciar 800 mil millones de euros.

No parece viable financiar la banca a esos niveles, a costa de imponer una extrema austeridad a los ciudadanos. 

No parece sensato esperar que algo así se pueda hacer sin generar un enorme caos social. En Grecia e Italia encargan a “tecnócratas”, a expertos banqueros –los mismos que nos condujeron a ese callejón– la salida de la crisis. En Inglaterra, o en España, se acude a los mismos sectores conservadores que alimentaron esa pirámide. Reina el desconcierto y la perplejidad, antesala de la ira, que brotará cuando la estafa quede aun más en evidencia.

Pero de la ira no saldrá la solución, si no la alimenta la claridad y la inteligencia.

Medio Oriente y Asia
Ante esa realidad la protesta surge en toda Europa, desde Atenas hasta Londres. Este escenario desestabiliza también otras regiones del mundo, como el sensible Medio Oriente y el norte de África. La crisis con Irán es particularmente explosiva y está en pleno desarrollo, con la toma de la embajada británica en Teherán y sus consecuencias. 

Es imposible prever en que va a terminar ese proceso, que posiblemente no dejará incólume ningún régimen de la región.

Mientras la crisis desestabiliza los Estados, el escenario internacional sufre también enormes conmociones. Las miradas se dirigen hacia otras partes del mundo, como lo viene advirtiendo Kishore Mahbubani, rector de la Lee Kuan Yew School of Public Policy, de la Universidad Nacional de Singapur, una de las voces más respetadas en el sector académico de la región.

“Hubo un tiempo en que las cumbres europeas permitían vislumbrar el futuro orden mundial. Pero esos tiempos han pasado”, advirtió Mahbubani en un artículo publicado, la semana pasada, en el británico Financial Times.

Hoy, aseguró, “quienes buscan vislumbrar el futuro tienen que poner atención a las cumbres del este asiático, como la ocurrida a fines de noviembre en Bali, Indonesia, en la que Estados Unidos y Rusia participaron por primera vez. La razón para eso, en su opinión, es China.

“Un nuevo gran juego está comenzando”, destaca Mahbubani. Un cierto grado de rivalidad entre Washington y Beijing –si no se enfoca demasiado en lo militar– puede ser útil para la región, al ofrecer dos visiones distintas de como promover la cooperación regional y global. La competencia entre estas dos visiones, asegura, ofrecerá atisbos del nuevo orden mundial que emerge.

Quizás sea así, pero Mahbubani tiene la precaución de señalar que lo será solo si lo militar no ocupa un lugar demasiado preponderante en esa confrontación. Y nada nos asegura que no será así. Como recordaba con mucho realismo Joseph Nye, presidente del Consejo Nacional de Inteligencia de los Estados Unidos en 1993 y 1994 y hoy académico de Harvard, en reciente entrevista sobre los BRIC (Brasil, Rusia, India y China) para la BBC, si “nos preguntamos si es posible que un grupo de países puedan formar una alianza militar que le haga contrapeso al poder estadounidense tenemos que tener en cuenta que Estados Unidos realiza casi la mitad del gasto mundial militar”. Aunque Nye no le atribuye un gran futuro en el escenario internacional al BRIC como grupo, reconoció el papel cada vez más importante que juegan China, India y Brasil.

América Latina
América Latina no se queda, tampoco, al margen de ese reacomodo. La creación, el pasado 3 de diciembre, de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), integrada por 33 países de la región, con las ausencias notables de Estados Unidos y Canadá, despierta grandes expectativas. Y aunque es difícil predecir su futuro, parece el paso lógico derivado de los procesos de integración regional que se han venido desarrollando, sobre todo, en el sur del continente y que tiene como antecedentes el Mercosur y la Unasur. 

Ya en 2077 el embajador Samuel Pinheiro Guimarães, ministro de la Secretaría de Asuntos Estratégicos de la Presidencia de Brasil durante el gobierno de Lula y hoy Alto Representante General del Mercosur decía que “los países medios, que conforman la América del Sur, se enfrentan al dilema de unirse y formar un gran bloque de 17 millones de km2 y 400 millones de habitantes, para defender sus derechos inalienables de aceleración del desarrollo económico, de preservación de la autonomía política y de identidad cultural, o de ser absorbidos como simples periferias de otros grandes bloques”.

La pieza clave de esa integración, Brasil, juega también en la cancha de los BRIC.

Pero, como decía Guimarães en el trabajo citado, “América del Sur se halla, necesaria e inconmovible, en el centro de la política externa brasileña”. Se ha avanzado en ese proceso y habría que ser miope para no ver, en la creación de la CELAC, un paso más ambicioso en esa misma dirección, puesto que su ámbito de acción se amplía ahora más allá de América del Sur, incluyendo América Central y México, e incorpora todo el Caribe. 

Todos estos movimientos parecen no ser más que expresión de la búsqueda del nuevo orden mundial, que deberá reemplazar el que ahora agoniza, sin que nadie se atreva a predecir con claridad las formas que asumirá.

Gilberto Lópes
Rebelión

Nace la CELAC, Europa agoniza

Sarkozy, Merkel, Rajoy hablan del continente. Les salen bancos, recortes, sacrificios sociales. Se les ha olvidado Europa. O nunca la entendieron. Empezaron en la política de políticos.Y cuando te socializas en esas reglas, ya no sabes encontrar el camino de salida. Te lo tiene que enseñar la gente en la calle.

José Mujica, Presidente del Uruguay, habla con Chávez y Morales en las reuniones de la CELAC. Dice con convencimiento de viejo y rabia de urgencia: “¡O las embarazadas de nuestros pueblos comen bien o sus niños van a arrastrar ese problema toda la vida!” Dolor de gente.  Dolor antiguo que llevó a Mujica a la cárcel. Y a Dilma Roussef, y a García Linera,  y a Raúl Castro, y a Hugo Chávez. Y a tantos otros cientos de miles. Cárcel, muerte, oprobio. Pero al final ganaron. Entraron a la política desde la calle. Guerrilleros convertidos en gobierno.

Europa tiene reyes, armas nucleares, bancos internacionales primas de riesgo y promesas de jornadas laborales interminables. En Suramérica hablan de romper con un norte que les ha invadido, robado el gas y el petróleo, los minerales, los frutos y las plantas. Un norte que les ha saqueado aerolíneas, trenes, comunicaciones, la tierra y el agua. Con ayuda de una oligarquía criolla, blanca y eterna, que veraneaba en Miami, en París y en Madrid. El nacimiento de la CELAC estaba lleno de negros que ya no son sombras.

33 países, 600 millones de personas, la reserva de petróleo, gas y agua del mundo, de la biodiversidad, de las culturas ancestrales. Ni China ni Europa entienden la madre tierra. América Latina sí. En la CELAC hablan de la Pachamama. Otra tarea para el Sur americano que no van a resolver en otros lados.

La OEA, dijo el Che, era el Ministerio de Colonias de los EEEUU. Expulsaron a Cuba después de la revolución, y el continente calló. Calló también cuando dieron el golpe contra Allende. Calló en el golpe contra Chávez. Demostró su impotencia en el golpe contra Honduras. Ahora, ha recuperado la voz y ya no necesita gendarmes. Decidir en el sur los problemas del sur.

Europa se creó sobre las cenizas del fascismo. La CELAC, sobre las cenizas del neoliberalismo. Sin Hitler, no habría UE. Sin EEUU, no habría CELAC. Chávez lo entendió y se montó en la grupa de Bólívar para señalar al norte por su responsabilidad y su amenaza. Por eso Mr. Danger. Por eso Pitiyankis. Por eso tenía que oler a azufre en Naciones Unidas. Para que el continente despertara. Para ver a quien no te deja ser.

Europa tenía mucho y lo está perdiendo. América Latina no tenía casi nada y lo está ganando. Europa está sumida en el miedo. América, en la esperanza. Apenas está naciendo. Queda todo por delante. Toma aire para lanzar el salto. Europa resuella sin fuelle. Europa suspira, Américase llena de oxígeno los pulmones. Con la misma madera, puedes hacer ataúdes o violines.

La CELAC nace con voluntad de ser. No se le escapan los problemas. Apostar por la ampliación en vez de por la profundización es generoso. Sentar en la misma mesa a quien podía ser el Israel de los Estados UNidos en la zona -Colombia-, al país condenado a compartir miles de kilómetros de frontera -México- o al gobierno que no sabe hablar mal de Pinochet -Chile- es un reto que merece la pena sólo fuera por la invitación  a estos gobernantes de que vuelven a a mirar hacia el Sur. En Europa, el núcleo duro lo componen los más egoístas -Alemania y Francia-; en la CELAC, los más desprendidos -los del ALBA-.

Escribió el poeta: en Europa, a la paloma de la paz se la comió la gallina de los huevos de oro. En Suramérica, aves de colores alzan el vuelo y obligan a mirar con altura.

Juan Carlos Monedero
Público

lunes, 5 de diciembre de 2011

Los agrocombustibles no son la solución

DURBAN, Sudáfrica, 5 dic (Tierramérica) - La ciencia nos dice que vamos directo hacia una crisis climática, y está en nuestras manos cambiar de rumbo. 

Sin embargo, algunas soluciones preocupantemente falsas están sobre la mesa de conversaciones de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, por ejemplo promoviendo los biocombustibles disponibles en el mercado, como el etanol.

El término "biocombustibles" es engañoso. Estos combustibles elaborados en base a vegetales se ajustan mejor a la descripción de "agrocombustibles", porque distan de ser verdes.

Quienes todavía sostienen que los agrocombustibles emiten muchos menos gases de efecto invernadero que los combustibles fósiles ignoran que sus emisiones se liberan en la etapa productiva, a consecuencia del cambio en el uso de la tierra, la aplicación de fertilizantes y el procesamiento.

Sin embargo, muchos gobiernos, instituciones financieras internacionales como el Banco Mundial y empresas multinacionales dedicadas a los agronegocios, el petróleo y el transporte, promueven los agrocombustibles como una solución a las necesidades energéticas mundiales.

Pasar de los combustibles fósiles a los agrocombustibles no hace que los pobres tengan más acceso a la energía, sino que agrava problemas existentes, como el acaparamiento de tierras. También crea desafíos específicos para la provisión alimentaria, pues cultivos antes dedicados a producir alimentos, como el maíz y el azúcar, ahora se destinan al etanol.

Y, lo que es crucial, los agrocombustibles pueden desviar recursos destinados a energías limpias y renovables como la eólica y la solar.

La agricultura a gran escala para obtener agrocombustibles, a diferencia de la pequeña, suele acompañarse de actividades negativas como el uso intensivo de agua, fertilizantes y pesticidas.

A menudo se causa así contaminación y degradación y se agotan los recursos hídricos disponibles abriendo el paso al peligro de hambrunas.

En el planeta no hay suficientes tierras agrícolas para que los cultivos para agrocombustibles satisfagan las enormes necesidades energéticas de nuestro insostenible modo de vida, sostienen varios analistas.

Un informe de este año sobre el Índice Global del Hambre señala que el cambio climático, la creciente demanda de biocombustibles y el aumento del comercio mundial de materias primas a futuro son las principales causas de la carestía de los alimentos, que exacerbó la hambruna que padece el Cuerno de África.

Los agrocombustibles simplemente no solucionan la crisis climática y energética, aunque hay evidencias de que los biocombustibles a pequeña escala, de producción y capitales locales, pueden ser parte de la solución cuando ayudan a satisfacer las necesidades locales.

En casi todos los 36 estados de mi país, Nigeria, la Corporación Nacional Nigeriana del Petróleo (NNPC, por sus siglas en inglés) y sus socios extranjeros adquirieron grandes extensiones de tierra para producir etanol a partir de mandioca, sorgo y caña de azúcar.

Algunas plantaciones y centrales producción de agrocombustibles se ubican en lugares que ya tenían falta de agua, dejando a las comunidades casi sin medios de vida.

Investigadores del capítulo nigeriano de Amigos de la Tierra concluyeron que el gobierno ni siquiera había consultado a la población local antes de que se adquirieran tierras comunitarias.

África ocupa un lugar importante en el radar de los promotores de los agrocombustibles, y los gobiernos africanos ven en ellos beneficios financieros de enorme potencial para las elites políticas y financieras.

Pero cada vez más investigaciones científicas muestran que los agrocombustibles estimulan la deforestación, la pérdida de biodiversidad y la degradación de suelos, así como la contaminación y el agotamiento del agua, e incluso el cambio climático.

Quienes toman las decisiones deben reconocer esa realidad y el hecho de que los agrocombustibles fomentan la carestía alimentaria, el hambre, las violaciones de derechos agrarios, los conflictos, desplazamientos y abusos.

Que los agrocombustibles han desatado una nueva fiebre por África ya no es noticia. Se acaparan millones de hectáreas sin que nadie se preocupe demasiado por los pobres que probablemente enfrenten desplazamientos, y por el impacto en la agricultura familiar y otros pequeños establecimientos rurales.

La agricultura contribuye con más de la cuarta parte de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. Lamentablemente, el texto de la convención sobre el cambio climático no aclara que la principal culpable es el agronegocio industrial, que depende de fertilizantes químicos y monocultivos, incluso los que se destinan a los agrocombustibles.

Los pequeños agricultores aplican sobre todo técnicas agroecológicas que enfrían al planeta.

Muchos gobiernos, empujados por las empresas, presionan para que las negociaciones climáticas de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) apoyen soluciones falsas a la crisis climática, como la adopción de los agrocombustibles y el comercio de las contaminantes emisiones de carbono, en lugar de su reducción.

Por eso nuestro planeta se encamina a un aumento de la temperatura media de más de dos grados y a los efectos catastróficos que –la ciencia nos indica– traerá aparejado.

Afrontar la crisis climática requiere objetivos obligatorios de reducción de emisiones, aplicados sin el mecanismo de compensación de carbono, que no es más que una cortina de humo para ocultar la contaminación de siempre.

Los objetivos voluntarios de reducción de emisiones, como los incluidos los acuerdos de Copenhague y de Cancún, no son eficaces.

Dejémonos de soluciones falsas. Invirtamos con urgencia en soluciones reales, como reducir el consumo, mejorar la eficiencia energética, virar hacia las energías renovables y limpias y hacia una producción alimentaria local y sostenible.

Mientras las negociaciones de la ONU marchan a paso de tortuga, la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra, celebrada en abril de 2010 en Cochabamba, Bolivia, lanzó un avanzado Acuerdo de los Pueblos proponiendo y exigiendo verdaderas respuestas.

* Nnimmo Bassey es presidente de Amigos de la Tierra Internacional y fundador y director ejecutivo de Environmental Rights Action. Esta columna fue publicada originalmente el 3 de diciembre por la red latinoamericana de diarios de Tierramérica.

IPS Noticias

sábado, 3 de diciembre de 2011

El segundo viento del movimiento en pos de justicia social

Durante las protestas en la plaza Tahrir en noviembre de 2011, Mohamed Alí, de 20 años, respondió a la pregunta de un periodista –de por qué estaba ahí– diciendo: Queremos justicia social. Nada más. Es lo menos que merecemos.
 
La primera ronda de movimientos asumió múltiples formas por todo el mundo –la llamada Primavera Árabe, los movimientos de ocupación que comenzaron en Estados Unidos y luego se diseminaron por un gran número de países, Oxi en Grecia y los Indignados en España, las protestas estudiantiles en Chile y muchos otros.

Todos fueron un logro fantástico. Lo que han alcanzado puede medirse en un extraordinario artículo escrito por Lawrence Summers en el Financial Times, el 21 de noviembre: La inequidad no puede ya mantenerse a raya con las ideas habituales. Éste no es un argumento por el que se le haya conocido a Summers con anterioridad.

En el artículo anota dos puntos importantes, considerando que personalmente él ha sido uno de los arquitectos de las políticas económicas mundiales de los últimos 20 años, las que nos han puesto a todos en esta aguda crisis en la que el mundo se encuentra ahora.

El primer punto es que ha habido cambios fundamentales en las estructuras económicas mundiales. Summers dice que el más importante es el fuerte viraje en la recompensa que el mercado le hace a una pequeña minoría de ciudadanos en relación con las recompensas disponibles para la mayoría de los ciudadanos.

El segundo tiene que ver con dos clases de reacciones públicas ante esta realidad: una es la de los que protestan y otra, aquélla de quienes siendo muy fuertes están contra los que protestan. Summers dice que él está contra la polarización, que es lo que, según él, hacen quienes protestan. Pero luego dice: Al mismo tiempo, aquéllos que muy rápidamente etiquetan cualquier expresión de preocupación por la creciente inequidad como algo fuera de lugar o como producto de la lucha de clases, está todavía más fuera de base.
Lo que el artículo de Summers indica no es que él se haya convertido en exponente del cambio social radical –lejos está de eso– sino más bien que está preocupado por el impacto político del movimiento mundial en pos de justicia social, especialmente en lo que él llama el mundo industrializado. Yo considero esto un logro del movimiento en pos de justicia social.

La respuesta a este éxito han sido unas cuantas concesiones menores aquí y allá, pero luego una creciente represión por todas partes. En Estados Unidos y Canadá, ha habido un sistemático despeje de todas las ocupaciones. La virtual simultaneidad de estas acciones policiacas parece indicar alguna coordinación de alto nivel. En Egipto, los militares han resistido cualquier dilución de su poder. En Grecia e Italia las políticas de austeridad fueron impuestas por los decretos de Alemania y Francia.

La historia, sin embargo, está lejos de haber terminado. Los movimientos desarrollan un segundo viento. Los manifestantes reocuparon la plaza Tahrir y al mariscal de campo Tantawi le están dando el mismo tratamiento de desdén que le dieron a Hosni Mubarak. En Portugal, el llamado a una huelga general de un día paralizó por completo el sistema de transporte. Una huelga anunciada en Gran Bretaña en protesta por los recortes en las pensiones esperaba reducir el tráfico en Heathrow en 50 por ciento, lo que tendría repercusiones mundiales, dada la centralidad de Heathrow en el sistema de transportación mundial.

En Grecia, el gobierno ha intentado exprimir a los pensionados pobres instaurando un enorme impuesto en su recibo de luz, y amenazan cortar la electricidad si no pagan. Hay resistencia organizada. Los electricistas locales están reinstalando ilegalmente la energía eléctrica, pues cuentan con la incapacidad del reducido personal municipal para hacer cumplir su ley. Es una táctica que se ha utilizado con éxito en el suburbio de Soweto en Johannesburgo durante ya 10 años.

En Estados Unidos y Canadá, el movimiento de ocupación se ha diseminado de los centros de las ciudades a los campus universitarios. Y los ocupas están discutiendo lugares alternativos qué ocupar durante los meses del invierno. La rebelión estudiantil en Chile ya se expandió a las escuelas secundarias.

Debemos resaltar dos cosas acerca de la presente situación. La primera es que los sindicatos –como parte de lo que ha estado ocurriendo, como resultado de lo que ha estado ocurriendo– se han vuelto mucho más militantes, y mucho más abiertos a la idea de que deberían ser participantes activos en el movimiento mundial en pos de justicia social. Esto es cierto en el mundo árabe, en Europa, en Norteamérica, en el sur de África, aun en China.

Lo segundo que hay que resaltar es el grado en que los movimientos por todas partes han podido mantener su énfasis en una estrategia horizontal. Los movimientos no son estructuras burocráticas sino coaliciones de múltiples grupos, organizaciones y sectores de la población. Siguen trabajando duro en debatir de modo continuo sus tácticas y sus prioridades, y están resistiendo el volverse excluyentes. ¿Funciona esto todavía con suavidad? Por supuesto que no. ¿Funciona esto mejor que reconstruir un nuevo movimiento vertical, con un liderazgo claro y disciplina colectiva? Hasta ahora, claro que ha funcionado mejor.

Debemos pensar en las luchas mundiales como una larga carrera, en la que los corredores tienen que usar su energía sabiamente con tal de no desgastarse mientras mantienen la mira en el objetivo final –una clase diferente de sistema-mundo, mucho más democrático, mucho más igualitario que nada de lo que tenemos ahora.

Immanuel Wallerstein
La Jornada
Traducción: Ramón Vera Herrera